La Médium II. La Jaula Dorada #3
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II. La Jaula Dorada #3

—Todo lo que habéis dicho es cierto.

Aquella afirmación sorprendió a varios Arcanos.

—Mi ausencia obligó a redistribuir responsabilidades. Retrasó decisiones. Y complicó el trabajo de este Consejo. No voy a negarlo.

El Arcano de Justicia inclinó ligeramente la cabeza.

Agatha continuó.

—Pero permitidme haceros una pregunta. ¿Alguno de vosotros ha pasado una semana viviendo fuera de la Ciudadela durante los últimos diez años?

El silencio fue inmediato. Nadie respondió. Agatha dejó que la pregunta permaneciera unos instantes en el aire.

—¿Alguno ha comprado pan con su propio dinero? ¿Ha esperado junto a un campesino una cosecha de la que dependía alimentar a su familia? ¿Ha escuchado a un soldado explicar por qué teme más regresar a casa que volver al frente?

Los Arcanos intercambiaron miradas. El Prior bajó discretamente la vista.

—Durante años me preparé para gobernar un reino. Pero nunca me enseñaron cómo vivía la gente que lo sostenía.

Aquellas palabras no sonaban a reproche. Sonaban a una confesión.

—En esos dos meses no dejé de servir a Arcadia. Simplemente lo hice desde un lugar distinto. Aprendí cosas que ningún tratado de estrategia, ninguna ley y ningún informe podían enseñarme.

El Arcano de Hacienda frunció ligeramente el ceño.

—¿Y consideráis que ese conocimiento compensa las dificultades que causó vuestra ausencia?

Agatha no respondió enseguida. Miró el mapa que seguía abierto sobre la mesa. Después levantó la vista.

—Hace unos minutos todos observábamos ese mapa. Todos vimos el río. Todos vimos las fortalezas. Pero nadie vio el bosque.

Hizo una breve pausa.

—No porque no estuviera ahí. Sino porque nadie había mirado desde otro lugar.

La sala volvió a quedar en silencio.

—Eso fue exactamente lo que fui a buscar fuera de estas murallas. Otra forma de mirar Arcadia. Y, si hoy he podido ayudar al reino… Ha sido precisamente porque decidí marcharme.

Las últimas palabras quedaron suspendidas sobre la mesa.

Nadie habló. Porque, por primera vez desde que había comenzado el debate… La decisión de Agatha dejaba de parecer únicamente un acto de rebeldía.

Y empezaba a convertirse en una decisión que también había fortalecido a la mujer que algún día podría ayudar a gobernar el reino.

El silencio se adueñó del Salón del Consejo. Ninguno de los Arcanos respondió. No porque hubieran cambiado de opinión. Sino porque, por primera vez, comprendían aquello que Agatha intentaba explicar.

El Arcano de Justicia entrelazó lentamente las manos.

—Entonces, según vos… ¿Volveríais a tomar la misma decisión?

Agatha sostuvo su mirada.

—Sí.

La respuesta fue firme. Serena. Sin un solo atisbo de duda. Aquella única palabra pesó más que todo el debate anterior.

El Prior cerró lentamente el libro que descansaba frente a él. El Arcano de Hacienda dejó escapar un largo suspiro. Incluso Armand permaneció unos segundos en silencio. No porque estuviera de acuerdo.

Sino porque acababa de comprender que Agatha no se arrepentía. Y probablemente nunca lo haría. Fue entonces cuando Eleonora habló. No elevó la voz.

No necesitó hacerlo.

—Es suficiente.

Toda la sala volvió la mirada hacia la reina. Eleonora observó uno por uno a los miembros del Consejo.

Como si comprobara que cada pieza ya ocupaba el lugar que le correspondía.

—El Consejo ya ha expuesto sus preocupaciones.

Dirigió una breve mirada hacia Agatha.

—Y Lady Agatha ha expuesto las razones de su decisión.

Hizo una pausa. Lo bastante larga para que nadie se atreviera a interrumpirla.

—Ahora nos corresponde decidir qué significan esas respuestas para la Corona.

Con absoluta calma, tomó el pergamino sellado que permanecía junto a ella. No lo abrió. Lo sostuvo unos instantes entre las manos. Después lo deslizó lentamente sobre la mesa.

El documento se detuvo justo frente a Agatha. El sello de cera permanecía intacto. Nadie apartó la vista de él. Porque todos sabían…

Que aquella no era una simple carta. Era el futuro de Lady Agatha de Arcadia. Eleonora dejó que el silencio se prolongara unos instantes más. No miraba el documento.

Miraba a Agatha.

—No lo abráis.

Agatha retiró la mano que, casi por instinto, había acercado al pergamino.

—¿No?

—Todavía no.

La reina se puso lentamente en pie. Ninguno de los presentes hizo el menor movimiento.

—Ese documento contiene la resolución provisional del Consejo.

La palabra provisional hizo que varios Arcanos levantaran la vista. Eleonora continuó.

—Durante vuestra ausencia se estudiaron distintos escenarios.

El Arcano de Justicia abrió un pequeño legajo.

—Se valoró una redistribución permanente de vuestras responsabilidades.

El Arcano de Hacienda tomó la palabra.

—También se propuso limitar vuestra participación en determinadas decisiones del Consejo para evitar futuras interrupciones.

Agatha no apartó la vista de Eleonora. El Prior habló después.

—Y el Templo presentó una propuesta para que colaboraseis de forma permanente en la formación espiritual de Su Alteza Astrid.

Astrid giró discretamente la cabeza hacia su hermana. Era la primera vez que escuchaba aquellas propuestas. Eleonora hizo un leve gesto con la mano. Los pergaminos volvieron a cerrarse.

—Ninguna ha sido aprobada. Todavía.

La reina descendió un escalón de la tarima. No era un gesto afectuoso. Era un gesto calculado.

Acortaba la distancia con Agatha.

Y, al mismo tiempo, obligaba a toda la sala a seguirla con la mirada.

—Porque antes de decidir cuál será vuestro lugar dentro de la Corona… Necesito saber si vos misma lo tenéis claro.

Agatha sostuvo su mirada.

—¿Mi lugar?

—Sí.

Eleonora mantuvo la misma serenidad.

—Porque hoy habéis demostrado que seguís siendo una de las personas más capaces de este reino. También habéis demostrado que estáis dispuesta a abandonar ese lugar si vuestra conciencia os lo exige.

Hizo una breve pausa.

—Y la Corona no puede permitirse vivir con esa incertidumbre.

La sala quedó completamente inmóvil. Nadie habló. Ni siquiera Alaric.

Porque todos comprendieron que aquella ya no era una conversación entre una reina y una consejera.

Era una reina intentando decidir qué hacer con una pieza que había dejado de comportarse como ella esperaba.

Agatha desvió lentamente la mirada hacia el documento. El sello de la Corona seguía intacto. Después volvió a mirar a Eleonora.

—¿Y si os dijera que todavía no tengo una respuesta?