LA MÉDIUM II Capítulo XXV — El precio de una corona
86%

Capítulo XXV — El precio de una corona

Capítulo XXV

El precio de una corona

—Pero cada día son más.

El mensajero bajó la cabeza.

Durante unos segundos nadie respondió.

Agatha permaneció inmóvil frente a él, intentando ordenar las palabras que acababa de escuchar.

Aldeas completas. Hombres. Mujeres. Jóvenes. Personas arrancadas de sus hogares para levantar murallas, carreteras y fortificaciones para Eleonora.

—¿Cuánto tiempo? —preguntó Astrid.

—Las primeras levas comenzaron hace semanas, princesa.

El cabello dorado de Astrid cayó sobre su hombro cuando inclinó ligeramente la cabeza.

—¿Semanas?

—Al principio creímos que buscaban soldados. Después empezaron a llevarse trabajadores.

—¿Y los soldados? —preguntó Aeron.

—Llegaron después. Cuando comenzaron las resistencias.

Agatha sintió un sabor amargo en la boca.

—¿Resistencias?

El mensajero no respondió.

No hacía falta.

Rae, que hasta entonces había permanecido apoyado contra la pared, se enderezó.

Las suaves ondas de su cabello castaño todavía conservaban rastros de humedad de la prueba del río. Sus ojos azules, normalmente demasiado vivos incluso cuando todo se iba al infierno, estaban completamente serios.

—¿Qué pasa con quienes no pueden trabajar?

Otra vez aquel silencio.

Rae bajó la mirada.

—Entiendo.

Astrid caminó hasta la ventana.

Arcadia estaba demasiado lejos para verla.

Aun así, miró hacia el horizonte.

—Mi padre dejó el reino estabilizado para venir a buscarnos.

Agatha la observó.

—Lo sé.

—Entonces esto ocurrió después.

—Parece que sí.

Astrid giró.

Había rabia en sus ojos. Pero también algo peor. Culpa.

—Salió por nosotras.

Agatha comprendió hacia dónde iba aquello.

—No.

—Agatha…

—Ni siquiera empieces.

—Si se hubiera quedado…

—Eleonora habría encontrado otra forma.

—No lo sabes.

—Tú tampoco.

Astrid cerró la boca.

Agatha se acercó.

—Papá tomó una decisión. Nosotras tomamos otras. Eleonora es responsable de lo que está haciendo Eleonora.

Astrid bajó los ojos.

Agatha sabía que aquello no bastaría para eliminar la culpa.

Pero quizá impediría que creciera.

Aeron habló desde atrás.

—La pregunta es por qué ahora.

Todos lo miraron.

Él se acercó al mapa que había sobre una mesa.

Todavía se movía con cierta rigidez. La herida del río permanecía escondida bajo la ropa, pero Agatha reconocía cada pequeño gesto que hacía para evitar tensar el costado.

Aeron apoyó dos dedos sobre Arcadia.

—Alaric estabilizó el reino.

—Sí —dijo Astrid.

—Después salió.

—Sí.

—Y Eleonora empezó a movilizar población.

Agatha lo miró.

—¿Crees que estaba esperando?

Aeron levantó sus ojos grises.

—Creo que Eleonora lleva demasiado tiempo haciendo que todos confundamos sus planes con coincidencias.

Aquello produjo un silencio diferente.

Agatha pensó en la guerra. En todo lo que habían descubierto. En cuánto dolor había sido provocado deliberadamente porque Eleonora estaba convencida de que el sufrimiento era la llave que necesitaba para despertar a la Médium.

—No —dijo Agatha.

Aeron frunció el ceño.

—¿No qué?

—No voy a darle ese poder.

—Agatha…

—No voy a asumir que absolutamente todo ocurre porque ella lo planeó.

Señaló el mapa.

—Quizá esperaba. Quizá improvisó. Quizá vio una oportunidad y la aprovechó. Hasta que sepamos cuál es la verdad, no pienso convertirla en una diosa que controla cada maldita cosa que ocurre.

