LA MÉDIUM II Capítulo XIX — La hermana
78%

Capítulo XIX — La hermana

Capítulo XIX

La hermana

Lo primero que Agatha sintió fue frío.

Piedra contra la mejilla.

Después llegó el dolor.

Intentó moverse y algo metálico respondió con un tirón seco.

Abrió los ojos.

Una luz azulada descendía desde algún punto del techo y atravesaba un corredor de piedra húmeda. Había barrotes frente a ella. Más allá, otras celdas. El agua goteaba con una regularidad insoportable y el aire olía a óxido, musgo y ropa mojada.

Agatha respiró.

Mayara. Astrid. Aeron. El Rey Fae.

Todo regresó.

—Agatha.

El corazón se le detuvo.

Conocía aquella voz.

Agatha levantó lentamente la cabeza.

En la celda contigua había una mujer arrodillada.

Cabello dorado, largo y deshecho sobre los hombros. Rostro sucio. Una herida seca junto a la ceja. La camisa de viaje estaba rasgada en un hombro y los pantalones oscuros cubiertos de barro hasta las rodillas.

Astrid.

Su hermana.

Astrid no corrió hacia ella. No esta vez. La última vez había atravesado una plaza creyendo que recuperaba a su hermana y Agatha la había apartado como si fuera una desconocida. Ahora simplemente la observaba. Con miedo de equivocarse de nuevo.

—Astrid.

Los labios de su hermana se separaron.

—¿Qué has dicho?

Agatha ya estaba llorando.

—Astrid. Soy yo.

Astrid negó.

—No puedo hacerlo otra vez.

Agatha se acercó hasta donde las cadenas se lo permitieron.

—¿Te acuerdas de cuando rompiste el jarrón de madre? Yo dije que había sido yo. Me castigaron tres días. Y tú entraste por la ventana la segunda noche porque pensabas que iba a morir de hambre. Llevabas medio pan debajo del vestido.

Los labios de Astrid comenzaron a temblar.

—Y estaba lleno de tierra porque me había caído intentando subir.

Agatha soltó una risa entre sollozos.

—Me lo comí igual.

Astrid llegó a los barrotes.

—Agatha…

Las dos extendieron las manos.

Sus dedos se encontraron entre el metal.

Y Astrid se derrumbó.

—¡Agatha!

—Estoy aquí.

—Pensé que te había perdido.

—Yo también.

Permanecieron con la frente apoyada contra los barrotes.

—Recuerdo todo —susurró Agatha.

Astrid dejó caer los párpados.

—¿Todo?

—Todo.

La alegría desapareció parcialmente de su rostro.

—Aeron.

Agatha siguió su mirada.

A pocos metros, en otra celda, Aeron estaba sentado contra la pared. Tenía las manos encadenadas, sangre seca junto a la boca y una herida atravesándole la frente.

La estaba mirando.

Agatha sostuvo su mirada.

Regresaron el río, la cama, sus risas.

Después regresó la traición.

Aeron no pidió perdón.

No pronunció su nombre.

Porque se lo había prometido.

Cuando llegara el momento, la dejaría odiarlo.

Agatha volvió hacia Astrid.

—No puedo hablar de él.

—No tienes que hacerlo.

Agatha apretó los dedos de su hermana.

—Mayara.

Astrid se quedó inmóvil.

—¿Qué?

—La vi. Estuve con ella. Me estaba esperando.

Astrid palideció.

Antes de que pudieran continuar, una voz llegó desde las celdas de enfrente.

Era Rae, con la chaqueta verde rasgada y los pequeños rizos castaños pegados a la frente.

Junto a él estaban Snow y Oriana. Snow conservaba el abrigo negro cubierto de polvo y la trenza baja casi deshecha; Oriana llevaba el corto cabello cobrizo convertido en una masa de ondas revueltas y las vendas oscuras aflojadas sobre los antebrazos.

Los hombres de Thaelorian los habían detenido al entrar en su territorio, junto con Astrid.

Rae miró a Agatha, luego a Astrid y otra vez a Agatha.

—Así que vuelves a ser Agatha.

—Parece que sí.

—La Fae misteriosa de mi celda.

Rae soltó una carcajada incrédula.

—Aeron manda ejecutarme, una Fae desconocida aparece a interrogarme, después esa misma Fae destruye una guillotina junto a una princesa muerta que resulta no estar muerta… y resulta que la Fae es la hermana de la princesa. ¿Me falta algo?

Agatha pensó en Mayara, Eleonora y todo lo que acababa de recuperar.

—Bastante.

Rae sonrió.

—Naturalmente.

Oriana le dio un pequeño golpe en el brazo.

—¿Puedes permanecer callado cinco minutos?

—Me iban a cortar la cabeza hace unos días. He decidido aprovechar mucho más mis conversaciones.

Agatha dejó escapar una risa. Pequeña. Involuntaria.

Astrid la miró y sonrió entre lágrimas.

Entonces llegó el sonido de metal contra piedra.

Pasos. Muchos.

Aeron fue el primero en ponerse de pie.

Guardias Fae aparecieron al fondo del corredor y se colocaron a ambos lados.

Después entró el hombre de la casa.

El rey Fae.

Era alto y delgado, de hombros rectos y facciones afiladas.

El cabello oscuro, atravesado por algunas hebras grises, estaba recogido en la nuca y dejaba visibles las orejas puntiagudas.

No llevaba corona. Vestía un abrigo verde tan oscuro que parecía negro, cerrado hasta el cuello por una pieza de plata sin emblema; las mangas, bordadas con hilos del mismo tono, solo revelaban su dibujo cuando la luz azul las alcanzaba.

