LA MÉDIUM II Capítulo XVII — El camino de regreso #2
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Capítulo XVII — El camino de regreso #2

—Yo no era tan pequeño.

—Eso no mejora tu defensa.

Aeron sonrió.

Después algo cambió en su mirada.

—Era buena.

Agatha dejó de bromear.

—De una forma que yo nunca conseguí ser.

—No hagas eso.

Aeron la miró.

—¿Qué?

—Convertir a los muertos en santos y a los vivos en monstruos.

Él permaneció inmóvil.

Agatha tampoco sabía exactamente de dónde había salido aquello.

—No puedes competir con alguien que ya no está —continuó—. Siempre vas a perder.

Aeron la observó durante demasiado tiempo.

—¿Qué?

—Ella decía algo parecido.

El estómago de Agatha se contrajo.

—¿Mayara?

Aeron asintió.

Silencio.

Agatha intentó buscar.

Una voz. Un rostro. Cualquier cosa. Nada.

La presión creció detrás de sus ojos.

Se detuvo.

No quería volver a aquello.

No esa mañana.

Aeron la observaba.

—Estoy bien.

—No he dicho nada.

—Pero ibas a hacerlo.

—Probablemente.

—Pues no.

Agatha tomó el pan carbonizado.

Le dio un mordisco.

El sabor le confirmó que había sido un error.

Aeron comenzó a reír.

—Cállate.

—No he dicho nada.

Agatha escupió discretamente el trozo en el plato.

—Necesitamos comida.

—Tenemos comida.

—Necesitamos comida que no pueda utilizarse para construir una fortificación.

Aeron se levantó.

—Ven.

—¿Adónde?

—Dijiste que querías bañarte.

Agatha lo miró.

Después miró el pan.

—¿El agua es segura?

—Sí.

—¿Estás seguro?

—Agatha.

—Pregunto porque tu definición de desayuno acaba de generar ciertas dudas sobre tus capacidades de supervivencia.

Aeron salió riendo.

Agatha lo siguió.

El bosque comenzaba prácticamente detrás de la casa.

Agatha esperaba un camino.

No había ninguno.

—¿Por aquí?

—Sí.

—No hay sendero.

—Lo había.

—¿Cuándo?

Aeron apartó una rama baja.

—Hace bastante.

—¿Cuánto es bastante?

Él continuó caminando.

—Aeron.

—Unos siglos.

Agatha se detuvo.

—¿Siglos?

Aeron giró.

Ella señaló la casa.

—¿Esa cosa lleva aquí siglos?

—Partes.

Agatha volvió a mirarla.

Había algo extraño en pensar que aquella casa había permanecido allí mientras generaciones enteras nacían y morían.

Esperándolo.

—¿Por qué no volviste?

La pregunta salió antes de que pudiera detenerla.

Aeron perdió la sonrisa.

—Volví.

—¿Cuándo?

—Muchas veces.

Agatha esperó.

—Pero nunca entraba.

Eso hizo que bajara la voz.

—¿Por Mayara?

Aeron asintió.

Continuaron caminando.

Esta vez Agatha no preguntó nada.

Primero escuchó el agua.

Un murmullo constante se filtraba entre los árboles, mezclado con el roce de las hojas y el golpe más grave de una caída de agua. Suave, pero lo bastante cercano para hacerla acelerar el paso.

—¿Es ahí?

Aeron apartó una rama.

—Míralo tú misma.

Agatha avanzó.

Y se detuvo.

El bosque se abría alrededor del río. Una extensión de hierba intensamente verde, mullida por la humedad y salpicada de luz, descendía hasta encontrarse con el agua.

Árboles altos y antiguos se alzaban a ambos lados; sus copas se entrelazaban sobre el cauce como una bóveda viva.

Algunas ramas se inclinaban sobre la corriente y las raíces gruesas emergían de la tierra húmeda antes de desaparecer entre piedras cubiertas de musgo.

El agua era clara. Tan clara que Agatha distinguía las piedras oscuras del fondo y las sombras rápidas de pequeños peces atravesando la corriente.

En algunos lugares apenas le alcanzaría las rodillas. En otros, el cauce se hundía entre los troncos formando pozas naturales de un verde profundo, tranquilas bajo la sombra.

Más adelante, el río se extendía sobre una repisa baja de piedra, ancha e irregular. El agua se derramaba por ella en una pequeña cortina blanca, espumosa bajo el sol, antes de reunirse de nuevo en una corriente tranquila.

Agatha avanzó lentamente.

Había algo casi irreal en aquel lugar.

No porque fuera grandioso. Precisamente porque no lo era.

No había torres. No había palacios. No había estatuas de antiguos reyes ni símbolos de poder.

Hierba. Piedra. Árboles. Agua. Y una tranquilidad tan absoluta que resultaba difícil imaginar que en algún lugar, más allá de aquel bosque, continuara existiendo una guerra.

—Creciste aquí —murmuró.

