LA MÉDIUM II Capítulo XXIV — Una prisión con ventanas
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Capítulo XXIV — Una prisión con ventanas

Capítulo XXIV

Una prisión con ventanas

Agatha descubrió que una habitación podía seguir siendo una celda aunque tuviera sábanas limpias.

También descubrió que resultaba mucho más agradable.

Abrió los ojos y por unos segundos no supo dónde estaba.

Techo de piedra clara. Cortinas pesadas color musgo. Una alfombra tejida, una palangana de cobre y una ventana de verdad. La clase de comodidad cuidadosamente escogida para hacerle olvidar que la puerta seguía custodiada.

Se incorporó. Error. Cada músculo de su cuerpo protestó. La prueba del río había dejado recuerdos por todas partes.

Una de las fieras estaba tumbada junto a la ventana. La otra ocupaba casi todo el espacio frente a la puerta.

—Buenos días.

Una oreja se movió.

Nada más.

—Qué entusiasmo.

Entonces recordó a Aeron.

Se levantó.

Encontró a Astrid en el corredor, descalza, con una camisa color crema arremangada, pantalones oscuros y el cabello dorado recogido en una trenza que empezaba a deshacerse. Llevaba una manzana en la mano y, por un momento, parecía alguien que jamás había usado una corona.

—¿Aeron?

Astrid la miró de lado.

—Buenos días para ti también.

—He dicho Aeron.

—Está vivo.

Agatha la fulminó.

—No tiene gracia.

—El sanador estuvo con él esta mañana. No hay infección. Las heridas son feas, pero no profundas donde importa.

Agatha soltó aire.

Astrid lo notó y no comentó nada.

—¿Y Rae?

Astrid dejó de masticar.

Agatha arqueó una ceja.

—¿Qué?

—Nada.

—Has hecho una cara.

—No hice ninguna cara.

Agatha sonrió lentamente.

Astrid la señaló con la manzana.

—No.

Encontraron a Rae sentado sobre una mesa.

Oriana tenía su mano entre las suyas.

—Antes de que alguien haga comentarios, esto es médico —dijo Rae.

Oriana levantó una ceja.

—No soy sanadora.

—Entonces esto es investigación.

Agatha se acercó.

—Dame la mano.

—¿Todos queréis tocarme esta mañana?

—Rae.

Él se la ofreció.

Agatha cerró los dedos alrededor de su muñeca.

Al principio no sintió nada. Después una chispa. Otra.

Retiró la mano.

—Sigue ahí.

Rae perdió la sonrisa.

—¿Qué sigue ahí?

—La magia. Pero no se siente como una fuente. Se siente fragmentada.

—Define fragmentada.

—No puedo.

Eso fue peor.

Oriana apoyó los codos sobre la mesa.

—También podríamos considerar que Rae siempre tuviera magia.

—No —respondió él de inmediato—. Nací sin magia. Crecí sin magia. Fui considerado defectuoso por no tener magia.

Astrid se acercó.

—Deja de llamarte defectuoso.

Rae parpadeó.

—No me—

—Lo haces. Cada broma sobre ser inútil. Cada vez que dices que por fin sirvió de algo no tener magia.

Él apartó la mirada.

—Mírame.

Sus ojos azules regresaron a ella.

—Entraste en ese río porque cuarenta y ocho personas se estaban ahogando. La ausencia de magia fue una herramienta. El valor fue tuyo.

Rae no encontró una broma.

—Gracias.

Astrid se encogió de hombros.

—No te acostumbres.

Agatha sonrió.

—Ni una palabra —dijo Rae.

Los gritos comenzaron afuera.

No eran gritos de miedo.

Eran nombres.

—¡RAE!

Después:

—¡AGATHA!

—¡ASTRID!

El patio inferior estaba lleno de Desterrados, Fae y algunos de los humanos rescatados.

Había comida, flores y pequeños objetos colocados frente a la entrada.

Una niña humana dejó una cinta sobre las escaleras y corrió de vuelta hacia su familia.

—Creo que os están dando las gracias —dijo Oriana.

Una parte del patio vio a Rae en la ventana.

—¡RAE!

Él desapareció antes de que pudieran detenerlo.

Agatha rió.

—Cobarde.

—Había demasiada gente.

—Te enfrentaste al Vharzhaen.

—El Vharzhaen no quería conversar conmigo.

Thaelorian los convocó una hora después.

No a una arena.

A una mesa.

Eso preocupó más a Agatha.

El salón estaba construido sobre una de las partes más altas de la fortaleza secundaria. Ventanas enormes daban hacia montañas cubiertas por bosques azulados. A lo lejos, cascadas descendían entre rocas que parecían suspendidas en el aire y criaturas aladas recorrían las corrientes entre los picos.

Pequeñas luces flotaban entre las ramas de árboles blancos en el valle inferior.

Agatha se detuvo.

—¿Qué son?

Aeron apareció detrás. Caminaba más despacio, con una venda atravesando el torso bajo la camisa.

—Lúminas.

—¿Las luces?

—Aparecen donde las raíces antiguas están cerca de la superficie.

—¿Raíces de qué?

Aeron tardó.

—Del mundo.

Agatha arqueó una ceja.

—Eso ha sonado sospechosamente religioso.

—No todo lo antiguo necesita ser religión.

Una lúmina golpeó suavemente el cristal.

Por un instante brilló con mayor intensidad.

Algo dentro de Agatha respondió.

Un cosquilleo cálido. Familiar.

La luz se alejó.

—¿Qué pasa? —preguntó Aeron.

—Nada.

Él la miró.