No la necesitaba.

Caminaba despacio, como si ninguno de los prisioneros representara peligro suficiente para merecer precaución.

Su magia era pesada. Opresiva.

Se detuvo primero ante Rae.

—Traidor.

Rae sonrió.

—Majestad.

Continuó.

Su mirada pasó por Snow y Oriana.

Después Astrid.

—La princesa que se negó a permanecer muerta.

Astrid no apartó la mirada.

—Y tú debes ser el rey que necesita encerrar mujeres para sentirse poderoso.

Rae murmuró:

—Me cae mejor cada día.

El rey no reaccionó.

—Comprendo por qué mi hija encontró vuestra familia tan entretenida.

Agatha sintió que algo se encendía dentro de ella.

Eleonora.

El rey continuó hasta su celda.

Se detuvo.

—Agatha.

Ella sintió un escalofrío.

—Veo que tú sí sabes quién soy.

Algo parecido a una sonrisa apareció en el rostro del hombre.

—Naturalmente.

—Entonces estamos en desventaja.

El rey la observó unos segundos, como si la idea de tener que presentarse le resultara casi ofensiva.

—Thaelorian Valtheris.

Agatha sintió que Astrid se tensaba a su lado.

Valtheris. Eleonora.

Agatha sostuvo su mirada.

—Su padre.

—Su rey —corrigió él.

Agatha inclinó ligeramente la cabeza.

—No el mío.

Uno de los guardias dio un paso hacia ella.

Thaelorian levantó apenas dos dedos.

El guardia se detuvo.

—Así que recuerdas —dijo el rey.

—Lo suficiente.

—Eso habrá sido desagradable.

—He tenido mañanas mejores.

Algo parecido a interés apareció en los ojos de Thaelorian.

—También tienes su insolencia.

—¿De Eleonora?

La expresión del rey se endureció apenas.

—No compares vuestra sangre.

Agatha guardó aquella reacción.

Thaelorian se acercó a los barrotes.

—Mi hija cometió muchos errores. Tú eres el más peligroso.

—Qué decepción. Y yo esperando formar parte de la familia.

Rae soltó una risa.

Thaelorian ni pestañeó.

—No eres la Médium de la profecía.

Agatha dejó de sonreír.

Aeron avanzó hasta sus barrotes.

—Cuidado con las palabras que eliges después.

Thaelorian giró lentamente la cabeza.

—Sigues confundiendo devoción con poder.

Aeron guardó silencio.

El rey volvió hacia Agatha.

—Tienes su poder. Eso no está en discusión.

—Entonces, ¿qué estás diciendo?

—Que mi hija quiso fabricar un destino.

—Yo no pertenezco a Eleonora.

—En eso estamos de acuerdo. Mi hija cree que puede controlarte. Yo creo que debió matarte antes de que despertaras.

Aeron agarró los barrotes.

La piedra bajo sus pies crujió.

Thaelorian lo observó.

—Ahí está.

—¿Qué? —preguntó Agatha.

—La primera evidencia.

Agatha sintió frío.

—¿Evidencia de qué?

Thaelorian miró a Astrid, a Rae, a Snow, a Oriana y finalmente a Aeron.

—De lo que ocurre alrededor de ti. Todos dispuestos a destruir algo por mantenerte viva.

La intención de Thaelorian quedó clara. Thaelorian no había venido a averiguar quién era. Ya había decidido.

—Mi hija creó una anomalía y la llamó destino. Yo voy a demostrar qué ocurre cuando esa anomalía es sometida a presión.

—¿Qué vas a hacer?

—Nada que tú misma no provoques.

Agatha comprendió qué clase de hombre tenía delante.

No quería descubrir si perdería el control. Quería asegurarse de que lo hiciera.

Thaelorian dio media vuelta.

—Descansad.

Rae soltó una carcajada.

—Qué considerado.

El rey se detuvo.

—Mañana comienza el juicio.

—¿Juicio? —preguntó Agatha.

Thaelorian volvió apenas el rostro.

—No voy a ejecutarte porque diga que eres peligrosa, Agatha.

Sus ojos descendieron un instante hacia las manos unidas de las hermanas.

Después miraron a Aeron.

Ya los estaba estudiando. Midiendo. Aprendiendo.

—Voy a conseguir que se lo demuestres a todos.

Se marchó.

Los guardias lo siguieron.

Durante varios segundos nadie habló.

Agatha sintió la mano de Astrid.

La apretó.

—No va a tocarte.

—Agatha…

—No voy a volver a perderte.

Desde la otra celda Aeron habló.

—Eso es exactamente lo que quiere que pienses.

Agatha giró hacia él.

Dolor. Rabia. Amor. Todo seguía allí.

—No te he pedido consejo.

Aeron recibió las palabras sin moverse.

—Lo sé.

No intentó decidir por ella. No se acercó. Respetó la distancia que Agatha había exigido.

Rae miró primero a uno y después a la otra.

—Esto va a ser una estancia larguísima.

—Rae —dijeron Snow y Oriana al mismo tiempo.

Entonces, desde algún lugar por encima de las celdas, llegó un sonido.

Metal arrastrándose.

Después un rugido de voces lejanas.

Todos levantaron la cabeza.

Snow se acercó a los barrotes.

—¿Qué es este lugar?

Aeron respondió.

Su expresión se había vuelto sombría.

—Una arena.

Agatha miró hacia arriba.

No habría jueces. Thaelorian Valtheris quería público.

Iba a celebrarse ante espectadores.