I. La Libertad #3
No porque hubiera clientes. Sino porque dos desconocidos compartían el mismo silencio. Agatha recogió los paños ensangrentados. Los dejó dentro de un cubo.
Después empezó a ordenar el desastre que había quedado tras la inauguración frustrada.
Martillos. Clavos. Un serrucho. Bisagras.
Un puñado de tablas que aquella misma mañana iban a convertirse en estanterías.
Ahora solo eran madera. Mientras recogía, hablaba sola.
—Esto aquí… No. Esto tampoco. Qué desastre…
El desconocido la observaba sin decir nada.
Le llamó la atención una cosa. Ella no recogía con rabia. Ni con resignación. Recogía como quien piensa volver a empezar al día siguiente.
Como si aquella derrota fuera solo un contratiempo. No el final.
—¿Vas a intentarlo otra vez?
La pregunta salió antes de que pudiera detenerla. Agatha levantó la vista.
—¿El qué?
—Abrir la taberna.
Ella soltó una pequeña risa. Como si la respuesta fuera evidente.
—Claro.
—¿Aunque la hayan clausurado?
—Ya encontraré otra.
—¿Y si vuelven a cerrarla?
Agatha dejó el martillo sobre la mesa. Lo miró directamente. En sus ojos había algo completamente terco. Casi desafiante.
—Pues abriré otra.
Él permaneció en silencio. Ella continuó.
—Y si vuelven a cerrarla… Abriré una cuarta. Una quinta si hace falta. Mientras me queden manos para trabajar… Siempre podré empezar de nuevo.
El desconocido no apartó la mirada. Por primera vez desde que había llegado… No veía únicamente a una mujer con mal carácter. Veía a alguien incapaz de rendirse.
Agatha volvió a ordenar unos vasos. Uno estaba roto. Lo observó unos segundos. Después lo dejó aparte.
Tomó otro. Perfectamente entero. Lo colocó en la estantería. El desconocido habló otra vez.
—¿Por qué guardar ese?
Ella ni siquiera levantó la vista.
—Porque sigue sirviendo.
La respuesta era sencilla. Demasiado sencilla. Y, sin embargo…
Él tuvo la extraña sensación de que aquella mujer no estaba hablando del vaso.
No insistió. Agatha terminó de guardar las herramientas. Entonces caminó hasta la puerta. Su mirada se detuvo sobre el gran sello rojo de la Corona.
Todavía seguía pegado a la madera. Lo observó unos segundos. Suspiró.
—Qué feo eres… —murmuró.
El desconocido frunció ligeramente el ceño.
—¿Vas a dejarlo ahí?
Ella sonrió de lado. Aquella sonrisa irreverente que parecía desafiar incluso al sentido común.
—No.
Puso la mano sobre el sello. Tiró de él con fuerza. La cera se quebró. El pergamino cayó al suelo.
El desconocido abrió ligeramente los ojos.
—¿No tendrás problemas por hacer eso?
Agatha recogió el sello. Lo sostuvo entre los dedos. Después lo lanzó directamente al fuego. Las llamas devoraron la cera en pocos segundos.
Ella observó cómo desaparecía.
—Ya los tengo.
Se volvió hacia él.
—¿Qué van a hacer? ¿Clausurarme la taberna?
Por primera vez… El desconocido soltó una carcajada. No una risa contenida.
Una carcajada breve. Inesperada. Auténtica. Agatha arqueó una ceja.
—Vaya. Pensé que seguías medio muerto.
Él negó despacio. Todavía sonriendo.
—Empiezo a sospechar que sobrevivir aquí será más difícil que allá afuera.
Ella señaló la puerta.
—Eso depende. ¿Piensas seguir manchándome el suelo?
La tormenta fue perdiendo fuerza con el paso de las horas.
El golpeteo constante sobre el tejado se convirtió poco a poco en una lluvia fina.
Después… En un simple murmullo.
Agatha terminó de recoger las últimas herramientas y dejó escapar un bostezo que intentó disimular sin demasiado éxito.
Miró al desconocido. Seguía sentado contra la pared, envuelto en la vieja manta. No dormía. Tenía los ojos cerrados.
