LA MÉDIUM II Capítulo XXI — Vael’Syr
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Capítulo XXI — Vael’Syr

Capítulo XXI

Vael’Syr

La siguiente prueba los había situado en plataformas separadas por una barrera. Ante Astrid se formaba una imagen.

Ian.

Agatha.

Juntos.

Esperó.

Rabia.

Celos.

Dolor.

Cualquier cosa.

Nada llegó.

Y aquello fue mucho peor.

—Astrid… —susurró Agatha desde la plataforma contraria.

Ella apenas la escuchó.

Había amado a ese hombre.

Había imaginado una vida con él. Una boda. Hijos. Una corona que jamás había deseado por completo, pero que parecía menos pesada si Ian estaba a su lado.

Había pensado que, entre todas las decisiones que otros tomaban por ella, Ian al menos había sido suyo.

Ahora lo veía junto a su hermana.

Y no sentía celos.

Nada.

Astrid llevó una mano al pecho.

El corazón seguía allí.

Podía sentirlo.

Entonces, ¿qué demonios le habían devuelto?

—No te importa.

La voz de Thaelorian atravesó la cámara.

Astrid levantó la mirada.

—Cállate.

—Amabas a ese hombre.

—He dicho que te calles.

—Y ahora no sientes nada.

Las runas permanecieron inmóviles.

Verdad.

Astrid tragó.

Thaelorian sonrió.

—Qué curioso debe de ser morir y descubrir que no todo regresa contigo.

Rae dio un paso al frente.

—Ya es suficiente.

Thaelorian ni siquiera lo miró.

Astrid sí.

Rae estaba al otro lado de la barrera. Las suaves ondas castañas caían sobre su frente y sus ojos azules habían perdido por completo aquella expresión burlona que parecía acompañarlo siempre.

Solo la miraba.

Astrid apartó los ojos.

—Estoy bien.

Rae ladeó la cabeza.

—No te he preguntado.

Ella volvió hacia él.

—Entonces no lo hagas.

Rae asintió.

—Bien.

Y se quedó.

Nada más.

No intentó decirle que Ian no la merecía.

No convirtió aquello en una traición de Agatha.

No le prometió que volvería a enamorarse.

Simplemente permaneció allí.

Y, extrañamente, eso ayudó.

Porque Astrid no sabía si había perdido a Ian.

Lo que realmente temía era haber perdido a la mujer que había sido capaz de amarlo.

Vael’Syr no le permitió esconderse mucho tiempo dentro de aquel miedo.

Las preguntas continuaron.

Agatha tuvo que admitir que alguna vez había deseado que Astrid muriera.

Astrid tuvo que reconocer que no sacrificaría a su hermana ni siquiera para salvar Arcadia.

Y finalmente llegó Aeron.

La pregunta que dejó a todos en silencio.

—¿Amas al hombre que asesinó a tu hermana y traicionó a tu reino?

Agatha miró a Astrid.

Después a Aeron.

—Sí.

La cámara permaneció inmóvil.

Verdad.

Aeron cerró los ojos.

Pero Vael’Syr todavía no había terminado.

—¿Lo perdonarás?

Agatha tardó más esta vez.

Cuando respondió, su voz apenas tembló.

—No.

Los ojos grises de Aeron encontraron los suyos.

Agatha respiró.

—Lo amo.

Silencio.

—Pero no puedo perdonarlo.

Aeron no se defendió.

No dijo que algún día lo haría.

No le pidió que comprendiera.

—Lo sé.

Y Astrid vio romperse algo entre ellos que, paradójicamente, seguía manteniéndolos unidos.

Thaelorian también lo vio.

Las verdades los habían herido.

Pero no los habían separado.

Así que cambió las reglas.

El primer rugido hizo que Astrid girara.

Sus fieras.

—No.

Las compuertas laterales se abrieron.

Las dos felinas entraron lentamente, ya enormes, con el pelaje gris casi negro y las vetas plateadas encendidas bajo la luz de la cámara.

Algo iba mal.

Sus cuerpos estaban rígidos. Las pupilas completamente dilatadas. Saliva espesa descendía entre los colmillos.

Y alrededor de sus cuellos ardían símbolos negros.

Astrid palideció.

—No.

Una de ellas intentó acercarse a Astrid.

La runa brilló.

