La Médium III. La promesa de los minutos robados #5
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III. La promesa de los minutos robados #5

—Eres incorregible.

—Llevo años oyendo eso.

Agatha caminó hasta él. Le dio un pequeño golpe con el puño en el brazo. No fuerte. Solo el suficiente para hacerlo sonreír otra vez.

—Y tú… No hagas ninguna estupidez.

Ian levantó una ceja.

—¿Solo una?

—Ninguna —respondió ella.

—Ya tengo bastante con preocuparme por uno de vosotros. No necesito preocuparme por los dos.

Ian la observó unos segundos. Había algo inmensamente sincero en aquella preocupación. Le revolvió el cabello con la misma confianza de siempre.

—No cambias nunca.

Agatha protestó inmediatamente.

—¡Eh! ¡Tardo siglos en peinarme!

—Eso explica muchas cosas.

Ella volvió a golpearle el brazo. Esta vez un poco más fuerte.

—Vete antes de que cambie de idea.

Ian empezó a alejarse. Había recorrido apenas unos pasos cuando escuchó la voz de Agatha.

—¡Ian!

Se giró. Ella seguía de pie junto a la fuente.

Con aquella sonrisa luminosa que parecía capaz de hacer más llevaderos incluso los peores días.

—No olvides comer.

Ian bajó la mirada hacia el pequeño paquete que ella le había escondido entre el equipo hacía un rato.

Sonrió. Una sonrisa tranquila.

De esas que solo nacían entre personas que llevaban toda una vida cuidándose.

—Sí, mamá.

Agatha abrió mucho los ojos.

—¡Capitán Brooks!

Ian soltó una carcajada. Levantó el paquete a modo de saludo.

—Lo prometo.

Después dio media vuelta. Y esta vez no volvió a detenerse.

Astrid lo siguió con la mirada hasta que desapareció bajo los arcos de piedra.

Solo entonces dejó escapar el aire que llevaba conteniendo desde hacía varios minutos.

Agatha se acercó despacio. No dijo nada. Simplemente enlazó su brazo con el de su hermana. Como hacía desde niñas.

Astrid apoyó por un instante la cabeza sobre su hombro.

—Gracias… —susurró.

Agatha sonrió sin mirar hacia ella.

—No tienes que darlas.

—Sí. Porque siempre encuentras la manera de regalarnos un poco de tiempo.

Agatha guardó silencio. Muy despacio apoyó la mejilla sobre la cabeza de Astrid.

—Entonces aprovechadlo siempre. Nunca sabéis cuándo será el último.

Por un instante… Las dos permanecieron inmóviles. Dos hermanas. Una compartiendo el amor de su vida.

La otra regalándole minutos con el hombre al que también quería, sabiendo que jamás sería suyo.

Las dos contemplaron el sendero por el que Ian había desaparecido.

El jardín volvió a quedarse en silencio.

Solo el murmullo constante de la fuente rompía la calma de la mañana.

Astrid dejó escapar un suspiro casi imperceptible. Agatha sonrió de lado.

—Siempre haces eso.

Astrid la miró sin comprender.

—¿El qué?

—Quedarte mirando mucho después de que ya no esté.

Astrid bajó la vista con una sonrisa avergonzada.

—No me había dado cuenta.

—Claro que no —respondió Agatha con suavidad.

—Porque llevas años haciéndolo.

Astrid soltó una pequeña risa.

—¿Tan evidente soy?

Agatha fingió pensarlo.

—Para mí… Sí. Para el resto del reino… Por suerte seguís creyendo que solo sois muy educados el uno con el otro.

Astrid negó entre risas.

—No te burles.

—No me burlo. Solo me hace gracia que el capitán más temido del ejército sea incapaz de ocultar la cara que pone cuando te ve.

Astrid sintió cómo el rubor volvía a colorearle las mejillas.

—Agatha…

—¿Qué? Es verdad. Cuando te mira parece olvidarse de que existe alguien más alrededor.

Astrid desvió la mirada hacia las rosas. Una sonrisa tranquila permanecía dibujada en sus labios.

—Yo también me olvido —confesó en voz baja.

Aquellas palabras hicieron que Agatha guardara silencio. No respondió enseguida. Solo contempló a su hermana unos segundos.

Después enlazó de nuevo su brazo con el suyo.

—Será mejor que vayamos. Si hacemos esperar mucho más al Consejo… Padre empezará a pensar que he vuelto para desordenar el reino.

Astrid sonrió.

—¿Y no es así?

Agatha soltó una carcajada.

—Solo un poquito.

Comenzaron a caminar por los senderos de piedra. Las flores daban paso nuevamente a los altos corredores de la Ciudadela. El bullicio de los soldados quedó atrás.

Poco a poco regresaron las voces apagadas de los consejeros, los criados y los nobles que cruzaban los pasillos.

Con cada paso…

Astrid sentía cómo volvía a colocarse la máscara que el reino esperaba de ella.

Agatha lo notó. Siempre lo hacía. La futura reina recuperó aquella elegancia impecable. La sonrisa se volvió más discreta.

Los hombros recuperaron la rigidez del protocolo. La joven enamorada desaparecía. Volvía la heredera de Arcadia. Agatha la observó de reojo.

—No me acostumbro.

Astrid giró ligeramente la cabeza.

—¿A qué?

—A que existan dos Astrid. Una que pertenece al reino… y otra que solo aparece cuando está con la gente que quiere.

Astrid sonrió con una dulzura serena.

—En realidad solo existe una.

Agatha arqueó una ceja.

—¿Sí?

—La diferencia… —respondió Astrid mientras levantaba la vista hacia las enormes puertas del Salón del Consejo— es que no todo el mundo tiene el privilegio de conocerla.

