LA MÉDIUM II Capítulo XXVI — Lo que la memoria devora
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Capítulo XXVI — Lo que la memoria devora

Capítulo XXVI

Lo que la memoria devora

«Hay recuerdos que regresan para salvarnos.Otros solo quieren comprobar cuánto queda de nosotros después de sobrevivirlos.»

Snow seguía golpeando desde algún lugar bajo la fortaleza.

Tres. Dos. Uno.

Agatha contó el silencio entre cada secuencia hasta que dejó de parecerle un código y empezó a parecerle una respiración.

—Está viva —dijo Rae.

Nadie le preguntó cómo podía saberlo.

Desde la prueba del río había cosas alrededor de Rae que ninguno de ellos sabía nombrar todavía. Él menos que nadie.

Aeron ya estaba junto a la puerta.

Agatha lo vio llevar la mano hacia la empuñadura de la espada y detenerse antes de tocarla.

Un gesto mínimo. Pero ella lo conocía lo suficiente para saber lo que significaba.

Quería bajar. Quería arrancar cada piedra de aquella fortaleza hasta encontrar a Snow. Y estaba esperando.

—Vamos juntos —dijo Agatha.

Aeron levantó los ojos hacia ella.

—Juntos —repitió.

No llegaron a la escalera.

Las puertas se abrieron antes.

Thaelorian entró acompañado por cuatro guardias. No llevaba corona.

Eso preocupó a Agatha más que si la hubiera llevado.

—La humana está viva —dijo él.

Astrid avanzó un paso.

—Entonces tráela.

—Cuando termine la prueba.

El aire cambió.

Las fieras de Astrid se incorporaron al mismo tiempo.

Aeron no desenvainó.

Agatha tampoco.

—Ya tuviste tus pruebas —dijo ella.

Thaelorian la miró como si aquella frase le resultara casi tierna.

—No. Tuve demostraciones. Esta vez quiero una respuesta.

—¿A qué pregunta?

—A la única que importa cuando alguien posee suficiente poder para destruir un reino.

Thaelorian ladeó apenas la cabeza.

—Quiero saber qué queda de ti cuando te quito todo aquello con lo que te justificas.

Aeron se movió. Solo medio paso. Fue suficiente para que los cuatro guardias tensaran las manos sobre sus armas.

—No —dijo Aeron.

Thaelorian sonrió.

—Qué curioso. Hace años habrías sido tú quien diseñara una prueba semejante.

La mandíbula de Aeron se endureció.

—Por eso sé exactamente qué clase de hombre la diseña.

El silencio cayó entre ambos.

Agatha miró a Aeron.

Él no apartó los ojos de Thaelorian.

No estaba intentando convencerla. No estaba decidiendo. Solo le estaba mostrando el borde del precipicio. La elección seguía siendo suya.

—Si Snow sale viva —dijo Agatha—, lo haré.

—Agatha —susurró Astrid.

Agatha buscó su mano.

La encontró fría.

—No voy a dejarla ahí abajo por algo que quieren de mí.

Astrid cerró los dedos alrededor de los suyos.

—Entonces no vuelvas sola.

Agatha quiso prometerlo. No pudo.

La cámara estaba bajo la fortaleza.

No era una arena. No había público. Eso la hizo peor.

Las paredes eran de una piedra tan oscura que absorbían la luz de las antorchas. En el centro esperaba una silla. Nada más.

Snow no estaba allí.

—¿Dónde está?

Thaelorian señaló la silla.

—Al final.

Aeron agarró el brazo del rey antes de que Agatha pudiera reaccionar.

Los guardias desenvainaron.

Thaelorian ni siquiera pestañeó.

—Si la rompes —dijo Aeron—, no habrá reino, Corte ni ejército capaz de esconderte de mí.

Agatha sintió el golpe de aquellas palabras.

No por la amenaza.

Por la calma.

—Aeron.

Él la miró.

Agatha señaló su mano sobre Thaelorian.

Aeron tardó un segundo.

Después lo soltó.

Thaelorian se acomodó la manga.

—Está aprendiendo.

—Cállate —dijeron Agatha y Astrid al mismo tiempo.

