La Médium IV. Los tambores de guerra
17%

IV. Los tambores de guerra

CAPÍTULOIVLOS TAMBORES DE GUERRA

«Las peores tormentas son aquellas que nadie ve acercarse.»

El sol bañaba los tejados de Arcadia con la misma serenidad de cualquier otra mañana.

Desde las altas torres de la Ciudadela Real, el reino despertaba lentamente.

El mercado comenzaba a llenarse de vida mientras los comerciantes abrían los postigos de sus tiendas.

Los panaderos colocaban hogazas todavía humeantes sobre los mostradores de madera y el aroma del trigo recién horneado se mezclaba con el de las especias que llegaban desde los puertos del sur.

Los herreros hacían cantar el hierro con los primeros golpes del día.

Los niños corrían entre los puestos riendo, perseguidos por madres que fingían enfadarse mientras los vendedores comenzaban a anunciar sus mercancías.

Las campanas del Gran Templo resonaron sobre toda la ciudad, profundas y solemnes, anunciando el inicio del primer oficio religioso.

Arcadia respiraba.

Respiraba con la tranquilidad de un reino que ignoraba que la guerra ya había comenzado a mover sus piezas.

Como si el peligro existiera en un lugar demasiado lejano para alcanzarlos. Como si aquella paz fuera eterna.

Solo quienes atravesaban las pesadas puertas de la Sala de Guerra sabían que aquella calma no era más que una ilusión.

Tras aquellos gruesos muros de piedra no llegaban las risas del mercado. Ni el aroma del pan recién hecho. Ni el eco de las campanas. Solo existían mapas.

Informes. Mensajes llegados durante la noche. Y hombres obligados a decidir quién viviría para contemplar el siguiente amanecer. El enorme mapa de Arcadia ocupaba casi toda la mesa central.

No era simplemente un mapa. Era el reino entero reducido a tinta, madera y estrategia. Las pequeñas piezas repartidas sobre él ya no representaban fortalezas. Representaban aldeas.

Familias. Cosechas.

Niños que todavía dormían creyendo que el mundo seguiría siendo igual cuando despertaran.

Cada ficha desplazada significaba cientos de vidas. Cada decisión… Podía condenarlas o salvarlas. Al extremo de la mesa permanecía de pie el rey Alaric.

Vestía un sobrio uniforme azul noche bordado en hilos dorados con el león coronado de Arcadia. La luz que atravesaba los ventanales marcaba las primeras canas de sus sienes y el rostro firme de un hombre que llevaba demasiados años gobernando para permitirse el lujo de actuar por impulso.

No hablaba. Escuchaba.

Porque un buen rey sabía que las palabras solo tenían valor después de comprender a quienes las pronunciaban.

—Los rebeldes abandonaron el paso de Valcor hace tres días.

—También desaparecieron de las colinas del este.

—Nuestros exploradores aseguran que continúan retirándose.

Las voces comenzaron a superponerse. Algunos generales hablaban ya de victoria. Otros insistían en reforzar las posiciones por prudencia. Las opiniones chocaban unas contra otras igual que espadas.

Solo un hombre permanecía completamente en silencio. Ian Brooks. Apoyado junto al gran ventanal, observaba el mapa con los brazos cruzados.

La luz de la mañana perfilaba su cabello rubio dorado, despeinado por el entrenamiento temprano, mientras el uniforme oscuro del Capitán del Batallón del Norte se ajustaba sobre unos hombros anchos marcados por años de combate.

Su mandíbula firme permanecía tensa y aquellos ojos verdes, intensos y extraordinariamente atentos, no seguían la discusión.

Seguían las montañas del norte.

Como si intentara ver más allá de la tinta dibujada sobre el pergamino.

El rey lo observó de reojo. Siempre lo hacía. Mientras la mayoría discutía sobre lo que ya había sucedido… Ian dedicaba el silencio a descubrir lo que todavía nadie había visto.

Alaric apoyó lentamente ambas manos sobre la mesa.

—Capitán Brooks.

Las conversaciones cesaron de inmediato. La sala quedó en absoluto silencio. Ian levantó la vista. No respondió.

Todavía no.

Se apartó del ventanal y caminó hacia el mapa con la serenidad de quien no necesitaba demostrar su autoridad.

Tomó entre los dedos una de las piezas negras que representaban al ejército rebelde.

La sostuvo unos segundos. Después la desplazó hasta otro punto del tablero. Varios generales fruncieron el ceño.

—Capitán… Ese no es el último lugar donde fueron vistos.

Ian levantó la mirada. Su voz fue tranquila. Casi serena.

—Porque todos estáis mirando el lugar equivocado.

Ian deslizó lentamente la pieza de madera sobre el mapa.

El leve sonido contra el pergamino fue suficiente para que toda la sala siguiera el movimiento de su mano.

Se detuvo junto a una estrecha garganta entre las montañas. Un lugar que, a simple vista, parecía no tener importancia.

—Si yo fuera el comandante enemigo… —comenzó con voz serena—. Jamás me retiraría sin dejar algo atrás.

Uno de los generales frunció el ceño.

—Han abandonado tres posiciones. Eso dicen nuestros exploradores.

Ian levantó la vista.

—¿Y cuántos cuerpos encontraron?

El hombre dudó.

—Ninguno.

—¿Carros abandonados?

—No.

—¿Armas?

—Tampoco.

Ian apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Entonces no huyeron. Se movieron exactamente como querían que creyéramos.

