Capítulo XXIII — Lo que el río reclama
Capítulo XXIII
Lo que el río reclama
Thaelorian no les dio tiempo para comprenderlo.
Agatha apenas llevaba un día consciente cuando los guardias aparecieron.
—La tercera prueba comienza al mediodía.
Aeron fue el primero en ponerse de pie.
—No puede mantenerse en pie.
Agatha apartó las mantas.
—Me conoces muy poco.
Se levantó y el mundo se inclinó.
Aeron extendió el brazo. No tiró de ella ni la levantó. Solo endureció el antebrazo para que pudiera sostenerse.
Cuando recuperó el equilibrio, Agatha lo soltó.
—¿Ves?
Aeron miró sus piernas temblorosas.
—Impresionante.
Los llevaron hacia abajo.
El aire cambió primero: humedad, frío, piedra mojada.
Después llegó el sonido del agua.
El río atravesaba la montaña, enorme y violento. Musgo plateado cubría las rocas. Raíces gruesas descendían desde las grietas del techo y pequeñas flores azules crecían donde parecía imposible que algo sobreviviera.
Era hermoso. Hasta que Agatha vio las gradas. Llenas. Desterrados. Fae. Familias enteras.
Thaelorian esperaba sobre una plataforma en medio del río.
—La Médium.
Agatha levantó la barbilla.
—El rey sin capital.
—Otra vez no.
Thaelorian sonrió apenas.
—Me alegra comprobar que tu lengua se recuperó antes que el resto de tu cuerpo.
—Nunca estuvo herida.
—Una lástima.
Cadenas sonaron bajo la plataforma.
Las compuertas se abrieron.
Comenzaron a emerger jaulas.
Dentro había humanos.
Hombres. Mujeres. Jóvenes. Rostros empapados y aterrados.
Rae contó en voz baja.
—Cuarenta y ocho.
Una última jaula apareció, distinta a las demás.
Los guardias fueron hacia Aeron.
Agatha reaccionó.
—No.
Aeron le sujetó el brazo.
—No gastes fuerza aquí.
Los guardias lo encadenaron y lo encerraron.
La jaula cayó al agua.
—¡AERON!
La corriente lo tragó.
Thaelorian extendió los brazos.
—Cuarenta y ocho vidas humanas. Y una vida Fae.
Agatha comprendió.
—No.
—Elige.
Silencio.
Rae miró las jaulas. Después a Aeron. Después al grupo.
—Bueno.
Agatha giró hacia él.
—Rae.
—Propongo un método democrático.
Astrid frunció el ceño.
—¿Qué?
Rae levantó una mano.
—Votación rápida. ¿Quién quiere salvar a los humanos?
Astrid levantó la mano.
Agatha giró la cabeza muy despacio.
Astrid vio su mirada y bajó la mano.
—Era una pregunta trampa.
—Demasiado tarde —dijo Rae—. Tu voto ya fue contabilizado.
Agatha lo fulminó también.
Rae levantó ambas manos.
—Bien. Democracia cancelada.
Oriana intentó esconder una risa.
Agatha la miró.
—Tú tampoco.
Rae señaló hacia el agua.
—¿Y quién quiere salvar a Aeron?
Nadie levantó la mano.
Rae esperó.
—Esto es incómodo.
Astrid cruzó los brazos.
—Me mató.
—Argumento sólido.
Rae levantó la voz hacia la jaula.
—¡No te lo tomes como algo personal!
Agatha dejó caer los párpados.
—Voy a matarlos a todos.
—Perfecto. Entonces ya tenemos una tercera opción.
La sonrisa de Rae desapareció.
Se agachó junto al borde.
—Ahora en serio. No elijas.
Rae siguió las runas grabadas en la piedra.
—Thaelorian quiere que pensemos que las jaulas están conectadas entre sí. Pero no lo están.
Astrid vio dónde convergían las líneas.
—La presa.
—Exacto.
—Las runas controlan la presión del agua —dijo Rae—. No las jaulas.
Agatha comprendió.
—Entonces podemos cambiar la corriente.
Un golpe sacudió una de las jaulas.
Algo enorme pasó por debajo.
Después otra sombra.
Una criatura emergió.
Su cuerpo era largo y pálido, casi translúcido. La mandíbula se abría en cuatro secciones llenas de dientes curvados hacia dentro. Sus pequeños ojos blancos parecían ciegos.
—Qué cosa tan desagradable —murmuró Oriana.
—Por favor, dime que sabes qué es —dijo Rae.
—Sí. Una cosa desagradable.
Astrid soltó aire.
—Muy útil.
Agatha observó cómo la criatura reaccionaba a una runa encendida.
—No cazan con los ojos. Sienten la magia.
Rae miró sus manos.
Después a las bestias.
—Por fin ser una decepción mágica sirve para algo.
Astrid lo agarró del brazo cuando empezó a quitarse las botas.
—Ten cuidado.
Rae dejó de bromear.
—Sí.
Agatha se quitó la capa.
Aeron golpeó los barrotes bajo el agua y negó.
—No eres mi rey —murmuró ella.
