III. La promesa de los minutos robados #6
Las cuatro risas llenaron la estancia. Por un instante…
El enorme Salón del Consejo dejó de parecer el centro del gobierno de Arcadia.
Volvía a ser una habitación donde una familia compartía unos minutos antes de regresar a sus obligaciones.
Eleonora se acercó a Agatha.
Con la misma naturalidad con la que lo hacía desde niña, apartó un mechón oscuro que había vuelto a escapar de detrás de su oreja.
—Sigues sin dejar que te peinen.
Agatha sonrió.
—Lo intenté.
El cabello ganó. Eleonora negó resignada.
—Algún día tendrás que aprender.
—Llevo toda la vida sin conseguirlo. Creo que ya es una batalla perdida.
Astrid observó la escena con una sonrisa tranquila. Siempre era igual. Su madre acomodaba el cabello de Agatha. Agatha protestaba.
Y al día siguiente todo volvía a empezar. Alaric apoyó ambas manos sobre la mesa. Miró a sus dos hijas con orgullo.
A veces le costaba creer que aquellas niñas que habían corrido por aquellos mismos pasillos persiguiéndose con espadas de madera estuvieran ya preparadas para cargar sobre los hombros el futuro del reino.
Su mirada se detuvo un instante sobre Astrid. Después sobre Agatha. Eran tan distintas… Y, al mismo tiempo, tan necesarias la una para la otra.
—¿Qué? —preguntó Agatha al notar que la observaba.
Alaric sonrió.
—Nada. Solo estaba pensando.
—Mala señal —comentó Agatha.
—Las últimas veces que pensaste acabé viajando durante dos meses.
Astrid volvió a reír. Eleonora le dio un ligero golpe en el brazo.
—No exageres.
—Madre… Dos meses. Creo que estoy siendo bastante objetiva.
El rey negó lentamente con la cabeza.
—No cambiarás nunca.
Agatha sonrió.
—Eso espero.
Alaric le sostuvo la mirada unos segundos. Había una inmensa tranquilidad en aquella respuesta. Y también algo que solo un padre podía reconocer. Por mucho que Agatha recorriera medio continente…
Siempre terminaba encontrando el camino de regreso. Siempre.
—¿Cuánto tiempo piensas quedarte esta vez? —preguntó Eleonora.
Agatha se encogió ligeramente de hombros.
—Un tiempo.
Astrid levantó la vista de inmediato. Sabía lo que significaba aquella respuesta. Nunca daba fechas. Nunca prometía cuánto duraría una estancia.
Simplemente… Vivía. Alaric también lo sabía. Pero jamás insistía.
Porque entendía que intentar retener a Agatha era como intentar encerrar el viento.
La joven respiraba libertad. Y, precisamente por eso… Siempre volvía por decisión propia. El rey sonrió.
—Entonces tendremos que aprovechar mientras estés aquí.
—Eso mismo pensaba yo —respondió Agatha.
—Quiero cenar todos juntos esta noche. Sin ministros. Sin sacerdotes. Sin generales. Solo nosotros.
Eleonora intercambió una mirada con Alaric. Ambos sonrieron.
—Hecho —respondió el rey.
Astrid sintió una cálida felicidad recorrerle el pecho. Aquellas cenas eran escasas. Pero cuando sucedían… El castillo dejaba de sentirse como un palacio.
Volvía a ser un hogar.
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Ian recorrió los pasillos de la Ciudadela con paso firme. Los guardias se apartaban a su paso. Los oficiales inclinaban la cabeza en señal de respeto.
Cada saludo recibía la misma respuesta. Una inclinación breve. Una palabra. Nunca más de las necesarias.
La puerta de la Sala de Guerra permanecía abierta.
En el interior, un enorme mapa de Arcadia ocupaba casi toda la mesa central. Varias figuras de madera señalaban los destacamentos desplegados a lo largo de la frontera oriental.
Tres oficiales aguardaban su llegada. Al verlo entrar, interrumpieron inmediatamente la conversación.
—Capitán.
Ian dejó los guantes sobre la mesa. Su expresión era distinta a la de unos minutos antes. La calidez que Astrid despertaba en él había quedado atrás.
Ahora solo permanecía el hombre encargado de llevar a aquellos soldados de vuelta a casa.
—¿Novedades?
Uno de los tenientes señaló el mapa.
—Patrullas desaparecidas cerca del Bosque de Ceniza.
Ian observó la zona durante unos segundos. No habló enseguida. Analizaba. Comparaba.
Recordaba cada sendero. Cada colina. Cada río.
—No desaparecieron —dijo finalmente.
Los oficiales levantaron la vista. Ian señaló un estrecho desfiladero.
—Si yo quisiera tender una emboscada… Esperaría aquí.
El teniente frunció el ceño.
—Es demasiado evidente.
Ian negó despacio.
—Precisamente por eso nadie espera que sea el lugar correcto.
Los presentes intercambiaron una rápida mirada.
Era aquella clase de razonamiento la que había convertido a Ian Brooks en el capitán más joven de la Guardia Blanca.
No era el mejor espadachín.
Era el hombre que volvía con más soldados de los que se llevaba.
Y para él… Eso siempre había significado la verdadera victoria. Tomó una de las figuras de madera. La desplazó unos centímetros sobre el mapa.
—Mañana al amanecer saldremos con dos compañías. No quiero héroes. Quiero hombres vivos.
Los oficiales asintieron casi al mismo tiempo.
Aquellas palabras resumían mejor que cualquier discurso la forma en que Ian entendía el mando.
Uno tras otro abandonaron la sala. Pronto solo quedó él. El silencio volvió a adueñarse del lugar. Ian apoyó ambas manos sobre la mesa.
Permaneció unos segundos contemplando el mapa. Después dejó escapar lentamente el aire. Solo entonces permitió que la rigidez desapareciera de sus hombros.
Su mano viajó casi por instinto hasta el interior del uniforme.
Entre la tela, oculto de cualquier mirada ajena, guardaba un pequeño trozo de cinta color marfil.
No tenía bordados. Ni piedras preciosas.
Era apenas un sencillo retal que años atrás se había desprendido del vestido de Astrid durante una fiesta en los jardines.
Ella jamás supo que él lo había conservado. Ian sonrió. Una sonrisa tranquila. La misma que solo existía cuando pensaba en ella.
—Un día… —murmuró para sí.
—No tendremos que despedirnos a escondidas.
Guardó nuevamente la cinta junto al pecho. Respiró hondo. El capitán regresó. Se colocó los guantes.
Ajustó el cinturón de la espada. Y, sin volver la vista atrás, abandonó la Sala de Guerra. Porque había hombres esperando sus órdenes.
Y una frontera que no entendía de historias de amor.
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