LA MÉDIUM II Capítulo XVIII — Mayara
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Capítulo XVIII — Mayara

Capítulo XVIII

Mayara

La mañana comenzó como todas las anteriores. Y quizá por eso Agatha nunca sospechó que sería la última.

Aeron estaba fuera. Había salido temprano y, esta vez, había cumplido su promesa de avisarle.

Agatha permaneció unos minutos más en la cama, envuelta entre las sábanas, escuchando los sonidos de aquella casa que empezaba a resultarle demasiado familiar.

La luz atravesaba unas cortinas descoloridas y el aire conservaba olor a madera vieja, humo apagado y las hierbas que Mayara guardaba colgadas sobre la cocina.

El crujido de la madera. Los pájaros afuera. El río, apenas perceptible a lo lejos.

Sonrió.

No quería levantarse.

Podía quedarse allí. Solo un poco más.

Cerró los ojos.

Y entonces escuchó:

Toc.

Los abrió.

Silencio.

Agatha miró hacia la puerta.

—No.

Se dejó caer nuevamente sobre la almohada.

Toc.

Agatha apretó los dientes.

—Hoy no, Maya.

El silencio que siguió fue absoluto.

Agatha abrió los ojos.

Su cuerpo entero se quedó inmóvil.

¿Qué había dicho?

Se incorporó.

—Mayara.

No. Había dicho Maya.

Agatha salió de la cama y siguió aquel sonido hasta un pequeño mueble contra la pared. Dentro encontró una caja de madera oscura, sin adornos ni cerradura.

No sabía qué era. Nunca la había visto. Pero sus manos temblaban. Podía esperar a Aeron. Debía esperar a Aeron. Giró. Dio dos pasos. Se detuvo.

Volvió.

Sacó la caja y la dejó sobre la mesa.

—Esto es una pésima idea.

Levantó la tapa.

Dentro había muy pocas cosas. Una cinta. Un pequeño trozo de tela. Una piedra lisa. Y algo envuelto cuidadosamente.

Apartó la cinta. Tocó la piedra. Nada.

Después llevó los dedos hacia el objeto envuelto.

Todo su cuerpo gritaba que no lo hiciera.

Pero no era miedo. Era reconocimiento.

—Mayara…

Desenvolvió la tela.

Y lo tocó.

El mundo se partió.

La casa desapareció. El suelo desapareció. Su cuerpo desapareció.

Y entonces—

Mayara.

No un nombre.

Mayara.

Su rostro. El cabello oscuro y ondulado, recogido sin demasiado cuidado. La piel olivácea. Los ojos grises, más cálidos que los de Aeron. Las orejas puntiagudas. Su sonrisa. Su voz.

Todo.

Una imagen golpeó primero. Después otra. Y otra.

Mayara riendo, con las mangas recogidas y una ramita de hierbas enganchada en el cinturón. Mayara enfadada. Mayara tomándole las manos. Mayara junto a Aeron. Mayara mirándola como si supiera algo que Agatha todavía no podía comprender.

Después llegaron los demás.

Astrid.

Su hermana.

Su hermana.

Agatha gritó.

El abrazo frente a la guillotina regresó con una violencia insoportable.

Pero ahora sabía.

Sabía quién la había abrazado.

—¡Astrid!

Cayó de rodillas.

Los recuerdos continuaron.

Ian.

Su corazón se desgarró.

Aeron.

La guerra.

Sangre.

Muerte.

Traición.

Su propio nombre.

Agatha.

—¡Basta!

Los recuerdos no obedecieron.

Todo aquello que su mente había encerrado regresaba al mismo tiempo.

Entonces unos brazos la rodearon.

Agatha luchó.

—¡Suéltame!

—Agatha.

Se quedó inmóvil.

Aquella voz.

Muy despacio levantó la cabeza.

Y la vio.

Mayara.

No como un recuerdo. No como una silueta. Ella. Mayara estaba llorando. Y sonriendo.

—Hola.

Agatha no pudo hablar.

—Siempre tardas demasiado en llegar.

La boca de Agatha tembló.

—Mayara…

Se lanzó contra ella.

La abrazó con desesperación.

—Mayara. Mayara.

Como si repetir su nombre pudiera impedir que volviera a perderla.

—Estoy aquí.

—No recordaba.

—Lo sé.

—No te recordaba.

Mayara cerró los ojos.

—Pero yo sí te recordaba a ti.

Agatha se quebró.

Y durante un tiempo que no pertenecía al mundo de los vivos, Mayara simplemente dejó que llorara.

No habló de Eleonora. No habló de la Médium. No habló de Astrid.

Primero la abrazó.

Después llegaron los recuerdos.

Astrid. Su infancia. Su amor. La plaza. La forma en que Agatha la había apartado sin reconocerla.

—Era ella —sollozó Agatha—. Era mi hermana.

—No sabías quién era.

—La aparté.

—Y podrás decírselo.

