Capítulo XXXIII — El precio de sobrevivir
Capítulo XXXIII
El precio de sobrevivir
Agatha no tuvo tiempo para llorarlo.
La batalla le arrancó incluso eso.
Un Fae se lanzó contra Alaric desde la izquierda.
Piel cobriza. Vetas oscuras latiendo sobre las sienes. Cabello negro rojizo pegado a la frente por el sudor. Ojos verdes que no mostraban odio.
Solo obediencia.
Alaric no lo vio.
Agatha sí.
No pensó.
No perdió el control.
Eso fue lo peor.
Eligió.
La magia salió de su mano y atravesó al Fae antes de que su espada alcanzara a Alaric.
El hombre cayó.
Agatha permaneció mirando el cuerpo.
—Agatha.
Alaric llegó hasta ella.
—Yo lo maté.
—Me salvaste.
—Lo maté.
No era lo mismo.
Y ambos lo sabían.
· · ·
Ian apareció entre el humo.
—¡Agatha!
Ella levantó la cabeza.
Eleonora también.
Todo ocurrió demasiado rápido.
Ian vio la descarga dirigida hacia Agatha y se interpuso.
La magia lo atravesó.
No hubo tiempo para heroísmo.
Ni discurso.
Un cuerpo que estaba corriendo dejó de hacerlo.
Agatha gritó su nombre.
Ian cayó de rodillas.
Astrid llegó desde el otro lado.
Los tres terminaron en el suelo.
Agatha presionó ambas manos contra la herida. La sangre le empapó los dedos demasiado rápido.
—No. No, no, no.
Ian intentó apartarle una mano, pero no tuvo fuerza.
Astrid sostuvo su nuca cuando su cuerpo empezó a inclinarse.
Ian miró primero a Astrid.
Ella recordaba amarlo.
Recordaba cada promesa.
Cada beso.
Cada futuro imaginado.
Y no sentía aquel amor ya.
Pero el dolor llegó igual.
No era romántico.
Era más antiguo que eso.
La muerte de alguien que había formado parte de la arquitectura de su vida.
—Lo siento —susurró Astrid.
Ian sonrió apenas.
—Por una vez... no hagas de esto tu culpa.
Después miró a Agatha.
Tuvo que detenerse para respirar. Una burbuja oscura apareció en la comisura de sus labios y Astrid la limpió con el pulgar.
—La taberna.
Ella sollozó.
—¿Qué?
—Hazla.
Agatha soltó una risa rota.
—Idiota.
—Sí.
Fue su última palabra.
· · ·
Rae había regresado a la fortaleza en plena batalla.
Rae encontró a Astrid cuando ella todavía estaba de rodillas junto a Ian.
No preguntó qué necesitaba.
Se sentó a su lado.
Astrid no lo miró. Apoyó la frente contra su hombro y cerró los dedos alrededor de la tela de su manga. Por primera vez desde que había regresado de la muerte permitió que alguien sostuviera una parte del peso sin sentirse débil por hacerlo.
Rae no hizo una broma.
Entonces escuchó a Oriana gritar su nombre.
El campo de batalla les concedió apenas unos segundos.
Se puso de pie.
La encontró a pocos metros.
Una criatura de Eleonora la había alcanzado al costado. Oriana todavía sostenía la espada dentro del cuello del monstruo cuando cayó con él.
Rae llegó antes de que su cabeza golpeara la piedra.
—No.
Oriana abrió los ojos.
—Hola.
—No hagas eso.
—¿Qué?
—Hablar como si esto fuera normal.
—Nada contigo ha sido normal.
La sangre llenó la mano de Rae.
La sangre salía a golpes, caliente entre sus dedos, siguiendo un corazón que todavía insistía. Rae puso la otra mano encima.
—Sanador.
Nadie respondió.
—¡SANADOR!
Oriana le agarró la muñeca.
—Rae.
—No.
—Mírame.
—No pienso despedirme.
—Entonces no lo hagas.
Ella sonrió.
—Solo quédate.
Rae se quedó.
Hasta que Oriana dejó de respirar.
Y después también.
Siguió presionando la herida.
No llegó.
—Oriana.
La llamó como si el nombre pudiera obligarla a regresar.
La mano de ella seguía alrededor de su muñeca, pero los dedos ya no apretaban.
Alguien intentó tocarle el hombro. Rae no se movió.
Cuando ya no quedaba nada que salvar con las manos, siguió allí.