Rae soltó una exhalación que estuvo peligrosamente cerca de una risa.

Nadie más lo hizo.

Agatha se sentó.

La piedra bajo sus pies estaba helada.

—¿Qué tengo que hacer?

—Recordar.

Agatha levantó la mirada.

—Ya lo hice.

—No todo.

Thaelorian hizo una señal.

Una runa se encendió bajo la silla.

Aeron dio un paso.

Agatha alzó una mano.

Él se detuvo.

Y esa obediencia dolió de una manera extraña.

Porque una parte de ella todavía recordaba al hombre que la habría sacado de allí aunque tuviera que cargarla sobre el hombro.

El Aeron frente a ella permaneció donde le había pedido.

—Estoy aquí —dijo.

Agatha tragó.

—Lo sé.

La magia entró por sus pies.

No ardió.

No golpeó.

Se deslizó.

Y encontró la primera puerta.

Ian estaba frente a ella.

No el Ian de aquella fortaleza.

El Ian que todavía sabía mirarla como si el resto del mundo fuera una interrupción.

Agatha sintió la memoria antes de verla completa.

El deseo de ser elegida.

La vergüenza de necesitarlo.

La certeza infantil de que, si él la amaba lo suficiente, quizá habría un lugar en el mundo donde no tendría que ser princesa, bastarda, error ni profecía.

Ian sonrió.

Después miró detrás de ella.

Astrid estaba allí.

El recuerdo cambió.

Una puerta.

Dos cuerpos demasiado cerca.

Una verdad que no necesitó palabras.

Agatha quiso apartarse.

La silla no se lo permitió.

—No —murmuró.

La imagen siguió.

Su propia respiración rompiéndose.

La calle.

La rabia.

Las manos de los disidentes.

Una carcajada.

Tela rasgándose.

Piedra contra la espalda.

No.

Aquello no.

Agatha empujó contra la magia.

La cámara desapareció.

Estaba de nuevo allí.

Rodeada.

Humillada.

Golpeada hasta que el cuerpo dejó de pertenecerle y se convirtió únicamente en algo que debía sobrevivir un minuto más.

Saekir apareció dentro de ella como un animal despertando.

No como un recuerdo.

Como una respuesta.

Agatha dejó de suplicar a la visión.

Levantó la cabeza.

—Ya sobreviví a esto.

Uno de los hombres del recuerdo sonrió.

—Pero todavía te avergüenza.

La voz no era la suya.

Agatha se quedó inmóvil.

El hombre desapareció.

Alaric ocupó su lugar.

Una espada en la mano.

Miedo en el rostro.

Agatha volvió a sentir el metal entrando en su cuerpo.

No porque su padre quisiera matarla.

Porque había perdido el control y él había tenido miedo de lo que ella podía hacer.

La memoria no le permitió esconderse detrás de ninguna versión más amable.

Después llegó Marta.

Valdore.

Sangre.

Un cuerpo que no debía estar quieto.

Los gritos de Arcadia.

Los niños.

Rostros demasiado pequeños mirando algo demasiado grande.

Su magia respondiendo al dolor exactamente como Eleonora había querido.

Agatha dejó caer los párpados.

No sirvió.

Las imágenes estaban dentro.

—¿Eso soy? —preguntó.

Nadie respondió.

—¿Eso es lo que querías saber?

Entonces escuchó una risa.

Femenina.

Baja.

Conocida.

Agatha abrió los ojos.

Eleonora estaba frente a ella.

Pero no era la Eleonora que conocía.

El cabello era negro.

No oscuro.

Negro como una noche sin luna.

Y estaba sonriendo a alguien que Agatha no podía ver.

La memoria cambió de dueño.

Agatha dejó de respirar.

Aquello no le había ocurrido a ella.

Lo supo con una certeza absoluta.

Estaba dentro del recuerdo de otra persona.

Eleonora extendió una mano.

—Confía en mí.

La voz era más joven.

Más cálida.

Casi imposible de reconciliar con la mujer que había convertido Arcadia en una herida.

Algo se movió frente a ella.

Una forma demasiado alta para ser humana.

Una sombra que parecía doblar la luz a su alrededor.

Agatha intentó verle el rostro.