Astrid señaló a Thaelorian.
—Técnicamente ese tampoco.
Rae soltó una carcajada.
Agatha saltó.
Rae detrás.
El frío fue brutal.
Una criatura pasó junto a Rae sin reaccionar y giró directamente hacia Agatha.
—No puede sentirte —dijo ella.
Rae miró su propio cuerpo.
—Eso es…
—Útil.
—Iba a decir ofensivo.
Rae nadó hacia el mecanismo mientras Agatha atraía a las criaturas con pequeñas descargas de magia.
Al tocar la primera runa, una luz azul recorrió los dedos de Rae.
Algo entró en él.
Frío.
Después calor.
Retiró la mano.
Una línea azul desapareció bajo su piel.
Astrid lo vio desde arriba.
—¿Qué fue eso?
—Nada.
—Rae.
—¡Ahora mismo tenemos problemas más importantes!
Agatha emergió jadeando.
—¡Rae!
Él señaló la plataforma lateral.
—¡Necesitamos mover esa rueda!
Estaba demasiado lejos.
Rae miró una cadena que colgaba desde el techo y luego a Astrid.
—Sí puedes.
Astrid retrocedió, corrió y saltó.
Atrapó la cadena en pleno vuelo, utilizó el impulso y cayó sobre la plataforma con una facilidad que no debería haber poseído.
Las gradas rugieron.
Rae abrió la boca.
—Eso ha sido extremadamente atractivo.
Silencio.
Astrid parpadeó.
Agatha, desde el río, gritó:
—¿EN SERIO?
—¡CASI MORIMOS! ¡ME HA SALIDO SOLO!
—¡CONCÉNTRATE! —gritó Astrid, roja.
La rueda estaba bloqueada.
—Necesita magia —dijo Rae.
Agatha miró las cinco criaturas.
—Fantástico.
Liberó poder.
Todas giraron hacia ella.
Astrid tiró de la rueda. Rae empujó el mecanismo.
Un centímetro.
Después otro.
La corriente cambió.
Una jaula comenzó a subir.
Luego otra.
Y otra.
Los humanos gritaron de esperanza.
Todas ascendieron.
Excepto una.
Aeron.
—Tiene un segundo anclaje —dijo Rae.
Agatha dejó de pensar y nadó.
Rae maldijo y fue detrás.
Rae llegó hasta la jaula.
Apoyó la mano sobre la runa del cierre.
La luz azul volvió, más intensa.
El cierre cayó.
Aeron empujó la puerta.
Entonces Agatha vio la sombra.
—¡AERON!
La criatura surgió desde debajo de la jaula.
La mandíbula se abrió.
Aeron apenas alcanzó a girarse.
El impacto lo lanzó contra los barrotes.
Sangre.
Una nube oscura se extendió bajo el agua.
—¡AERON!
Agatha se sumergió.
Las criaturas podían sentir su magia.
Lo sabía.
No le importó.
Aeron intentó incorporarse.
No pudo.
Tres cortes profundos atravesaban su hombro y el pecho. No eran mortales, pero Agatha solo veía sangre.
Demasiada.
Los ojos grises de Aeron se cerraron.
Agatha sintió el quiebre antes de comprenderlo.
La magia explotó.
Todas las criaturas giraron hacia ella.
Rae abrió los ojos.
Agatha llegó hasta Aeron y lo agarró por el rostro.
Nada.
Lo sacudió.
Nada.
Durante un instante terrible creyó que aquello era todo.
Que la última verdad que le había dado sería para siempre: lo amo, pero no puedo perdonarlo.
Aeron comenzó a hundirse.
Agatha intentó subirlo.
No podía.
Entonces Rae apareció.
Lo sujetó por debajo del brazo y señaló hacia arriba.
Juntos empujaron.
Emergieron.
Agatha aspiró aire.
—¡AYUDA!
Aeron no reaccionó.
—¡AERON!
Le golpeó la mejilla.
—¡MÍRAME!
Nada.
La voz de Agatha cambió.
—Aeron…
Astrid dejó de moverse.
Agatha puso una mano sobre el pecho de Aeron.
—No. No, no, no…
La magia empezó a vibrar alrededor de ella.
—¡AERON, DESPIERTA!
Las gradas quedaron en silencio.
Thaelorian observaba.
Rae agarró a Agatha por el hombro.
—Agatha. Está respirando.
Ella se congeló.
—¿Qué?
Entonces Aeron tosió.
Agua. Aire. Dolor.
Pero vivo.
Agatha soltó un sonido roto y lo golpeó.
—¡HIJO DE PUTA!
Aeron hizo una mueca.
—Estoy herido.
—¡ME DA IGUAL! ¡NO VUELVAS A HACER ESO!
—¿Que me ataque un monstruo?
—¡MORIRTE!
Rae intervino:
—Técnicamente no se murió.
—¡RAE!
—Bien. Mal momento.
Aeron abrió los ojos por completo.
—No sabía que estaba prohibido.
—¡AERON!
—De acuerdo.
Todos la habían visto perder el control.
Aeron también.
Tuvo suficiente inteligencia para no decir nada.
