I. La Libertad
CAPÍTULOILA LIBERTAD
La lluvia golpeó tres veces la puerta de la taberna.
O al menos eso le pareció a la mujer que dormitaba con la cabeza apoyada sobre una de las mesas nuevas.
No levantó la vista. Ni siquiera abrió los ojos.
—Está cerrado…
Su voz salió apagada, áspera por el cansancio. Frente a ella descansaba una botella de hidromiel casi vacía. No era una costumbre. Era una excepción. Una tregua absurda después del peor día de su vida.
Del otro lado volvieron a llamar. Tres golpes más. Más firmes. Agatha dejó escapar un largo suspiro.
—Si vienes a decirme que olvidé otro permiso… Puedes volver mañana. Prometo ignorarte con más ganas.
Silencio. Después, una voz masculina respondió desde el otro lado de la puerta.
—Solo busco refugio.
Ella soltó una risa baja.
De esas que nacen cuando el desastre ya ha hecho tanto daño que solo queda burlarse de él.
—Pues llegaste al lugar equivocado. Esto dejó de ser un refugio hace unas horas.
No obtuvo respuesta. Solo lluvia. Muchísima lluvia.
Giró lentamente la botella entre los dedos mientras observaba el último hilo de hidromiel balancearse contra el cristal.
—Qué desperdicio… —murmuró.
—Ni siquiera tuve tiempo de arruinar el negocio yo sola.
Levantó la cabeza. La taberna seguía oliendo a madera recién barnizada. Las mesas nuevas permanecían intactas. Varias jarras continuaban envueltas en tela, esperando unos clientes que nunca llegaron.
En una esquina descansaban unas cortinas dobladas que aún no habían sido colgadas.
Todo estaba listo para una inauguración que apenas había durado unas horas. Entonces sus ojos se detuvieron sobre la barra. Partida exactamente por la mitad. Y, justo encima de la puerta…
El enorme sello de cera roja seguía pegado sobre la madera. CLAUSURADO POR ORDEN DE LA CORONA. Agatha hizo una mueca. Meses buscando aquel local.
Meses reparando paredes. Meses convenciendo carpinteros. Meses ahorrando cada moneda.
Y todo para que un funcionario con un sello decidiera que su sueño era ilegal.
Le dio el último trago a la botella.
—Salud.
Brindó con las mesas vacías.
—Al negocio más exitoso de Arcadia.
Miró otra vez el sello.
—Duró exactamente tres horas.
La lluvia volvió a golpear la puerta. Esta vez con más fuerza. Agatha frunció el ceño. A esas horas nadie llamaba a una taberna clausurada.
Y quienes lo hacían rara vez traían buenas noticias. Su mirada recorrió instintivamente la estancia. Un martillo. Demasiado lejos.
Un serrucho. Peor idea. Terminó sujetando la botella vacía. No porque creyera que fuera un arma especialmente eficaz.
Porque era lo único que tenía al alcance de la mano.
—Como seas un funcionario… —murmuró mientras se levantaba.
—Te juro que hoy sí voy presa.
No estaba borracha. Solo tenía el cuerpo agotado y la paciencia completamente destruida. Cruzó la taberna esquivando tablones, cubos de pintura y herramientas abandonadas.
Cada paso hacía crujir el serrín bajo sus botas. Cuando llegó a la puerta… Se quedó inmóvil. La mano descansó sobre el pestillo durante unos segundos.
Respiró hondo. No porque estuviera preparada. Porque fingirlo era la única opción. Giró el seguro.
Abrió. El viento irrumpió con violencia, apagando una de las velas. Y entonces lo vio.
Durante un instante Agatha no distinguió más que una silueta envuelta por la lluvia.
Alta. Inmóvil.
La pesada capa oscura caía sobre sus hombros completamente empapada, goteando sin descanso sobre los escalones de madera. La capucha ocultaba casi todo su rostro, dejando ver únicamente una mandíbula marcada cubierta por la sombra de una barba descuidada de varios días.
No dio un paso atrás. Pero tampoco bajó la botella.
—Si vienes a robar…
Levantó apenas el vidrio vacío.
—Tengo malas noticias. Llegaste después de la Corona.
El desconocido permaneció inmóvil. Solo entonces Agatha reparó en sus manos. Grandes.
Curtidas. Llenas de pequeñas cicatrices antiguas. Y completamente cubiertas de sangre. Su primera reacción no fue compasión.
Fue desconfianza. ¿De quién era esa sangre?
La lluvia seguía resbalando por su cabello negro, pegando varios mechones a la frente. El agua descendía lentamente hasta perderse bajo la capa desgarrada.
Sus botas estaban cubiertas de barro. Respiraba con dificultad. Pero seguía de pie. Eso era, quizá, lo más inquietante de todo.
Parecía uno de esos hombres que habían aprendido a caminar mucho después de que el cuerpo hubiera decidido rendirse.
Los dos permanecieron observándose durante unos segundos. Fue él quien rompió el silencio.
—¿Puedo entrar?
Su voz era grave. Cansada. Y, aun así, escondía un matiz inesperado. Como si todavía encontrara fuerzas para burlarse un poco de la desgracia.
Agatha no respondió enseguida.
Sus ojos descendieron otra vez hasta las manchas oscuras que cubrían sus manos.
—¿Esa sangre es tuya?
El desconocido bajó la vista como si acabara de recordarlo. Después respondió con una media sonrisa apenas visible bajo la barba.
—La mayor parte.
Agatha frunció el ceño.
—Eso no ha respondido demasiado.
—Lo suficiente.
