PRÓLOGO #2
La propuesta quedó flotando en la sala. Alaric cerró lentamente los ojos durante un instante. Solo uno. Como si aquella idea ya hubiera pasado incontables veces por su cabeza.
Cuando volvió a abrirlos, no hablaba un rey. Hablaba un padre.
—Quizá sea lo mejor.
Nadie lo interrumpió.
—Nunca quiso pertenecer a este lugar.
Su mirada descendió hacia la plaza, donde Astrid desaparecía lentamente entre las columnas del templo.
—Desde niña lo único que ha pedido ha sido vivir como cualquier otra persona.
Una leve sonrisa, casi imperceptible, apareció en su rostro cansado.
—Siempre soñó con una taberna… con una vida sencilla… con ganar el pan con sus propias manos en lugar de cargar con un apellido que jamás pidió.
El silencio que siguió fue diferente. Más humano. Más incómodo. Porque, por un instante, dejaron de hablar de una bastarda.
Hablaron de una muchacha. Entonces otro consejero carraspeó. Era el más joven de los siete.
Todavía conservaba esa rigidez propia de quien llevaba pocos años ocupando un asiento que otros habían heredado durante generaciones.
—El Gran Templo también ha presentado una petición.
Algunos rostros se tensaron.
—La futura reina necesitará damas consagradas. Mujeres que renuncien al matrimonio, juren celibato y dediquen su vida a servirla.
Hizo una pausa antes de pronunciar el nombre.
—Agatha podría ocupar ese lugar.
—No.
La respuesta de Eleonora fue inmediata. Ni levantó la voz. Ni cambió la expresión. Pero la temperatura de la sala pareció descender varios grados.
El joven consejero tragó saliva antes de continuar. Alaric giró apenas la cabeza hacia su esposa.
—¿Por qué no?
Eleonora observó durante unos segundos a Astrid desaparecer tras las enormes puertas del templo.
Solo entonces respondió.
—Porque una jaula sigue siendo una jaula…
Sus ojos permanecían fijos en el horizonte.
—…aunque esté hecha de oro.
Nadie discutió aquellas palabras. Porque todos comprendieron que la reina no estaba hablando del templo. Estaba hablando de su hija. Uno de los consejeros apoyó lentamente los codos sobre la mesa.
—Entonces… ¿Qué propone, Majestad?
Eleonora guardó silencio. No porque dudara.
Sino porque medía cuidadosamente el momento exacto en que una idea debía convertirse en una decisión.
Después sonrió apenas.
Una sonrisa tan pequeña que cualquiera la habría confundido con un gesto de cortesía.
Solo Alaric alcanzó a reconocerla.
Era la misma expresión que había visto en ella antes de tomar las decisiones más difíciles de sus vidas.
—Propongo crear un nuevo cargo.
Las siete miradas se clavaron sobre la reina.
—Un cargo que no dependa del Consejo. Que no pertenezca al Templo. Que responda únicamente a la Corona.
Dejó que el silencio hiciera el resto.
—Una guardiana. Una mujer cuya existencia tenga un único propósito: proteger a la futura reina.
Por primera vez desde que comenzó la reunión… nadie tuvo una respuesta inmediata.
Porque todos comprendieron que aquella decisión no modificaba únicamente la vida de Agatha.
Estaba alterando el equilibrio político de Arcadia.
Muy abajo, el pueblo estalló en aplausos cuando Astrid desapareció tras las enormes puertas del Gran Templo.
Las campanas continuaban resonando sobre toda Arcadia.
Nadie, ni en la plaza ni en aquella sala donde se decidía el destino del reino, imaginaba que la resolución que acababan de tomar no cambiaría únicamente la vida de una princesa.
Cambiaría el destino de una muchacha que, en ese mismo instante… Muy lejos del castillo. Muy lejos del templo. Muy lejos del incienso, del mármol y de los vestidos de seda…
El aroma dominante era otro. Madera recién cortada. Cerveza. Pintura fresca.
Y serrín.
En un pequeño local situado en uno de los barrios más concurridos de la ciudad, una joven observaba en absoluto silencio la enorme barra de roble que acababan de instalar.
O, al menos… Lo que quedaba de ella.
La muchacha era alta, de figura curvilínea y movimientos enérgicos.
Una larga melena castaña, completamente lisa, caía por su espalda como una cascada de seda, interrumpida aquí y allá por extraños mechones dorados que parecían haber nacido con ella.
Más de una anciana había intentado explicar aquel fenómeno durante su infancia. Ninguna coincidía con la otra.
Tenía el rostro suavemente redondeado, una nariz fina y unas mejillas que conservaban un rubor permanente, como si la vida se empeñara en recordarle que aún era joven. No era la clase de belleza que imponía silencio al entrar en una habitación.
Era la clase de belleza que hacía que la gente quisiera quedarse un rato más para escucharla hablar.
Con las mangas remangadas hasta los codos y un delantal cubierto de serrín, apoyó ambas manos sobre la barra.
Respiró hondo.
El carpintero, un hombre de barriga generosa y manos curtidas por décadas de oficio, sonrió con orgullo.
—¿Qué le parece, señorita?
Ella asintió lentamente.
—Pues…
Se inclinó un poco más hacia delante. La madera emitió un leve crujido. El carpintero frunció el ceño. Ella también.
Otro crujido. Más fuerte. Los dos bajaron la vista al mismo tiempo. Durante un segundo…
Nadie respiró. ¡CRAAACK!
La enorme tabla de roble se partió exactamente por la mitad y cayó al suelo levantando una nube de polvo y serrín.
El silencio fue absoluto.
Agatha permaneció inmóvil, mirando los restos de la barra con una expresión imposible de descifrar.
Después cerró los ojos. Se llevó lentamente una mano a la frente.
Suspiró tan hondo que parecía querer expulsar junto con el aire todas las desgracias de aquel día.
Abrió los ojos otra vez. Miró al carpintero.
—¿Cómo que eso era una barra terminada?
El hombre carraspeó con evidente incomodidad.
—Lo era…
Agachó la vista hacia los tablones partidos.
—Antes de que se cayera.
Agatha volvió a cerrar los ojos. Contó mentalmente hasta tres. O hasta diez. Ni ella misma lo sabía.
Finalmente dejó escapar una risa incrédula. De esas que nacen cuando la única alternativa es llorar.
—Perfecto…
Se cruzó de brazos mientras contemplaba el desastre.
—El primer día de mi negocio…
Hizo otra pausa.
—…y todavía no existe negocio.
El carpintero bajó la cabeza, avergonzado. Agatha, en cambio, soltó una pequeña carcajada. No porque aquello tuviera gracia.
Sino porque llevaba toda la vida descubriendo que, cuando las cosas podían salir mal…
Normalmente lo hacían. Y aun así… Siempre encontraba la manera de volver a empezar.
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