La criatura cayó con un gemido.

—¡NO LAS TOQUES!

Thaelorian permaneció inmóvil.

La felina volvió a levantarse.

Giró hacia Agatha.

Astrid comprendió.

—Agatha…

Su hermana también.

—Las está controlando.

La segunda felina enseñó los colmillos.

Agatha levantó las manos.

La magia respondió.

Astrid vio cuánto poder acumulaba.

Suficiente.

Podía matarlas.

—Agatha…

La primera criatura atacó.

Agatha lanzó el hechizo.

Pero cambió la dirección en el último instante.

La corriente golpeó el suelo.

La felina salió despedida hacia un lado.

Viva.

—¡MÁTALAS! —gritó Astrid.

Agatha la miró como si estuviera loca.

—No.

—¡TE VAN A MATAR!

—No son ellas.

La segunda atacó.

Agatha esquivó demasiado tarde.

Las garras atravesaron su brazo.

Sangre.

Aeron golpeó la barrera.

—¡Agatha!

Ella retrocedió.

Las dos criaturas volvieron a rodearla.

—¡Hazlo! —suplicó Astrid—. ¡Por favor!

Agatha negó.

—No voy a hacerte eso.

Una de las felinas se lanzó.

Agatha cayó.

Los colmillos pasaron a centímetros de su garganta.

Rodó.

Se levantó.

Y entonces lo vio.

Un hilo oscuro.

No físico.

Magia.

Desde la runa hasta algún lugar bajo la plataforma.

Agatha miró a Astrid.

—Hay un vínculo.

Astrid se quedó inmóvil.

También lo sintió.

No sabía cómo.

Simplemente sabía dónde estaba.

Cerró los ojos.

El ruido de la cámara desapareció.

Las fieras.

Las runas.

Agatha.

Y algo más.

Una fuerza extraña dentro de ella respondió.

Astrid abrió los ojos.

—Puedo encontrarlo.

Agatha respiró con dificultad.

—Y yo puedo romperlo.

Astrid la miró.

Desde que habían comenzado aquellas pruebas, ninguna había necesitado explicar nada.

—Izquierda —dijo Astrid.

Agatha disparó.

La magia no golpeó a la felina.

Atravesó la runa.

Esta se quebró.

La criatura cayó.

Astrid gritó.

—¡AGATHA!

—Está viva.

El pecho de la felina se movió.

Una respiración.

Astrid casi se derrumbó.

—Una.

La segunda criatura atacó.

Astrid cerró los ojos.

Buscó.

Agatha retrocedió.

—No lo encuentro.

Las fauces se acercaron.

—Astrid.

—Espera.

—¡ASTRID!

Algo dentro de ella respondió.

Más profundo.

Más antiguo.

Astrid volvió a abrir los ojos.

—Ahora.

Agatha lanzó la magia.

La segunda runa explotó.

La felina cayó.

Silencio.

Agatha permaneció inmóvil.

Esperó.

La criatura respiró.

Viva.

Las dos.

Astrid soltó un sollozo.

Las barreras desaparecieron.

Corrió.

Cayó de rodillas junto a la primera.

—Hola…

La felina abrió lentamente los ojos.

Astrid hundió los dedos en su pelaje.

—Estoy aquí.

La segunda se levantó con dificultad.

Fue hacia Agatha.

Aeron se tensó.

Agatha no.

La criatura se acercó.

Olfateó la sangre de su brazo.

Después inclinó la cabeza.

Agatha extendió lentamente la mano.

El hocico enorme tocó sus dedos.

Las gradas permanecieron en absoluto silencio.

La otra felina se levantó.

Caminó también hacia ella.

Agatha terminó entre ambas.

Una rozó su cuerpo contra su costado.

La otra apoyó la cabeza contra su hombro.

Astrid las miró.

Comprendió.

Ellas también.

Agatha había podido matarlas.

Había preferido arriesgar su propia vida.

Una de las fieras lamió la sangre de su brazo.

Agatha soltó una risa agotada.

—Sí. Gracias. Eso ayuda muchísimo.

Rae rió.

Oriana se llevó ambas manos al rostro.

Incluso Astrid sonrió entre lágrimas.

Habían terminado.

Esta vez sí.

Agatha levantó los ojos hacia Thaelorian.

—¿Eso es todo?

El Rey la observó.

