LA MÉDIUM II Capítulo XX — El laberinto
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Capítulo XX — El laberinto

Capítulo XX

El laberinto

Agatha había imaginado muchas formas de morir. Aquella no estaba entre ellas.

El nombre todavía le daba vueltas en la cabeza: Thaelorian Valtheris. Ahora podía poner una palabra a la presencia del hombre que los observaba desde lo alto, aunque conocerla no hacía que comprendiera mejor qué pretendía de ellos.

A su alrededor, las gradas excavadas en la piedra estaban ocupadas por Fae desterrados.

El aire olía a mineral húmedo, antorchas y demasiados cuerpos encerrados bajo la montaña.

Agatha comenzó a darse cuenta de algo que no había advertido al entrar.

No miraban a Thaelorian como un pueblo mira a su rey.

Algunos permanecían sentados. Otros ni siquiera ocultaban el desprecio.

Una mujer de cabello blanco mantenía los brazos cruzados.

Un hombre con una cicatriz que le atravesaba el rostro no se levantó cuando Thaelorian avanzó hacia el borde de la plataforma.

Más arriba, alguien escupió contra la piedra.

Thaelorian lo vio. No hizo nada.

Eso inquietó a Agatha más que cualquier castigo. Aquel hombre no parecía alguien acostumbrado a tolerar una afrenta. Si la toleraba, era porque necesitaba algo de ellos.

—No lo quieren —murmuró Agatha.

Rae siguió su mirada. Las ondas suaves de su cabello castaño estaban aplastadas de un lado después de la noche en las celdas; sus ojos azules recorrieron las gradas con atención.

—Interesante.

Aeron, detrás de Agatha, observó a Thaelorian con sus ojos grises endurecidos.

El suelo tembló. Muros de piedra negra ascendieron desde las profundidades formando corredores, intersecciones y cámaras que se perdían unas dentro de otras. Un laberinto.

Desde algún punto bajo la montaña llegó un sonido húmedo, lento, como algo arrastrándose sobre piedra. Las dos felinas de Astrid enseñaron los colmillos.

Oriana se acercó a las hermanas, con el corto cabello cobrizo convertido en una masa de ondas indomables y las vendas oscuras todavía ajustadas a los antebrazos.

—Bueno.

—No —dijo Agatha.

—Ni siquiera he dicho nada.

—Te conozco.

—Eso espero.

La frase dejó una incomodidad entre ambas. Desde que sus recuerdos habían regresado, Agatha no podía evitar preguntarse cuánto de aquella amistad había sido verdadero. Oriana había sido su única amiga. También le había mentido.

Thaelorian alzó la voz.

—Existe una criatura bajo estas montañas a la que incluso los nuestros aprendieron a temer. Vharzhaen.

El nombre provocó miedo en las gradas.

—Se alimenta de magia. Cuanto mayor sea vuestro poder, con mayor facilidad os encontrará.

Sus ojos se detuvieron en Agatha.

La Médium. Demasiado poder. Demasiado inestable.

—Salid —ordenó, señalando una abertura al otro extremo.

—¿Eso es todo? —preguntó Astrid.

—Eso es todo.

Rae suspiró.

—Nunca es eso todo.

Las puertas comenzaron a cerrarse. Snow quedó al otro lado, retenida entre los guardias. Agatha alcanzó a cruzar una última mirada con ella antes de que la piedra descendiera.

Entonces el Vharzhaen rugió.

· · ·

El laberinto no estaba muerto. Las paredes respiraban luz. Vetas azuladas recorrían la piedra y desaparecían bajo raíces enormes; flores translúcidas crecían entre las grietas y expulsaban motas luminosas al paso del grupo.

Un ruido sacudió el muro.

Aeron no colocó a Agatha detrás de él. Se acercó lo suficiente para que su hombro rozara el de ella y señaló las grietas.

—Antes de atacar cambia el peso. Mira abajo.

Agatha vio la vibración.

Aeron sacó una daga y se la ofreció por el mango.

