La Médium III. La promesa de los minutos robados
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III. La promesa de los minutos robados

CAPÍTULOIIILA PROMESA DE LOS MINUTOS ROBADOS

El primer sonido que Astrid escuchó aquella mañana fue el de las campanas del Gran Templo.

Una. Dos. Tres.

El tañido grave atravesó los gruesos muros de la Ciudadela Real y se deslizó hasta sus aposentos con la misma puntualidad de cada amanecer.

Astrid abrió los ojos antes de que el último eco desapareciera. No porque quisiera levantarse.

Sino porque llevaba tantos años despertando a aquella misma hora que su cuerpo ya no necesitaba permiso para hacerlo.

Durante un instante permaneció inmóvil.

El dosel de lino blanco que cubría la cama apenas se movía con la suave brisa que entraba por las ventanas entreabiertas.

El aroma del incienso que ardía cada noche en los altares del castillo seguía impregnando el aire, mezclado con el perfume tenue de los lirios frescos que las doncellas cambiaban cada mañana.

Entonces llamaron a la puerta. Tres golpes suaves. Siempre tres.

—Adelante.

Cinco doncellas entraron en silencio. Como cada mañana. Como el día anterior. Como todos los días desde que Astrid tenía memoria.

Ninguna hablaba más de lo necesario.

Una abrió los enormes ventanales y la primera luz del alba inundó la estancia, acariciando los muebles de madera clara, las cortinas color marfil y el mármol pulido del suelo.

Otra avivó el fuego del brasero. Dos más comenzaron a preparar el baño.

La última extendió cuidadosamente sobre la cama los vestidos elegidos para aquel día.

Astrid dirigió la mirada hacia ellos. Blanco. Marfil. Dorado.

Siempre los mismos tonos. Siempre las mismas sedas. Las mismas perlas. Los mismos bordados de lirios y laureles.

A veces se preguntaba cuándo había sido la última vez que alguien le permitió elegir un color simplemente porque le gustaba.

—¿Preferís el bordado de lirios o el de laureles, Alteza?

Astrid levantó los ojos hacia la joven. La muchacha esperaba la respuesta con una sonrisa amable. Ella también sabía cuál sería.

—El que corresponda.

—Como ordenéis.

Mientras la ayudaban a vestir, otra doncella abrió un pequeño cuaderno de cuero blanco.

Comenzó a leer con aquella voz pausada que Astrid conocía casi de memoria.

—Primera oración al amanecer. Desayuno con Sus Majestades. Audiencia con el Prior. Lección de Historia Sagrada. Recepción de peregrinos provenientes de Lorian. Ensayo de la ceremonia del Equinoccio…

Astrid dejó de escuchar. No era desinterés. Era costumbre.

Cada jornada cambiaban los nombres. Nunca cambiaba su vida.

Las doncellas terminaron de colocar sobre ella el vestido de seda marfil.

La tela caía con una elegancia impecable hasta rozar el suelo, ciñéndose con delicadeza a una figura esbelta que el protocolo obligaba a mantener siempre erguida.

Sobre el pecho, los hilos dorados dibujaban discretos lirios, símbolo de la Casa Real de Arcadia.

Una de ellas recogió con paciencia la larga cabellera rubia de Astrid, trenzando algunos mechones antes de dejar que el resto descendiera en suaves ondas sobre su espalda. Cuando terminó, colocó con extremo cuidado la fina diadema de plata.

No era una corona. Todavía no. Era el símbolo de la Elegida. Astrid caminó hasta el enorme espejo que presidía la habitación.

La joven del reflejo parecía salida de un cuadro. Hermosa. Serena. Intachable.

Los ojos azules, claros como el cielo de principios de primavera, devolvían una mirada tranquila que había aprendido a ocultar el cansancio. Cada detalle de su aspecto transmitía la perfección que el reino esperaba de ella.

Todo estaba exactamente donde debía estar. Y, sin embargo…

Había mañanas en las que necesitaba unos segundos para reconocerse en aquel reflejo.

Como si, detrás de aquella imagen impecable, siguiera escondida la niña que corría por los jardines con las rodillas llenas de tierra.

La puerta volvió a abrirse.

—Alteza. El Prior ya os espera.

Astrid asintió. Antes de abandonar la habitación se acercó a la ventana. Muy abajo, la ciudad despertaba lentamente.

Los comerciantes levantaban las persianas de sus tiendas. Los panaderos sacaban las primeras hogazas del horno.

Un grupo de niños perseguía a un perro entre las calles empedradas mientras una anciana regaba con cuidado las flores de su balcón.

Astrid sonrió con una ternura casi imperceptible. No conocía el nombre de ninguno de ellos. Ellos, en cambio… Conocían el suyo.

Miles de personas rezaban por ella cada noche. Y ella nunca había tenido tiempo para conocer siquiera a una.

—¿Alteza?

La voz de la doncella la devolvió al presente. Astrid respiró profundamente. La sonrisa desapareció. Enderezó la espalda.

Y volvió a convertirse en aquello que todo Arcadia esperaba ver. La Elegida. La puerta se cerró a su espalda con un sonido apenas perceptible.

Astrid apenas había recorrido unos pasos por el amplio corredor cuando una voz, cálida y descaradamente familiar, rompió la solemnidad de la mañana.

—¿Vas camino a salvar el mundo otra vez?

Se detuvo de inmediato. No necesitaba girarse para saber quién era. Aun así lo hizo. Y, como siempre, sonrió antes incluso de verla.

