IV. Los tambores de guerra #3
El criado la observó durante varios segundos.
—No creo que esas palabras signifiquen lo mismo para vos que para el resto del mundo.
Fue entonces cuando Ian no pudo contener la carcajada. Una risa auténtica. Profunda.
La misma que solo aparecía cuando estaba con las personas que consideraba su familia.
Agatha levantó la cabeza al reconocer aquella risa. Y su rostro se iluminó al instante.
—Ian.
Agatha dejó la bandeja sobre una pequeña mesa de piedra con una satisfacción casi infantil.
—¿Ves? Ni una sola copa rota.
Ian observó el pequeño desastre perfectamente equilibrado frente a ella. La cerveza había salpicado el borde de la bandeja. Las uvas seguían rodando lentamente dentro del cuenco.
Una de las copas había quedado peligrosamente inclinada. Levantó una ceja.
—Creo que tenemos conceptos muy distintos sobre lo que significa «bajo control».
Agatha hizo una mueca ofendida.
—Eres demasiado exigente.
—Soy soldado. Es deformación profesional.
Ella tomó una uva del cuenco y la lanzó al aire. La atrapó con la boca sin apartar la vista de Ian.
—Y tú demasiado aburrido.
—Eso jamás me lo había dicho nadie.
—Porque el resto te tiene demasiado respeto. Yo no.
Ian soltó una carcajada. Negó lentamente con la cabeza.
—No cambiarás nunca.
Agatha levantó orgullosamente el mentón.
—Esa es exactamente la idea.
Durante unos segundos permanecieron allí. Sonriendo.
Como si todavía fueran aquellos dos adolescentes que competían por ver quién recibía más castigos de la reina Eleonora.
Ian observó a Agatha. Seguía siendo igual.
El cabello castaño caía completamente liso sobre su espalda, iluminado por finas mechas doradas que el sol hacía brillar con reflejos de miel.
Algunas hebras rebeldes escapaban alrededor de su rostro, suavizando unas facciones vivas donde las pequeñas pecas sobre la nariz seguían apareciendo cada vez que sonreía.
Su figura era femenina, de curvas suaves y elegantes, y caminaba con una seguridad despreocupada que hacía parecer que todo el castillo se adaptaba a su ritmo, nunca al contrario.
Era imposible permanecer serio cerca de ella. Y quizá por eso… El cambio resultó tan evidente. La sonrisa de Ian seguía allí.
Pero algo en sus ojos había desaparecido. Agatha fue la primera en notarlo. Conocía demasiado bien aquella mirada. La había visto después de batallas.
Después de funerales. Después de recibir malas noticias. La alegría seguía en sus labios. No en su expresión.
Su sonrisa comenzó a desvanecerse.
—¿Qué ha pasado?
Ian no respondió inmediatamente. Bajó la vista. Respiró despacio. Como si necesitara encontrar la forma adecuada de decirlo.
Agatha dejó de bromear. Por completo. Todo su cuerpo cambió. La espalda se enderezó.
Los hombros perdieron aquella ligereza habitual. Incluso el brillo juguetón de sus ojos desapareció. Esperó. Ian levantó nuevamente la mirada.
Había serenidad en su rostro.
Pero también ese cansancio que solo aparecía cuando aceptaba una decisión que no podía cambiar.
—Partimos mañana.
No añadió nada más. No hacía falta. Las palabras quedaron suspendidas entre los dos. Agatha sintió que el pecho se le encogía.
Había imaginado muchas respuestas. Ninguna era aquella.
—¿Cuándo recibiste la orden?
—Hace unos minutos.
Ella desvió lentamente la mirada hacia el patio. Los soldados seguían entrenando. Algunos reían. Otros discutían.
Un caballo relinchó desde los establos. Todo seguía exactamente igual. Y, sin embargo… Para ella acababa de cambiar por completo.
—Tan pronto… —susurró.
Ian asintió con calma.
—El rey quiere asegurar la ruta del norte antes de que el enemigo dé el primer paso.
Agatha volvió a mirarlo. Había una pregunta que no necesitaba formular. Aun así… La hizo.
Porque conocía demasiado bien a Ian.
—¿Tienes miedo?
Él sonrió apenas. Una sonrisa sincera. Sin orgullo.
—Claro.
La respuesta sorprendió incluso a Agatha. Ian nunca fingía ser invencible.
—Siempre lo tengo. Lo peligroso sería dejar de tenerlo. Porque el día que un soldado pierde el miedo… Empieza a cometer errores.
Ella sintió una profunda admiración.
No por su valentía. Sino por su honestidad. Pocas personas eran capaces de admitir algo así. Ian continuó.
—Solo intento que el miedo no decida por mí.
Agatha sonrió con tristeza.
—Supongo que por eso sigues volviendo.
Ian bajó la vista.
—Eso intento.
El silencio regresó. Esta vez ninguno de los dos buscó romperlo. Fue Agatha quien comprendió de pronto lo que faltaba en aquella conversación. Su expresión cambió.
—Espera…
Ian levantó la vista.
—¿Astrid ya lo sabe?
Él negó lentamente.
—Todavía no.
Aquellas dos palabras bastaron.
Agatha dejó la bandeja sobre la mesa con tanta rapidez que una de las copas tintineó peligrosamente.
No le importó.
—Espérame.
Ian frunció ligeramente el ceño.
—¿Adónde vas?
Ella ya estaba dando media vuelta.
—A buscar a mi hermana.
Ian dio un paso.
—Agatha…
Ella se volvió apenas un instante. Lo suficiente para dedicarle una sonrisa pequeña. Muy distinta de todas las anteriores.