—¿Y qué hago con esto? —preguntó ella.

Los ojos grises de Aeron encontraron los suyos.

—Lo que quieras.

Una herramienta. Nunca la solución.

El Vharzhaen atravesó la piedra.

Oriana reaccionó primero. Una descarga violeta golpeó a la criatura antes de que Aeron pudiera detenerla. La magia desapareció dentro de aquella membrana negra. El cuerpo del monstruo se iluminó y creció.

Las gradas rugieron.

—Eso no me ha gustado —dijo Oriana.

—¿Solo esa parte? —respondió Rae.

La criatura devolvió el ataque y todos corrieron.

Al principio se estorbaron. Rae casi se llevó a Astrid por delante. Agatha atacó demasiado pronto. Oriana hizo exactamente lo contrario de lo que Aeron esperaba. Pero el caos empezó a adquirir ritmo.

—Izquierda —dijo Aeron.

Agatha se movió. La extremidad del Vharzhaen cayó donde había estado. Giró y hundió la daga en la articulación que Aeron le había señalado.

—¡Ahora!

Astrid respondió.

Corrió hacia el muro. Un paso. Dos. Y continuó sobre la pared antes de impulsarse. Su cabello dorado se abrió detrás de ella mientras giraba en el aire y caía al otro lado de la criatura con una naturalidad imposible.

Las gradas enmudecieron.

Rae también.

—¿Desde cuándo haces eso?

Astrid miró sus propias piernas.

—No lo sé.

Volvió a moverse. Demasiado rápido, demasiado alto, como si su cuerpo hubiera esperado toda una vida para recordar que era Fae.

—Eso no es normal —dijo Rae.

—Somos Fae —gritó Oriana—. Amplía tu concepto de normalidad.

—Yo soy Fae y si hago eso me rompo el cuello.

Astrid aterrizó junto a él.

—¿Vas a ayudar o vas a seguir mirándome?

Rae sonrió.

—Puedo hacer ambas cosas.

Las gradas rieron.

La pelea cambió. Cada hueco que Aeron abría y Agatha aprovechaba provocaba una reacción. Cada movimiento de Astrid arrancaba gritos. Oriana descubrió una de las esferas que transmitían la prueba y le habló directamente.

—¿Estáis disfrutando? Pues prestad atención.

—No la animéis —gritó Rae.

El público rió todavía más.

Agatha sonrió por reflejo. Después miró a Oriana y la sonrisa se apagó. Oriana lo vio, pero no dijo nada.

Entonces descubrieron la anomalía de Rae.

El Vharzhaen pasó a pocos metros de él y no reaccionó. Siguió hacia Agatha.

—No sabe que estás ahí —dijo ella.

Rae miró sus manos.

—Porque no tengo magia.

Las gradas murmuraron. Algunos rieron.

Astrid se acercó a Rae.

—Entonces haz que dejen de hacerlo.

Los ojos azules de Rae encontraron los suyos.

—Con gusto.

El Vharzhaen no volvió a acercarse a Rae. Rae se acercó a él.

La primera vez el público rió. La segunda dejó de hacerlo. La tercera, cuando Rae pasó prácticamente debajo de la criatura para alcanzar una conexión mágica, cientos de Fae se pusieron de pie.

Astrid gritó su nombre. Él levantó la mano.

—Todo controlado.

El suelo explotó detrás de él.

—Más o menos.

La sincronización llegó sin que ninguno pudiera explicarla.

Aeron señalaba y Agatha comprendía. Astrid veía a Agatha moverse y sabía qué espacio ocupar.

Rae aparecía donde Astrid necesitaba que estuviera.

Oriana conocía a Rae demasiado bien para no anticipar su siguiente imprudencia.

Las felinas respondían a Astrid, y Agatha empezó a responder también a ellas.

No eran un ejército. Nunca habían entrenado juntos. Pero había talento. Instinto. Y confianza naciendo en mitad del desastre.

Las gradas aprendieron el ritmo con ellos.