Agatha descansaba apoyada contra una de las columnas de mármol blanco que recorrían la galería.

La luz de la mañana entraba por los altos ventanales y se enredaba entre los mechones oscuros de su cabello, que caía libre sobre los hombros con esa rebeldía que ninguna doncella había conseguido dominar jamás.

Varias hebras escapaban alrededor de su rostro, suavizando unas facciones marcadas por pequeñas pecas sobre la nariz y las mejillas, tan discretas como imposibles de ignorar cuando sonreía.

Vestía con mucha más sencillez que cualquier dama de la corte.

Mientras todas parecían competir por quién llevaba más bordados o más joyas, Agatha apenas lucía un vestido de viaje de tonos claros, cómodo, práctico… inusualmente sencillo para una princesa.

En una mano sostenía una manzana a medio comer. En la otra… El cuaderno con el horario de Astrid.

—¿Lo has robado otra vez? —preguntó Astrid, incapaz de ocultar la sonrisa que comenzaba a dibujarse en sus labios.

Agatha dio otro mordisco a la manzana con absoluta tranquilidad.

—Prefiero pensar que lo he liberado.

Le lanzó el cuaderno. Astrid lo atrapó por puro reflejo.

—Algún día van a prohibirte la entrada al archivo real.

—Ya lo intentaron.

—¿Y?

—Resultó que también habían desaparecido las llaves.

Astrid soltó una risa. Una risa auténtica. Ligera.

Tan distinta de la sonrisa medida que ofrecía durante las ceremonias que cualquiera habría pensado que pertenecían a dos mujeres diferentes.

Agatha abrió el cuaderno con exagerada solemnidad.

Aclaró la garganta como si estuviera a punto de anunciar un decreto real.

—Veamos…

«Plegaria al amanecer…» Frunció la nariz.

—Qué manera tan elegante de decir «despertarse demasiado temprano».

Pasó la página.

—«Audiencia con el Prior…»

Torció aún más el gesto.

—«Recepción de peregrinos…»

Otra página.

—«Ensayo para la ceremonia del Equinoccio…»

Cerró el cuaderno de golpe.

—Astrid… ¿En qué momento de tu día está permitido respirar?

Astrid volvió a reír. Aquella vez más fuerte. Más libre. Durante un instante dejó de ser la Elegida.

Volvió a ser simplemente la hermana menor que había aprendido a reír gracias a la mayor.

—Después de la oración nocturna.

Agatha abrió mucho los ojos.

—¡Qué generosos! ¿Cinco segundos completos?

—Si tengo suerte.

Las dos estallaron en carcajadas. Una doncella que cruzaba el corredor bajó inmediatamente la cabeza, sorprendida. No era habitual escuchar reír así a la futura reina. Agatha se acercó despacio.

Sin pedir permiso, tomó la fina diadema de plata entre los dedos y la observó con una expresión crítica.

La giró de un lado a otro.

—Sigue pareciéndome horrible.

Astrid apartó su mano con un suave manotazo.

—¡Agatha!

—¿Qué? Insisto… Parece un candelabro diminuto.

—Es un símbolo sagrado.

—Es un candelabro sagrado.

Astrid volvió a reír, cubriéndose la boca para intentar recuperar la compostura. Agatha permaneció observándola unos segundos. Sin bromear. Sin hablar.

Solo contemplando aquella risa. Aquella risa que llevaba dos meses sin escuchar.

Y, por un instante, sintió que el largo viaje había merecido la pena únicamente por verla sonreír de nuevo.

—Gracias… —dijo Astrid de repente.

Agatha parpadeó.

—¿Por qué?

Astrid sostuvo su mirada.

—Por volver.

La sonrisa de Agatha vaciló apenas un instante. Fue tan breve que cualquiera lo habría pasado por alto. Después volvió a aparecer la misma expresión despreocupada de siempre.

—Siempre vuelvo.

Astrid bajó la vista con una ternura imposible de esconder.

—Lo sé.

Hizo una pequeña pausa antes de continuar.

—Y precisamente por eso… Nunca dejo de tener miedo de que un día no lo hagas.

El silencio que siguió fue corto. Pero bastó para que algo se apretara dentro del pecho de Agatha.

Sin decir una palabra, rodeó los hombros de su hermana con un brazo y comenzó a caminar junto a ella.

—Vamos. Antes de que ese anciano decida añadir otros veinte salmos a tu castigo.

Astrid suspiró con exageración.

—Veintisiete.

Agatha hizo una mueca de auténtico horror.

—¿Ves? Es incluso peor de lo que imaginaba.

Caminaron juntas por el corredor. A su paso, los guardias inclinaban la cabeza. Los criados hacían reverencias.

Los nobles se apartaban para dejarles el camino libre. Pero durante aquellos escasos minutos… No existían las reverencias. Ni los títulos.

Ni las coronas.

Solo dos hermanas que intentaban robarle unos instantes de normalidad a una vida que nunca les pertenecía del todo.

Y ninguna de las dos imaginaba… Lo mucho que llegarían a echar de menos aquella sencilla caminata.

El patio de entrenamiento ya rebosaba de actividad cuando las dos hermanas atravesaron el arco de piedra que conducía al ala militar.

El sonido del acero golpeando contra el acero llenaba el aire con un ritmo constante.

Espadas de madera. Escudos. Órdenes. Correcciones.

El olor a cuero curtido, hierro y tierra húmeda reemplazó de inmediato el incienso que impregnaba el resto de la Ciudadela.