LA MÉDIUM II Capítulo XXVIII — Los que regresan
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Capítulo XXVIII — Los que regresan

Capítulo XXVIII

Los que regresan

Los cuernos sonaron al amanecer.

No eran los de Thaelorian.

Astrid reconoció la llamada de Arcadia antes de que el segundo sonido terminara de recorrer el valle.

Corrió.

Agatha fue detrás.

Las puertas de la fortaleza se abrieron sobre una columna de hombres exhaustos, caballos cubiertos de espuma y un estandarte manchado de barro.

Alaric desmontó antes de que nadie pudiera ayudarlo.

Durante un segundo miró a sus hijas como si el mundo acabara de cometer un error misericordioso.

—Papá.

Agatha no supo cuál de las dos lo dijo primero.

Alaric llegó hasta ellas y las abrazó sin dignidad, sin corona y sin importarle quién estuviera mirando.

Astrid escondió el rostro contra su hombro.

Agatha permaneció rígida apenas un latido.

Después lo abrazó también.

—Están vivas —repitió él.

Como si todavía necesitara convencer a su cuerpo.

· · ·

Ian llegó después.

Agatha lo vio detenerse al otro lado del patio.

El tiempo no retrocedió.

Eso fue lo primero que comprendió.

No volvió a ser la muchacha que medía el valor de un día por la forma en que Ian la miraba. No olvidó a Aeron. No desapareció Saekir.

Pero quiso a aquel hombre igual. De otra manera.

Ian abrió los brazos.

Agatha caminó hasta él.

El abrazo fue largo.

—Pensé que estabas muerta —dijo Ian contra su cabello.

—Yo también durante un rato.

Él soltó una risa que acabó convirtiéndose en algo roto.

—Sigues haciendo bromas horribles.

—He aprendido de Rae.

—Entonces tenemos otro problema.

Rae, a varios metros, levantó una mano.

—He oído eso.

· · ·

Esa noche Alaric pidió hablar con Agatha a solas.

No llevó corona.

Últimamente nadie parecía llevarla cuando quería decir la verdad.

—Siempre supe que no eras mi hija de sangre —dijo.

Agatha guardó silencio.

La frase había vivido dentro de ella desde la prueba. Aun así, escucharla dolió.

—Eleonora llegó a Arcadia contigo en brazos. Eras pequeña. Estabas enferma. Me dijo que tu padre había muerto y que no tenía dónde ir.

—Y la creíste.

—Quise creerla.

Alaric miró sus manos.

—También quise creerte mía desde el primer día.

Agatha tragó.

—No lo era.

Él levantó la cabeza.

—No vuelvas a decidir eso por mí.

La frase la golpeó por su familiaridad.

Alaric continuó:

—La sangre explica de dónde viniste. No explica quién te enseñó a montar, quién te oyó llorar detrás de una puerta cuando creías que nadie escuchaba, quién discutió contigo porque querías abrir una taberna en vez de comportarte como una princesa.

Agatha soltó aire por la nariz.

—La taberna sigue siendo una buena idea.

Alaric apoyó la espalda contra la piedra.

—Ya tengo decidido que el vino será decente y la comida mediocre. No pienso competir con establecimientos serios.

Agatha soltó una risa.

—¿Y ese es tu gran proyecto después de una guerra?

—Mi gran proyecto es servir una copa y que, por una noche, nadie necesite una espada.

La ligereza desapareció un instante y a Agatha se le cerró la garganta.

—Me parece suficiente.

—Es una idea espantosa.

—Ahí está mi padre.

Alaric sonrió.

Agatha empezó a llorar antes de poder impedirlo.