La Médium III. La promesa de los minutos robados #2
12%

III. La promesa de los minutos robados #2

A Astrid siempre le había gustado aquel lugar. Era uno de los pocos rincones del palacio donde nadie podía fingir. En un campo de entrenamiento las máscaras no servían de nada.

El cansancio no entendía de títulos. Ni el esfuerzo hacía distinciones entre nobles y plebeyos. Allí todos terminaban respirando igual. Astrid aminoró el paso casi sin darse cuenta.

Sus ojos recorrieron el patio con una calma que ocultaba un gesto aprendido desde hacía años.

Lo buscaban. Y siempre terminaban encontrándolo.

Un joven recluta cayó pesadamente sobre la arena después de bloquear mal un golpe.

Antes de que pudiera incorporarse, una mano firme apareció frente a él.

—Otra vez.

El muchacho levantó la vista, todavía jadeando.

—Capitán…

—¿Te duele?

—Un poco.

Una leve sonrisa apareció en los labios del hombre.

—Perfecto. Entonces todavía puedes levantarte.

El muchacho aceptó la mano y volvió a ponerse en pie con renovada determinación.

Agatha dejó escapar una risa divertida.

—Sigue haciéndolo.

Astrid sonrió sin apartar la vista. No necesitó preguntar a qué se refería. Porque había visto aquella escena incontables veces. Ian nunca levantaba soldados.

Les enseñaba a levantarse solos.

A unos pasos de allí, Ian Brooks continuó recorriendo las filas de entrenamiento.

El uniforme blanco de capitán se ajustaba con naturalidad a un cuerpo moldeado por años de disciplina más que por la fuerza bruta.

Las mangas remangadas dejaban al descubierto unos antebrazos firmes, marcados por pequeñas cicatrices que el tiempo había convertido en parte de él.

Bajo la luz de la mañana, su cabello rubio adquiría reflejos dorados, despeinado por el viento y el entrenamiento, mientras unos ojos verdes recorrían cada movimiento de los reclutas con una atención que parecía no dejar escapar el menor detalle.

No necesitaba alzar la voz. Su sola presencia bastaba para imponer respeto. Se detuvo frente a uno de los soldados. Sin brusquedad, corrigió la posición de su muñeca.

Después empujó apenas unos centímetros uno de sus pies.

—Si seguís dejando el costado abierto…

Hizo una pausa.

—No hará falta que el enemigo sea bueno. Vosotros mismos haréis su trabajo.

Los reclutas soltaron algunas risas avergonzadas. Ian también sonrió. No había dureza en su voz. Solo la paciencia de alguien que recordaba perfectamente lo que era empezar.

Desde el otro lado de la empalizada, un niño observaba el entrenamiento con una concentración absoluta.

No tendría más de diez años.

Sujetaba una espada de madera tan grande para él que apenas conseguía levantarla.

Imitaba todos los movimientos de Ian con una seriedad que enternecía. Ian terminó de corregir al recluta. Entonces reparó en el pequeño. Se acercó hasta la cerca.

Se agachó para quedar a su altura.

—¿Cómo te llamas?

—Tom.

Ian tomó con cuidado la espada improvisada. Pesaba demasiado para aquellas manos. La apoyó contra la valla. Después arrancó una rama fina de un arbusto cercano.

La probó entre los dedos. Sonrió satisfecho.

—Empieza con esto.

El niño la recibió como si acabaran de entregarle la espada de un héroe.

—Cuando aprendas a dominar una rama… La espada vendrá sola.

Los ojos del pequeño brillaron de emoción.

Salió corriendo hacia su madre levantando la rama sobre la cabeza mientras gritaba lleno de orgullo.

Agatha observó la escena con una sonrisa imposible de ocultar.

—Siempre haces eso.

Ian se incorporó. Solo entonces levantó la vista. Y las vio. Durante una fracción de segundo todo el bullicio del patio pareció desdibujarse.

Primero encontró a Astrid.

Sus ojos se detuvieron en ella con una naturalidad que hablaba de una costumbre demasiado antigua para sorprenderlos ya.

Bastó un instante. Apenas un latido. Pero la expresión de Ian cambió imperceptiblemente.

La firmeza del capitán dio paso a una calidez que muy pocas personas tenían el privilegio de conocer.

Astrid le respondió con una sonrisa suave. Pequeña. Reservada. No era la sonrisa impecable que ofrecía al reino.

Era la que pertenecía únicamente a él. Solo entonces Ian dirigió la mirada hacia Agatha. Y la sonrisa terminó de abrirse. Una sonrisa sincera.

Libre de protocolos. Libre de ceremonias. La sonrisa de un hombre que acababa de reencontrarse con su familia.

—Lady Agatha. Lady Astrid.

Agatha cruzó los brazos con fingida solemnidad.

—Capitán Brooks… Qué decepción. Pensé que al menos hoy derribarías a alguno.

Ian arqueó una ceja.

—Solo entreno soldados.

Hizo una pausa antes de añadir con absoluta calma:

—No nobles insolentes.

Agatha llevó una mano al pecho con dramatismo.

—Cobarde.

—Prudente.

Astrid negó lentamente con la cabeza.

—Lleváis diez años teniendo exactamente la misma discusión.

Ian sonrió de lado.

—Y ella sigue perdiendo.

Agatha dio un paso hacia él.

—Eso lo dices porque todavía recuerdas la vez que te empujé al lago.

La carcajada de Ian resonó limpia entre el ruido del entrenamiento.

—Tenía catorce años.

—Y lloraste.

—Porque el agua estaba helada.

—Lloraste igual.

