III. La promesa de los minutos robados #4
—No sabes cuánto he echado de menos tenerte así.
El mundo desapareció alrededor de ellos. No hubo necesidad de besarse. No todavía. Porque aquella cercanía decía mucho más que cualquier impulso.
Eran dos personas que llevaban años encontrando refugio el uno en el otro.
Dos amantes acostumbrados a sobrevivir de pequeños instantes. Y precisamente por eso… Cada caricia tenía el valor de una promesa. Ian permaneció inmóvil.
Podía sentir la respiración de Astrid mezclándose con la suya. El leve perfume a azahar que siempre llevaba. El calor de sus manos entre las suyas.
Había pasado demasiadas noches recordando aquel instante. Demasiadas guardias imaginando el peso de su cabeza sobre su hombro.
Demasiados amaneceres despertando con la sensación de que seguía a su lado para descubrir, un segundo después, que solo era un recuerdo.
Abrió lentamente los ojos. Ella seguía observándolo. Con aquella calma que solo desaparecía cuando estaban completamente solos. Ian sonrió con una ternura inmensa.
—Te he echado tanto de menos…
Astrid respondió acariciando lentamente el dorso de su mano.
—Han sido solo dos meses.
Él negó despacio.
—Para cualquiera. Para mí han sido una eternidad.
Sus labios dibujaron una pequeña sonrisa.
—Hay noches… —confesó en voz baja— en las que me despierto convencido de que sigues dormida a mi lado. Y durante unos segundos… de verdad lo creo.
Astrid sintió que el pecho se le encogía. Le acarició la mejilla con la yema de los dedos.
Aquel rostro le resultaba tan conocido como el suyo. Conocía la ligera cicatriz bajo el mentón.
La pequeña marca junto a la ceja izquierda que se había hecho siendo un niño.
Incluso sabía exactamente dónde aparecería el hoyuelo de su sonrisa antes de que él sonriera.
—Yo también te busco cuando despierto —susurró.
Ian cerró los ojos al sentir aquella caricia. Inclinó apenas el rostro. Lo justo para besar lentamente la palma de su mano. No había prisa.
No era un beso arrebatado. Era la clase de beso que nace de la gratitud. Del alivio. De volver a encontrar aquello que uno considera su hogar.
Astrid dejó escapar una respiración temblorosa.
—No hagas eso…
Ian abrió los ojos.
—¿Por qué?
Ella sonrió con una mezcla de timidez y deseo.
—Porque después se me hace imposible dejarte marchar.
Aquellas palabras hicieron sonreír a Ian. Con suavidad llevó una mano hasta su cintura. No para atraerla de golpe.
Solo para acortar la distancia que el protocolo les obligaba a mantener incluso cuando estaban solos.
—¿Sabes en qué pienso durante las guardias?
Astrid negó. Él apoyó lentamente la frente contra la suya.
—En el momento en que vuelva. En abrir esa puerta. Encontrarte. Y poder abrazarte sin estar contando cuánto tiempo nos queda.
Hizo una pausa.
Su voz descendió hasta convertirse casi en un susurro.
—Echo de menos tenerte entre mis brazos. Dormir contigo. Escuchar tu respiración antes de quedarme dormido. Poder besarte sin que un campanario, un soldado o un sacerdote decidan cuándo termina nuestro momento.
Astrid sintió cómo sus ojos comenzaban a humedecerse. No de tristeza.
Sino de la inmensa impotencia de amar a alguien a quien el reino le concedía tan poco.
Sonrió.
Esa sonrisa tranquila que Ian había aprendido a querer incluso más que cualquier palabra.
—Algún día… —murmuró ella—. No tendremos que escondernos.
Ian la observó largo rato. Después negó muy despacio.
—No.
Ella frunció ligeramente el ceño.
—¿No?
Él sonrió.
—Algún día… No perderé ni un solo segundo de poder tenerte cerca. No pienso volver a desperdiciar ninguno.
Astrid dejó escapar una pequeña risa.
—Siempre tan terco.
—Solo contigo.
Y fue entonces… Sin prisa. Sin urgencia. Como si ambos hubieran esperado aquel momento durante semanas…
Ian recorrió los escasos centímetros que los separaban. La besó con una suavidad infinita. No había desesperación. Ni ansiedad.
Solo el inmenso alivio de volver a encontrar unos labios que conocía de memoria.
Fue un beso lento. Íntimo. Familiar. El beso de dos personas que ya no necesitaban descubrirse.
Porque llevaban mucho tiempo perteneciendo el uno al otro. Cuando se separaron, ninguno habló. Astrid permaneció con los ojos cerrados unos segundos más.
Después apoyó la frente sobre la de él y sonrió.
—Ahora sí… Ya puedo esperar unas semanas más.
Ian soltó una risa baja.
—Yo no.
Y volvió a besarla. Esta vez apenas un roce.
Como si quisiera robar un recuerdo más antes de que el deber volviera a reclamarlos.
El crujido de unas hojas secas rompió el silencio. Ian y Astrid apenas se separaron unos centímetros. No por sobresalto. Ni por vergüenza.
Solo por costumbre.
Años escondiendo su amor habían convertido aquel pequeño movimiento en un acto reflejo.
Los dedos de Ian continuaban entrelazados con los de Astrid. Ninguno de los dos parecía dispuesto a soltarlos todavía. Una voz divertida llegó desde el sendero.
—Increíble…
Agatha apareció entre los rosales con las manos cruzadas a la espalda. Los observó durante unos segundos. Después negó lentamente con la cabeza.
—Os dejo solos diez minutos… Y ya ponéis esa cara.
Ian arqueó una ceja.
—¿Qué cara?
Agatha hizo un gesto exagerado.
