Capítulo XXII — Lo que queda
Capítulo XXII
Lo que queda
Agatha no despertó aquella noche. Tampoco durante la mañana siguiente.
El sanador había repetido tantas veces que su pulso era estable que Astrid empezó a odiar aquella palabra.
Estable. Estable no abría los ojos. Estable no discutía. Estable no se burlaba de nadie. Estable no era suficiente.
Agatha permanecía hundida entre las sábanas, demasiado quieta.
Una camisa de lino blanco asomaba bajo la manta y dejaba al descubierto el vendaje que le rodeaba un hombro.
Su cabello castaño se extendía sobre la almohada y, entre los mechones oscuros, las hebras color perla parecían todavía más claras contra la palidez de su rostro.
Las fieras tampoco se habían marchado. La mayor dormía junto a la cama, con la línea plateada del pecho pegada al armazón. La pequeña custodiaba la puerta con los cuatro ojos abiertos.
Astrid estaba sentada en el suelo, con la espalda contra la pared.
—Toma.
Una taza apareció frente a su cara.
Rae.
—¿Qué es?
—No tengo idea.
—¿Y pretendes que me lo beba?
—Yo lo hice.
—Eso no ayuda a tu argumento.
Rae se sentó a su lado.
—Huele peor de lo que sabe.
Astrid bebió y casi lo escupió.
—Mientes.
—Sí. Sabe peor.
Por un instante, Astrid sonrió. Después volvió a mirar a Agatha.
Rae no intentó llenar el silencio.
—No sentí nada —dijo ella al fin.
Rae no preguntó.
—Cuando vi a Ian con ella. Esperé sentir celos. Rabia. Dolor. Cualquier cosa.
—Pero no llegó.
Astrid negó.
—Nada.
Se tocó el pecho.
—Y debería quedar algo.
Rae comprendió.
—No estás preocupada por Ian.
Astrid cerró los ojos.
—Estoy preocupada por mí.
Le habló de la vida que había imaginado con Ian, de la boda, de los hijos, de aquella certeza de que al menos ese amor había sido una elección propia. Y luego de la muerte, del regreso, de sus sentidos distintos, de las fieras, de la runa que había sabido encontrar sin comprender cómo.
—¿Qué demonios soy ahora?
—Astrid.
—Qué profundo.
—No he terminado. No sé qué eres. Pero tampoco creo que tengas que decidirlo hoy.
Ella lo miró.
—¿Y si nunca vuelvo a amar a nadie?
Rae se encogió de hombros.
—Pues no amas a nadie.
—¿Eso es todo?
—¿Quieres que te diga que aparecerá un hombre maravilloso y curará tu corazón?
Astrid hizo una mueca.
—Qué asco.
—Coincido.
Rae perdió la sonrisa.
—No necesitas volver a enamorarte para demostrar que regresaste completa. Y si algún día ocurre, que sea porque tú quieras. No porque seas princesa. No porque Arcadia necesite herederos. Solo porque te dé la gana.
Astrid sintió que algo se aflojaba dentro de ella.
—Gracias.
Rae levantó las cejas.
—¿Qué?
—Nada.
—No, no. He escuchado algo.
—Rae.
—Creo que has dicho…
—Cállate.
Después de unos minutos, la cabeza de Astrid terminó apoyada sobre su hombro.
Rae no hizo ninguna broma. No intentó convertir el gesto en algo que no era.
Simplemente se quedó.
Horas después, Astrid encontró a Aeron solo en el corredor.
—Tú.
Aeron giró.
Astrid cruzó la distancia y lo golpeó.
—Astrid…
—No. Tú no dices mi nombre.
Volvió a golpearlo.
—¿Sabes qué? Ni siquiera sé cómo llamarte. ¿Líder? ¿Asesino? ¿Puto traidor?
Aeron recibió cada golpe sin responder.
—Me mataste.
—Sí.
—¡No vas a responderme como si admitirlo fuera suficiente!
Las lágrimas aparecieron.