Agatha no pudo evitar sonreír.

—Supongo que Ian es uno de los afortunados.

Astrid no contestó. No hacía falta. Su sonrisa bastó como respuesta. Un guardia abrió las enormes puertas de roble.

Las conversaciones cesaron casi al instante. Los miembros del Consejo se pusieron en pie. Y las dos princesas cruzaron el umbral. La calidez de los jardines quedó atrás.

El reino volvía a reclamar a sus hijas.

Las enormes puertas del Salón del Consejo se cerraron tras ellas con un sonido grave.

La estancia era amplia, iluminada por altos ventanales que dejaban entrar la luz de la mañana sobre una inmensa mesa circular de roble.

Los estandartes de Arcadia colgaban entre las columnas de piedra, inmóviles, mientras el aroma de la cera derretida y los antiguos pergaminos impregnaba el ambiente.

Los consejeros permanecían de pie. Al ver entrar a las dos princesas, inclinaron la cabeza con respeto.

Al fondo de la sala, el rey Alaric se encontraba revisando varios documentos.

Levantó la vista. Y sonrió. No era la sonrisa del monarca. Era la de un padre.

—Buenos días.

Astrid hizo una elegante reverencia.

—Padre.

Agatha, en cambio, rodeó la mesa con absoluta naturalidad.

—Buenos días. ¿Ya habéis empezado sin mí?

Alaric dejó la pluma sobre la mesa.

—Llevamos esperándote exactamente doce minutos.

Agatha miró alrededor con fingida sorpresa.

—¿Solo doce? Estoy perdiendo facultades.

Algunos consejeros ocultaron una sonrisa. Otros carraspearon con evidente desaprobación. Alaric negó lentamente con la cabeza.

—Siéntate.

Agatha obedeció.

Aunque no sin antes dedicar una sonrisa traviesa al anciano consejero que la observaba con gesto severo.

Astrid ocupó su lugar junto al rey. Su postura volvió a ser impecable. Las manos descansaban con elegancia sobre la mesa. La futura reina había regresado.

El Gran Canciller rompió el silencio.

—Majestad. Han llegado nuevas peticiones de las aldeas del norte.

Alaric asintió.

—¿Qué necesitan?

—Más grano. Y médicos.

Agatha apoyó los codos sobre la mesa antes de que nadie pudiera impedírselo.

—¿Ya sabemos por qué?

Uno de los consejeros respondió inmediatamente.

—Las últimas lluvias han arruinado parte de la cosecha.

Ella frunció ligeramente el ceño.

—Entonces no necesitan solo comida. Necesitan semillas para la próxima temporada.

El anciano la observó con cierta sorpresa. Otro consejero añadió:

—También solicitan protección. Se han visto criaturas cerca del bosque.

Agatha desvió la mirada hacia el enorme mapa desplegado sobre la mesa. Su dedo recorrió lentamente la frontera.

—Si las criaturas están bajando tanto… No es el hambre lo que debería preocuparnos.

La sala quedó en silencio durante un instante. Alaric apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—¿Qué propones?

Agatha levantó la vista.

—Enviar comida resolverá esta semana. Enviar semillas resolverá el próximo invierno. Pero si las criaturas siguen avanzando… dentro de unos meses no quedará nadie para recoger la cosecha.

Varios consejeros intercambiaron miradas.

Astrid permanecía en silencio. No porque no tuviera una opinión. Sino porque escuchaba. Era una cualidad que había heredado de su padre.

Alaric asintió lentamente.

—Hablaré con el Alto Mando. La frontera recibirá refuerzos.

Agatha sonrió. No por orgullo. Solo porque aquella gente tendría una oportunidad más.

El resto de la reunión continuó con asuntos menores. Impuestos. Rutas comerciales. Preparativos para la próxima ceremonia del Equinoccio.

Astrid tomó algunas notas. Alaric intervino cuando fue necesario. Y Agatha… Se aburría visiblemente.

Jugaba distraídamente con la pluma entre los dedos. Observaba por la ventana.

Levantaba la vista únicamente cuando algún tema afectaba directamente a la gente del reino.

Al cabo de casi una hora, Alaric cerró el último documento.

—Por hoy es suficiente.

Las sillas comenzaron a deslizarse sobre el suelo.

Los consejeros abandonaron la sala en pequeños grupos, retomando conversaciones que habían dejado a medias.

Agatha fue la primera en ponerse de pie. Estiró discretamente la espalda.

—Empiezo a recordar por qué nunca he echado de menos las reuniones del Consejo.

Alaric soltó una breve risa.

—Y yo empiezo a recordar por qué la sala queda mucho más silenciosa cuando viajas.

—Qué cruel.

—Qué cierto.

Astrid observó a ambos con una sonrisa. Aquellas pequeñas discusiones eran tan habituales que formaban parte del propio castillo. Por un momento… No había rey.

No había princesa. Solo un padre riéndose con sus hijas.

Los últimos consejeros abandonaron la sala mientras las enormes puertas de roble volvían a cerrarse lentamente.

Por primera vez aquella mañana… El silencio resultó agradable. Alaric dejó escapar un largo suspiro.

Se desabrochó el broche dorado que sujetaba la capa real y la dejó descansar sobre el respaldo de la silla.

—Ahora sí… —murmuró.

—Ha terminado la parte difícil del día.

Agatha arqueó una ceja.

—¿El Consejo?

—No —respondió el rey.

—Convencer a esos ancianos de que tengo razón.

Astrid soltó una risa. Eleonora negó con una sonrisa paciente.

—Algún día aprenderán.

—Llevo veinte años esperando. Creo que ya puedo dejar de ser optimista.