No pudo.

Solo vio una mano.

Dedos largos.

Marcas oscuras recorriendo la piel como raíces bajo agua negra.

Eleonora tomó aquella mano.

Y mintió.

Agatha no supo cómo lo sabía.

Lo supo igual que había sabido que aquel recuerdo no era suyo.

La criatura —el hombre, el dios, lo que fuera— creyó cada palabra.

La escena se quebró.

Un nombre atravesó la oscuridad.

No fue pronunciado.

Fue recordado.

Araxtray.

La runa bajo la silla explotó en luz.

Agatha gritó.

Esta vez sí oyó a Aeron.

Su nombre.

Una vez.

Después otra.

La voz llegó desde muy lejos.

Agatha intentó seguirla.

Pero algo inmenso se levantó entre ambos.

El Velo.

No como lo había visto.

No como frontera.

No como una línea que separaba dos mundos.

Lo vio desde arriba.

Curvándose.

Cerrándose.

Capas y capas de magia entrelazándose alrededor de algo que golpeaba desde dentro.

Una prisión.

Agatha sintió que el estómago se le vaciaba.

Al otro lado —o debajo, o dentro; la memoria no obedecía a ninguna dirección humana— algo abrió los ojos.

No vio un rostro.

Vio hambre.

Y unas garras enormes arañando una oscuridad que no era piedra.

Eleonora estaba allí.

Más joven.

Cubierta de sangre.

Alguien yacía a sus pies.

Un hombre.

Agatha intentó verle la cara.

La imagen se deformó antes de permitírselo.

Solo alcanzó a distinguir sangre compartida en los rasgos de Eleonora y del desconocido.

Familia.

La palabra apareció en ella sin explicación.

Eleonora lloraba.

Y aun llorando siguió adelante.

Una profecía.

Un sacrificio.

Un ciclo quebrándose.

Mujeres antes que Agatha.

Una detrás de otra.

Voces.

Poder.

Muerte.

Después ninguna.

Solo ella.

Agatha.

La última.

—No.

Esta vez la palabra salió de su garganta en la cámara real.

La magia se partió.

Agatha cayó de la silla.

Unos brazos la alcanzaron antes que el suelo.

Aeron.

Lo supo por el corazón.

Siempre por aquel maldito corazón.

—Mírame —dijo él.

Agatha no podía.

Tenía las manos cerradas sobre su ropa.

—Agatha.

Ella levantó la cabeza.

Aeron estaba pálido.

No asustado por ella.

Asustado por lo que acababa de hacerle aquel lugar.

—Snow —dijo Agatha.

Aeron parpadeó.

—¿Qué?

—Prometieron a Snow.

Thaelorian seguía junto a la pared.

Por primera vez desde que Agatha lo conocía, el rey parecía haber perdido parte de su seguridad.

—Tráela —dijo Agatha.

Thaelorian no respondió.

Aeron se puso de pie.

Esta vez Agatha no lo detuvo.

—Tráela —repitió él.

Los golpes cesaron.

Nadie respiró.

Una puerta se abrió en el corredor.

Pasos.

Dos guardias aparecieron sosteniendo a Snow entre ambos.

Tenía sangre seca en la sien y una furia absolutamente intacta en los ojos.

—Tardaron bastante —murmuró.

Rae soltó una risa rota.

Astrid llegó primero.

Snow apenas tuvo tiempo de prepararse antes de que la abrazara.

Agatha quiso levantarse.

Las piernas no respondieron.

Aeron no la cargó ni la movió. Le tendió una mano.

La mantuvo extendida.

Agatha la miró.

Agatha la tomó.

Al salir de la cámara, Agatha se detuvo.

—Araxtray.

Thaelorian se detuvo detrás de ellos.

Aeron también.

Astrid giró.

—¿Qué es eso?

Agatha miró la piedra negra de la fortaleza.

Todavía oía las garras arañar la oscuridad.

—No lo sé —dijo.

Recordó el Velo cerrándose alrededor de aquella oscuridad.

—Pero creo que el Velo no fue creado para mantenernos fuera.

Aeron palideció.

—Creo que fue creado para mantener algo dentro.

El Velo era la prisión de Araxtray.