La Médium V. El adiós de los inocentes
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V. El adiós de los inocentes

CAPÍTULOVEL ADIÓS DE LOS INOCENTES

«Hay despedidas que comienzan mucho antes del último adiós.»

Las bodegas reales permanecían ocultas bajo el ala occidental de la Ciudadela. Eran antiguas. Mucho más antiguas que el propio palacio.

Los gruesos muros de piedra conservaban el frío incluso durante los días más cálidos del verano, protegiendo los vinos que habían pertenecido a generaciones enteras de reyes y reinas.

El aire olía a roble envejecido, vino y humedad.

Filas interminables de barricas descansaban bajo la luz temblorosa de los candelabros, mientras las sombras de las llamas danzaban sobre las paredes de piedra.

Era un lugar olvidado por casi todos. Excepto por Agatha.

Ella descendía la estrecha escalera con la seguridad de quien conocía cada rincón prohibido de la Ciudadela.

Ian caminaba detrás de ella. Negando lentamente con la cabeza.

—Algún día descubrirán todas tus rutas secretas.

Agatha no se giró. Solo sonrió.

—Ese día encontraré otras.

—¿Nunca te cansas de meterte en problemas?

Ella bajó un escalón más.

—Nunca me han parecido tan interesantes las personas que no lo hacen.

Ian soltó una risa. No una sonrisa educada.

No la pequeña expresión que utilizaba frente a los soldados o los nobles.

Una risa real. La primera en toda la noche. Agatha la escuchó y sonrió para sí misma. Había valido la pena.

Ese era exactamente el motivo por el que lo había llevado allí. No para hablar de la guerra. No para recordarle la partida. No para preguntarle por Astrid.

Solo quería regalarle unos minutos donde pudiera volver a ser Ian. No el capitán. No el hombre que cargaba con la seguridad de Arcadia. Solo Ian.

Llegaron al final de la escalera.

Agatha apartó una vieja cortina de lino que ocultaba un pequeño rincón entre las barricas.

Una mesa de madera. Dos bancos. Un par de velas. Y varias botellas cuidadosamente escondidas.

Ian observó el lugar con una mezcla de sorpresa y diversión.

—¿Desde cuándo existe esto?

Agatha levantó una botella.

—Desde que descubrí que los cocineros guardaban aquí el mejor vino para las celebraciones reales.

Ian arqueó una ceja.

—¿Y nunca los denunciaste?

Agatha lo miró como si acabara de insultar su honor.

—¿Delatar una fuente de vino? Capitán Brooks… Creía conocerte mejor.

Ian negó divertido.

—Empiezo a entender por qué Margaret siempre sospecha de ti.

Agatha sonrió mientras quitaba el corcho.

—Margaret sabe demasiadas cosas.

Sirvió dos copas. Le entregó una. Ian la tomó, pero no bebió. Observó el líquido oscuro moverse lentamente dentro del cristal.

Por un instante… Parecía extraño tener algo tan simple entre las manos. Una copa. Una conversación.

Una noche tranquila. Cosas que antes eran normales. Cosas que la guerra siempre terminaba arrebatando. Agatha levantó su copa.

—¿Brindamos?

Ian la miró.

—¿Por qué?

Ella pensó unos segundos. Después respondió:

—Porque vuelvas.

Las palabras fueron sencillas. Pero pesaron. Ian sostuvo su mirada. Luego levantó también la suya.

Las copas chocaron suavemente.

—Porque vuelva —repitió.

Y por primera vez aquella noche… Permitió creer que era posible. Ian bebió un pequeño sorbo. El vino era más fuerte de lo que esperaba.

Hizo una pequeña mueca. Agatha la notó inmediatamente.

—¿Qué pasa?

—Nada.

Ella entrecerró los ojos.

—Acabas de poner la misma cara que pone Margaret cuando prueba algo que no le gusta.

Ian miró la copa.

—Creo que entiendo mejor por qué lo esconde.

Agatha soltó una risa. Una risa ligera.

De esas que no tenían nada que ver con la princesa que todos veían en los salones del castillo.

Solo era Agatha. La niña que había corrido por los pasillos. La joven que había convertido cada regla en una sugerencia.

La persona que siempre había encontrado una manera de hacer que incluso los peores días parecieran un poco menos pesados.

Ian la observó unos segundos.

—Gracias.

Agatha dejó de sonreír.

—¿Por el vino?

Él negó.

—Por traerme aquí.

Ella bajó la mirada hacia su copa.

—No ibas a pasar tu última noche mirando un mapa.

Ian sonrió apenas.

—Probablemente sí.

—Lo sé —respondió ella—. Y precisamente por eso vine a buscarte.

Hubo un silencio tranquilo. No incómodo.

Uno de esos silencios que solo existen entre personas que se conocen desde hace demasiado tiempo.

Ian apoyó la copa sobre la mesa.

—Pensé que vendría.

Agatha bajó lentamente la mirada. Sabía perfectamente de quién hablaba. Y sabía que no había una respuesta que pudiera hacerlo sentir mejor. Porque ella también había esperado verla aparecer.

También había pensado que Astrid encontraría la forma. Siempre lo hacía. Pero esta vez no.

—Lo intentó —murmuró.

Ian sonrió con tristeza.

—Lo sé.

Agatha levantó la vista. Él no parecía enfadado. Eso era lo peor. Si estuviera enfadado sería más fácil.

La rabia podía desaparecer. Pero la tristeza… La tristeza se quedaba.

—Y precisamente por eso duele más.

Las palabras quedaron suspendidas entre ambos. Agatha no respondió. Porque entendía exactamente lo que quería decir. Ian no estaba herido porque Astrid no lo amara.