Después miró a las gradas.

Había perdido.

Otra vez.

Los Fae empezaron a levantarse.

Primero unos pocos.

Después decenas.

Agatha escuchó aplausos.

Astrid también.

Rae sonrió.

—Creo que volvimos a hacer exactamente lo contrario de lo que quería.

Agatha miró a Thaelorian.

—Empieza a convertirse en costumbre.

Y entonces Thaelorian sonrió.

Agatha dejó de hacerlo.

—No —murmuró Aeron.

Demasiado tarde.

Una runa apareció bajo los pies de Agatha.

No era negra.

Era roja.

Astrid palideció.

—¿Qué es eso?

Oriana levantó la cabeza.

—Agatha, sal de ahí.

Agatha intentó moverse.

No pudo.

Sus pies estaban clavados al suelo.

—Thaelorian.

El Rey no respondió.

Astrid corrió.

—¡AGATHA!

La primera descarga atravesó el cuerpo de su hermana.

Agatha gritó.

No fue como antes.

Vael’Syr no buscó una mentira.

Entró directamente en ella.

Aeron se lanzó hacia la plataforma.

Una barrera apareció.

Chocó contra ella.

—¡AbrE!

Agatha cayó sobre una rodilla.

La segunda descarga llegó.

Más fuerte.

Su espalda se arqueó.

Las mechas perladas se levantaron alrededor de su rostro.

—¡BASTA! —gritó Astrid.

Thaelorian observaba.

No sonreía ya.

Estudiaba.

Eso aterrorizó a Astrid.

—¿Qué le estás haciendo?

Thaelorian no respondió.

Agatha levantó la cabeza.

Sus ojos habían cambiado.

La luz comenzaba a salir de ellos.

—Agatha —susurró Astrid.

La tercera descarga llegó.

El cuerpo de Agatha respondió antes que ella.

La cámara tembló.

Las runas se apagaron.

Después volvieron a encenderse.

Todas.

Rae retrocedió.

—Eso no lo está haciendo él.

Aeron giró hacia Thaelorian.

Hasta el Rey parecía haber perdido el control.

—Agatha —dijo Aeron.

Ella guardó silencio.

La magia comenzó a salir de su cuerpo.

No como un ataque.

Como una hemorragia.

Luz blanca recorriendo sus brazos.

Las paredes crujieron.

Las gradas comenzaron a evacuar.

Astrid golpeó la barrera.

—¡MÍRAME!

Nada.

—¡AGATHA!

Su hermana levantó la cabeza.

Por un instante la reconoció.

Solo un instante.

—Astrid…

Entonces algo golpeó desde dentro de Vael’Syr.

No desde la cámara.

No desde Thaelorian.

Desde algún lugar al otro lado de aquellas runas.

Agatha gritó.

La barrera explotó.

Aeron salió despedido.

Rae cayó.

Oriana gritó.

Astrid se cubrió el rostro.

Cuando volvió a mirar…

Agatha estaba en el suelo.

Inmóvil.

Las dos fieras corrieron hacia ella.

Una se dejó caer junto a su cuerpo.

La otra comenzó a empujarla con el hocico.

—Agatha.

Astrid corrió.

Cayó de rodillas.

Sangre.

No de las garras.

Le salía de la nariz.

De los oídos.

Una fina línea descendía desde la comisura de su boca.

—No.

Astrid tomó su rostro.

—Agatha.

Nada.

—No, no, no.

Aeron llegó.

Astrid levantó la mirada hacia él.

Todo lo ocurrido entre ellos desapareció durante un segundo.

—Haz algo.

Aeron cayó de rodillas.

Buscó el pulso.

Su expresión cambió.

—Está viva.

Astrid cerró los ojos.

Pero Aeron no parecía aliviado.

—¿Qué?

Él volvió a comprobarlo.

—Está viva.

—Ya lo has dicho.

Aeron levantó lentamente aquellos ojos grises.

—Pero no despierta.

Astrid miró a su hermana.

Después a Thaelorian.

El Rey seguía inmóvil sobre la plataforma.

No observaba a Agatha.

La observaba a ella.

Porque cuando Astrid había encontrado el vínculo de las fieras…

algo había respondido dentro de la princesa.

Algo que Thaelorian conocía lo suficiente para saber una sola cosa:

no debería estar allí.