II. La Jaula Dorada #2
Astrid dejó escapar una pequeña sonrisa resignada.
—Sigue siendo madre.
Agatha suspiró.
—Eso era justo lo que temía.
Astrid entrelazó su brazo con el de ella.
—Pase lo que pase ahí dentro… No estarás sola.
Agatha sonrió con gratitud.
—Gracias.
Las dos continuaron caminando juntas hacia el Salón del Consejo. Las enormes puertas se abrieron lentamente. El murmullo cesó al instante.
Los cinco Arcanos ocuparon sus asientos alrededor de la gran mesa de roble.
El Prior permanecía a la derecha de la Corona, con las manos ocultas entre las mangas de su túnica blanca.
Al fondo de la estancia, sobre la tarima de piedra, Alaric y Eleonora presidían la reunión.
Astrid avanzó con la elegancia que se esperaba de la futura reina. Agatha caminó a su lado. Ninguna de las dos habló.
—Sus Altezas Reales.
Anunció el ujier.
—La princesa Astrid de Arcadia. Lady Agatha de Arcadia.
Ambas realizaron una leve inclinación de cabeza. Alaric fue el primero en hablar.
—Tomad asiento.
Las dos obedecieron. Agatha percibió enseguida los mapas desplegados sobre la mesa. Montañas. Ríos.
Fortificaciones. Decenas de pequeñas piezas de madera marcaban posiciones militares. No era una reunión convocada por su regreso. Era un Consejo de Guerra.
Eleonora dirigió la mirada al Arcano encargado de la campaña militar.
—Continuad.
El hombre desplegó un nuevo informe.
—Hace dos horas recibimos noticias desde la frontera oriental. Los exploradores confirman movimientos inusuales del ejército enemigo.
Señaló una cadena montañosa dibujada sobre el mapa.
—Han abandonado las posiciones defensivas.
Nadie esperaba esa maniobra. El Arcano de Relaciones Exteriores frunció el ceño.
—¿Una retirada?
—No —respondió el militar.
—Un desplazamiento. Todavía desconocemos el objetivo.
Otro de los Arcanos intervino.
—Nuestros generales consideran que intentarán cruzar el río Narev antes de cinco días. Si lo consiguen… Podrán dividir nuestras fuerzas.
El silencio volvió a instalarse en la sala. Alaric observó el mapa.
—¿Opciones?
El Arcano militar respiró despacio.
—Reforzar la ribera norte.
El Arcano de Hacienda negó lentamente con la cabeza.
—Eso obligaría a interrumpir el suministro de grano hacia las fortalezas occidentales.
—Sin refuerzos perderemos el río —respondió el militar.
—Sin alimento perderemos el ejército —contestó el otro.
Las voces comenzaron a cruzarse. Cada propuesta encontraba un inconveniente. Cada solución generaba un problema distinto. Agatha permaneció en silencio.
No intervenía. Solo observaba el mapa. El movimiento de las piezas. Los informes.
Y, sobre todo… Aquello que nadie parecía estar mirando. Agatha apoyó lentamente la yema de un dedo sobre el mapa. No habló.
Todavía no. Siguió el curso del río. Después las montañas. Y, finalmente, un estrecho paso boscoso al sur del valle.
Alaric fue el primero en advertirlo.
—¿Habéis encontrado algo?
Todas las miradas se dirigieron hacia ella. Agatha levantó la vista.
—Tal vez.
Se puso en pie. Rodeó la mesa sin prisas. Ninguno de los Arcanos se apartó por obligación.
Lo hicieron de manera casi inconsciente, dejándole espacio para observar el mapa de cerca.
Agatha tomó una de las piezas negras que representaban al ejército enemigo. La desplazó unos centímetros.
—Todos dais por hecho que cruzarán el Narev.
El Arcano de la Guerra asintió.
—Es la ruta más rápida hacia la capital.
—Precisamente por eso —respondió Agatha.
—Es la que todos esperaríamos.
Recorrió el mapa con la mirada.
—Si yo estuviera al mando de ese ejército… No cruzaría el río.
Un murmullo recorrió la mesa. El Arcano de Relaciones Exteriores frunció el ceño.
—¿Entonces cuál sería vuestro objetivo?
Agatha señaló el paso boscoso.
—Este.
El militar negó casi de inmediato.
—Es demasiado estrecho para un ejército.
—Para un ejército completo, sí. Para una fuerza ligera, no.
Tomó otra pieza de madera. La hizo avanzar por el bosque.
—Mientras nosotros concentramos hombres aquí…
Señaló el río.
—Ellos rodean nuestras líneas y atacan los convoyes de suministros.
El Arcano de Hacienda levantó la cabeza de golpe.
—Los almacenes del oeste…
Agatha asintió.
—Sin grano. Sin medicinas. Sin refuerzos. No necesitarán conquistar una sola fortaleza. Les bastará con esperar.
La sala quedó completamente en silencio. El Arcano de la Guerra volvió a estudiar el mapa. Esta vez durante más tiempo. Después tomó un pergamino con los últimos informes de exploración.
Leyó varias líneas. Volvió al mapa. Repitió el recorrido que Agatha acababa de señalar. Finalmente levantó la vista.
—Hay patrullas que informaron de movimientos en esa zona hace tres días. Pensamos que eran exploradores.
Nadie respondió. Porque todos comprendieron la misma idea al mismo tiempo. No eran exploradores.
Estaban preparando el camino. Alaric apoyó ambas manos sobre la mesa. Su voz fue firme.
—¿Cuánto tardaríamos en reforzar ese paso?