Nunca había dudado de eso. Estaba herido porque sabía que ella lo amaba… Y aun así había elegido el deber. Porque ese era el peso que llevaba sobre sus hombros desde niña.

Agatha apoyó los codos sobre la mesa.

—¿Sabes qué es lo que más odio de mi hermana?

Ian levantó una ceja.

—¿Que consigue que hasta sus defectos parezcan virtudes?

Agatha soltó una pequeña risa.

—Exacto.

Los dos sonrieron. Solo un instante. Después la expresión de ambos cambió. Porque la verdad seguía ahí.

No estaban hablando realmente de Astrid. Estaban hablando del precio que llevaba pagando toda su vida. Ian tomó nuevamente la copa.

—Mañana no podré beber.

Agatha lo miró.

—Mañana tendrás que mantener con vida a medio ejército.

—Exactamente.

Ella estiró la mano y le quitó la copa antes de que pudiera volver a beber.

Ian la miró sorprendido.

—Devuélvemela.

—No.

—Agatha.

—No.

—Eres insoportable.

Ella levantó el mentón con orgullo.

—También me lo dijo mi madre esta mañana.

Ian dejó escapar una risa baja.

—Empiezo a creer que tiene razón.

Agatha abrió los ojos fingiendo indignación.

—¿Tú también?

—Empiezo a sospecharlo.

Por unos segundos volvieron a reír. Y ese era precisamente el peligro. Porque era fácil olvidar dónde estaban. Era fácil olvidar que al amanecer todo cambiaría.

Era fácil olvidar que aquella noche no era una noche cualquiera. Agatha dejó la copa fuera de su alcance. Ian la miró con una mezcla de resignación y diversión.

—¿Siempre haces esto?

—¿Qué cosa?

—Dar órdenes como si mandaras aquí.

Agatha sonrió.

—No. Hago que la gente haga lo correcto.

—Eso suena exactamente a algo que diría alguien que manda.

Ella hizo una pequeña mueca.

—No se lo digas a mi madre.

Ian soltó una risa baja. Después apoyó los antebrazos sobre la mesa. La luz de la vela iluminaba parcialmente su rostro. Por primera vez en mucho tiempo…

No parecía un capitán. No parecía el hombre que todos miraban esperando respuestas. Parecía simplemente alguien cansado. Agatha dejó de bromear.

Lo conocía demasiado bien.

—¿Sabes qué voy a echar de menos?

Ella intentó sonreír.

—Mis maravillosos consejos.

Ian negó.

—No.

—¿Mi impecable sentido de la moda?

—Mucho menos.

Agatha le dio un pequeño golpe en el brazo.

—Entonces dilo tú.

Ian tardó unos segundos en responder.

Como si la respuesta fuera mucho más difícil de admitir de lo que parecía.

—La normalidad.

La sonrisa de Agatha desapareció lentamente. Ian miró la copa que seguía sobre la mesa.

—Momentos como este. Poder sentarme… hablar de tonterías. Reírme. Sin pensar en mapas. En estrategias. En cuántos hombres dependen de una decisión mía.

Su voz bajó ligeramente.

—Echo de menos al muchacho que creía que ser capitán consistía solamente en aprender a usar una espada.

Agatha permaneció en silencio. Porque esa confesión significaba mucho más viniendo de él. Ian siempre había sido quien encontraba las palabras correctas. Quien calmaba a los demás.

Quien sostenía a todos cuando algo se derrumbaba. Nunca quien necesitaba que alguien lo sostuviera a él.

—¿Tienes miedo? —preguntó finalmente.

Ian no respondió enseguida. Giró la copa lentamente entre sus dedos. Observó cómo el vino se movía en círculos.

—Sí.

La sinceridad de aquella palabra cambió el ambiente. Agatha no esperaba una respuesta tan sencilla. Tan humana.

—¿De morir?

Ian negó lentamente.

—No.

Hizo una pausa.

—Eso sería demasiado sencillo.

Agatha sintió un escalofrío.

—Entonces… ¿De qué?

Ian levantó la mirada. Y durante un instante ella no vio al capitán de Arcadia. Vio al niño que había conocido.

Al joven que había corrido por los jardines junto a ella y Astrid.

Al hombre que había pasado años intentando ser más fuerte de lo que realmente era.

—De no volver siendo el mismo.

El silencio llenó la bodega. Agatha bajó la mirada. Porque entendía esa respuesta. La guerra no solo podía quitar una vida.

También podía cambiar una persona hasta hacerla irreconocible.

—Ian…

Él sonrió apenas. Una sonrisa triste.

—Todos hablan de volver. Pero nadie habla de quién vuelve.

Agatha no supo qué decir.

Así que hizo lo único que había hecho toda su vida cuando él estaba sufriendo.

Se acercó. Rodeó la mesa. Y se sentó a su lado. No enfrente.

A su lado. Como cuando eran niños. Como cuando compartían escondites para escapar de las clases. Como cuando todavía no existían coronas, guerras ni responsabilidades.

Ian no dijo nada. Solo sintió el leve roce de su hombro contra el suyo. Y por primera vez desde que recibió la orden del rey… Sintió que no estaba completamente solo.

Agatha permaneció sentada a su lado. Durante unos minutos ninguno habló. Y, curiosamente, no necesitaban hacerlo.

Esa siempre había sido una de las cosas que más había unido a los tres.

No necesitaban llenar cada silencio. No necesitaban fingir. Desde niños habían aprendido a entenderse con una sola mirada. Ian apoyó la espalda contra la pared de piedra.

—¿Recuerdas cuando nos escondimos aquí por primera vez?

Agatha sonrió inmediatamente.

—Fue culpa tuya.

Ian giró la cabeza hacia ella.

—¿Mía?

—Sí.

—¿Cómo podría ser culpa mía?