—Me parece razonable —dijo Rae.

Agatha lo miró.

—Gracias.

—Además, si resulta que controla absolutamente todo, estamos jodidos.

—Gracias, Rae.

—Siempre dispuesto a ayudar.

Astrid soltó una pequeña risa. La primera desde que había llegado el mensajero.

—Tenemos que volver.

Esta vez Astrid lo dijo sin desesperación. Como una decisión.

Agatha la miró.

—Sí.

Aeron negó.

—Todavía no.

Las dos hermanas giraron hacia él.

—Escoge cuidadosamente tus próximas palabras —dijo Astrid.

Aeron soltó aire.

—No estoy diciendo que abandonemos Arcadia.

—Pues está sonando sospechosamente parecido.

—Estoy diciendo que no sabemos dónde está Alaric.

Eso las detuvo.

—No sabemos cuántos hombres tiene Eleonora —continuó—. No sabemos qué está construyendo exactamente. No sabemos cuántos humanos permanecen libres ni qué zonas controla.

Rae señaló el mapa.

—Y tampoco sabemos cómo salir de aquí sin que Thaelorian intente detenernos.

Agatha apretó la mandíbula.

Eso era cierto.

—Entonces conseguimos información —dijo Astrid.

—Y después decidimos —añadió Agatha.

Aeron la miró.

Algo pasó entre ellos. Pequeño. Casi imperceptible.

No había dicho decido. Había dicho decidimos.

Agatha lo notó.

Aeron también.

Ninguno comentó nada.

Una voz llegó desde la puerta.

—No regresaréis a Arcadia.

Agatha cerró los ojos.

—Cómo no.

Thaelorian entró acompañado por cuatro guardias.

El mensajero se puso rígido.

Agatha, en cambio, cruzó los brazos.

—Tenemos que hablar seriamente sobre tu costumbre de entrar en habitaciones sin que nadie te invite.

—Es mi fortaleza.

—Eso explica la arquitectura. No los modales.

Rae se cubrió la boca.

Thaelorian lo miró.

—¿Algo que quieras compartir?

—Muchísimas cosas. Ninguna mejoraría esta conversación.

Astrid tuvo que mirar hacia otro lado.

Thaelorian ignoró a Rae y extendió una mano hacia el mensajero.

—Repite lo que has dicho.

El hombre obedeció.

Agatha observó al rey mientras escuchaba. No su rostro. Sus manos. Sus hombros. Sus ojos.

Buscó sorpresa. Encontró preocupación. Después cálculo.

Aeron se movió a su lado.

Él también lo había visto.

—No —dijo.

Thaelorian levantó la mirada.

—¿Qué?

—No utilices esto.

El rey frunció el ceño.

—No sé de qué hablas.

Aeron soltó una risa seca.

—Yo he dado suficientes discursos a gente desesperada como para reconocer cuándo otro hombre está preparando uno.

La expresión de Thaelorian cambió.

Agatha miró entre ambos.

Entonces comprendió.

—Los Desterrados.

Thaelorian no respondió.

Astrid también lo entendió.

—Necesitas que luchen contigo.

—Necesito proteger a mi pueblo.

Aeron rió.

No hubo humor.

—Ahí está.

Thaelorian lo miró.

—¿Qué?

—La frase.

Aeron se acercó.

—La misma que utilizamos todos cuando queremos convencer a otros de que mueran por nuestras decisiones.

Aquello golpeó incluso a Agatha.

Porque Aeron no estaba hablando únicamente de Thaelorian.

Lo sabía.

Todos lo sabían.

Thaelorian también.

—Tú no estás en posición de darme lecciones sobre liderazgo.

Aeron sostuvo su mirada.

—Precisamente por eso estoy en posición de dártelas.

Silencio.

Astrid miró a Aeron.

No había perdón en su expresión. Pero tampoco el odio puro de antes. Algo más complejo estaba ocupando su lugar.

—Los Desterrados siguieron tu causa —dijo Thaelorian—. ¿Cuántos murieron por ella?

