La Médium II. La Jaula Dorada
6%

II. La Jaula Dorada

CAPÍTULOIILA JAULA DORADA

La Ciudadela Real apareció entre la neblina mucho antes de que Agatha estuviera preparada para verla.

Primero surgieron las torres. Altas. Inmóviles.

Sus agujas blancas atravesaban el manto gris de la mañana como si el tiempo jamás hubiera pasado por ellas.

Después aparecieron las murallas. Enormes. Imponentes. Tan familiares como una cicatriz que nunca termina de desaparecer.

Agatha aflojó apenas las riendas de la mula.

El animal resopló con desgana, ajeno al nudo que comenzaba a formarse en el pecho de su dueña.

—Tranquila… —murmuró mientras le acariciaba el cuello—. A ninguna de las dos nos entusiasma volver.

Una sonrisa cansada asomó en sus labios. La Ciudadela seguía siendo exactamente igual. Las mismas murallas. Las mismas torres.

Las mismas banderas ondeando sobre los tejados de piedra. Todo permanecía inmóvil. Como si el reino entero hubiera esperado pacientemente su regreso. Ella, en cambio, ya no era la misma.

Dos meses. Apenas dos meses lejos de aquellas paredes. Y, aun así, sentía que había vivido una vida completamente distinta. Había cambiado vestidos de seda por delantales manchados de harina.

Banquetes por pan recién horneado. Reverencias por risas sinceras. Había descubierto lo que significaba ganarse el pan con sus propias manos.

Y, por primera vez en mucho tiempo, había sentido que cada decisión le pertenecía únicamente a ella.

Respiró hondo. El aire olía a lluvia. A piedra húmeda. A hogar.

Y también… A una vida de la que nunca había conseguido escapar del todo. Enderezó la espalda. Ya habría tiempo para dudar.

Espoleó suavemente a la mula y atravesó las puertas de la Ciudadela sin volver la vista atrás.

Atravesó la Plaza del Sol sin detenerse. A aquella hora ya estaba llena de movimiento. Un grupo de soldados cruzó hacia los cuarteles cargando lanzas de entrenamiento.

Dos sacerdotisas descendían las escalinatas del Templo de la Luz con los rostros ocultos bajo sus velos blancos.

Más allá, varios sirvientes descargaban sacos de harina de una carreta mientras un cocinero discutía con un comerciante por el tamaño de unas cebollas.

Todo seguía exactamente igual. Como si durante aquellos dos meses nadie hubiera notado su ausencia. O peor… Como si nunca hubiera hecho falta.

—¡Milady!

Una voz la obligó a detenerse. Era uno de los mozos de las caballerizas. No tendría más de dieciséis años. Corrió hasta ella antes de inclinar ligeramente la cabeza.

—¿Puedo ocuparme de vuestra…?

La frase murió al ver a la mula. Parpadeó dos veces.

—¿Es… vuestra?

Agatha miró al animal. Después volvió la vista al muchacho.

—Por ahora.

El chico soltó una risa.

—Su Majestad no va a estar muy contento.

—Mi padre lleva años intentando convencerme de usar un carruaje.

—Y vos seguís apareciendo con animales distintos.

—Hay tradiciones que merece la pena conservar.

El muchacho tomó las riendas con una sonrisa.

—¿Cómo se llama?

Agatha abrió la boca. La volvió a cerrar. Nunca se lo había preguntado. Miró a la mula.

La mula la miró a ella.

—Creo que todavía estamos negociándolo.

El chico volvió a reír. Era una risa sincera. De esas que en el palacio parecían casi un acto de rebeldía.

—Cuidadla bien.

—Como si fuera mía, milady.

—No.

Agatha negó suavemente con la cabeza.

—Como si fuera libre.

El muchacho frunció el ceño. No entendió la frase. Agatha tampoco estaba segura de haberla dicho por la mula. O por ella misma.

