IV. Los tambores de guerra #4
Durante un instante… Astrid sintió que el aire abandonaba sus pulmones. No cambió la expresión. No podía.
Toda una vida de educación había convertido el dominio de sus emociones en algo casi instintivo.
Solo Agatha vio cómo sus dedos se cerraban con fuerza alrededor del rosario.
—¿Mañana? —susurró.
Agatha asintió.
—Acaba de recibir la orden.
Astrid guardó silencio. Un silencio demasiado largo. El Prior dio un paso al frente.
—Alteza. Debemos continuar.
Astrid levantó lentamente la vista. Había serenidad en su rostro. La misma que todos esperaban de la futura Médium.
—Por supuesto —respondió con una leve inclinación de cabeza.
Agatha la miró sin comprender.
—¿Astrid…?
Su hermana le dedicó una sonrisa apenas perceptible.
La sonrisa que utilizaba cuando intentaba tranquilizar a los demás mientras se rompía por dentro.
—Solo será una oración más. Después iré.
Agatha supo inmediatamente que aquello no era cierto. Conocía demasiado bien el templo. Una oración nunca era solo una oración. Después venía la lectura.
Luego la bendición. Más tarde las instrucciones del Prior. Siempre había algo más. Y el tiempo seguía corriendo.
Agatha permaneció inmóvil. No entendía cómo Astrid podía seguir allí de pie. Como si acabara de recibir una noticia cualquiera.
—Astrid… —susurró con incredulidad.
—No queda tiempo.
Astrid sostuvo su mirada. Había una súplica silenciosa en sus ojos. Una que solo su hermana podía comprender.
—Lo sé —respondió apenas moviendo los labios.
Agatha dio un paso más.
—Entonces vámonos. Ahora.
Astrid desvió la mirada hacia el altar. Las velas seguían ardiendo. Las sacerdotisas aguardaban en absoluto silencio.
El Prior permanecía inmóvil, esperando que la ceremonia continuara. Todo el templo parecía recordarle quién era. No Astrid. La futura Médium.
Respiró lentamente.
Toda su vida le habían enseñado que el deber estaba por encima de cualquier deseo.
Que una Médium pertenecía al reino. No a sí misma. Ni a un hombre. Y precisamente por eso…
Nadie podía imaginar el sacrificio que suponía amar a Ian Brooks. Agatha volvió a hablar. Esta vez con más urgencia.
—Él te necesita.
Aquellas palabras hicieron que Astrid cerrara los ojos un instante. Sí. Lo sabía. Y era precisamente eso lo que más dolía.
Cuando volvió a abrirlos… La serenidad había regresado a su rostro.
—Terminaré aquí lo antes posible. Después iré a buscarlo.
Agatha negó inmediatamente.
—No. No llegarás.
Las dos se quedaron mirándose. Las dos sabían que Agatha tenía razón. El Prior rompió el silencio.
—Alteza. El tiempo de preparación no puede seguir interrumpiéndose.
Astrid hizo una pequeña inclinación de cabeza.
—Perdonadme.
Se volvió hacia el altar. Agatha sintió un nudo de frustración cerrarle la garganta. Quería discutir. Quería gritar.
Quería decirles que ningún rito era más importante que una despedida. Pero no podía. Porque hacerlo significaba hacer preguntas que nadie debía formular.
¿Por qué la futura Médium necesitaba ver con tanta urgencia al capitán de la Guardia Blanca?
Era una pregunta demasiado peligrosa. Así que apretó los puños. Respiró hondo. Y se acercó discretamente a Astrid antes de que retomara su lugar.
—Lo entretendré —murmuró.
Astrid giró apenas la cabeza.
—¿Qué?
—Buscaré la manera de que no se marche enseguida. Aunque solo sean unos minutos.
Astrid sintió que las lágrimas amenazaban con vencerla. No podía llorar. No allí.
No delante de todos. Solo consiguió tomar la mano de Agatha durante un breve instante.
Un gesto tan pequeño que cualquiera habría pensado que era un simple movimiento para acomodarse el vestido.
Pero para ellas significaba mucho más.
—Gracias —susurró.
Agatha respondió con una sonrisa. Una sonrisa valiente. De esas que siempre regalaba cuando alguien más necesitaba ser fuerte.
—Corre cuando puedas. Yo me encargo del resto.
Soltó su mano. Y abandonó el templo con paso rápido. No sabía cómo iba a conseguirlo. No tenía ningún plan.
Solo una certeza.
Ian no partiría sin que Astrid tuviera al menos la oportunidad de intentarlo.
