LA MÉDIUM II Capítulo XXXI — Antes de que caiga el cielo
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Capítulo XXXI — Antes de que caiga el cielo

Capítulo XXXI

Antes de que caiga el cielo

Oriana llegó antes del amanecer con el caballo al borde del colapso.

La fortaleza despertó en minutos.

Humanos y Fae ocuparon murallas que horas antes se vigilaban mutuamente.

Snow organizó a los hombres de Arcadia. Astrid llevó a los Nharim a las puertas.

Alaric discutió con Thaelorian durante menos de cinco minutos antes de que ambos aceptaran que sobrevivir era una prioridad más urgente que odiarse.

Agatha buscó a Aeron en cada explicación de Oriana.

No estaba.

—Siguió la pista —dijo Oriana.

—Claro que sí.

La rabia le impidió pensar en el miedo.

· · ·

Thaelorian encontró a Agatha y Astrid en una de las murallas cuando el cielo empezaba a aclarar. Por una vez no parecía rey. Parecía viejo.

—Braen habría discutido contigo por todo —le dijo a Agatha.

—Entonces quizá me habría caído bien.

Una sonrisa breve.

Después miró a Astrid.

—Y tú te pareces demasiado a ella.

Astrid no necesitó preguntar.

—Eleonora.

—Antes.

La palabra lo lastimó.

—Antes de que confundiera poder con propósito. Antes de que creyera que amar algo le daba derecho a destruirlo para salvarlo.

Astrid miró el valle.

—No soy ella.

—Lo sé.

Thaelorian asintió hacia Agatha.

—Y ella no es Braen.

Agatha cruzó los brazos.

—Menos mal que estamos resolviendo eso.

El rey soltó una risa silenciosa.

Antes de que nadie terminara de discutir posiciones, Snow ya había asignado dos rutas para los heridos, tres puntos de agua y un grupo para recoger las armas de los caídos.

Durante un momento, Thaelorian observó a las dos con una expresión que ninguna corona habría permitido.

—Braen mordía el interior de la mejilla cuando estaba a punto de discutir —dijo, mirando a Agatha—. Tú haces exactamente lo mismo.

Agatha dejó de hacerlo al instante.

Thaelorian sonrió un poco más.

Luego miró la trenza con la que Astrid ocultaba cuidadosamente las puntas de sus orejas.

Ese silencio, por una vez, fue una forma de respeto.

Cuando se alejó, Astrid lo observó.

—Creo que acaba de intentar ser abuelo.

—Se le da fatal.

—Familia, entonces.

Agatha miró hacia el horizonte.

—A todos se nos da fatal.

· · ·

La primera línea negra apareció entre los árboles al mediodía.

No eran sombras. Eran soldados.

Detrás llegaron Fae. Después criaturas que no deberían haber obedecido a ninguna corona. Y en el centro, montada sobre un animal oscuro con seis patas y ojos blancos, venía Eleonora.

El silencio de la fortaleza duró un latido.

Agatha sintió a Astrid junto a ella.

El Ancla. Su hermana.

Abajo, Eleonora levantó el rostro.

Y sonrió.