La Médium I. La Libertad #2
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I. La Libertad #2

Agatha destapó la botella. Bebió un pequeño trago. Lo justo para humedecerse la garganta. Negó con la cabeza.

—No.

Volvió a taparla. Se la tendió.

—Tú sí vas a necesitar más que yo.

El desconocido aceptó la botella. La observó unos segundos.

—¿Eso debería tranquilizarme?

—No especialmente.

Bebió un largo trago. El aguardiente le quemó la garganta. Agatha ya estaba preparando la aguja. La sostuvo unos segundos sobre la llama de la vela.

El metal comenzó a adquirir un tono anaranjado.

—Espero que no le tengas miedo a las agujas.

Él observó la aguja. Después a ella. Y volvió a mirar la aguja.

—Empiezo a pensar que debería tenerte miedo a ti.

Agatha sonrió apenas. Esa sonrisa torcida que aparecía cuando alguien conseguía seguirle el juego.

—Eso sí sería una decisión inteligente.

Guardó unos segundos de silencio. Después señaló la capa.

—Quítate eso.

El desconocido tardó un instante en reaccionar.

—¿La capa?

—No. La herida ya hizo suficiente por hoy. La capa.

Por primera vez desde que había entrado, él soltó una risa baja. Casi un resoplido.

Se incorporó con esfuerzo. Cada movimiento parecía arrancarle un gesto de dolor que intentaba esconder. La capa cayó al suelo completamente empapada. Después empezó a desabrochar lentamente la camisa.

La tela estaba pegada a la piel por la sangre seca. Cuando terminó de quitársela… Agatha dejó escapar un leve silbido. No porque el hombre fuera atractivo.

Ni porque estuviera impresionada. Porque aquello era un desastre. La herida cruzaba buena parte del costado izquierdo. Limpia.

Profunda. Hecha por una hoja afilada. Había hematomas antiguos mezclados con heridas recientes. Y varias cicatrices viejas recorrían su torso.

Demasiadas. Para alguien tan joven. Frunció el ceño. Aquello no tenía nada que ver con una pelea de taberna.

—Eso… —murmuró.

—No te lo hizo un borracho.

Él negó lentamente.

—No.

—Qué decepción. Las de taberna suelen terminar con historias mucho mejores.

Tomó un paño limpio. Lo empapó con aguardiente.

—Esto va a doler.

El desconocido levantó apenas una ceja.

—Lo imaginé.

Agatha negó con total tranquilidad.

—No.

Acercó el paño.

—Todavía no.

Lo presionó contra la herida. Él cerró los ojos. Los músculos del cuello se tensaron. Las manos se cerraron con fuerza.

La mandíbula pareció endurecerse como piedra. Pero no gritó. Ni una sola vez. Agatha continuó limpiando la sangre.

Lo observó de reojo.

—Debes de ser muy orgulloso.

Él abrió un ojo.

—¿Por qué?

—Porque cualquier persona normal ya me habría insultado.

Un silencio. Después respondió.

—Estoy reuniendo fuerzas.

Agatha soltó una risa. Una auténtica. Breve. Inesperada.

—Eso me parece razonable.

Y volvió a concentrarse en la herida. Por primera vez desde que aquel desconocido había cruzado la puerta… La tensión entre ambos empezó a transformarse en otra cosa. No era confianza.

Todavía no.

Era el extraño alivio de descubrir que, incluso en medio del peor día de sus vidas…

Aún podían hacer una broma. La aguja atravesó la piel. Un punto. Luego otro.

Después otro más.

La lluvia seguía golpeando el tejado con la misma insistencia con la que el hilo atravesaba la carne.

Agatha trabajaba inclinada sobre la herida. Concentrada.

Su larga melena, recogida de cualquier manera antes de quedarse dormida, comenzaba a deshacerse poco a poco.

Varias hebras castañas escapaban de la coleta improvisada, cayendo sobre sus mejillas sonrojadas cada vez que se inclinaba más de la cuenta.

Entre ellas brillaban aquellos extraños mechones dorados que nunca pasaban desapercibidos.

Con el dorso de la mano apartó el cabello de su rostro sin dejar de coser.

Sus movimientos eran sorprendentemente seguros. No perfectos. Pero sí decididos. El desconocido observaba aquellas manos.

No temblaban. Ni siquiera después del largo día que había tenido. Ni después de la botella de hidromiel. Ni después del miedo con el que había abierto aquella puerta.

Aquella mujer no parecía saber rendirse.

—No pareces borracha.

La frase rompió el silencio. Agatha hizo un nudo en el hilo. Ni siquiera levantó la vista.

—Porque no lo estoy.

—Has vaciado casi una botella.

Ella se encogió ligeramente de hombros.

—Si estuviera borracha…

Sonrió de medio lado.

—Habría empezado con la segunda.

Él dejó escapar una pequeña exhalación divertida. Agatha terminó otro punto.

—Además… No bebo cuando estoy feliz. Bebo cuando el mundo decide ponerse especialmente creativo conmigo.

Levantó por fin la vista.

—Y créeme… Hoy se ha esforzado bastante.

El desconocido permaneció en silencio unos segundos. No parecía juzgarla. Solo intentaba comprenderla.

—¿Cómo te hiciste eso? —preguntó ella señalando la herida.

Él tardó demasiado en responder. Tanto… Que Agatha dejó de coser para observarlo. Había aprendido hacía años que los silencios también respondían preguntas.

Finalmente habló.

—Tuve un mal día.

Agatha arqueó una ceja.

—Vaya… Yo también.