Aeron giró. Agatha entró. Astrid apareció por el otro flanco. Rae cruzó entre ambos. Oriana disparó contra la pared y el Vharzhaen giró exactamente donde querían.

El público estalló.

Agatha respiraba con dificultad. Tenía sangre en la rodilla, polvo sobre el rostro y el cabello castaño pegado a las sienes; entre los mechones sucios, sus vetas color perla atrapaban la luz mágica.

Aeron apareció junto a ella, cubierto también de polvo y sangre, con los rizos negros pegados a la frente y los ojos gris acero fijos en cada herida.

—Tres.

Agatha entendió.

—Dos.

Preparó las piernas.

—Uno.

Aeron se apartó. Agatha salió.

· · ·

Encontraron el corazón del laberinto: una estructura de piedra atravesada por las runas que alimentaban al Vharzhaen. Rae comprendió que el monstruo y el laberinto formaban un circuito.

Lo rompió.

La magia acumulada regresó violentamente hacia la criatura. El Vharzhaen cayó sobre Rae y el núcleo quebrado derramó sobre él una sustancia negra, espesa y luminosa.

Oriana gritó su nombre.

Entonces la magia comenzó a abandonar al monstruo.

Entró en Rae.

Él gritó. Agatha intentó alcanzarlo, pero una descarga la lanzó hacia atrás. Aeron la atrapó por la cintura antes de que golpeara la piedra.

—La descarga se expande cada vez que absorbe —le dijo junto al oído—. Tres pulsos.

Agatha observó.

Uno.

Dos.

Corrió.

Aeron no fue detrás. Le había dado la información. La elección seguía siendo de ella.

Agatha atravesó el intervalo y llegó hasta Rae.

El Vharzhaen emitió un último sonido. Su cuerpo se contrajo, perdió toda luminosidad y quedó inmóvil.

Rae abrió los ojos.

Una gota negra descendió desde una de sus ondas castañas hasta la punta de su nariz.

—No.

—¿Qué? —preguntó Agatha.

—No me mires.

Oriana empezó a reír.

—Estás asqueroso.

Rae hizo una arcada. Astrid se echó a reír. Agatha después. Hasta Aeron tuvo que apartar el rostro.

—Me alegra muchísimo que mi sufrimiento haya conseguido unir al grupo —dijo Rae.

· · ·

Cuando salieron, las gradas rugieron.

Rae apareció apoyado en Astrid. Su rodilla cedió cuando intentó demostrar que podía caminar y ella lo atrapó.

—Idiota.

—Estaba comprobando tus reflejos.

El cabello dorado de Astrid rozó las ondas castañas de Rae cuando volvió a sostenerlo. Las gradas reaccionaron y él alzó la vista.

—Creo que nos han adoptado.

Oriana apareció junto a Agatha.

—A mí seguro.

Agatha no encontró nada que quisiera decir en voz alta.

—Sigues enfadada —dijo Oriana.

—No es el momento.

—Nunca es el momento contigo.

Agatha giró.

—Me mentiste. Sabías cosas sobre mí. ¿Nuestra amistad también fue fingida?

Oriana dejó de sonreír.

—No.

—¿Cómo puedo saberlo?

—No puedes. Pero no vuelvas a decir que fingí quererte.

Agatha tragó. No podía perdonarla todavía. Miró el corte de su labio.

—Estás sangrando.

Oriana sonrió lentamente.

—Eres insoportable.

—Y tú hablas demasiado.

—Ah. Mi Agatha sigue ahí.

Agatha no contestó, pero tampoco se apartó cuando Oriana caminó junto a ella.

Aeron apareció al otro lado. La rodilla de Agatha protestó y la mano de él se acomodó alrededor de su cintura con una familiaridad que su cuerpo reconoció demasiado bien.

—Puedo caminar.

—Lo sé.

—Entonces suéltame.

Aeron retiró la mano. Agatha dio otro paso y el dolor la obligó a detenerse. Lo miró y extendió la mano.

—No he dicho que te alejes.

