IV. Los tambores de guerra #2
—Partirás al amanecer. Escoge a los hombres que consideres necesarios. Quiero la ruta asegurada antes de que termine la semana.
—Así será, Majestad.
No hubo discursos. Ni promesas grandilocuentes.
Solo la respuesta de un capitán que nunca juraba más de lo que sabía que podía cumplir.
Mientras la mayoría comenzaba a recoger pergaminos y mapas… Una única persona permanecía completamente inmóvil. Lord Armand.
Vestía un impecable jubón negro bordado con discretos hilos plateados. Sus manos descansaban relajadas sobre el respaldo de la silla, y una sonrisa cortés dibujaba sus labios con la perfección de quien había aprendido a ocultar cualquier emoción verdadera.
Observaba a Ian. No con admiración. Con interés.
Como un jugador que acaba de descubrir la pieza más valiosa del tablero.
Cuando Ian pasó junto a él, Armand habló sin volver siquiera la cabeza.
—Enhorabuena, capitán. Parece que hoy sois el hombre en quien más confía el reino.
Ian detuvo apenas el paso. Lo suficiente para responder por educación.
—Solo intento cumplir con mi deber.
Armand sonrió. Una sonrisa impecable. Amable. Educada.
Tan perfecta… Que resultaba imposible adivinar lo que realmente escondía.
—Estoy seguro de ello.
Ian hizo una leve inclinación de cabeza. Después continuó su camino.
No vio cómo aquella sonrisa desaparecía en cuanto cruzó las puertas de la Sala de Guerra.
El silencio volvió a envolver la estancia. Armand permaneció inmóvil unos segundos. Su mirada descendió lentamente hacia el mapa. Después al lugar donde había estado el rey.
Y finalmente… A la puerta por la que Ian acababa de salir. Una expresión completamente distinta endureció su rostro.
—Los hombres más peligrosos… —murmuró para sí.
—…son aquellos que jamás desean el poder.
Sus dedos rozaron distraídamente una de las piezas del tablero.
—Porque son los únicos a quienes otros están dispuestos a entregárselo.
Retiró la mano. La sonrisa regresó. Como si nunca hubiera desaparecido. Se colocó los guantes de cuero con absoluta tranquilidad.
Y abandonó la sala. Sin saberlo, Ian acababa de convertirse en el siguiente movimiento de Armand. Las puertas de la Sala de Guerra se cerraron lentamente tras Ian.
El murmullo de los generales quedó atrapado al otro lado de la madera.
Los largos corredores de la Ciudadela volvían a respirar la tranquilidad de siempre.
Criados transportaban cestas de ropa limpia. Pajes corrían con pergaminos bajo el brazo. Un grupo de damas atravesó la galería principal conversando entre risas apagadas. La vida continuaba.
Ajena a las decisiones que acababan de tomarse. Ian caminaba despacio. No porque le sobrara el tiempo.
Sino porque conocía aquel castillo tan bien como el camino hasta su propia casa.
Había aprendido a caminar por aquellos pasillos siendo apenas un muchacho.
Recordaba la primera vez que cruzó aquellas puertas con un uniforme demasiado grande para sus hombros y una espada de entrenamiento que apenas sabía sostener.
Todo le había parecido inmenso. Las columnas. Las torres. Los vitrales.
Incluso el silencio. Ahora… Aquellos muros eran parte de él.
Dos soldados que montaban guardia junto a la galería se cuadraron inmediatamente al verlo.
—Capitán.
Ian respondió con una leve inclinación de cabeza. Nunca le había gustado que lo saludaran con excesiva ceremonia. El respeto no se imponía. Se ganaba.
Uno de los muchachos reunió valor antes de hablar. No debía de tener más de veinte años.
El uniforme todavía conservaba la rigidez de quien apenas llevaba unos meses vistiéndolo.
—¿Es cierto que partimos mañana?
Ian lo observó unos segundos. Reconocía aquella expresión. La había visto demasiadas veces. No era miedo exactamente.
Era la incertidumbre de quien todavía no sabía cómo sonaba una batalla de verdad.
—Al amanecer.
El joven tragó saliva. Intentó disimularlo. No lo consiguió.
—Será… mi primera campaña.
Ian sonrió apenas. No con superioridad. Con comprensión. Porque alguna vez él también había pronunciado aquellas mismas palabras.
Se acercó hasta quedar frente al muchacho.
—Entonces voy a darte el mismo consejo que un viejo capitán me dio hace muchos años.
El soldado enderezó inmediatamente la espalda. Esperando una frase heroica. Una enseñanza gloriosa. Ian negó suavemente.
—No intentes convertirte en un héroe.
El muchacho parpadeó.
—¿Señor?
—Vuelve. Nada más. Vuelve.
El joven permanecía completamente inmóvil. Ian continuó.
—Los héroes llenan canciones.
Los hombres que regresan… Construyen hogares. Conocen a sus hijos. Envejecen con la mujer que aman.
Eso… Vale mucho más que cualquier estatua. Durante unos segundos ninguno habló. El muchacho bajó lentamente la mirada.
—Lo recordaré, capitán.
Ian le dio una palmada en el hombro. Una sola.
—Eso espero.
Reanudó la marcha. No sabía si aquellas palabras cambiarían algo. Pero alguien debía decirlas. Porque la guerra siempre prometía gloria.
Y casi nunca cumplía esa promesa.
Cuando ya se había alejado unos metros, el soldado más veterano observó cómo desaparecía al final del corredor.
El joven rompió el silencio.