El silencio volvió a instalarse en la sala. Ian señaló el paso de Valcor.

—Aquí hay un desfiladero. Solo permite avanzar en columnas de dos hombres.

El general asintió.

—Lo conocemos.

—Precisamente por eso me preocupa.

Tomó otra pieza de madera y la colocó detrás de la primera.

—Si nosotros avanzamos creyendo que retroceden… entraremos convencidos de que perseguimos a un ejército en retirada.

Su dedo golpeó suavemente el mapa.

—Pero ellos estarán esperando aquí. Y aquí. Y aquí.

Fue colocando pequeñas fichas alrededor del desfiladero hasta cerrar por completo la salida.

Varios oficiales intercambiaron miradas. Uno de ellos tragó saliva. La emboscada aparecía ante sus ojos con una claridad inquietante. Alaric permanecía en silencio.

No intervenía. Observaba.

Era precisamente por momentos como aquel que había confiado el mando del Batallón del Norte a un hombre mucho más joven que la mayoría de los generales presentes.

No porque fuera el más fuerte. Sino porque pensaba antes de mover un solo soldado. Uno de los generales fue el primero en romper el silencio.

—¿Qué propones?

Ian respondió sin apartar la vista del mapa.

—No perseguirlos.

Algunos generales protestaron de inmediato.

—¡Eso les dará tiempo para reorganizarse!

Ian negó con tranquilidad.

—No. Les dará tiempo para impacientarse.

Todos callaron otra vez. Ian continuó.

—Un enemigo que prepara una emboscada necesita que nosotros demos el primer paso. Si no avanzamos… Serán ellos quienes tengan que abandonar una posición preparada. Y cuando eso ocurra… Cometerán errores.

Por primera vez desde que había comenzado la reunión, Alaric sonrió apenas. No era una sonrisa amplia.

Era la satisfacción silenciosa de un rey que acababa de confirmar aquello que llevaba años pensando.

Ian Brooks no ganaba las guerras por la espada.

Las ganaba porque comprendía a las personas que había al otro lado del campo de batalla.

El rey levantó lentamente la vista.

—¿Cuánto tiempo?

Ian respondió sin necesidad de calcularlo.

—Tres días. Quizá cuatro. Después serán ellos quienes intenten obligarnos a movernos.

El general inclinó ligeramente la cabeza.

—Y entonces atacaremos donde menos lo esperen.

Ian sostuvo su mirada. Una leve sonrisa apareció en sus labios.

—Exactamente.

El ambiente de la sala había cambiado por completo. Ya nadie discutía. Ya nadie hablaba de una victoria fácil. Ahora todos entendían que la guerra acababa de empezar.

Y que el enemigo… Era mucho más inteligente de lo que habían imaginado. El silencio permaneció unos segundos más sobre la mesa. Nadie volvió a mover una sola ficha.

Las palabras de Ian seguían suspendidas en el aire, obligando a todos a replantearse lo que hasta hacía unos instantes parecía una victoria evidente.

Alaric recorrió lentamente el mapa con la mirada. Después levantó la vista. Sus ojos encontraron los de Ian. Había confianza en ellos.

Pero también el peso de una decisión que solo un rey podía tomar.

—¿Crees que aún estamos a tiempo?

La pregunta fue sencilla. La respuesta no lo era. Ian observó una vez más el tablero. Las montañas.

Los pasos estrechos. Los bosques. Las rutas de abastecimiento. Cada pieza parecía inmóvil.

Pero él sabía que ninguna guerra permanecía quieta. Respiró profundamente.

—Sí.

Su voz fue firme. Segura.

—Mientras entendamos qué están buscando… todavía podemos obligarlos a cambiar sus planes.

Uno de los generales dejó escapar un leve resoplido.

—¿Y si os equivocáis, capitán?

Ian giró apenas la cabeza hacia él. No hubo molestia. Ni orgullo herido. Solo serenidad.

—Entonces habremos reforzado la seguridad de la persona más importante del reino.

Hizo una pequeña pausa.

—No considero que eso pueda llamarse un error.

La respuesta cayó con una calma aplastante. Varios oficiales bajaron la mirada. Otros asintieron en silencio. Incluso el general que había formulado la pregunta terminó por guardar silencio.

Porque no había encontrado una sola grieta en aquel razonamiento. Alaric sonrió apenas. Era una expresión tan discreta que cualquiera podría haberla pasado por alto. El rey rodeó lentamente la mesa.

Se detuvo frente al enorme mapa de Arcadia. Su mano descansó sobre el borde de la madera.

—Capitán Ian Brooks.

Ian dio un paso al frente. La sala entera volvió a guardar silencio.

—Quiero que seas tú quien dirija la expedición al norte.

Las palabras resonaron con firmeza. No como una propuesta. Como una orden. Varios consejeros levantaron la vista al mismo tiempo.

Nadie parecía sorprendido. Aquella decisión solo confirmaba lo que todos llevaban años observando.

El hombre más joven de la sala era también aquel en quien el rey depositaba la mayor responsabilidad.

Ian inclinó respetuosamente la cabeza.

—Será un honor servir a Arcadia.

Alaric negó con suavidad.

—No busco honor. Busco que mis hombres regresen a casa.

Los ojos de Ian encontraron los del rey. Durante un instante ninguno habló. No hacía falta. Los dos entendían perfectamente lo que aquella misión significaba.

Alaric continuó.