Agatha salió del templo sin volver la vista atrás. Apenas desapareció tras las puertas, el Prior retomó la ceremonia.
—Continuemos.
Las sacerdotisas respondieron al unísono. Las antiguas plegarias volvieron a llenar el recinto. Astrid permanecía inmóvil. Su voz repetía cada oración con absoluta precisión.
Como llevaba haciendo desde que era una niña. Pero aquella mañana… Por primera vez… No escuchaba una sola palabra.
Solo pensaba en Ian. En que partiría al amanecer.
En que quizá aquella fuera la última noche que ambos respiraran bajo el mismo cielo.
Los dedos se cerraron con fuerza alrededor del rosario.
«Ve.» Una parte de ella lo suplicaba.
«Corre.»
«Todavía estás a tiempo.» Entonces levantó lentamente la vista hacia la enorme estatua de la Diosa. Recordó las palabras que había escuchado durante toda su vida.
«La Médium no se pertenece.»
«Su corazón pertenece al reino.»
«Su vida pertenece al pueblo.» Respiró profundamente. Y continuó rezando. Porque eso era lo que llevaba haciendo desde que tenía memoria.
Elegir a Arcadia. Incluso cuando eso significaba renunciar a sí misma. Mientras tanto… Agatha cruzaba el patio principal convencida de que todavía quedaba tiempo.
No sabía… Que su hermana ya había tomado una decisión.
Y que jamás rompería el juramento para el que había sido preparada desde la infancia.
Ian seguía ignorando que aquella sería la última vez que esperaría una despedida que nunca llegaría.
Ian permaneció unos minutos más en el patio de armas. El movimiento de los soldados continuaba a su alrededor. Órdenes. Pasos.
Hierro. Caballos.
La preparación de una partida que todos sabían que podía cambiar muchas cosas.
Pero él solo podía pensar en una. Astrid. No necesitaba una gran despedida. Nunca la habían necesitado.
Durante años habían aprendido a encontrar pequeños momentos en medio de las obligaciones, de los muros del castillo y de las miradas ajenas.
Unos minutos robados. Una conversación. Una sonrisa. La certeza de que, aunque el mundo exigiera demasiado de ellos…
Todavía se tenían. Miró hacia la torre donde se encontraban las habitaciones de la princesa. Las ventanas permanecían iluminadas. Eso le arrancó una pequeña sonrisa.
Ella estaba allí. Quizá atrapada por alguna ceremonia. Quizá por alguna responsabilidad que él nunca le pediría abandonar. Porque esa era una de las cosas que más amaba de ella.
Astrid siempre elegía hacer lo correcto. Incluso cuando lo correcto le rompía el corazón.
—Sigues esperando.
La voz de Agatha llegó desde detrás de él. Ian no se sorprendió. Conocía demasiado bien esa forma de aparecer sin hacer ruido. Giró lentamente.
Ella estaba apoyada contra uno de los pilares del patio.
El cabello castaño liso caía sobre sus hombros, con aquellas pequeñas mechas doradas iluminadas por la luz de las antorchas. Su expresión intentaba parecer despreocupada, pero Ian podía ver que algo en ella también estaba cargado de preocupación.
Agatha nunca había sido buena fingiendo.
—¿Esperando qué? —preguntó él.
Ella levantó una ceja.
—A mí no me mientas.
Ian sonrió apenas.
—No estoy mintiendo.
—Claro. Y yo soy la persona más obediente de todo Arcadia.
Él soltó una pequeña risa. La primera en varias horas. Agatha se acercó. Durante un momento ninguno dijo nada.
No hacía falta. Ella sabía lo que significaba aquella mirada hacia las torres. Sabía a quién esperaba. Y sabía también que, aunque no lo dijera, Ian estaba decepcionado.
No con Astrid. Nunca con ella. Con las circunstancias.
—Ven conmigo —dijo finalmente.
Ian frunció el ceño.
—¿A dónde?
Agatha sonrió de esa manera que siempre anunciaba una mala idea.
—A un lugar donde nadie te recuerde que eres capitán.
Él negó divertido.
—Eso suena peligroso.
—Lo es —respondió ella.
—Por eso funciona.
Ian la observó unos segundos. Después miró nuevamente hacia la torre. Esperó un último instante.
Como si una parte de él todavía creyera que Astrid aparecería entre los corredores.
Pero no ocurrió. Bajó la mirada. Y siguió a Agatha. No sabía que aquella noche cambiaría muchas cosas.
No sabía que algunas despedidas no ocurren porque alguien decide no ir. A veces… Simplemente llegan demasiado tarde.
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