—Sentí tu espada. Sentí cómo entraba. Y lo peor es que me mataste convencido de que estabas haciendo lo correcto.
Aeron sostuvo su mirada.
—Eleonora nos utilizó.
—No te escondas dentro del nos. Eleonora te utilizó. Te dio un enemigo, una corona, una religión, un sistema al que odiar, y estabas tan convencido de ser el hombre que iba a salvarlos a todos que nunca te preguntaste quién se beneficiaba de tu guerra.
Astrid señaló a Rae, que había aparecido al final del corredor.
—Él sí. Rae intentó detenerte.
Aeron miró hacia él.
—¿Y qué hiciste?
Silencio.
—Dilo.
—Lo llamé traidor.
—El único de los tuyos que tuvo el valor de preguntarse si estabais cometiendo una atrocidad y lo convertiste en traidor.
Rae se acercó.
—No me pidas perdón porque Astrid te obliga a mirarme. Cuando intenté detenerte no necesitaba que algún día reconocieras que tenía razón. Necesitaba que me escucharas antes de atravesarla con una espada.
Aeron bajó la mirada. Por una vez, no buscó una frase capaz de convertir la culpa en estrategia.
—Me equivoqué. Contigo. Con ella. Con Agatha. Con demasiada gente.
Astrid respiró con violencia, pero ya no lo golpeó.
—No puedo arreglarlo —dijo Aeron—. Ni espero que me perdones. Pero puedo dejar de ser ese hombre.
—Eso todavía está por verse.
—Sí.
Astrid se dio la vuelta, pero antes de marcharse se detuvo.
—Aeron. Si vuelves a decidir por mi hermana…
Él levantó la cabeza.
—No volveré a decidir por ella.
Astrid sostuvo su mirada.
—Más te vale.
El rugido de una de las fieras interrumpió el corredor.
Agatha se estaba moviendo.
Astrid corrió hasta la cama.
—Agatha. Vamos. Mírame.
Los párpados de su hermana temblaron y finalmente se abrieron.
—Astrid…
Astrid soltó una risa que se convirtió en llanto.
—Hola.
—¿Estoy viva?
Rae apareció detrás.
—Aparentemente.
—Rae —advirtió Astrid.
—Era información médica.
Agatha intentó sonreír.
—¿Cuánto tiempo?
—Casi dos días.
—Mierda.
Después recordó.
—Las fieras.
Una enorme cabeza apareció junto a la cama.
—Vivas —dijo Astrid.
Agatha acarició el hocico de la criatura y luego vio a Aeron en la puerta.
—Aeron.
Solo entonces él entró.
No hubo perdón en aquel gesto. Solo una elección que pertenecía a Agatha.
Poco después, cuando Astrid se inclinó sobre ella, Agatha frunció el ceño.
—¿Qué?
Agatha levantó una mano y la colocó sobre el pecho de su hermana.
Un latido.
Después otro.
Pero algo respondió entre ambos.
Algo que no era el corazón de Astrid.
Agatha retiró la mano como si se hubiera quemado.
—¿Qué demonios…?
Volvió a tocarla.
Un golpe de energía recorrió su brazo.
Las fieras se pusieron de pie al mismo tiempo y miraron a Astrid.
—Hay algo dentro de ti —susurró Agatha.
Astrid palideció.
—¿Qué?
—No sé.
Agatha cerró los ojos. Sintió poder, pero no solo el de Astrid. Calidez. Humo. Hierbas. Reconoció la voz de Mayara y recordó su conversación. Durante un instante apareció la silueta de aquella mujer.
Abrió los ojos.
—Es magia.
Aeron se acercó.
—¿Suya?
Agatha miró a Astrid.
—No solo suya.
Nadie habló.
Y muy lejos de aquella habitación, Thaelorian Valtheris recibió la noticia de que la princesa había despertado algo.
La tercera prueba ya no estaría diseñada únicamente para quebrar a la Médium.
Esta vez quería descubrir qué demonios habían traído de vuelta con Astrid.