La Médium III. La promesa de los minutos robados #3
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III. La promesa de los minutos robados #3

Los jardines interiores recibían la mañana envueltos en una calma que parecía imposible encontrar en el resto de la Ciudadela.

El murmullo de la fuente amortiguaba los sonidos del patio de armas, mientras el perfume de las rosas y los jazmines se mezclaba con el aire fresco que descendía de las montañas.

Ian y Astrid caminaron en silencio. No era un silencio incómodo.

Era el de dos personas que ya no necesitaban llenar cada instante con palabras.

Habían aprendido, hacía mucho tiempo, que a veces bastaba con caminar juntos. Ian ocupó el lado derecho del sendero, como hacía siempre. No era casualidad.

Era una costumbre tan antigua que ninguno recordaba cuándo había empezado. Astrid sonrió para sí. Todavía lo hacía. Llegaron hasta la vieja fuente de piedra.

Ella tomó asiento en el borde. Ian se acomodó a su lado. Lo bastante cerca para que sus hombros casi se rozaran.

Lo bastante lejos para recordar que, incluso allí, seguían estando dentro del palacio.

Durante unos minutos ninguno habló. Astrid contempló el reflejo del agua. Ian la contempló a ella. No con la urgencia del deseo.

Sino con la serenidad de quien conocía aquel rostro de memoria. Sabía cómo se iluminaban sus ojos cuando reía. Sabía qué mechón de cabello terminaba siempre escapando de cualquier peinado.

Sabía incluso cuándo estaba preocupada antes de que pronunciara una sola palabra. Y aun así… Nunca dejaba de mirarla como si siguiera descubriendo algo nuevo. Fue Ian quien rompió el silencio.

—¿Recuerdas la primera vez que vinimos aquí?

Astrid sonrió sin apartar la vista de la fuente.

—Claro que sí.

—Me empujaste al agua.

Ella giró apenas la cabeza. Una sonrisa divertida apareció en sus labios.

—Te caíste solo.

—Eso es mentira.

—Nunca has conseguido demostrar lo contrario.

Ian negó entre risas.

—Jamás admites tus crímenes.

—Porque jamás puedes probarlos.

La risa se apagó poco a poco. No porque desapareciera la alegría. Sino porque la tranquilidad de aquel rincón les permitía bajar la guardia. Ian dejó escapar un suspiro.

—Dentro de unos días partiré.

Astrid ya conocía aquella respuesta. Pero escucharla siempre dolía igual. Bajó la vista hacia sus propias manos.

—Lo sé.

Ian permaneció callado unos segundos. Después buscó lentamente la mano de Astrid. No tuvo que mirar para encontrarla. Sus dedos conocían el camino.

Se entrelazaron con una naturalidad que hablaba de una costumbre antigua, íntima, profundamente suya.

El pulgar de Ian comenzó a acariciar distraídamente el dorso de su mano.

Como hacía siempre cuando intentaba memorizarla antes de marcharse.

—¿Sabes qué es lo peor? —preguntó en voz baja.

Astrid negó despacio. Ian sonrió con cansancio.

—Que llevo días intentando comportarme como si fueras solo la futura reina.

Sus ojos encontraron los de ella.

—Y cada día se me hace más difícil.

Astrid sostuvo aquella mirada. Sentía el calor de su mano. El latido acelerado de su propio corazón.

Y la tristeza de saber que aquel momento volvería a durar demasiado poco.

Ian levantó lentamente la otra mano.

Con infinita delicadeza apartó un mechón rubio que el viento había soltado junto a su mejilla.

Sus dedos permanecieron un instante más sobre su piel. Como si le costara renunciar al contacto.

—No veo la hora de volver… —murmuró.

Su voz apenas era un susurro.

—Volver para tenerte otra vez conmigo. Para dejar de conformarme con unos minutos robados.

Astrid cerró los ojos. Apoyó la mejilla contra la palma de su mano. Aquel gesto hablaba por sí solo.

No era la reacción de una joven enamorada.

Era la de una mujer que reconocía el tacto del hombre al que amaba.

—Yo también cuento los días —confesó con una sonrisa apenas visible.

—Las pocas veces que podemos estar así… Siempre pasan demasiado deprisa.

Ian dejó escapar una risa suave.

—Y cuando por fin consigo tenerte para mí… Lo único que hago es pensar en la hora en que tendré que volver a dejarte.

Astrid levantó la mano libre hasta acomodar, casi por instinto, el cuello de su uniforme.

Siempre quedaba ligeramente torcido después del entrenamiento. Lo alisó con la familiaridad de quien llevaba años haciéndolo.

—Nunca aprendes a colocarlo bien.

Ian sonrió.

—Porque sé que terminarás arreglándolo tú.

Ella negó con una pequeña risa.

—Eres imposible.

—No —respondió él sin apartar la vista de sus ojos—. Solo soy demasiado consciente de lo mucho que te extraño incluso cuando estás delante de mí.

Aquellas palabras quedaron suspendidas entre los dos. No necesitaban más. Ian acercó lentamente su frente a la de Astrid. Sus narices casi llegaron a rozarse.

Podía sentir el calor de su respiración. Durante unos segundos permanecieron inmóviles. Como si el mundo entero hubiera dejado de existir alrededor de ellos.

—A veces… —dijo Ian casi en un susurro— se me hace muy difícil tenerte tan cerca y seguir comportándome como si no deseara besarte cada vez que te miro.

Astrid sonrió con una ternura infinita.

—Lo sé. Porque a mí me pasa exactamente lo mismo.