Sonrió apenas y continuó su camino. Empujó las enormes puertas de roble. El calor del interior la envolvió de inmediato. Y, con él…

El olor. Lirios. Siempre lirios. Nunca había un solo día sin ellos.

—Empiezo a sospechar que esas flores tienen más habitaciones que yo.

—Las flores no hablan a vuestras espaldas.

Agatha levantó la vista.

Una mujer de unos cincuenta años, impecablemente vestida de gris, la observaba con los brazos cruzados.

No llevaba joyas. Nunca las llevaba.

Solo un pequeño broche de plata con el escudo de la familia real.

Margaret. Había llegado al palacio siendo apenas una muchacha. Ahora nadie recordaba un tiempo en el que no hubiera estado allí.

—Buenos días, Margaret.

—¿Lo son?

Agatha dejó escapar un suspiro exagerado.

—Acabo de entrar y ya me están juzgando.

—No os juzgo.

Margaret comenzó a caminar a su lado.

—Solo intento averiguar cuánto tardaré en descubrir qué locura habéis hecho esta vez.

—Entonces hoy vais a llevaros una decepción.

Margaret arqueó una ceja.

—Permitidme dudarlo.

Recorrieron el pasillo en silencio. Los criados se apartaban para dejarlas pasar. Algunos inclinaban la cabeza. Otros sonreían con discreción.

Margaret esperó hasta doblar la esquina antes de volver a hablar.

—La reina está enfadada.

—Lo imaginaba.

—El rey lleva toda la mañana intentando convencerla de que no os reciba enfadada.

Agatha dejó escapar una risa.

—Le deseo mucha suerte.

—Eso mismo le dije.

Llegaron frente a los aposentos de la princesa. Dos doncellas aguardaban con las manos entrelazadas. En cuanto la vieron aparecer, respiraron aliviadas.

—Milady.

—No pongáis esa cara. No he muerto.

Una de ellas sonrió sin poder evitarlo. La otra abrió la puerta. Dentro, todo estaba preparado.

El baño desprendía pequeñas columnas de vapor. Sobre la cama descansaba un vestido azul. Y, cuidadosamente doblado junto a él… El corsé.

Agatha lo observó durante varios segundos. Después señaló la bañera.

—Podría escaparme por la ventana.

Margaret siguió la dirección de su mirada.

—Estamos en un tercer piso.

—Lo sé.

Margaret esbozó una leve sonrisa.

—Y aun así estáis calculando la distancia.

Agatha respondió con una media sonrisa.

—Solo por curiosidad.

Margaret negó con la cabeza.

—No.

—¿No qué?

—No es curiosidad. Es costumbre.

Agatha soltó una risa por lo bajo.

—Puede ser.

Cerró la puerta con el pie. Las dos doncellas comenzaron a moverse de inmediato. Una retiró las cortinas que rodeaban la bañera.

La otra tomó el vestido azul con el mismo cuidado con el que un sacerdote sostendría una reliquia.

—¿Podéis darme cinco minutos?

Las dos muchachas se quedaron inmóviles. Se miraron entre ellas. Después miraron a Margaret. Margaret respondió antes que ellas.

—No.

Agatha suspiró.

—Ni siquiera lo habéis pensado.

—Sí lo pensé.

—¿Y?

—La respuesta sigue siendo no.

Una de las doncellas no pudo evitar sonreír. Bajó la vista inmediatamente. Como si sonreír delante de una princesa fuera una falta de respeto. Agatha la señaló con un gesto.

—¿Veis? Ella sí sabe apreciar un buen comentario.

La muchacha se ruborizó de inmediato. Margaret carraspeó.

—El baño se enfría.

—Qué carácter…

Agatha comenzó a quitarse la ropa de viaje. Las mangas cayeron primero. Después el chaleco. Luego las botas embarradas.

Una de las doncellas se inclinó para recogerlas. Frunció ligeramente el ceño.

