II. La Jaula Dorada #4
La reina no mostró sorpresa. Era una posibilidad que ya había contemplado.
—Entonces sería un problema —respondió con absoluta calma.
—Porque el reino no puede permitirse que una de sus piezas más importantes dude del lugar que ocupa.
Agatha sintió cómo aquellas palabras resonaban en la sala. Una de sus piezas. No una hija. No una mujer.
Una pieza. Alaric levantó ligeramente la vista hacia Eleonora. No dijo nada. Pero Agatha conocía aquella mirada.
Sabía que el rey también había percibido la frialdad de aquellas palabras. Eleonora continuó como si nada hubiera ocurrido.
—Durante vuestra ausencia comprendimos algo. No podemos seguir actuando como si vuestra posición dentro de la Corona estuviera definida. Porque ya no lo está.
Uno de los Arcanos asintió lentamente. La reina prosiguió.
—Habéis cambiado. Y eso obliga a la Corona a cambiar con vos… O a prescindir de aquello que ya no puede controlar.
La última frase cayó sobre la sala como una losa. Ni un solo Arcano se movió. Ni siquiera el Prior.
Agatha sostuvo la mirada de Eleonora.
—¿Es una amenaza?
Eleonora negó muy despacio.
—No. Es una realidad. Las decisiones tienen consecuencias. Las vuestras también.
La reina apoyó una mano sobre el respaldo de su asiento.
—Este Consejo deberá decidir si la mujer que ha regresado a la Ciudadela sigue siendo compatible con las responsabilidades que la Corona esperaba de Lady Agatha de Arcadia.
Agatha respiró hondo. Por primera vez desde que había comenzado la reunión… Comprendió que el verdadero juicio no había sido aquella mañana. Apenas acababa de empezar.
Eleonora tomó nuevamente el documento. Lo sostuvo unos segundos. Después lo dejó otra vez sobre la mesa.
—La sesión queda suspendida. El Consejo volverá a reunirse cuando considere oportuno.
Los Arcanos comenzaron a levantarse lentamente. Los pergaminos se cerraron. Las sillas se deslizaron sobre el suelo de piedra.
Solo Alaric permaneció sentado unos instantes más. Miró a Agatha. Con orgullo. Y también con preocupación.
Porque entendía algo que quizá nadie más veía. Su hija había regresado a la Ciudadela. Pero ya no pertenecía por completo a aquel lugar.
Y la Corona acababa de darse cuenta de ello. Las puertas del Salón del Consejo se cerraron lentamente a su espalda. El eco de las voces quedó atrapado al otro lado.
Por primera vez desde que había regresado a la Ciudadela… El silencio no pesaba. Agatha dejó escapar el aire que llevaba demasiado tiempo conteniendo.
Apoyó una mano sobre la fría pared de piedra. Cerró los ojos apenas un instante.
—Sabía que te encontraría aquí.
La voz de Astrid rompió el silencio con la misma suavidad con la que siempre lograba hacerlo.
Agatha abrió los ojos. Su hermana permanecía junto a uno de los grandes ventanales del corredor. No parecía impaciente. Había esperado.
Simplemente.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí?
Astrid sonrió con dulzura.
—El suficiente para preocuparme.
Agatha dejó escapar una pequeña risa.
—Entonces llevas aquí demasiado.
Astrid caminó hasta quedar frente a ella. La observó unos segundos. No preguntó qué había ocurrido. No hacía falta.
Conocía demasiado bien el rostro de su hermana.
—Ha sido difícil.
No era una pregunta. Agatha asintió lentamente.
—Un poco.
Astrid levantó una mano y acomodó un mechón oscuro detrás de la oreja de Agatha.
Era un gesto pequeño. Uno que repetía desde que eran niñas.
—¿Estás bien?
Agatha tardó unos segundos en responder. Miró el largo corredor que se extendía ante ellas. Las estatuas de las antiguas reinas parecían observarlas desde sus pedestales.
—No lo sé.
Fue la primera respuesta completamente sincera que daba en todo el día. Astrid entrelazó su brazo con el suyo.
—Ven.
Agatha la miró con curiosidad.
—¿Adónde?
—A ningún sitio en particular. Solo… Caminemos un rato.
Las dos comenzaron a avanzar por la Galería de las Reinas. Ninguna tenía prisa.
Por primera vez desde que había cruzado las puertas de la Ciudadela, Agatha sintió que no necesitaba demostrar nada.
Ni explicar nada. Ni defender ninguna decisión. Solo caminar junto a su hermana. Al llegar al final del corredor, Astrid habló de nuevo.
—¿Qué vas a hacer ahora?
Agatha contempló durante unos instantes los jardines que se extendían más allá de los ventanales.
Los mismos jardines donde habían jugado de niñas. Los mismos que ya no parecían tan grandes. Esbozó una leve sonrisa.
—Supongo que averiguar dónde está realmente mi lugar.
Astrid volvió la cabeza hacia ella.
—Cuando lo descubras… Avísame.
Agatha arqueó una ceja.
—¿Por qué?
Astrid sonrió con esa ternura que solo aparecía cuando estaban solas.
—Porque creo que yo también llevo mucho tiempo buscándolo.
Agatha sintió un nudo en la garganta.
Sin decir una palabra, apoyó la cabeza unos segundos sobre el hombro de su hermana mientras seguían caminando.
Ninguna de las dos sabía que aquella tranquilidad duraría muy poco. Que la guerra ya había comenzado a mover sus primeras piezas. Y que, cuando volviera a hacerlo…
Las obligaría a elegir entre el reino… Y aquello que más amaban.
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