La Médium
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PRÓLOGO
La verdad siempre esconde su nombre.
Durante más de mil años, los habitantes de Arcadia aprendieron una misma lección incluso antes de aprender a escribir.
Toda luz necesita un guardián. No era una frase.
Era una verdad transmitida de padres a hijos, grabada en las paredes de los templos, susurrada por los ancianos junto al fuego y repetida por los sacerdotes desde el alba.
Nadie recordaba quién la había pronunciado por primera vez.
Como todas las grandes verdades, simplemente… siempre había existido.
Por eso, cada primavera, cuando el primer rayo de sol atravesaba los inmensos vitrales del Gran Templo de Elarion, el reino entero parecía contener la respiración.
Era el Día del Juramento.
Las calles de Arcadia despertaban mucho antes del amanecer. Los comerciantes cerraban sus puestos por unas horas, los herreros apagaban las fraguas, los campesinos abandonaban los campos y hasta los niños olvidaban sus juegos para reunirse frente a las interminables escalinatas del templo.
Los estandartes blancos, bordados con el emblema del sol naciente, ondeaban sobre los tejados de piedra.
El aroma del incienso se mezclaba con el de las flores recién colocadas a lo largo de la avenida principal, mientras las campanas resonaban una y otra vez sobre la ciudad, profundas y solemnes, como si anunciaran el comienzo de una nueva era.
Ese año, sin embargo… Nadie hablaba realmente del Juramento. Todos hablaban de la princesa.
—Dicen que hoy ocurrirá.
—La profecía jamás se ha equivocado.
—Arcadia volverá a tener una Médium.
Los murmullos viajaban entre la multitud con la misma facilidad con la que la brisa agitaba las capas y las banderas.
Había emoción. Esperanza. Miedo.
Algunos apretaban entre los dedos pequeños amuletos de madera. Otros sostenían a sus hijos sobre los hombros para que pudieran presenciar el momento. Incluso quienes dudaban de los antiguos presagios deseaban creer.
Después de todo… ¿Quién, sino la princesa Astrid, podría ser la elegida? Las enormes puertas del Gran Templo comenzaron a abrirse lentamente.
El chirrido de la piedra contra la piedra bastó para hacer callar a miles de personas.
El silencio cayó sobre la plaza como un manto. Primero aparecieron los caballeros de la Guardia Blanca.
Sus armaduras de acero pulido reflejaban la luz del amanecer como si estuvieran hechas de plata líquida. Caminaban con una precisión impecable, lanzas erguidas y rostros ocultos tras yelmos ornamentados. Ninguno apartó la vista del frente.
Después entraron los sacerdotes.
Sus túnicas marfil rozaban los escalones con un movimiento casi hipnótico mientras el incienso envolvía lentamente la escalinata en una neblina perfumada.
Entonces apareció ella. Astrid de Arcadia.
Era alta y esbelta. Su figura parecía deslizarse con una elegancia que ningún maestro de protocolo habría podido enseñar.
Llevaba el largo cabello rubio, tan claro que bajo la luz del amanecer parecía tejido con hilos de oro pálido, cayendo sobre su espalda en suaves ondas.
Sus ojos, de un azul tan tenue que recordaban el cielo después de una nevada, recorrían la multitud con una calidez serena, como si realmente pudiera detenerse a mirar a cada una de las personas reunidas frente al templo.
Su vestido marfil parecía absorber la luz del amanecer en lugar de reflejarla.
Delicados bordados dorados recorrían el escote y las mangas hasta perderse entre la caída de la tela.
Sobre su cabeza descansaba una fina corona de plata entrelazada con ramas de laurel, símbolo de la futura soberana de Arcadia.
No había una sola joya que llamara más la atención que su propia presencia.
Comenzó a ascender los escalones del Gran Templo con la misma calma con la que otros paseaban por un jardín.
Nunca apresuraba el paso. Nunca parecía inquieta.
Saludaba inclinando apenas la cabeza, regalando sonrisas discretas y sinceras que hacían sentir a cada persona, aunque solo fuera por un instante, que aquel gesto había sido únicamente para ella.
La multitud respondió con un respeto casi reverencial. Algunos ancianos se llevaron una mano al pecho. Varias mujeres rompieron a llorar en silencio.
Los niños dejaron de moverse para contemplarla con los ojos muy abiertos.
Incluso los caballeros de la Guardia Blanca, entrenados para no apartar jamás la vista del frente, parecían enderezar todavía más la espalda cuando la princesa pasaba junto a ellos.
No era únicamente hermosa. Era profundamente querida.
Y esa diferencia cambiaba por completo la manera en que el pueblo la observaba.
Para muchos de los presentes, Astrid representaba la esperanza de una nueva generación.
Había visitado aldeas olvidadas por el invierno, escuchado a campesinos antes que a nobles y aprendido el nombre de personas que jamás imaginaron que una princesa pudiera recordarlas.
Nunca necesitó imponerse para ser respetada.
Se había ganado el cariño de Arcadia mucho antes de heredar su corona.