Aeron guardó silencio.

—¿Cuántos perdieron sus hogares?

Nada.

—¿Cuántos acabaron convertidos en mercenarios, contrabandistas y espías porque tú les prometiste una guerra que no podías ganar?

Agatha vio cómo Aeron cerraba los puños.

No intervino.

Esta vez él debía responder.

—Demasiados.

Thaelorian pareció sorprendido.

—¿Eso es todo?

—No.

Aeron levantó los ojos.

—También estaba equivocado.

El silencio se hizo absoluto.

—Creía que conocía a mi enemigo. Creía entender por qué luchábamos. Creía que si mi causa era justa, mis decisiones también tenían que serlo.

Astrid permaneció inmóvil.

Aeron la miró.

—No lo eran.

Ella sostuvo sus ojos.

El recuerdo de una espada seguía existiendo entre ambos.

Siempre existiría.

Aeron volvió hacia Thaelorian.

—Así que cuando te escucho hablar de recuperar a tu pueblo, proteger tu reino y enfrentarte a Eleonora…

Una sonrisa amarga.

—Sí. Reconozco perfectamente al hombre que tengo delante.

Thaelorian endureció el rostro.

—No somos iguales.

—Espero que no.

Aeron hizo una pausa.

—Por tu bien.

Thaelorian se acercó al mapa.

—Eleonora posee Arcadia. Está construyendo fortificaciones y reuniendo recursos mientras nosotros discutimos.

—No posee Arcadia —dijo Astrid.

El rey la miró.

Astrid avanzó.

—La ocupa.

Aquella palabra cambió algo.

Agatha lo sintió.

Astrid puso una mano sobre el mapa.

—Y no voy a cambiar una corona por otra.

Thaelorian levantó una ceja.

—¿Crees que quiero Arcadia?

—Creo que quieres recuperar lo que Eleonora te quitó.

—Mi capital.

—Tu poder.

—Mi pueblo.

—Tu trono.

Silencio.

Astrid inclinó ligeramente la cabeza.

—¿Cuál de los cuatro te importa más?

Thaelorian no respondió.

Rae murmuró:

—Buena pregunta.

El rey se alejó.

—Descansad.

Agatha frunció el ceño.

—¿Perdón?

—Habéis sobrevivido a otra prueba. Disfrutad de vuestra victoria.

—Hay personas siendo esclavizadas.

Thaelorian se detuvo frente a la puerta.

—Lo sé.

—Entonces se acabaron tus juegos.

El rey giró.

—No.

Agatha percibió la tensión de Aeron.

—Thaelorian —advirtió él.

—Las pruebas continúan.

Astrid dio un paso.

—¿Por qué?

La mirada del rey recorrió a los cuatro.

—Porque mi pueblo está empezando a creer que vosotros podéis protegerlo.

Nadie esperaba que lo admitiera.

Thaelorian continuó:

—Han visto a una Médium sobrevivir.

Miró a Agatha.

—Una princesa regresar de la muerte.

Astrid.

—Un Fae sin magia hacer cosas que nuestros eruditos no pueden explicar.

Rae dejó de sonreír.

Finalmente Aeron.

—Y han visto al hombre que los llevó a una guerra desastrosa arriesgar su vida por humanos.

Aeron no respondió.

—¿Sabéis qué veo yo?

Thaelorian miró hacia el patio.

—Esperanza.

Agatha frunció el ceño.

—Eso parece molestarte.

—La esperanza sin capacidad es una sentencia de muerte.

—Y supongo que tú eres la capacidad.

—Soy un rey que ha visto lo que ocurre cuando un pueblo sigue símbolos en lugar de estrategias.

Aeron soltó una risa.

—No.

Thaelorian lo miró.

—Estás asustado.

Aquello sí encontró su objetivo.

—Porque cada prueba que diseñaste para demostrar que somos insuficientes está consiguiendo exactamente lo contrario.

Rae añadió:

—También ayuda que tus monstruos intenten comernos. Genera simpatía.