Durante un instante estuvo a punto de cerrar la puerta. Un hombre desconocido. En mitad de la noche. Podía ser un asesino.
Un ladrón. Un mercenario. Un loco. Y ella estaba completamente sola.
Apretó con fuerza el cuello de la botella. Podía echar el cerrojo. Olvidarse del asunto. Nadie la culparía.
Entonces el hombre dio un pequeño paso hacia delante. Solo uno. Fue suficiente.
Su cuerpo perdió el equilibrio durante un instante y tuvo que apoyarse contra el marco de la puerta para no caer.
Agatha escuchó el golpe seco de su mano contra la madera.
Después vio cómo la sangre resbalaba lentamente por los nudillos hasta mezclarse con la lluvia.
Y algo cambió. No dejó de desconfiar. Pero dejó de ver una amenaza. Ahora veía a un hombre que apenas conseguía mantenerse en pie.
El desconocido levantó de nuevo la vista. Esta vez no había ironía. Solo agotamiento.
—Solo necesito un techo… Hasta que deje de llover.
Agatha suspiró. Largo. Pesado.
Como si acabara de discutir consigo misma y hubiera perdido. Se hizo a un lado sin apartar la botella.
—Entra. Pero te aviso una cosa. Si descubro que intentas matarme… Te vas a morir primero.
El desconocido levantó apenas una comisura de los labios. Aquella sonrisa insolente duró apenas un segundo.
—Me parece justo.
Y cruzó el umbral.
Apenas cruzó el umbral, el desconocido apoyó una mano sobre la pared de piedra.
Una mancha oscura quedó marcada sobre ella. Agatha observó la sangre. Después la pared. Y volvió a mirarlo a él.
—Perfecto… —murmuró cerrando la puerta con el pie.
—Ahora también tengo que pintar.
El desconocido quiso responder. Solo consiguió dar otro paso.
La lluvia había dejado pequeños charcos sobre el suelo de madera. Sus botas resbalaron apenas.
Durante un instante intentó mantenerse erguido. Lo intentó de verdad. Pero el cuerpo ya había decidido por él hacía mucho tiempo. Se sujetó del borde de una mesa.
La madera crujió bajo el peso de su cuerpo. Agatha levantó una ceja.
—Cinco.
Él alzó la vista con evidente esfuerzo.
—¿Qué?
—Cinco segundos antes de que te caigas.
Una pequeña sonrisa apareció en el rostro cansado del desconocido.
—Eres optimista.
Intentó enderezarse. Las piernas no respondieron. El golpe contra el suelo retumbó en toda la taberna. Agatha negó lentamente con la cabeza.
—Tres. Pensé que aguantarías cinco.
El desconocido soltó una exhalación que sonó peligrosamente parecida a una risa.
—Yo también.
Ella permaneció inmóvil unos segundos. Con los brazos cruzados. Observándolo. Aquel hombre seguía dándole mala espina.
Demasiado grande. Demasiado fuerte. Demasiadas heridas. Y, aun así…
No había intentado acercarse a ella. No había levantado la voz. Ni una sola vez. Solo había pedido entrar.
Suspiró resignada.
—No te muevas.
—Créeme… No entra en mis planes.
Agatha dejó escapar un bufido.
—Más te vale.
Se acuclilló frente a él. La capucha seguía cubriéndole parte del rostro.
Con un movimiento rápido apartó un mechón de cabello negro empapado que le caía sobre la frente.
No fue un gesto amable. Fue el gesto práctico de alguien que necesitaba ver mejor la herida. Entonces lo observó de cerca por primera vez. Era joven.
Más joven de lo que había imaginado al escuchar su voz.
El cansancio y la barba de varios días le añadían años que probablemente no tenía.
Había un corte reciente en el labio. Otro sobre el pómulo. Y varias cicatrices antiguas asomaban entre la piel mojada. Pero lo que más le llamó la atención fueron sus ojos.
No por el color. Sino porque seguían completamente despiertos. Analizándolo todo. Incluso al borde del desmayo.
—¿Te persigue alguien?
La pregunta salió más seria de lo que esperaba. Él tardó unos segundos en responder.
—No.
Ella sostuvo su mirada. Buscando una mentira. Una vacilación. Cualquier cosa.
No encontró nada. Asintió lentamente.
—Bien.
Se incorporó.
—Porque hoy no tengo energía para esconder cadáveres.
Por primera vez, la sonrisa del desconocido fue un poco más evidente. Cansada. Torcida. Pero auténtica.
—Qué considerada.
Agatha rodó los ojos.
—No te emociones. Solo intento evitarme problemas.
Se giró y desapareció detrás de la barra partida. Durante unos segundos solo se escuchó el ruido de cajones abriéndose. Herramientas cayendo.
Un golpe seco. Y la voz de Agatha protestando sola.
—¡¿Dónde demonios dejé ese maldito estuche?!
El desconocido dejó caer la cabeza contra la pared. Por primera vez desde que había llegado… Cerró los ojos. No porque confiara en aquella mujer.
Sino porque, por primera vez en muchos días… No necesitaba seguir huyendo. Agatha regresó cargando un pequeño estuche de cuero. Lo dejó caer sobre la mesa con un golpe seco.
Dentro apenas quedaban unas pocas vendas, una aguja, un carrete de hilo, un frasco de ungüento casi vacío y una botella de aguardiente.
Observó el contenido durante un instante. Suspiró.
—Perfecto…
Miró al desconocido.
—Si sobrevives será más por optimismo que por medicina.
Él desvió la vista hacia el estuche.
—¿Eres curandera?