—Que Elarion la bendiga…
—Será una gran reina.
—Mírala… parece hecha de luz.
Los murmullos apenas se elevaban por encima del sonido de las campanas.
Astrid sonreía con la serenidad de quien llevaba toda una vida preparándose para aquel instante.
Sin embargo… Había algo que ni siquiera ella conocía.
Muy por encima del Gran Templo, ocultos tras un antiguo balcón de piedra desde donde podían observar toda la ceremonia sin ser vistos, siete figuras permanecían inmóviles.
Ninguna vestía una corona. Ninguna la necesitaba. El verdadero poder rara vez hacía anuncios públicos. Se limitaba a observar.
Los siete ocupaban asientos tallados en roble negro, dispuestos en semicírculo frente a un amplio ventanal abierto hacia la plaza. El tiempo había desgastado la madera, pero nadie se atrevía a restaurarla. Cada marca pertenecía a un consejero que había ocupado aquel lugar siglos atrás.
Eran los guardianes de las Leyes Fundacionales de Arcadia. Sus nombres importaban menos que el cargo que representaban. Cuando uno moría, otro heredaba su asiento. No su fortuna.
No su apellido. Su deber. Porque el Consejo no pertenecía a ninguna familia. Pertenecía al reino.
Existía desde mucho antes que la dinastía reinante. Y, si algún día la corona desaparecía… El Consejo seguiría allí.
Custodiando las leyes que habían mantenido unida a Arcadia durante más de un milenio.
El silencio entre ellos era casi sagrado.
Solo se escuchaba el eco lejano de las campanas y el murmullo del pueblo celebrando a su futura reina.
Un anciano de barba completamente blanca descansaba ambas manos sobre un bastón de fresno, observando la ceremonia con la paciencia de quien había sobrevivido a demasiados reinados como para dejarse impresionar.
A su lado, una mujer de cabello plateado repasaba lentamente un antiguo volumen encuadernado en cuero oscuro. Sus dedos pasaban las páginas sin hacer ruido, como si pudiera encontrar respuestas en leyes escritas siglos atrás.
Otro consejero, un hombre de nariz aguileña y manos largas, tamborileaba los dedos contra el reposabrazos con un ritmo constante. La impaciencia era el único gesto que jamás había conseguido ocultar.
Ninguno hablaba más de lo necesario. En aquella sala, cada palabra tenía el peso de una sentencia. Hasta que uno de ellos rompió el silencio.
—La otra hija ya ha cumplido veinte años.
Nadie respondió de inmediato.
Las miradas se desviaron lentamente hacia el hombre sentado en el centro del semicírculo.
El rey Alaric.
Las primeras canas comenzaban a abrirse paso entre su cabello castaño.
Su rostro conservaba la firmeza de un antiguo guerrero, aunque las finas líneas alrededor de sus ojos delataban años de desvelos, tratados, guerras evitadas y decisiones imposibles.
No era un rey imponente por su tamaño ni por su voz.
Lo era porque, incluso en silencio, todos esperaban que hablara. Sus ojos oscuros recorrieron brevemente la plaza antes de responder.
—No estamos aquí para hablar de Agatha.
A su derecha, una mujer dejó la delicada taza de porcelana sobre el platillo con un sonido apenas perceptible.
La reina Eleonora.
Su cabello negro, liso y brillante estaba recogido con una elegancia sobria que no necesitaba adornos.
Compartía con Astrid aquellos ojos claros que parecían ver más de lo que mostraban, aunque en ellos la dulzura había sido reemplazada hacía muchos años por una inteligencia afilada y una calma casi impenetrable. No poseía la belleza etérea de su hija.
La suya era la belleza de una mujer que había aprendido que gobernar exigía sacrificios mucho antes que coronas.
Sin apartar la vista de la ceremonia, habló con una serenidad que hizo que incluso el consejero más anciano levantara ligeramente la cabeza.
—Al contrario.
Hizo una breve pausa.
—Siempre estamos hablando de Agatha.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire como una verdad que nadie deseaba admitir.
Nadie se apresuró a responder. En el Consejo, el silencio nunca significaba duda. Significaba reflexión. O peligro.
El consejero que sostenía el antiguo pergamino rompió finalmente la quietud. Desenrolló el documento con cuidado, como si incluso el sonido del papel pudiera alterar el peso de las palabras que estaba a punto de pronunciar.
—La situación no puede seguir posponiéndose.
Su voz era pausada, desprovista de emoción.
—La hija bastarda ha alcanzado la edad establecida por las Leyes Fundacionales. Ha llegado el momento de definir cuál será su posición dentro del reino.
Nadie discutió aquella afirmación. Las leyes de Arcadia no entendían de afectos. Solo de obligaciones.
Otro de los consejeros, un hombre de complexión robusta y barba perfectamente recortada, entrelazó las manos sobre la mesa.
—Existe una solución sencilla.
Sus ojos se dirigieron al rey.
—Un matrimonio con una casa noble menor. La joven abandonaría la corte, obtendría un título digno y comenzaría una nueva vida lejos de este conflicto.