Agatha suspiró.

—Sí. Ya sé.

Thaelorian entró.

No había cadenas.

—Habéis provocado un problema —dijo.

Rae miró alrededor.

—¿La falta de cadenas?

Thaelorian lo ignoró.

—Mi pueblo os considera héroes.

Agatha apoyó los brazos sobre la mesa.

—Pésima planificación por tu parte.

—No confundas admiración con lealtad.

—Tú tampoco.

Thaelorian la estudió.

—Los Desterrados quieren respuestas. Han pasado años convencidos de que este reino los rechazó. Muchos siguieron a hombres que les prometieron justicia. Y ahora han visto que aquello que temían puede protegerlos.

—¿Y tú vas a permitir que nos escuchen? —preguntó Agatha.

—Voy a hacer algo mejor. Voy a hablar con ellos.

Astrid entendió.

—Quieres recuperarlos.

Thaelorian sonrió.

—Son mi pueblo.

—Los desterraste.

—Y he tenido mucho tiempo para reconsiderar ciertos errores.

Aeron soltó una risa seca.

—Qué conveniente.

—Tú les ofreciste una guerra.

—Tú les ofreciste abandono.

—Y ahora puedo ofrecerles un hogar.

Ahí estaba. No quería volver a encerrarlos porque necesitaba algo. Lealtad. Soldados. Un ejército.

—Eleonora tiene Arcadia —dijo Agatha.

Thaelorian no respondió.

—También te quitó tu capital en Aetheryn. Tus tierras. Tu posición.

Astrid terminó:

—Y necesitas recuperarlas.

Thaelorian entrelazó los dedos.

—Necesito proteger a mi pueblo de lo que viene.

Aeron rió.

—Ahí está la frase. Todos los hombres que quieren que otros mueran por ellos empiezan hablando de protección.

Thaelorian endureció la expresión.

—Ten cuidado.

—He tenido una semana complicada. Las amenazas han perdido bastante eficacia.

Rae levantó discretamente una mano.

—Confirmo.

Thaelorian se levantó.

—Podéis seguir creyendo que sois suficientes.

Miró a Agatha.

—Una Médium incapaz de controlar completamente su poder.

A Astrid.

—Una princesa que no sabe qué regresó dentro de su propio cuerpo.

A Rae.

—Un Fae sin magia que ahora contiene algo que nadie comprende.

Finalmente a Aeron.

—Y un líder que ya consiguió destruir una causa convencido de que la estaba salvando.

Aeron no respondió.

—¿Eso es lo que ofreceréis cuando Eleonora llegue? ¿Vosotros?

Oriana levantó una ceja.

—Gracias por incluirme.

Agatha se puso de pie.

—No. No somos suficientes.

Astrid giró hacia ella.

—Eso no significa que tú seas la respuesta —continuó Agatha—. Tú quieres un ejército para recuperar lo que Eleonora te quitó. Nosotros queremos detenerla.

No luchaban por lo mismo. Podían caminar temporalmente en la misma dirección. Pero el destino era distinto.

La reunión terminó sin acuerdo.

Cuando salieron, Aeron caminó junto a Agatha.

Oriana se había quedado hablando con uno de los consejeros como si llevara toda la vida en aquella fortaleza.

Agatha la observó.

Su expresión se endureció.

—Todavía estás enfadada con ella —dijo Aeron.

—Me mintió.

—Todos te hemos mentido.

Agatha lo miró.

—No es la defensa que crees.

—No la estaba defendiendo.

Agatha volvió a mirar a Oriana.

Su única amiga. O eso había creído.

—No sé qué fue real.

—Pregúntaselo.

—¿Así de fácil?

—No. Pero es mejor que decidir la respuesta por ella.

Agatha lo miró de lado.

—¿Acabas de utilizar tus propios errores para darme un consejo?

—Estoy intentando sacarles algún provecho.

—Milagroso.

Al final del corredor, Astrid y Rae se habían detenido frente a un guardia.

No llevaba la insignia de Thaelorian.

Su armadura estaba cubierta de barro y sangre seca.

Parecía haber cabalgado durante días.

—Majestad —dijo al verlos.

Astrid miró detrás de ella.

—¿A mí?

El hombre cayó sobre una rodilla.

—Princesa Astrid. Vengo de Arcadia.

Agatha llegó junto a su hermana.

—¿Qué ocurre?

El hombre levantó los ojos.

Había miedo en ellos.

—La reina Eleonora ha matado a lord Armand, el regente. Ahora controla Arcadia y ha comenzado las levas.

Aeron se tensó.

—¿Levas de soldados?

El guardia negó.

—De todos.

—¿Qué significa todos? —preguntó Agatha.

—Hombres. Mujeres. Jóvenes. Aldeas completas están siendo trasladadas hacia la capital.

Astrid palideció.

—¿Para qué?

—Construcción. Fortificaciones. Murallas. Caminos. Torres.

Agatha sintió frío.

Mano de obra. Esclavos.

—Quien se niega… —continuó el guardia.

No terminó.

No hacía falta.

Rae dejó de bromear.

Aeron apretó los puños.

Astrid miró hacia la sala que acababan de abandonar.

Ahora entendía por qué Thaelorian tenía tanta prisa por recuperar a los Desterrados.

Eleonora no estaba esperando. Estaba construyendo.

—¿Cuántos? —preguntó Agatha.

—No lo sabemos. Pero cada día son más.

Y muy lejos de aquella fortaleza, al otro lado de un reino que Agatha apenas reconocería ya, Arcadia estaba siendo levantada de nuevo sobre las espaldas de su propia gente.