Los ojos grises de Aeron se suavizaron apenas. Volvió a sostenerla.

Su cuerpo seguía confiando en él. Aquello era lo peor.

Entonces Thaelorian comenzó a aplaudir.

Una vez. Dos. Tres.

El público fue apagándose.

Agatha esperaba furia. Encontró una sonrisa.

—Extraordinario —dijo Thaelorian.

Se volvió hacia los Fae.

—Durante demasiado tiempo nuestro pueblo ha estado dividido. Muchos de vosotros fuisteis expulsados de hogares que os pertenecían. Por mí.

El silencio se endureció.

—Creí que podía proteger nuestro mundo decidiendo quién tenía derecho a permanecer en él. Me equivoqué.

Agatha no oyó arrepentimiento suficiente. Oyó estrategia.

—Mientras nosotros pagábamos por aquellos errores, mi hija tomó nuestra capital. Nuestros hogares. Nuestros recursos. Nuestro reino. Y ahora algo peor se acerca. Separados no sobreviviremos.

Ahí estaba. No quería únicamente su perdón. Quería su confianza. Su fuerza. Su ejército.

Thaelorian miró a Agatha.

—Quizá ella sea nuestra salvación. O quizá aquello que termine de destruirnos. Demuéstrales que estoy equivocado.

Agatha reconoció la trampa.

—No.

—¿No?

—No voy a prometerles que puedo protegerlos. Ni siquiera los conozco. Y ellos tampoco me conocen a mí. Así que no voy a pedirles que confíen en mí porque sobreviví a una criatura.

Se limpió la sangre de la boca con el dorso de la mano.

—Eso parece más propio de un rey.

Rae bajó la cabeza para ocultar una sonrisa. Oriana ni lo intentó.

Thaelorian la estudió y sonrió.

—Entonces tendrán tiempo para conoceros. Desde esta noche dejaréis las celdas. Seréis alojados en la fortaleza, bajo vigilancia.

—Ahí está —murmuró Rae.

Algunas risas regresaron.

Agatha comprendió lo peligroso que era Thaelorian. Sabía adaptarse incluso al fracaso.

· · ·

Horas después descubrieron que huéspedes era una palabra generosa. Había camas, agua caliente, comida y ventanas. También guardias en cada puerta y runas en cada salida.

Rae se dejó caer en un sillón, con el cabello todavía húmedo después de intentar quitarse los restos del Vharzhaen.

—Si mañana aparece otra cosa viscosa, me niego.

—Pensaba que eras el héroe del día —dijo Astrid.

—Los héroes también tienen límites.

Oriana entró con pan.

—Encontré comida.

Rae abrió ambos ojos.

—Cásate conmigo.

—Prefiero el monstruo.

Astrid rió.

Agatha los observó desde la ventana. Durante un momento parecían normales. Eso la asustó porque nada de aquello lo era.

Aeron apareció junto a ella. No invadió su espacio. Dejó que fuera Agatha quien redujera la distancia.

—Thaelorian quería que perdiéramos —dijo ella.

—Sí.

—Pero también necesitaba que todos lo vieran.

—Sí.

Agatha miró las montañas.

—No somos los únicos a prueba.

Aeron la observó.

—Él también lo está.

· · ·

Aquella noche Rae no consiguió dormir. Tenía sed. Una sed absurda. Bebió agua. Nada. Otra vez. Nada.

Al regresar, algo brilló bajo la piedra del corredor.

Una runa. Rae se detuvo. La runa se apagó.

Acercó la mano.

Volvió a encenderse.

Retiró los dedos.

Oscuridad.

Los acercó.

Luz.

Rae dejó de respirar. No sentía magia. Nunca la había sentido.

Desde la habitación, Astrid se movió entre las mantas.

Rae cerró el puño. La runa se apagó.

Regresó silenciosamente a su cama y no despertó a nadie.

Pero mucho después de que la fortaleza quedara en silencio, continuó mirando sus propias manos.

Y detrás del muro, una segunda runa se encendió.