Sus labios quedaron a un suspiro de distancia. Pero ninguno dio el último paso. No porque faltaran ganas. Sino porque aquel instante era demasiado valioso para apresurarlo.

Porque ambos sabían que las oportunidades para estar solos eran escasas. Y querían recordar cada mirada. Cada caricia. Cada respiración compartida.

Como si fueran un refugio al que volver cuando la guerra y el deber los separaran una vez más.

Astrid llevó lentamente una mano al interior de la manga de su vestido.

Sus dedos buscaron algo con la seguridad de quien había repetido aquel gesto cientos de veces.

Sacó un fino cordón de cuero. Viejo. Desgastado.

El tiempo había oscurecido el color original, y los nudos comenzaban a deshacerse en algunos puntos.

Ian sonrió apenas lo vio. Aquella sonrisa no nació en sus labios. Nació mucho antes. En los recuerdos.

—Todavía lo conservas…

Su voz apenas fue un murmullo. Astrid bajó la mirada hacia el cordón. Lo sostuvo entre los dedos con un cuidado casi reverencial.

—Nunca me lo quité.

Ian dejó escapar una pequeña risa.

—Pensé que tu madre terminaría encontrándolo.

—Jamás —respondió ella con una seguridad absoluta.

Y era verdad.

Durante años lo había escondido bajo vestidos ceremoniales, capas de invierno y joyas de la Corona.

Siempre descansaba junto a su piel. Muy cerca del corazón.

Como si aquel viejo trozo de cuero valiera más que cualquier collar de oro que pudiera ofrecerle el reino.

Ian observó el cordón durante unos segundos. Después volvió a mirarla a ella.

—Ni siquiera recuerdo por qué te lo regalé.

Astrid levantó una ceja. Había una sonrisa divertida en sus ojos.

—Mientes fatal.

Él soltó una risa.

—Quizá un poco.

—Claro que lo recuerdas.

Ian se acercó apenas unos centímetros.

—Recuérdamelo.

Astrid acarició distraídamente el cuero entre los dedos.

—Dijiste que cuando fueras un gran caballero me comprarías un collar de verdad.

Ian cerró los ojos con una expresión resignada.

—Era increíblemente arrogante para tener diez años.

—Muchísimo.

—¿Y nunca cumplí mi promesa?

Astrid negó despacio.

—No.

Ian bajó la vista. Durante unos segundos permaneció completamente callado.

—Lo siento.

Astrid sonrió con una dulzura que solo él conocía.

Levantó la mano y rozó con los dedos la barba incipiente que el entrenamiento de los últimos días apenas le había permitido afeitar.

Un gesto pequeño. Íntimo. Natural. Como si aquel rostro hubiera sido siempre suyo para acariciarlo.

—Podrías regalarme cien collares.

Todos cubiertos de oro. De diamantes. De perlas. Ninguno significaría tanto como este.

Ian no respondió. No porque no quisiera. Porque nunca encontraba palabras cuando Astrid hablaba con aquella sinceridad. Ella volvió a esconder el cordón bajo el vestido.

Despacio.

Ian siguió el recorrido con la mirada hasta que desapareció bajo la tela.

Sabía exactamente dónde descansaba.

Había sido él quien lo había colocado allí la primera vez, muchos años atrás, entre risas infantiles y promesas que ninguno imaginó que terminarían sobreviviendo a la edad adulta.

Una sonrisa cansada apareció en su rostro.

—Sigues llevándolo en el mismo lugar.

Astrid sostuvo su mirada.

—Hay cosas… Que solo nos pertenecen a nosotros.

El silencio volvió a envolverlos. No era incómodo. Era un silencio lleno de recuerdos. Ian levantó lentamente la mano.

Apartó un mechón de cabello que el viento había soltado del peinado de Astrid.

Esta vez sus dedos no se retiraron enseguida. Acariciaron con infinita delicadeza la curva de su mejilla. Como quien intenta recordar una textura antes de marcharse. Astrid cerró los ojos.

No por timidez. Ni por sorpresa.

Lo hizo porque aquella mano le resultaba tan familiar como el latido de su propio corazón.

—Ian…

Él sonrió.

—¿Qué?

Ella abrió despacio los ojos.

—Siempre haces eso.

Ian dejó escapar una risa baja.

—Y tú siempre cierras los ojos.

—Porque sé que eres tú.

Aquellas cuatro palabras le atravesaron el pecho. Más que cualquier declaración. Más que cualquier promesa. Ian deslizó lentamente el pulgar por su mejilla.

—Llevo noches enteras imaginando este momento.

Astrid no apartó la mirada.

—Yo también.

Él respiró hondo. Como si hubiera estado conteniendo aquellas palabras durante demasiado tiempo.

—No sabes lo difícil que se me hace despedirme de ti… Y marcharme sabiendo que quizá pasen semanas antes de volver a tenerte así.

Su mano descendió lentamente hasta entrelazarse con la de ella.

—Echo de menos cosas tan simples… Poder abrazarte cuando me da la gana. Besarte sin mirar antes quién puede estar observando. Despertar contigo sin pensar que alguien llamará a la puerta.

Astrid sintió un nudo en la garganta.

Acarició con el pulgar los nudillos de Ian.

—Yo también sueño con eso. Con dejar de medir el tiempo. Con dejar de contar los minutos que nos quedan.

Ian sonrió con tristeza.

—Las pocas veces que conseguimos estar completamente solos… Siempre terminan demasiado rápido.

Astrid apoyó lentamente la frente contra la suya. Sus respiraciones volvieron a encontrarse.

—Entonces hagamos que este momento dure un poco más.

Ian cerró los ojos.