La Médium XI. Un lugar al que volver #2
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XI. Un lugar al que volver #2

—¿Sabía que vendríamos?

Marta sonrió.

—Mayara casi siempre lo sabe.

Lucien cruzó una rápida mirada con la novicia. Ella bajó la vista de inmediato. Fue un gesto tan breve que Agatha no llegó a notarlo. Pero Lucien sí.

La novicia las condujo por un estrecho corredor de piedra. El aire era fresco y olía a incienso y hierbas secas.

Atravesaron un pequeño claustro donde varias personas rezaban en silencio frente a una fuente.

No había ruido. No había prisa. El templo parecía existir fuera del tiempo.

—Esperad aquí —dijo la joven antes de desaparecer tras una puerta de madera.

Agatha observó el lugar. No era un templo lujoso. Las paredes estaban desnudas. Solo había algunas velas, vitrales desgastados y el murmullo constante del agua.

—Es más sencillo de lo que imaginaba.

Marta sonrió.

—La fe no necesita oro.

Pasaron unos minutos. La puerta volvió a abrirse.

—La sacerdotisa os recibirá ahora.

El despacho era amplio. La luz del valle entraba por un gran ventanal abierto. Una mujer permanecía de espaldas. Tenía las manos apoyadas sobre una mesa cubierta de pergaminos.

No se volvió inmediatamente. Parecía contemplar el pueblo desde las alturas.

—Has tardado en traerla, Marta.

Su voz era serena. Marta inclinó apenas la cabeza.

—No quería incomodarla.

Mayara asintió lentamente. Solo entonces se giró. Sus ojos se encontraron con los de Agatha. Silencio.

Un instante. Dos. Tres. Mayara sonrió con cortesía.

—Bienvenida a Valdoren.

Agatha respondió con una leve inclinación de cabeza.

—Gracias por recibirme.

—Marta dice que has pasado por mucho.

Agatha sostuvo su mirada.

—Como muchos.

Una pequeña expresión de aprobación apareció en el rostro de Mayara.

—Una respuesta prudente.

Lucien permanecía apoyado junto a la puerta. No intervenía. Pero no apartaba la vista de Mayara. Él la conocía demasiado bien.

Sabía que aquella sonrisa significaba una cosa. Estaba observando. Mayara dio un paso hacia Agatha.

—¿Puedo?

Agatha frunció ligeramente el ceño.

—¿Qué cosa?

—Las manos.

Agatha dudó unos segundos. Después extendió ambas manos. Mayara las sostuvo con delicadeza. Sus dedos estaban fríos.

Durante un breve instante… Nada ocurrió. Ni un gesto. Ni una palabra.

Solo silencio. Agatha permaneció quieta mientras Mayara sostenía sus manos. No sabía qué esperaba exactamente. Quizá algún tipo de señal.

Una respuesta.

Algo que explicara por qué aquella mujer parecía mirarla como si intentara encontrar algo más allá de lo evidente.

Mayara cerró los ojos durante un instante, como si esperara percibir algo.

Cuando volvió a abrirlos, una sombra de desconcierto había cruzado su expresión.

Lucien lo vio. Agatha retiró ligeramente las manos.

—¿Sucede algo?

Mayara reaccionó de inmediato. Su expresión volvió a ser tranquila. Perfectamente controlada.

—No.

Una pausa.

—Todo está bien.

Agatha la observó unos segundos. No parecía convencida. Pero tampoco insistió. Había aprendido que algunas personas guardaban secretos del mismo modo que ella.

Con una sonrisa. Mayara soltó sus manos.

—Puedes descansar tranquila en este pueblo.

Su voz era suave.

—Aquí nadie será juzgado por su pasado.

Aquellas palabras tocaron algo dentro de Agatha.

Porque durante mucho tiempo había sentido que su pasado era lo único que importaba.

Su apellido. Su nacimiento. Los errores de otros. Todo aquello que no había elegido.

—Gracias —respondió.

Lucien, en cambio, permaneció en silencio. Porque él había visto algo que Agatha no. Mayara había mentido. No sobre sus palabras.

Sobre su reacción. Ella nunca necesitaba tocar a alguien para comprenderlo. Nunca. Y aun así…

Lo había hecho. Y no había encontrado lo que esperaba. Mayara sostuvo la mirada de Agatha unos segundos más. Después volvió a sonreír.

—Marta, ¿te importaría esperar fuera un momento?

La anciana asintió sin hacer preguntas.

—Claro.

Entonces Mayara miró a Lucien.

—Tú también.

Lucien no se movió inmediatamente. Por un instante, ambos se quedaron mirándose. Una conversación silenciosa que Agatha no llegó a entender. Después él obedeció.

La puerta se cerró. Y el silencio volvió a llenar la habitación. Mayara rodeó lentamente la mesa.

—No tengas miedo —dijo.

—Es una costumbre que recibamos personalmente a quienes llegan al pueblo.

Agatha relajó un poco los hombros.

—Empiezo a acostumbrarme a que aquí todos digan que las cosas son una costumbre.

Una leve sonrisa apareció en los labios de Mayara.

—Las costumbres mantienen unidas a las personas.

Se detuvo frente a ella.

—Extiende las manos.

Agatha obedeció.

Mayara tomó una pequeña copa de piedra y dejó caer unas gotas de agua sobre sus palmas.