Los dos guardaron silencio. Después ella añadió sin poder evitarlo.

—¿El tuyo sangraba?

Una esquina de la boca del desconocido volvió a curvarse.

—Bastante.

Agatha negó despacio.

—Qué suerte. El mío vino con documentos oficiales. Creo que prefiero la espada.

Él siguió la dirección de su mirada. La barra rota.

Las herramientas. Las mesas nuevas. El sello arrancado de la puerta, aún tirado en un rincón. Aquella taberna contaba su historia sin necesidad de palabras.

—Era tu negocio.

No era una pregunta. Agatha dio el último punto. Cortó el hilo con los dientes. Solo entonces respondió.

—Lo fue.

Guardó cuidadosamente la aguja en el pequeño estuche.

—Duró menos que una promesa de político.

Por primera vez… El desconocido rió de verdad. No fue una carcajada. Solo una risa baja.

Grave. Cansada. Pero completamente sincera. Agatha levantó la cabeza.

Lo observó durante un segundo. Y sonrió casi sin darse cuenta.

—Mucho mejor. Pensé que te habías olvidado de cómo hacerlo.

La sonrisa desapareció lentamente del rostro del hombre. Bajó la vista hacia el suelo.

—Hace tiempo que no tenía motivos.

Agatha no respondió enseguida. Terminó de recoger las vendas. Después habló con la misma naturalidad de siempre.

—Pues no te acostumbres. No pienso volver a regalarte otra función.

El desconocido negó con la cabeza.

—No lo haré.

El silencio regresó. Pero ya no era el mismo.

Ya no era el silencio entre una mujer que temía a un intruso y un hombre que ocultaba su identidad.

Era el silencio de dos personas completamente distintas que, por un instante, habían conseguido olvidar sus propios problemas escuchando los del otro.

Y ninguno de los dos fue capaz de darse cuenta. Agatha cerró el pequeño estuche de cuero y lo dejó sobre la mesa.

Muy poco ungüento. Y todavía menos dinero para reemplazarlos. Lo observó apenas un instante. Después apartó el pensamiento.

Ya tendría tiempo de preocuparse al día siguiente. O al siguiente. Era un problema para la Agatha del futuro. La del presente ya estaba demasiado cansada.

El desconocido siguió la dirección de su mirada.

—Has gastado casi todo.

Ella cerró el estuche.

—Ya compraré más.

Él tardó unos segundos en hablar.

—¿Con qué dinero?

Agatha levantó una ceja. Después sonrió.

—Ese es un problema de la Agatha de mañana. La de hoy decidió declararse incompetente para resolverlo.

El desconocido soltó otra risa sincera. Breve.

Casi silenciosa. Pero suficiente para cambiarle por completo la expresión. Agatha lo observó un instante. No era especialmente sonriente.

Y quizá por eso aquella risa parecía tener más valor.

—Mucho mejor. Pensé que la lluvia te había robado la cara.

Él negó despacio.

—Hace tiempo que nadie conseguía hacerme reír.

Agatha se encogió de hombros mientras recogía los paños ensangrentados.

—Pues procura no acostumbrarte. Cobro muy caro.

Él bajó la vista hacia la taberna. Las mesas nuevas. La barra rota.

Las herramientas todavía desperdigadas. Todo hablaba de un sueño que apenas había nacido.

—Lo siento.

Agatha siguió doblando las vendas.

—¿Por qué?

—Por tu taberna.

Ella soltó una pequeña carcajada. Auténtica.

—No seas ridículo. Eso no ha sido culpa tuya.

Él permaneció en silencio. Como si quisiera decir algo más. No encontró las palabras.

Agatha terminó de guardar el material. Después lo señaló con un dedo.

—Pero si empiezas a darme pena… Te echo.

El desconocido levantó la vista. Sorprendido. Ella continuó con absoluta naturalidad.

—No pienso soportar también la compasión de un desconocido. Con la Corona ya tengo suficiente.

Él asintió lentamente.

—Entendido.

—Bien. Porque la compasión siempre viene acompañada de consejos. Y hoy ya me dieron demasiados.

Volvió a hacerse el silencio. Solo se escuchaba el agua golpeando el tejado.

Y el fuego consumiendo lentamente los últimos troncos. Agatha tomó una vieja manta doblada sobre una silla. Se la lanzó sin demasiada delicadeza. Él la atrapó por puro reflejo.

—Puedes dormir aquí. Solo esta noche. Mañana… Cada uno vuelve a su desastre.

El desconocido sostuvo la manta entre las manos.

No respondió enseguida. Había algo extrañamente digno en aquella mujer. No tenía dinero. No tenía negocio.

Probablemente tampoco tenía un lugar al que llamar hogar. Y aun así… Seguía compartiendo lo poco que le quedaba.

—Me parece un trato justo.

Agatha ya caminaba hacia la barra partida. Apoyó una mano sobre la madera rota. Permaneció unos segundos observándola. Después habló sin girarse.

—Por cierto…

Él levantó la vista.

—La próxima vez que quieras entrar en una taberna… Procura no desangrarte antes. Da muy mala impresión.

Aquella media sonrisa insolente volvió a aparecer.

La misma con la que había respondido a casi todas sus bromas desde que cruzó la puerta.

—Lo intentaré.

Agatha negó con una sonrisa apenas visible.

—Eso espero. No pienso coserte otra vez.

La lluvia seguía golpeando el tejado con una fuerza casi obstinada. El fuego de la chimenea crepitaba lentamente. La taberna, por primera vez desde la clausura, volvía a sentirse habitada.