Agatha sonrió.

Thaelorian no.

—La siguiente prueba será mañana.

El ambiente cambió.

—No —dijo Agatha.

—Descansa.

—He dicho que no.

Thaelorian abrió la puerta.

—No necesitas aceptar.

Agatha sintió frío.

Aeron también.

—¿Qué has hecho? —preguntó.

El rey se detuvo.

No respondió.

Y eso fue peor.

—Thaelorian.

Los ojos del rey encontraron los de Aeron.

—Habéis demostrado ser extraordinariamente eficaces cuando están en juego personas que os importan.

Agatha sintió que el estómago se le cerraba.

—¿A quién tienes?

Thaelorian salió.

Los guardias cerraron las puertas.

Nadie habló durante varios segundos.

Rae fue el primero en romper el silencio.

—Bueno.

Astrid lo miró.

—No digas nada estúpido.

—Por una vez no iba a hacerlo.

Eso preocupó todavía más a Agatha.

Aeron ya estaba caminando hacia la puerta.

Agatha lo agarró de la muñeca.

Él giró.

—¿Adónde vas?

—A averiguar a quién capturó.

—¿Cómo?

—Tengo métodos.

—Eso normalmente significa algo ilegal.

—Generalmente.

Agatha no lo soltó.

Aeron miró su mano alrededor de su muñeca.

Después sus ojos.

—No voy a hacer nada sin decírtelo.

Agatha tardó un segundo.

Luego lo soltó.

—Bien.

Aeron se dirigió hacia la puerta.

Rae levantó una mano.

—Una pregunta.

—¿Qué?

—Si estamos encerrados, ¿cómo piensas salir?

Aeron llegó hasta la puerta.

Tocó la cerradura.

Esperó.

Un clic.

La puerta se abrió.

Rae parpadeó.

—¿Desde cuándo puedes hacer eso?

Aeron mostró una pequeña pieza metálica entre los dedos.

—Desde antes de que nacieras.

Rae frunció el ceño.

—Eso ha sonado innecesariamente paternal.

Astrid negó con la cabeza.

Agatha siguió a Aeron.

—Voy contigo.

Él no discutió.

Eso también era nuevo.

No encontraron a nadie. Ni en los corredores inferiores. Ni en las habitaciones de interrogatorio. Ni en las antiguas celdas.

Pero cuando regresaban, Rae se detuvo.

—Esperad.

—¿Qué? —preguntó Astrid.

Rae inclinó la cabeza.

—¿No escucháis?

Nada.

Agatha negó.

—¿Qué escuchas?

—No lo sé.

Caminó hacia una pared.

Apoyó la mano.

Una línea azul apareció bajo su piel.

Todos se congelaron.

—Rae —susurró Astrid.

Él retiró la mano.

—Eso no lo hice yo.

Aeron se acercó.

—¿Qué sentiste?

Rae miró sus dedos.

—Magia.

—¿De la fortaleza?

—No.

Rae volvió a tocar.

La luz reapareció. Esta vez más intensa.

Y entonces sonrió.

No con humor. Con incredulidad.

—Hay alguien debajo de nosotros.

Agatha sintió que se le aceleraba el corazón.

—¿Quién?

Rae cerró los ojos.

La magia atravesó su brazo.

Una voz. Muy débil. Demasiado lejos para comprender las palabras. Pero femenina.

Rae abrió los ojos.

—No sé.

Otra vez. Un golpe. Después dos. Código.

Aeron se quedó inmóvil.

Agatha lo vio palidecer.

—¿Qué?

Aeron se acercó a la pared.

Tres golpes. Pausa. Dos. Pausa. Uno.

Sus ojos grises cambiaron.

—Conozco ese código.

Agatha sintió frío.

—¿Quién es?

Aeron tardó en responder.

Desde algún lugar bajo la fortaleza volvieron a escucharse los golpes.

Tres. Dos. Uno.

Aeron levantó la mirada.

—Snow.

Y esta vez nadie hizo una broma.