Solo tocó la muñeca con la que Agatha seguía sujetándole el rostro.
—Estoy aquí.
Agatha cerró los ojos.
—Pues intenta seguir así.
Entre Agatha y Rae consiguieron llevarlo hasta la plataforma.
Astrid ayudó a sacarlo del agua.
—No te confundas. Sigo odiándote.
Aeron respiró con dificultad.
—Me tranquiliza saber que algunas cosas permanecen estables.
—Pero como vuelvas a hacerle poner esa cara…
—Intentaré controlar mejor a los monstruos acuáticos.
Astrid entrecerró los ojos.
—Qué ganas tengo de volver a golpearte.
—Haz una fila.
—Creo que Agatha tiene prioridad —dijo Rae.
El sanador llegó y empezó a atender a Aeron.
Agatha permaneció cerca hasta que una gota azul cayó de los dedos de Rae.
No era agua.
Era espesa, oscura, con pequeñas vetas de luz moviéndose en su interior.
—Rae…
Él miró su mano.
—No.
Otra gota.
Oriana hizo una mueca.
—No la huelas.
Rae ya lo había hecho.
Hizo una arcada.
—Información obtenida: me arrepiento.
Astrid soltó una carcajada.
Rae levantó la mano cubierta de viscosidad.
—He sobrevivido toda mi vida sin magia y el día que consigo una viene acompañada de mocos de monstruo.
Agatha se acercó.
Sintió.
Y retrocedió.
No era una sola magia.
Había demasiadas.
Capas. Fragmentos. Ecos distintos mezclados dentro de Rae.
—Eso no es tuyo.
Rae dejó de bromear.
—¿Qué?
—La magia. No se siente como una fuente. Se siente como muchas cosas.
Otro rugido atravesó la montaña.
Un eco del Vharzhaen en la magia que Rae había absorbido.
Rae se dobló.
Astrid llegó primero y lo sostuvo.
Una luz azul recorrió su cuello.
—¿Qué sientes?
—Estoy reconsiderando seriamente lo de estar bien.
Las criaturas del río dejaron de moverse.
Una tras otra levantaron la cabeza hacia Rae.
—No me gusta eso —dijo él.
Se acercaron a la plataforma.
No atacaron.
La primera criatura llegó hasta Rae, abrió la mandíbula y luego la cerró.
Inclinó la cabeza.
Lo reconocía.
Las demás hicieron lo mismo.
Thaelorian se puso de pie.
—Retiradlos. Ahora.
Agatha lo miró.
—Tienes miedo.
—No confundas prudencia con miedo.
—Llevas días intentando demostrar que yo soy una aberración y ahora no sabes qué demonios es él.
Rae levantó una mano viscosa.
—Para ser justos, yo tampoco.
Los humanos rescatados comenzaron a gritar.
—¡RAE!
Después los Fae.
—¡RAE! ¡RAE! ¡RAE!
Rae dejó caer los párpados.
—Otra vez no.
Astrid sonrió.
—Te adoran.
—Haz que paren.
—No.
Rae levantó una mano para saludar.
La equivocada.
Una gota viscosa salió despedida y aterrizó en la mejilla de un guardia.
Silencio.
—Lo siento muchísimo.
Astrid se dobló de la risa.
Agatha tuvo que cubrirse la boca.
Incluso Aeron rió, hasta que el sanador tiró del hilo.
—¡Mierda!
—Eso te pasa —dijo Agatha.
Cuando abandonaron la arena, Aeron insistió en caminar solo.
Duró seis pasos.
En el séptimo se tambaleó.
Agatha lo atrapó.
—Ni una palabra.
Pasó su brazo alrededor de la cintura de él y Aeron apoyó el suyo sobre sus hombros.
—No tienes que—
Agatha se detuvo.
Aeron corrigió:
—Me encanta caminar así.
—Eso pensé.
Más tarde, ya en la habitación que les habían concedido dentro de la fortaleza secundaria, Agatha permaneció frente a Aeron.
Puso una mano sobre su pecho.
Un latido.
Después otro.
—Agatha.
Ella dejó caer los párpados.
—Solo déjame comprobarlo.
Aeron colocó su mano sobre la de ella.
—Estoy aquí.
Agatha abrió los ojos.
—Hoy.
—Hoy.
No era una promesa. Quizá por eso pudo soportarla.
Agatha llegó hasta la puerta.
—Descansa.
—Agatha.
Ella se detuvo.
—Gracias.
—¿Por qué?
—Por volver.
Agatha cerró los ojos.
—No lo hice por ti.
—Claro.
—Había que salvarte.
—Por supuesto.
—Eres insoportable.
—Eso me han dicho.
Agatha abrió la puerta.
—Buenas noches, Aeron.
—Buenas noches, Agatha.
Salió y permaneció un instante con la espalda apoyada contra la puerta.
Desde dentro llegó la voz de Aeron.
—Agatha.
—¿Qué?
—Sigo vivo.
Ella apretó los labios.
—Duérmete.
Una risa baja atravesó la madera.
Agatha se alejó antes de cometer el error de sonreír.