Pero su respiración era demasiado ligera para alguien que realmente hubiera conseguido descansar.
—Puedes dormir.
Él abrió un ojo.
—Lo intento.
—Pues se te da fatal.
La comisura de sus labios volvió a curvarse apenas. Aquella media sonrisa empezaba a resultar extrañamente familiar.
—Hace tiempo que no duermo bajo un techo.
Agatha dejó de mover las manos. Lo observó durante un segundo. No preguntó por qué. Todos cargaban con historias que preferían no contar.
Ella incluida.
—Pues aprovecha. Porque mañana pienso echarte.
Él inclinó ligeramente la cabeza.
—Entendido.
Agatha tomó una manta más pequeña.
La extendió sobre uno de los bancos, al otro extremo de la taberna.
Lo bastante lejos para mantener la distancia. Lo bastante cerca para escuchar si aquel hombre decidía hacer alguna tontería. Se acomodó de cualquier manera. Con las botas puestas.
Y un martillo apoyado discretamente bajo el banco. El desconocido alcanzó a verlo. No dijo nada. Aquello le arrancó una sonrisa silenciosa.
Seguía sin confiar en él. Y tenía todo el derecho del mundo. La vela terminó consumiéndose poco a poco. La taberna quedó casi completamente a oscuras.
Durante unos minutos ninguno habló. Solo se escuchaba el crepitar del fuego. Entonces… La voz del desconocido volvió a romper el silencio.
—Gracias.
Agatha permaneció de espaldas.
—No me des las gracias todavía.
—¿Por qué?
—Porque si mañana descubro que me robaste… Voy a perseguirte hasta encontrarte.
Él dejó escapar una exhalación divertida.
—Lo tendré presente.
Ella sonrió para sí. Sin girarse. Sin que él pudiera verla.
—Más te vale.
El silencio regresó. Esta vez definitivo.
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El amanecer llegó sin pedir permiso.
Cuando el desconocido abrió los ojos, el fuego apenas conservaba unas brasas. Durante unos segundos permaneció inmóvil, escuchando. Silencio. Miró hacia el banco donde Agatha había dormido.
Vacío. Frunció el ceño. La manta seguía allí, doblada de cualquier manera. Agatha no.
Se incorporó con cuidado. La herida protestó bajo el vendaje improvisado. La ignoró. El desconocido salió al exterior sujetándose el costado.
La lluvia había cesado durante la madrugada, dejando tras de sí un cielo gris perlado. Los tejados aún goteaban y pequeños charcos devolvían las primeras luces del día.
El barrio comenzaba a despertar. Un panadero acomodaba las primeras hogazas sobre el mostrador. Una anciana barría la entrada de su casa. Dos niños perseguían un aro de madera entre carcajadas.
Parecía una mañana cualquiera.
Hasta que levantó la vista hacia el poste donde había dejado atada la mula.
Vacío. Permaneció observándolo unos segundos. Después bajó la mirada. Un pequeño trozo de pergamino colgaba del poste, sujeto con un cordel.
Lo desató. Leyó. Y una sonrisa cansada apareció lentamente en su rostro.
—Claro…
Sacudió la cabeza.
—Eso fue un robo.
Guardó la nota en el bolsillo interior de la chaqueta y echó a andar.
Apenas había recorrido unos metros cuando dos mujeres que acomodaban cestas frente a una casa comenzaron a conversar sin reparar en su presencia.
—¿Supiste lo de la bastarda?
—¿Lo de la taberna?
—Sí. Qué pena.
—Trabajó durante meses para abrir ese lugar y la Corona se lo cerró el mismo día.
El desconocido siguió caminando. Su expresión no cambió.
—Dicen que regresó al castillo antes del amanecer.
Su paso vaciló. Solo un instante. Después continuó. El papel crujió suavemente dentro de su chaqueta.
Agatha.
Una tabernera irreverente, obstinada y capaz de abrir la puerta a un desconocido moribundo…
Y de marcharse antes del amanecer con su mula. Una esquina de sus labios volvió a curvarse. Arcadia acababa de darle la bienvenida.
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