Después apoyó suavemente sus dedos sobre las muñecas de Agatha. Cerró los ojos. Nada. Al menos…

Nada que Agatha pudiera percibir. Dentro de Mayara, la magia volvió a moverse. Buscó. Una vez más.

Sangre. Esencia. Vestigios. Cualquier rastro.

Nada. Mayara abrió los ojos lentamente. Por primera vez en siglos… No sabía qué estaba viendo.

—¿Sucede algo? —preguntó Agatha.

Mayara retiró las manos con absoluta naturalidad.

—No.

Una pausa.

—Todo está bien.

Pero esta vez… La mentira no era para tranquilizar a Agatha. Era para ocultar su propia incertidumbre.

—Puedes regresar con Marta.

Agatha inclinó la cabeza antes de marcharse. Cuando la puerta se cerró… La expresión de Mayara desapareció. Sus ojos se endurecieron.

Miró sus propias manos. Aquello no era normal. No era una simple falta de magia. Era algo que no podía nombrar.

—¿Qué eres…? —susurró para sí.

Y por primera vez en mucho tiempo… Mayara sintió miedo. Mayara abrió la puerta. Marta se levantó del banco de piedra donde esperaba.

—¿Todo bien?

La sacerdotisa volvió a colocar aquella expresión tranquila que todos conocían. Aquella serenidad perfecta.

—Todo bien.

Sonrió.

—Tu invitada es bienvenida mientras respete las costumbres del pueblo.

Agatha inclinó la cabeza.

—Lo haré.

Mayara sostuvo su mirada un instante más.

—Confío en que así será.

No hubo reproche en su voz. Ni una advertencia. Solo una calma extraña. De esas que obligaban a pensar dos veces antes de responder.

Agatha asintió. Las tres abandonaron el templo. Al cruzar el umbral, el viento volvió a golpearles el rostro. Desde lo alto de la colina, el valle parecía inmóvil.

Las chimeneas seguían desprendiendo columnas de humo.

A lo lejos, el sonido de un martillo rompiendo el silencio recordaba que la vida continuaba.

Como si la guerra nunca hubiera existido.

—¿Qué te pareció? —preguntó Marta mientras iniciaban el descenso.

Agatha miró por encima del hombro. Mayara seguía de pie bajo el pórtico del templo. Observándolas.

—No sabría decirlo.

Marta sonrió.

—¿Te dio miedo?

Agatha negó con una leve sonrisa.

—No.

Pensó unos segundos.

—Pero creo que ella sabe leer a las personas demasiado bien.

Marta soltó una risa suave.

—Llevo veinte años intentando descubrir cómo lo hace.

Agatha volvió la vista al frente. No sabía por qué…

Pero tenía la sensación de que aquella mujer había visto algo en ella.

Algo que ni siquiera ella conocía. El camino continuó en silencio. Hasta que llegaron al primer grupo de casas. Entonces una pequeña figura apareció corriendo entre las calles.

—¡Saekeri!

Ella levantó la vista.

El nieto de Marta venía hacia ella con una energía que parecía imposible.

—¡Ven! ¡Tienes que verlo!

Sin esperar respuesta, el pequeño volvió a echar a correr. Agatha no pudo evitar sonreír.

—Creo que me están reclamando.

Marta la observó.

—Eso parece.

El niño la llevó hasta la plaza. Allí encontró a un grupo de niños reunidos bajo el viejo roble. Habían construido una fortaleza con ramas, mantas viejas y varios tablones torcidos.

Agatha se quedó mirando la construcción.

—¿Qué es esto?

El pequeño levantó el pecho con orgullo.

—Nuestro castillo.

Ella miró alrededor. Después volvió a mirarlo.

—¿Y quién vive aquí?

—Nosotros.

Agatha fingió pensar.

—Entonces parece que llegué sin invitación.

Los niños se miraron entre sí. Una niña dio un paso al frente. En sus manos llevaba una pequeña corona hecha con flores silvestres. Se la tendió.

—Ahora sí puedes entrar.

Agatha aceptó la corona entre risas.

—Vaya…

Se la colocó con cuidado.

—Qué honor.

—Tú serás la capitana.

Agatha abrió los ojos sorprendida.

—¿La capitana?

La niña asintió con total seriedad.

—Hasta que encontremos una mejor.

Las carcajadas llenaron la plaza.

Incluso desde la herrería, Edric negó con la cabeza mientras seguía golpeando el hierro.

—No les des ideas —murmuró.

Agatha se agachó para entrar en la improvisada fortaleza. Dentro apenas cabían cuatro personas. Miró alrededor.

—Es más pequeña de lo que esperaba.

Uno de los niños respondió con absoluta seriedad:

—Porque los adultos ocupan mucho espacio.

Agatha soltó una carcajada.

—No puedo discutir esa lógica.

A unos metros de allí, Marta observaba la escena con una sonrisa tranquila.

Lucien apareció a su lado con los brazos cruzados. Durante unos segundos no dijo nada. Solo miró.

—No tardaron en adoptarla.

Marta no apartó la vista de Agatha.

—Los niños siempre saben cuándo alguien necesita volver a ser uno de ellos.

Lucien guardó silencio. Agatha reía. No fingía. No miraba por encima del hombro.

No esperaba que alguien la llamara para volver a huir. Simplemente… Estaba allí. Y por un instante…

Él olvidó por qué había cruzado el Velo.

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