Aeron permaneció detrás de ella.

—Cerca.

Agatha miró nuevamente el río.

Intentó imaginarlo pequeño.

Corriendo por aquella hierba. Subiendo a los árboles. Discutiendo con Mayara.

La imagen resultaba tan incompatible con el hombre que conocía que una sonrisa apareció en sus labios.

—No consigo imaginarte aquí.

—¿Por qué?

Agatha se volvió.

—Porque probablemente naciste enfadado y con una espada en la mano.

Aeron arqueó una ceja.

—Era un niño encantador.

—No te creo.

—Mayara tampoco.

Agatha rió.

Después volvió hacia el agua.

El sol atravesaba las hojas y se rompía sobre la superficie en pequeños destellos dorados.

Olía a hierba tibia, corteza húmeda y agua limpia.

El rumor de la pequeña cascada parecía envolver las orillas.

Había algo acogedor en aquel lugar. Íntimo.

Como si el bosque lo hubiera escondido deliberadamente del resto del mundo.

Agatha descendió por la hierba.

Y entonces ocurrió.

No pensó hacia dónde iba. Simplemente caminó. Pasó junto a un árbol inclinado. Rodeó dos piedras grandes. Evitó una raíz que atravesaba el suelo.

Cuando llegó a la orilla, señaló hacia su derecha.

—Por allí.

La respuesta de Aeron fue el silencio.

Agatha comenzó a quitarse las botas.

—¿Qué?

Silencio.

Levantó la mirada.

Aeron estaba observándola.

—¿Qué pasa?

—¿Por qué quieres ir por allí?

Agatha miró hacia donde había señalado.

Un conjunto de piedras dividía la corriente. Más allá, los árboles ocultaban parcialmente otra zona del río.

Se encogió de hombros.

—Porque ahí será más profundo.

Aeron dejó de moverse.

Agatha lo notó.

—¿Qué?

—Lo es.

La sonrisa desapareció de su rostro.

Miró nuevamente hacia el agua.

—Bueno. Se nota.

—Desde aquí no.

Agatha sintió un pequeño escalofrío.

Aeron bajó hacia ella.

—Hay una poza detrás de esas piedras.

Agatha permaneció inmóvil. El lugar le exigía reconocer una intimidad que su memoria no podía devolverle.

—¿He estado aquí?

Aeron tardó en responder.

Y eso fue respuesta suficiente.

Agatha volvió la mirada hacia el río.

No apareció ninguna imagen. Ningún recuerdo. Nada.

Sin embargo, sus pies volvieron a moverse.

Entró en el agua.

Fría. Limpia. La corriente le rodeó los tobillos.

Agatha avanzó hacia las piedras sin pensar dónde pisaba.

Primero sobre una plana.

Después otra.

Cuando estaba a punto de apoyar el pie sobre la siguiente, se detuvo.

—Esa no.

Aeron estaba detrás de ella.

—¿Por qué?

Agatha miró la piedra.

Musgo verde cubría uno de sus lados.

—Resbala.

Silencio.

Agatha levantó lentamente la cabeza.

La expresión de Aeron hizo que el corazón comenzara a latirle más rápido.

—¿También sabía eso?

Él asintió.

Agatha retiró el pie.

Durante unos segundos solo escuchó el agua corriendo entre ambos.

Su cabeza no recordaba aquel lugar. Pero sus piernas sabían por dónde caminar. Sus ojos sabían dónde mirar. Su cuerpo sabía dónde el río se hacía profundo.

Agatha cerró los ojos.

No.

No iba a buscar.

No hoy.

—Saekir.

La voz de Aeron fue suave.

Agatha abrió los ojos.

—No.

Él no avanzó.

—Está bien.

—No quiero intentar recordar.

—Entonces no lo hagas.

Agatha lo observó, esperando alguna insistencia.

No llegó.

Aeron simplemente comenzó a quitarse las botas.

—¿Qué haces?

—Bañarme.

Agatha parpadeó.

—¿Eso es todo?

—Me has dicho que no quieres recordar.

Dejó una bota sobre la hierba.

—No voy a obligarte.

Agatha permaneció mirándolo.

Después volvió hacia el río.

La corriente seguía exactamente igual. Hermosa. Tranquila. Indiferente a quién había sido ella.

Contra toda lógica, la tensión en sus hombros cedió un poco.

—Entonces enséñame la poza —dijo.

Aeron levantó la mirada.

Agatha señaló las piedras.

—Pero como intentes ahogarme, voy a utilizar tu cadáver para comprobar qué parte es realmente profunda.

La sonrisa de Aeron regresó.

—Ahí está la mujer de la que me enamoré.

Agatha sintió algo cálido en el pecho.

—Saekir.

Aeron sostuvo su mirada.

—Saekir —corrigió.

Y esta vez fue ella quien sonrió.

Luego avanzó hacia el agua sin saber que no estaba descubriendo aquel río.

Estaba regresando a él.