Los tres rieron. Y durante unos instantes… No hubo corona. No hubo uniforme.

No hubo profecías. Solo tres jóvenes que habían crecido juntos. Un cuerno resonó desde el extremo del patio. Su sonido grave atravesó el bullicio del entrenamiento.

Los soldados interrumpieron los ejercicios casi al mismo tiempo.

Un mensajero cruzó el portón principal al galope. El caballo estaba cubierto de polvo y espuma, y el hombre apenas había desmontado cuando dos guardias acudieron a recibirlo.

Ian siguió la escena durante unos segundos.

La expresión relajada con la que había estado bromeando desapareció poco a poco.

Volvía el capitán.

—Parece que la frontera vuelve a tener noticias.

Agatha hizo una mueca.

—¿Algún día dejarán de tenerlas?

Ian no respondió. No hacía falta. Los tres conocían la respuesta. Nunca.

El silencio cayó sobre ellos con un peso distinto. Más real. Astrid bajó la vista unos instantes. Siempre ocurría lo mismo.

Bastaba la llegada de un mensajero para recordarles que el tiempo nunca jugaba a su favor.

Fue Agatha quien rompió aquel momento. Como casi siempre.

—Por cierto…

Miró a Ian con absoluta naturalidad.

—Creo que el herrero quería hablar contigo.

Ian frunció ligeramente el ceño.

—¿El herrero?

—Sí. Dijo que tenía preparada una espada nueva.

El capitán permaneció pensativo.

—No recuerdo haber encargado ninguna.

—Entonces será una sorpresa —respondió Agatha encogiéndose de hombros con la inocencia mejor interpretada del reino.

Ian seguía sin moverse. Astrid, en cambio… Comprendió inmediatamente. No porque Agatha hubiera hecho aquello una vez.

Sino porque ya lo había hecho muchas. Sus ojos buscaron discretamente a los de su hermana. Agatha no dijo nada. Solo arqueó una ceja.

Aquel gesto significaba exactamente lo mismo de siempre.

«Ve.»

«Yo me encargo.» Astrid bajó la mirada para esconder una sonrisa. Ian terminó de entender unos segundos después. Miró a Agatha.

Ella respondió con una expresión burlona.

—¿Qué? ¿Pensabas quedarte aquí admirando reclutas todo el día?

Ian negó con una risa resignada.

—Algún día vas a meterme en un problema.

—Probablemente.

—Y aun así sigues haciéndolo.

—Porque merecen la pena.

La respuesta salió tan deprisa que Agatha ni siquiera pensó en ella. Los tres guardaron silencio un instante.

Después Agatha señaló con la barbilla el sendero que conducía hacia los jardines interiores.

—Ve. El herrero odia esperar.

Ian suspiró con fingida resignación.

—Claro…

El famoso herrero. Astrid reprimió una sonrisa.

—Será mejor que no lo hagas enfadar.

—Eso mismo pienso yo —respondió Agatha.

Después se volvió hacia Astrid.

—Y tú…

El Prior debe de estar preguntándose por qué su Elegida todavía no ha llegado.

Astrid dejó escapar un suspiro dramático.

—No seas cruel.

—Soy tremendamente compasiva. Precisamente por eso voy a entretenerlo unos minutos. Si pregunta por ti… Diré que estabas rezando.

Ian soltó una risa baja.

—No deja de sorprenderme la facilidad con la que mientes.

Agatha negó con aire ofendido.

—No miento. Simplemente selecciono qué parte de la verdad resulta más conveniente.

Ian sonrió.

Aquella era exactamente la clase de razonamiento que solo podía pertenecer a Agatha.

Durante un instante los tres permanecieron inmóviles. No hacía falta hablar. Habían repetido aquella escena tantas veces que ya formaba parte de ellos. Agatha inventaba una excusa.

Ellos robaban unos minutos. Después regresaban a cumplir con el deber. Siempre igual. Siempre demasiado poco.

Ian dio un paso hacia Astrid. No la tocó. No allí. No delante de los soldados.

Pero sus ojos buscaron los de ella con una intensidad imposible de esconder para quien los conociera bien.

—¿Vienes?

Astrid respondió con una inclinación casi imperceptible de la cabeza. Solo eso. No necesitaban más.

Comenzaron a caminar uno junto al otro por el sendero de piedra que llevaba a los jardines interiores.

Mantenían la distancia que exigía el protocolo.

Sin embargo, cualquiera que los observara con atención habría comprendido que caminaban acompasados.

Que ninguno aceleraba. Que ninguno obligaba al otro a seguir su ritmo. Era la clase de sincronía que no se aprendía. Se construía con los años.

Agatha los vio alejarse. Esperó. Uno. Dos.

Tres segundos. Solo cuando desaparecieron tras los altos setos dejó escapar lentamente el aire. Una sonrisa cansada apareció en sus labios.

—Disfrutadlo… —murmuró para sí.

—Nunca os alcanza el tiempo.

—Probablemente nunca les alcance.

La voz surgió a su espalda. Agatha giró la cabeza. Era el viejo jardinero.

Continuaba podando un rosal con la tranquilidad de quien llevaba media vida viendo pasar generaciones enteras por aquellos jardines.

El anciano sonrió sin dejar de trabajar.

—Pero hay personas que merecen cada minuto que consiguen robarle al mundo. ¿No creéis, milady?

Agatha observó el sendero por el que Ian y Astrid acababan de desaparecer.

Después sonrió con una ternura silenciosa.

—Sí… Creo que sí.

Y echó a andar en dirección contraria. Sin advertir que, desde una de las galerías superiores… Alguien la observaba.