—La de «el mundo se acaba mañana».
Astrid soltó una pequeña risa. Todavía tenía el rubor del beso en las mejillas. Intentó ocultarlo bajando la mirada. No sirvió de nada.
Agatha sonrió con ternura. Conocía aquella expresión. La había visto demasiadas veces.
—No estábamos… —empezó Astrid.
—No.
La interrumpió Agatha levantando una mano.
—No pienso preguntar absolutamente nada.
Ian sonrió.
—Sabia decisión.
—Llevo años aplicándola —respondió ella.
—Cuanto menos sepa… más años viviré.
Los tres rieron. Agatha caminó hasta la fuente. Sin pedir permiso se dejó caer entre los dos.
Obligándolos a separarse apenas unos centímetros.
—Mucho mejor. Ahora sí parece una conversación respetable.
Ian negó con la cabeza.
—Eres imposible.
—Y gracias a eso vosotros seguís viéndoos —respondió ella con absoluta naturalidad.
El comentario quedó suspendido unos segundos. Astrid miró a su hermana. Había tanta gratitud en sus ojos… Que Agatha decidió romper inmediatamente aquel momento.
—No me miréis así. Me hacéis sentir responsable.
Ian soltó una risa.
—Lo eres.
Agatha hizo una mueca.
—No. Yo solo organizo casualidades muy elaboradas.
—¿Casualidades? —preguntó Ian.
—Claro.
El herrero imaginario. El Prior distraído. Los jardineros convenientemente sordos. Todo pura coincidencia.
Astrid terminó riéndose.
—Algún día te descubrirán.
—Seguramente —respondió Agatha.
—Pero espero que para entonces vosotros ya no necesitéis mi ayuda.
Aquella frase hizo que Ian y Astrid dejaran de sonreír durante un instante.
Ian miró a Astrid. Después volvió la vista hacia Agatha. Había algo que llevaba demasiado tiempo queriendo decirle.
—Gracias.
Ella hizo una mueca de fastidio.
—No empecéis.
—Lo digo en serio —continuó Ian.
—Sé lo que arriesgas cada vez que…
Agatha negó inmediatamente.
—No terminéis esa frase.
Ian guardó silencio. Ella sonrió. Una sonrisa luminosa. La misma de siempre.
—Si alguna vez vais a darme las gracias… que sea invitándome a comer cuando todo esto termine.
Ian soltó una carcajada.
—Hecho.
—Prometido —respondió Astrid.
Agatha los señaló con un dedo.
—Y esta vez no acepto excusas. Quiero una semana entera. Sin sacerdotes. Sin generales. Sin Consejos. Sin protocolo. Solo vosotros… Y yo durmiendo hasta el mediodía.
Ian sonrió.
—Eso significa que tendré que cocinar otra vez.
—Por supuesto —contestó Agatha—. Porque si cocina Astrid… morimos de hambre.
—¡Oye! —protestó Astrid.
—La última vez solo quemé unas galletas.
Ian la miró divertido.
—También el pan.
—Y la sopa —añadió Agatha.
Astrid terminó escondiendo el rostro entre las manos mientras los otros dos reían.
Aquella imagen quedó grabada en la memoria de Ian. Porque en ese instante… No veía a la futura reina. No veía a la princesa.
Veía a las dos mujeres que más quería en el mundo riéndose junto a él.
Y durante unos segundos…
Pudo imaginar que existía un futuro en el que aquella escena no tendría que vivirse a escondidas.
El sonido de un cuerno atravesó la tranquilidad de los jardines. Una sola llamada. Breve. Suficiente.
Ian dejó de sonreír. Astrid sintió el cambio antes incluso de verlo incorporarse. Era algo que siempre ocurría. Bastaba una orden.
Un uniforme. El eco de un cuerno. Y el hombre desaparecía para dejar paso al capitán. Ian se puso en pie.
Su mano buscó la de Astrid por última vez. La sostuvo apenas un instante.
Como si le costara convencer a sus propios dedos de que era hora de soltarla.
—Tengo que ir.
Astrid asintió. No intentó detenerlo. Nunca lo hacía. Sabía que pedirle quedarse sería pedirle dejar de ser quien era.
Y precisamente por eso lo amaba. Con infinita delicadeza alisó una pequeña arruga del cuello de su uniforme. Después acomodó la capa sobre su hombro. Aquellos gestos nacían de la costumbre.
Los hacía cada vez que él partía. Como si aquel sencillo ritual pudiera protegerlo un poco más. Ian la observó con una sonrisa cargada de ternura.
—No sé qué voy a hacer el día que no estés para arreglar mi uniforme.
Astrid levantó una ceja.
—Probablemente presentarte ante el rey con la capa torcida.
Ian rió por lo bajo.
—Eso suena bastante posible.
Ella apoyó ambas manos sobre su pecho. Sintió el firme latido de su corazón bajo la tela del uniforme.
—Cuídate.
Él cubrió una de aquellas manos con la suya.
—Siempre vuelvo pensando en ti.
Astrid sintió que el pecho se le encogía. Ian bajó la voz.
—Y es esa idea la que me hace volver.
Los ojos de Astrid brillaron apenas un instante.
—Entonces vuelve.
Nada más. No hacía falta prometerse nada.
Ambos sabían que las promesas hechas a la guerra rara vez dependían de quien las pronunciaba.
Ian inclinó ligeramente la cabeza. Después, con una delicadeza casi reverencial, besó la frente de Astrid. Un beso lento. Lleno de calma.
Más íntimo que cualquier arrebato. Cuando se apartó… Fue Agatha quien rompió el momento.
—Si seguís despidiéndoos así… el pobre mensajero va a jubilarse esperando.
Los dos rieron. Ian negó con una sonrisa.