—Si mañana partes a la guerra… No pienso permitir que lo hagas sin despedirte de ella.
Y echó a correr. Ian permaneció inmóvil observando cómo desaparecía entre las galerías del castillo. No intentó detenerla. Porque, por primera vez desde que había recibido la orden del rey…
Permitió que una pequeña esperanza naciera en su interior. Quizá… Solo quizá… Todavía les quedaban unos minutos más.
La bandeja quedó abandonada sobre la mesa de piedra. Una copa seguía balanceándose peligrosamente sobre el borde. El criado la llamó una vez. Después otra.
—¡Lady Agatha!
Ella ni siquiera volvió la cabeza. Ya había echado a correr.
Atravesó el patio principal esquivando soldados, aprendices y sirvientes con la agilidad de quien conocía cada rincón de la Ciudadela desde antes de aprender a leer.
El castillo parecía empeñado en detenerla. Un escudero apareció cargando un arcón. Lo esquivó por centímetros. Dos doncellas salieron de una galería con un enorme cesto de ropa.
Pasó entre ambas sin reducir la velocidad.
—¡Alteza!
—¡Luego! —respondió sin detenerse.
Subió los escalones de mármol de dos en dos. El aire comenzaba a faltarle. No importaba. Debía encontrar a Astrid.
Ahora. No dentro de diez minutos. No cuando terminara una audiencia. Ahora.
Atravesó la Galería de los Reyes.
Los retratos de generaciones enteras de monarcas parecían observarla desde las paredes cubiertas de tapices.
La luz de la mañana atravesaba los vitrales proyectando manchas de color sobre el suelo de mármol blanco.
Todo seguía siendo hermoso. Todo seguía siendo exactamente igual. Y eso la enfurecía. ¿Cómo podía el mundo continuar con absoluta normalidad cuando Ian iba a partir al amanecer?
Aceleró todavía más.
Los guardias apenas tuvieron tiempo de abrir las puertas del Gran Templo antes de que ella las empujara con más fuerza de la necesaria.
El aroma del incienso la envolvió inmediatamente. El silencio sustituyó al bullicio del castillo.
La inmensa nave del templo estaba iluminada por cientos de velas cuya luz temblaba bajo la enorme cúpula de piedra.
Los fieles permanecían arrodillados. Los sacerdotes entonaban antiguas plegarias. Agatha apenas reparó en ellos. Su mirada recorrió las largas filas de columnas blancas.
Buscándola. Hasta que la encontró. Astrid.
Vestía el blanco ceremonial reservado para las grandes celebraciones de Arcadia.
La seda caía con una elegancia impecable alrededor de su figura esbelta, mientras el largo cabello rubio, cuidadosamente trenzado, descendía sobre su espalda como un hilo de oro bajo la luz de las vidrieras.
La fina diadema de plata descansaba sobre su cabeza, convirtiéndola en la imagen perfecta de la futura Médium.
Perfecta. Intocable. Lejana. Por un instante…
Agatha dejó de ver a la heredera. Volvió a ver a la niña que trepaba árboles con ella.
A la hermana que se reía hasta llorar cuando Ian acababa empapado en el lago.
A la única persona que siempre había conseguido hacerla sentir en casa.
Pero aquella niña llevaba años escondida detrás de la corona que todavía ni siquiera había recibido.
—¡Astrid!
Las voces del templo se apagaron de golpe. Las sacerdotisas levantaron la cabeza sobresaltadas. El Prior cerró lentamente el pergamino que sostenía entre las manos. Astrid giró inmediatamente.
Solo necesitó ver el rostro de Agatha. Y supo… Que algo iba mal.
Las últimas notas del coro aún flotaban bajo la inmensa cúpula del templo cuando Astrid dio un paso al frente.
No fue la voz de Agatha lo que la alarmó. Fue su expresión. La conocía demasiado bien. Sabía distinguir cuándo sonreía para ocultar un problema.
Cuándo bromeaba para aliviar una tensión.
Y cuándo llegaba con el corazón acelerado porque algo realmente importante había ocurrido.
Aquella era la tercera.
—Agatha… ¿Qué sucede?
El Prior avanzó un paso antes de que pudiera responder.
Su túnica blanca rozó el suelo de mármol mientras un profundo silencio se extendía por el templo.
—Alteza. La ceremonia todavía no ha concluido.
Agatha ni siquiera lo miró. Sus ojos permanecían fijos en Astrid.
—Necesito hablar con ella. Ahora.
El anciano frunció ligeramente el ceño.
—La preparación para la Consagración no puede interrumpirse por asuntos menores.
Aquellas palabras hicieron que Agatha levantara por fin la mirada. No hubo insolencia. Ni desafío. Solo una serenidad inesperada.
—Con todo mi respeto… No se trata de un asunto menor.
Astrid sintió cómo un leve escalofrío recorría su espalda. Dio otro paso hacia su hermana.
—¿Ha ocurrido algo con padre?
Agatha negó.
—No.
—¿Con madre?
—No.
Astrid respiró apenas un poco más tranquila. Solo existía un nombre que todavía no se había pronunciado.
Y el silencio de Agatha empezó a darle la respuesta antes incluso de escucharla.
—¿Ian?
—Princesa Astrid. La oración puede continuar cuando termine esta conversación.
Astrid permanecía inmóvil. Sus ojos seguían clavados en su hermana.
—¿Qué ha pasado?
Agatha se acercó hasta quedar frente a ella. Bajó la voz hasta convertirla en un susurro.
—Ian parte mañana al amanecer.