Mayara la sostuvo mientras su vida regresaba.

Hasta que llegó Aeron.

Agatha recordó.

Todo.

Su dolor se transformó en rabia.

—Él sabía.

—Sí.

—Todo este tiempo.

—Sí.

—Me dejó decirle que lo amaba mientras sabía lo que había hecho.

La magia alrededor de Agatha reaccionó.

—¡Lo odio!

Mayara no intentó corregirla.

—Entonces ódialo.

Agatha la miró.

—Si eso es lo que necesitas sentir ahora, ódialo. Pero no voy a decirte qué debes sentir.

Agatha cayó de rodillas.

—Lo amo.

—Lo sé.

—¿Cómo puedo amarlo?

—Eso tampoco puedo responderlo por ti.

—No sé quién soy.

Mayara tomó su rostro.

—Eso sí puedo responderlo. Eres Agatha.

—Saekir…

—También.

Agatha abrió los ojos.

—¿Quién te dijo que tenías que elegir? Saekir no apareció porque Agatha desapareció. Salió de ti. Tu rabia. Tu instinto. Tu manera de sobrevivir. Saekir eres tú.

Agatha comprendió que no tenía que matar a una de aquellas mujeres para recuperar a la otra.

Entonces Mayara le mostró aquello que había escondido antes de morir.

Eleonora había construido demasiado alrededor de una verdad que creía comprender. Había querido forzar el despertar de Agatha mediante el dolor, la guerra, la pérdida y la manipulación.

—Creía que el sufrimiento era la única forma de abrirte —dijo Mayara.

—¿Y tú?

Mayara miró hacia un recuerdo de Astrid.

—Yo decidí cambiar las piezas sin decírselo.

Su magia se dirigió hacia Astrid.

—¿Qué le diste?

—Una parte de mí. Mi poder.

Agatha palideció.

—Astrid ya poseía un poder latente, aunque lo ignoraba. Algunos sospechaban que podía haberlo heredado de Eleonora, pero no había certeza. Yo no lo sustituí. Lo incubé dentro de ella. Lo oculté junto al poder que ya tenía.

—¿Por qué?

Mayara no apartó la mirada.

—Porque tú eres la Médium.

Después señaló a Astrid.

—Y ella es el Ancla.

Agatha apenas respiraba.

—Astrid no es la fuente de tu poder. Nunca lo fue.

—Soy yo.

—Siempre fuiste tú.

Agatha miró a su hermana.

—¿Y ella?

—Ella es lo que puede mantenerte aquí cuando aquello que llevas dentro intente arrastrarte demasiado lejos. Pero antes que cualquier profecía, Agatha, es tu hermana.

Agatha lloró.

—Quiero verla.

—La verás.

—Necesito verla.

—Entonces no desperdicies tiempo cuando llegue el momento.

Mayara le hizo comprender que Eleonora aún ignoraba lo que ella había hecho.

Y después el tiempo comenzó a terminarse.

—No puedes volver a irte.

Mayara sostuvo su rostro.

—Tienes que volver.

—¿A qué?

—A vivir.

Agatha negó entre lágrimas.

—Quédate conmigo.

—No puedo.

—Entonces llévame contigo.

La expresión de Mayara se quebró.

—Nunca vuelvas a pedirme eso.

La abrazó.

—Vive. Ama. Equivócate. Enfádate. Perdona si quieres. No perdones si no puedes. Pero vive, Agatha. Y encuentra a tu hermana.

La luz comenzó a rodearlas.

—Mayara…

—Esta vez sí vas a recordarme.

—Siempre.

Mayara apoyó una última vez la frente contra la suya.

—Entonces ya no tengo que esperar.

Y desapareció.

—¡MAYARA!

Agatha regresó al mundo con un grito.

Estaba en el suelo. La caja abierta. El objeto todavía entre sus dedos.

Y recordaba.

Todo.

Entonces escuchó pasos.

—Saekir.

Aeron apareció en la puerta.

Vio la caja. Vio el objeto. Vio la forma en que Agatha lo miraba.

—Agatha…

Ella se puso de pie lentamente.

—Déjame explicarte.

Agatha retrocedió.

—No me toques.

Aeron se detuvo y esperó. El gesto era pequeño; para él, no lo era.

Ella abrió la boca.

—Tú…

No tuvo tiempo.

Un sonido profundo atravesó el bosque.

La magia del lugar se contrajo.

Aeron desenvainó su espada.

Figuras Fae rodearon la casa.

Entre ellas avanzó un hombre cuya autoridad no necesitaba corona.

Aeron palideció.

—Mi rey.

La mirada del hombre pasó de Aeron a Agatha.

—Así que esta es la Médium.

Agatha todavía tenía las lágrimas de Mayara sobre el rostro. Todavía no había podido increpar a Aeron. Todavía no había podido encontrar a Astrid.

El rey Fae levantó una mano.

—Arrestadlos.

Y la falsa luna de miel terminó.