Capítulo XXXII — La hija del rey
Capítulo XXXII
La hija del rey
Eleonora no pidió rendición.
Pidió a Agatha.
—Entrégamela y el resto podrá decidir si quiere seguir respirando.
Thaelorian salió a la muralla.
—Sigues creyendo que una amenaza se vuelve generosa cuando ofrece una opción.
Eleonora lo miró.
Por primera vez su sonrisa desapareció.
—Padre.
—Hija.
Una palabra. Toda una guerra dentro.
—Me quitaste mi reino —dijo él.
—Tú me enseñaste a tomar lo que necesitaba.
Thaelorian cerró los ojos.
—Sí.
Eleonora pareció desconcertada por la ausencia de discusión.
—Y te enseñé mal.
· · ·
La batalla comenzó con magia.
No hubo flecha inicial ni orden heroica.
El cielo se volvió blanco.
Las murallas temblaron.
Agatha levantó una barrera mientras Astrid encontró los puntos donde la magia enemiga golpeaba con mayor fuerza. Juntas corrigieron lo que ninguna habría podido sostener sola.
—Izquierda —gritó Astrid.
Agatha giró el poder.
La descarga reventó sobre el vacío.
Abajo, humanos de Arcadia luchaban al lado de Fae desterrados.
Nadie tenía tiempo para decidir si aquello era histórico.
· · ·
Thaelorian bajó al patio cuando Eleonora atravesó la primera puerta.
Agatha lo vio demasiado tarde.
—¡NO!
El rey Fae no intentó matar a su hija.
Ese fue su error.
O quizá su última elección.
La atrapó con una cadena de luz y durante un segundo Eleonora volvió a parecer joven. Furiosa. Herida. Una hija ante el hombre que le había enseñado todo aquello que después utilizó contra él.
—Todavía puedes parar —dijo Thaelorian.
Eleonora lloró.
Una sola lágrima.
—Eso es lo que nunca entendiste de mí.
La oscuridad apareció detrás de él.
Agatha sintió las garras del recuerdo antes de ver la magia.
—¡Thaelorian!
Eleonora atravesó el pecho de su padre.
El cuerpo de Thaelorian se arqueó con el impacto.
La mano de Eleonora salió por su espalda envuelta en oscuridad y sangre.
Intentó inspirar, pero no pudo llenar los pulmones.
Una línea roja apareció entre sus labios.
No con espada.
Con su propia mano envuelta en poder negro.
Thaelorian la miró.
Después miró a Astrid.
Y finalmente a Agatha.
No pidió perdón.
No había tiempo para una palabra tan grande.
Solo dijo:
—No se conviertan en nosotros.
Sus rodillas cedieron.
Eleonora retiró la mano.
El rey cayó.