—Ahora entiendo por qué todos quieren servir bajo sus órdenes.
El veterano sonrió sin apartar la vista del pasillo.
—¿Crees que es porque nunca pierde?
El muchacho asintió. El hombre negó despacio.
—No. Es porque jamás olvida que debajo de cada armadura… Hay una persona esperando volver a casa.
Ian ya no pudo escuchar aquellas palabras. Había doblado el siguiente corredor.
Frente a él, las puertas abiertas que conducían a los jardines dejaban entrar una brisa fresca cargada del aroma de los limoneros.
Durante un instante pensó en dirigirse directamente a los establos. Quedaban monturas por revisar. Provisiones. Armas.
Hombres con los que hablar antes de partir. Sin embargo… Sus pasos se detuvieron.
Desvió lentamente la mirada hacia el sendero que conducía al Patio de los Laureles.
Había alguien… A quien necesitaba ver antes del amanecer. Y, por primera vez desde que salió de la Sala de Guerra… El capitán dejó paso al hombre.
Ian apenas había descendido la escalinata principal cuando una voz conocida lo detuvo.
—Capitán Brooks.
Sonrió antes incluso de girarse.
—Lady Margaret.
La anciana avanzaba despacio sosteniendo una cesta de pan recién horneado. El calor todavía escapaba entre los paños de lino que cubrían las hogazas, impregnando el aire con un aroma a mantequilla y trigo que, por un instante, consiguió hacer olvidar incluso la guerra.
Margaret llevaba más de treinta años al frente de las cocinas reales. Había visto crecer al rey. A las princesas. A Ian.
Y estaba convencida de que todos ellos seguían necesitando que alguien les recordara cuándo era hora de comer.
Lo observó de arriba abajo. Frunció el ceño.
—Otra vez sin desayunar.
Ian levantó ambas manos con gesto inocente.
—Tenía trabajo.
—Y mañana tendréis guerra —respondió ella sin el menor rastro de compasión.
—Precisamente por eso deberíais comer.
Antes de que Ian pudiera inventar otra excusa, Margaret tomó una pequeña hogaza aún tibia y la colocó directamente entre sus manos.
—Lady Margaret…
—No. No voy a escuchar ninguna de vuestras tonterías.
Ian dejó escapar una risa baja.
Aquella mujer era una de las pocas personas del castillo capaces de reprenderlo sin importarle que vistiera el uniforme de capitán.
—No conseguiréis cambiarme.
Margaret arqueó una ceja.
—Llevo quince años intentándolo. Y todavía no he perdido la esperanza.
Ian inclinó ligeramente la cabeza.
—Gracias.
Ella sonrió con satisfacción.
—Eso está mejor. Ahora marchaos. Y terminad ese pan antes de llegar a los establos.
Ian obedeció. No porque fuera una orden.
Porque sabía que, si regresaba con la hogaza intacta, Margaret sería perfectamente capaz de perseguirlo por medio castillo con una cuchara de madera.
Mientras retomaba el camino dio el primer mordisco. El pan seguía caliente. Crujiente por fuera. Suave por dentro.
Una sonrisa apareció inevitablemente en sus labios. Aquello le recordó a otra persona. Agatha. Era exactamente el mismo sermón.
La misma expresión de falsa severidad. La misma costumbre de asegurarse de que hubiera comido antes de partir. Negó divertido.
—Las dos sois iguales…
Guardó el resto del pan dentro de la casaca. Conociendo a Agatha…
Lo más probable era que, antes de que terminara el día, volviera a regañarlo por exactamente el mismo motivo.
Abandonó la galería principal. El patio de armas bullía de actividad. Las espadas de entrenamiento chocaban unas contra otras. Los caballos relinchaban desde los establos.
Los soldados corrían de un lado a otro preparando el viaje del amanecer.
Algunos levantaban la vista cuando Ian pasaba. Otros simplemente inclinaban la cabeza. Él respondía a todos exactamente igual. Con una leve sonrisa.
Con un gesto.
Nunca permitió que la distancia entre un capitán y sus hombres se convirtiera en un muro.
Entonces… Algo cruzó el patio a toda velocidad. Ian ni siquiera necesitó distinguir el rostro. Sonrió.
Solo había una persona en toda la Ciudadela capaz de caminar como si el castillo entero tuviera que apartarse para dejarla pasar.
Agatha. Avanzaba sujetando una bandeja cargada hasta un punto que desafiaba cualquier lógica. Una jarra de cerveza. Dos copas.
Un pequeño cuenco con fruta. Y varios platos que amenazaban con deslizarse al menor movimiento. Detrás de ella caminaba un criado completamente desesperado.
—Iba a decir que eso era una mala idea… Pero creo que ya es demasiado tarde.
Agatha siguió caminando sin girarse.
—¡Te aseguro que tengo todo bajo control!
El criado cerró los ojos.
—Eso es precisamente lo que más miedo me da, alteza.
Ian cruzó los brazos. Esperó. Conocía demasiado bien aquella escena. Tres…
Dos… Uno… La jarra comenzó a inclinarse. Las copas resbalaron.
El cuenco giró peligrosamente sobre la bandeja.
—¡Lady Agatha!
Ella giró con una agilidad sorprendente. Sujetó la bandeja con el antebrazo. Recuperó el equilibrio de la jarra.
Y, antes de que un racimo de uvas tocara el suelo, lo atrapó limpiamente con la mano libre.
Sonrió con orgullo.
—¿Lo ves? Todo perfectamente calculado.