La Médium V. El adiós de los inocentes #2
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V. El adiós de los inocentes #2

Ella lo miró como si la respuesta fuera obvia.

—Porque tú eras el que siempre intentaba ser responsable.

Ian soltó una pequeña risa.

—Eso no tiene sentido.

—Claro que tiene sentido. Astrid y yo solo queríamos escapar de las lecciones de protocolo. Tú intentaste convencernos de que debíamos volver.

—Porque teníamos que volver.

—Y por eso terminaste escondido con nosotras.

Él negó divertido.

—Porque me arrastrasteis.

Agatha levantó un dedo.

—Detalles.

Ian sonrió. Aquellos recuerdos parecían pertenecer a otra vida.

Una donde las preocupaciones más grandes eran una reprimenda de la reina o conseguir robar un postre de las cocinas antes de la cena.

Una vida más sencilla. Más inocente.

—Éramos unos niños —murmuró.

Agatha bajó la mirada.

—Sí. Lo éramos.

La palabra quedó flotando entre ellos. Porque ambos sabían que ya no eran esos niños. Astrid estaba a punto de convertirse en Médium.

Ian marcharía a una guerra.

Agatha seguía intentando encontrar su lugar en un mundo que constantemente le recordaba cuál debía ser.

Todos habían crecido. Todos habían perdido algo por el camino.

—A veces me pregunto… —comenzó Agatha.

Ian la miró.

—¿Qué?

Ella tardó unos segundos en responder.

—Qué habría pasado si las cosas hubieran sido diferentes.

Él frunció ligeramente el ceño.

—¿Diferentes cómo?

Agatha se encogió de hombros.

—Si no hubiera coronas. Si no hubiera deberes. Si no hubiera personas esperando que fuéramos algo específico.

Ian permaneció callado. Porque entendía demasiado bien la pregunta.

Pero no respondió. No porque no tuviera una respuesta. Sino porque algunas respuestas eran demasiado peligrosas incluso para pensarlas. Agatha lo miró de reojo.

Después sonrió con suavidad.

—No pongas esa cara.

Ian levantó una ceja.

—¿Qué cara?

—La de capitán preocupado que analiza cada palabra como si fuera una estrategia de guerra.

Él negó.

—No hago eso.

—Lo haces todo el tiempo.

—Es mi trabajo.

—No —respondió ella—. Es tu escudo.

Ian no dijo nada. Porque sabía que tenía razón.

Agatha había sido una de las pocas personas capaces de verlo antes de que se convirtiera en el hombre que todos admiraban.

Antes de la espada. Antes del uniforme. Antes del título. Ian observó la copa que Agatha todavía sostenía entre sus manos.

—Deberías devolverme eso.

Ella miró la copa. Después a él.

—No.

—Agatha.

—Ian —repitió ella con el mismo tono.

Él negó lentamente.

—Sigues siendo imposible.

—Y tú sigues creyendo que puedes cargar con todo solo.

La respuesta lo dejó en silencio. Porque era verdad. Durante años había aprendido a sonreír cuando tenía miedo. A mantenerse firme cuando otros dudaban.

A responder con seguridad incluso cuando por dentro no tenía ninguna certeza. Pero aquella noche no estaba frente a sus soldados. No estaba frente al consejo. No estaba frente al rey.

Estaba frente a Agatha. Y ella lo conocía demasiado bien.

—Estoy cansado.

La confesión salió tan baja que casi pareció escaparse sin permiso. Agatha dejó de sonreír. No porque estuviera sorprendida. Sino porque sabía lo difícil que era para él decirlo.

Ian bajó la mirada.

—Estoy cansado de despedirme. De ver partir a otros. De enviar hombres a lugares donde quizá no regresen. De decirles que todo estará bien cuando no puedo prometerlo.

Agatha sintió un nudo en el pecho.

Porque aquel era Ian. El hombre que siempre se preocupaba primero por los demás.

—No tienes que ser fuerte conmigo —dijo suavemente.

Él levantó la mirada. Por un momento pareció no entender esas palabras. Como si nadie se las hubiera dicho antes. Agatha sonrió con tristeza.

—No tienes que ser el capitán aquí abajo. No tienes que ser el hombre que todos esperan. Puedes simplemente ser tú.

El silencio que siguió fue diferente. Más profundo. Ian apartó la mirada. Porque había algo peligroso en sentirse comprendido.

Algo que podía hacer que una persona olvidara las barreras que había construido durante años.

—Astrid siempre dice algo parecido —murmuró.

La expresión de Agatha cambió apenas. Lo suficiente. Pero no dijo nada. Ian continuó.

—Ella siempre me recuerda que no soy solo mi deber.

Una pequeña sonrisa apareció en su rostro. Una sonrisa llena de cariño.

—Siempre ha sido mejor persona que yo.

Agatha bajó la mirada. Porque ahí estaba la diferencia. Ella podía entender a Ian. Podía conocer sus heridas.

Podía ser su amiga. Pero Astrid era la persona que tenía su corazón. Y eso era algo que Agatha había sabido siempre.

—Ella te ama —dijo finalmente.

Ian volvió a mirarla.

—Lo sé.

La respuesta fue inmediata. Sin duda. Sin temor. Agatha sintió que esa certeza dolía más de lo que esperaba.

Porque no había rivalidad. No había una batalla que ganar. Solo había un amor que no le pertenecía.

—Entonces vuelve —murmuró.

Ian sonrió débilmente.

—Eso pienso hacer.

Ella levantó la copa.

—Por eso.

Él tomó la suya. Esta vez no brindaron por la guerra. Ni por el deber. Ni por el reino.