—Están muy gastadas.

—Han trabajado más que muchas botas de palacio.

La joven levantó la vista sin saber si aquello era una broma. Agatha sonrió.

—Tranquila.

Un rato después, ya bañada y vestida, Agatha abandonó la habitación. El pasillo estaba casi vacío. Solo un par de criados cambiaban los candelabros de plata.

En cuanto la vieron aparecer, dejaron lo que estaban haciendo. Inclinaron la cabeza.

—Milady.

Agatha respondió con una leve sonrisa.

—Buenos días —continuó caminando.

Diez pasos más adelante encontró al anciano Edwin puliendo una barandilla de madera.

—Buenos días, señor Edwin.

El hombre levantó la cabeza, sorprendido.

—Alteza…

No esperaba que recordara su nombre.

—¿Cómo sigue vuestra nieta?

Los ojos del anciano se iluminaron.

—Mucho mejor, gracias por preguntar.

—Me alegra oírlo.

Siguió su camino. No vio cómo el hombre permanecía inmóvil unos segundos. Ni cómo sonreía cuando ella ya había doblado la esquina. Agatha nunca recordaba los nombres por protocolo.

Los recordaba porque las personas le importaban. Atravesó la Galería del Este.

Las enormes ventanas dejaban entrar una luz suave que teñía de dorado el mármol blanco.

Su reflejo aparecía una y otra vez en los cristales. Vestido azul. Cabello perfectamente recogido. Espalda recta.

Cada vez que se veía reflejada pensaba exactamente lo mismo. Parecía otra persona. Llegó hasta la puerta que conducía a la Galería de las Reinas. Apenas la cruzó…

Escuchó una voz. Suave. Cálida. Inconfundible.

—…y después el hermano Matías dijo que los lirios florecen mejor cuando…

Agatha sonrió antes incluso de verla. Asomó la cabeza por el arco de mármol. Astrid hablaba animadamente con dos jóvenes sacerdotisas. Vestía completamente de blanco.

No un blanco lujoso. Un blanco sencillo. Casi austero.

El único detalle dorado era el medallón de la Luz que descansaba sobre su pecho.

Una de las sacerdotisas levantó la vista.

—Alteza…

Astrid se giró. Y todo el protocolo desapareció.

—¡Aga!

Las dos sacerdotisas apenas tuvieron tiempo de apartarse. Astrid cruzó la galería casi corriendo.

Abrazó a su hermana con tanta fuerza que estuvo a punto de hacerla perder el equilibrio.

—Pensé que llegarías mañana.

—Yo también lo pensé.

Astrid retrocedió un paso. La observó de arriba abajo. Frunció ligeramente el ceño.

—Estás más morena.

—Es lo que suele pasar cuando una persona descubre que existe el sol.

Astrid soltó una pequeña carcajada.

—No seas mala.

—Nunca.

—Mentirosa.

Las dos rieron. Las sacerdotisas intercambiaron una mirada desconcertada. Nunca habían visto a la Elegida comportarse de aquella manera. Porque allí no estaba la futura reina.

Solo una hermana feliz de volver a ver a Aga. Astrid volvió a tomarla del brazo. Esta vez su sonrisa perdió un poco de brillo.

—Tenemos que ir.

Agatha la miró de reojo.

—¿Tan grave es?

Astrid dudó un instante. Era raro verla buscar las palabras.

—El Consejo ha sido convocado.

Agatha dejó de caminar.

—¿Ahora?

Astrid asintió despacio.

—Los cinco Arcanos llevan reunidos desde primera hora. El Prior también está allí.

Agatha frunció ligeramente el ceño. Aquello ya no sonaba a un simple recibimiento.

—¿Ha ocurrido algo?

Astrid bajó la voz.

—Desde que te marchaste… Han cambiado muchas cosas.

Agatha sostuvo su mirada unos segundos.

—¿Y madre?