El Arcano de la Guerra hizo un cálculo mental.
—Si partimos antes del mediodía… Dos días.
—¿Y ellos?
—Tres.
Alaric no dudó.
—Entonces enviad la orden inmediatamente. Reforzad el paso del bosque. Mantened la defensa del río. Y redistribuid los convoyes de abastecimiento.
—Sí, Majestad.
El Arcano hizo una inclinación de cabeza antes de salir de la sala para transmitir las órdenes.
El resto permaneció en silencio. No era un silencio de tensión. Era un silencio de reconocimiento. Habían pasado casi una hora buscando una respuesta.
Y Agatha la había encontrado en apenas unos minutos. El silencio se prolongó durante varios segundos. Nadie habló. El mapa seguía desplegado sobre la mesa.
Pero ya nadie lo miraba del mismo modo. Fue el Arcano de la Guerra quien rompió el silencio.
—Debo reconocerlo… No había contemplado esa posibilidad.
Agatha hizo una leve inclinación de cabeza.
—Todos mirábamos el lugar donde esperábamos que atacaran. A veces el enemigo también cuenta con eso.
El hombre asintió lentamente. No había orgullo herido en su expresión.
Solo la satisfacción de haber encontrado una respuesta antes de que fuera demasiado tarde.
El Arcano de Hacienda cerró el libro de cuentas que había estado consultando.
—Si protegemos las rutas de abastecimiento… También evitaremos el desabastecimiento de las ciudades del este.
El Prior habló por primera vez desde que había comenzado el debate.
—Miles de civiles dependen de esa decisión.
Alaric recorrió lentamente el rostro de cada uno de los presentes. Después volvió la mirada hacia Agatha. Había orgullo en sus ojos. Pero también algo más profundo.
La tranquilidad de saber que su hija seguía siendo exactamente la mujer que él había visto crecer.
—Habéis prestado un gran servicio al reino, Lady Agatha.
Ella negó con humildad.
—Solo cumplí con mi deber.
Aquellas palabras quedaron suspendidas en la sala. Eleonora no apartó la vista de Agatha. Sus dedos descansaban inmóviles sobre la mesa. No sonrió.
No asintió. No mostró aprobación alguna. Simplemente observó. Como si archivara cada palabra para utilizarla más adelante.
Uno de los Arcanos rompió el silencio.
—Es una fortuna volver a contar con vos en este Consejo.
Otro asintió.
—Vuestra ausencia se ha hecho notar.
Agatha percibió un cambio en el ambiente. La tensión militar había desaparecido. Ahora la conversación avanzaba hacia otro terreno. Uno mucho más personal.
Armand apoyó lentamente las manos sobre la mesa. No habló enseguida. Esperó a que el último murmullo desapareciera. Solo entonces levantó la vista hacia Agatha.
—Creo que todos los presentes coincidimos en algo.
La sala guardó silencio.
—Hoy habéis demostrado por qué vuestra voz es importante para este reino.
Hizo una breve pausa.
—Y precisamente por eso… Hay una cuestión que este Consejo no puede ignorar.
Agatha sostuvo su mirada. Esperó. Armand continuó con la misma serenidad.
—Si una sola intervención vuestra ha sido capaz de cambiar el rumbo de esta campaña… ¿Qué consecuencias tuvo para Arcadia prescindir de vos durante dos meses?
La pregunta no sonó como una acusación. Sonó como un problema que el Consejo estaba obligado a resolver. Y, por primera vez desde que había comenzado la reunión…
Ninguno de los presentes encontró una respuesta inmediata. El silencio se prolongó unos instantes. Fue el Arcano de Justicia quien tomó la palabra.
—Lord Armand plantea una cuestión legítima.
Dirigió la mirada hacia Agatha.
—Nadie pone en duda vuestra capacidad. Acabáis de evitar un error que habría podido costarle muy caro al reino.
Hizo una breve pausa.
—Precisamente por eso vuestra ausencia nos obligó a replantear el funcionamiento de este Consejo.
El Arcano de Hacienda asintió.
—Varias decisiones administrativas quedaron aplazadas. No por falta de voluntad. Sino porque erais la única persona que conocía determinados asuntos.
El Arcano de Relaciones Exteriores continuó.
—Las negociaciones con Darsenia también tuvieron que retrasarse. Vuestra participación era imprescindible.
El Prior apoyó lentamente ambas manos sobre el bastón ceremonial.
—Toda responsabilidad aceptada conlleva un deber. Y el deber rara vez concede descanso.
Agatha escuchó cada intervención sin interrumpir. No buscaba rebatirlas. Porque ninguna era falsa.
Armand volvió a hablar.
—Ese es el motivo por el que este Consejo ha debatido vuestra situación durante las últimas semanas. No se trata de cuestionar vuestra decisión. Se trata de comprender cómo evitar que el reino vuelva a encontrarse en la misma posición.
Alaric permanecía en silencio. Observaba a cada uno de los presentes. No intervenía. Porque el Consejo aún no había terminado de exponer sus argumentos.
Eleonora tampoco habló. Sus dedos descansaban inmóviles sobre el brazo del trono. Su expresión seguía siendo imposible de interpretar. Esperaba.
Como una jugadora que conoce el desenlace de la partida y permite que el resto mueva las piezas antes de revelar la suya.
Solo entonces… Todas las miradas regresaron a Agatha. Agatha recorrió lentamente el rostro de cada uno de los presentes. No encontró hostilidad.
Tampoco comprensión. Solo esperaban una respuesta. Respiró hondo antes de hablar.