Brindaron por algo mucho más sencillo. Por volver. Las copas chocaron suavemente. Y durante unos minutos…

Todo pareció estar bien. El tiempo pasó sin que ninguno de los dos lo notara. Las velas habían consumido parte de su cera.

El vino ya no era una novedad en las copas.

Y la bodega, que al principio parecía un escondite, comenzó a sentirse como un lugar suspendido fuera del mundo.

Sin guerra. Sin responsabilidades. Sin despedidas. Ian apoyó la cabeza contra la pared de piedra.

—¿Sabes qué es lo extraño?

Agatha lo miró.

—¿Qué?

Él sonrió apenas.

—Que mañana todos esperan que sea un hombre diferente.

Ella frunció ligeramente el ceño.

—¿Diferente?

—Más fuerte. Más preparado. Más dispuesto.

Hizo una pausa.

—Como si ir a la guerra significara dejar atrás todo lo demás.

Agatha bajó la mirada.

—Pero no funciona así.

Ian negó lentamente.

—No. No funciona así.

Durante unos segundos solo escucharon el silencio de la bodega. Agatha pensó en Astrid. En cómo habría reaccionado si estuviera allí.

Probablemente habría intentado sonreír. Probablemente habría ocultado su miedo para no hacerlo más difícil. Siempre hacía eso. Siempre ponía a todos antes que a ella misma.

—Ella habría venido si hubiera podido —dijo Agatha de repente.

Ian levantó la mirada. Sabía exactamente de quién hablaba.

—Lo sé.

No había reproche en su voz. Solo tristeza.

—A veces odio que la conozca tanto.

Agatha sonrió levemente.

—Porque sabes que nunca elegirá lo fácil.

Ian observó la llama de una vela.

—Porque sé que siempre elegirá lo correcto. Y eso es lo que amo de ella.

La respuesta fue tan sincera que Agatha apartó la mirada. Porque incluso en aquella noche… Incluso cuando él estaba vulnerable…

El nombre de Astrid seguía siendo el centro de todo. Y quizá por eso dolía. Porque no había nada que pudiera hacer. No podía competir con eso.

No quería hacerlo. Ian se quedó en silencio. Después soltó una pequeña risa.

—Mira que hemos cambiado.

Agatha lo miró.

—¿Nosotros?

Él asintió.

—Antes nuestro mayor problema era escapar de las clases. Ahora… Ahora hablamos de guerras. De coronas. De perder personas.

Agatha sonrió con nostalgia.

—Echo de menos cuando solo nos castigaban.

—Yo no.

—Claro que no. Tú siempre eras el que intentaba explicarle a la reina por qué todo había sido un accidente.

Ian sonrió.

—Porque normalmente lo era.

Agatha soltó una carcajada. Una risa que llenó la pequeña estancia. Y por unos segundos volvieron a ser aquellos niños. Tres amigos corriendo por los jardines.

Tres niños que todavía no sabían lo que el mundo les pediría. La risa fue desapareciendo poco a poco. Pero no quedó tristeza. Quedó algo más peligroso.

La calma.

Esa sensación extraña de estar lejos de todo lo que normalmente los perseguía.

Ian observó la pequeña habitación escondida entre las barricas. Había pasado allí muchas veces durante su infancia. Pero nunca había pensado que volvería tantos años después.

No como un niño escapando de sus responsabilidades.

Sino como un hombre intentando recordar quién era antes de que todo dependiera de él.

—Es curioso —dijo finalmente.

Agatha levantó la mirada.

—¿Qué cosa?

—Que este lugar siga igual.

Ella sonrió.

—No todo cambió.

Ian negó suavemente.

—Todo cambió.

Agatha no respondió. Porque ambos sabían que era verdad. La Ciudadela seguía siendo la misma. Las torres seguían en pie.

Los jardines seguían floreciendo. Los pasillos seguían llenándose de voces. Pero ellos ya no eran los mismos niños que se escondían allí.

Ian había dejado de ser el muchacho que soñaba con demostrar su valor.

Ahora era el hombre al que todos miraban cuando necesitaban esperanza. Agatha había dejado de ser solo una princesa rebelde. Ahora cargaba con responsabilidades que nadie veía. Y Astrid…

Astrid llevaba sobre sus hombros el destino de todo un reino.

—A veces me pregunto si tuvimos alguna oportunidad de elegir —murmuró Agatha.

Ian la miró.

—¿Elegir qué?

Ella tardó unos segundos.

—Quién queríamos ser.

La pregunta quedó suspendida. Ian no respondió inmediatamente. Porque la entendía. Más de lo que quería admitir.

—Creo que todos creemos que elegimos —dijo al final—. Pero la verdad es que nacemos con un camino marcado.

Agatha bajó la mirada.

—Tú siempre fuiste diferente.

Ian sonrió con incredulidad.

—¿Yo?

—Sí. Siempre supiste dónde pertenecías.

Él negó.

—No. Siempre supe dónde esperaban que perteneciera.

La respuesta la sorprendió. Ian rara vez hablaba así.

—Hay una diferencia —añadió.

Agatha lo observó en silencio. Y durante un instante vio algo que casi nadie veía. La soledad detrás de la seguridad. El cansancio detrás del honor.

El miedo detrás del uniforme. Sin pensarlo demasiado…

Extendió la mano y acomodó la copa que estaba a punto de caer del borde de la mesa.

Un gesto pequeño. Nada más.

Pero la cercanía hizo que ambos se quedaran quietos durante un segundo más de lo necesario.

Ian levantó la mirada. Agatha también. Y por primera vez aquella noche…

El silencio no se sintió como el de dos amigos recordando el pasado.

Se sintió diferente. Más incómodo. Más confuso. Agatha fue la primera en apartar la vista.

—Creo que bebimos demasiado.