LA MÉDIUM II Capítulo XVII — El camino de regreso
74%

Capítulo XVII — El camino de regreso

Capítulo XVII

El camino de regreso

La luz entró antes que la conciencia.

Agatha frunció el ceño y escondió el rostro contra algo cálido, molesta por aquel resplandor que insistía en atravesarle los párpados.

No quería despertar.

Durante unos segundos ni siquiera recordó dónde estaba.

Solo sabía que estaba cómoda.

Extrañamente cómoda.

Había un brazo pesado rodeándole la cintura. Una respiración lenta contra su cabello. El calor de un cuerpo pegado a su espalda y unas piernas enredadas con las suyas bajo unas sábanas que picaban más de lo que cualquier sábana tenía derecho a picar.

Agatha abrió un ojo.

Madera.

Una pared vieja.

Una grieta en el techo.

Cerró el ojo otra vez.

Entonces recordó la noche anterior.

Lo abrió de golpe.

Aeron.

Permaneció completamente quieta.

El brazo alrededor de su cintura pertenecía a Aeron.

Y la mano de Aeron descansaba peligrosamente cerca de uno de sus pechos.

Agatha bajó la mirada.

Luego miró por encima del hombro.

Dormía.

Aquello por sí solo era desconcertante.

Había visto a Aeron descansar antes, pero incluso entonces parecía preparado para levantarse y degollar a alguien. Siempre había algo tenso en él. Una vigilancia permanente. Como si incluso dormido continuara librando alguna guerra que nadie más podía ver.

Ahora no.

Tenía el cabello negro, corto y ondulado, completamente desordenado sobre la frente.

Agatha parpadeó.

Eso sí era extraordinario.

Una sonrisa comenzó a aparecer en sus labios.

Con mucho cuidado se giró dentro de sus brazos.

Aeron no despertó.

Agatha aprovechó para observarlo.

Sin la ropa.

Sin las armas.

Sin aquella expresión insoportable de hombre que parecía saber algo que los demás ignoraban.

Parecía…

Normal.

No.

Normal tampoco.

Seguía siendo irritantemente hermoso.

Agatha levantó una mano y apartó un mechón de su frente.

Aeron frunció ligeramente el ceño.

Ella contuvo la risa.

Volvió a hacerlo.

Nada.

Otro mechón.

—Como vuelvas a tocarme el cabello voy a morderte.

Agatha retiró la mano.

—Estabas despierto.

—Desde que abriste el primer ojo.

—Mentiroso.

Aeron abrió los suyos.

—Me estabas observando.

—Estaba intentando determinar si habías muerto.

—¿Desnudo?

Agatha bajó la mirada hacia él.

Después volvió a sus ojos.

—Una muerte indigna, pero posible.

La boca de Aeron se curvó.

—Buenos días.

Dos palabras completamente normales.

Las palabras le apretaron algo en el pecho antes de que pudiera decidir qué significaban.

Quizá porque jamás las había escuchado de aquella manera.

Sin urgencia.

Sin una batalla esperando.

Sin una conversación a medias.

Solo:

Buenos días.

—Buenos días —respondió.

Aeron la miró brevemente.

Agatha comenzó a sentirse incómoda.

—¿Qué?

—Nada.

—Estás haciendo esa cosa.

—¿Qué cosa?

—Mirarme y pensar algo que no dices.

—Pensaba que eres preciosa cuando despiertas.

Agatha dejó caer los párpados.

—Eso ha sido terrible.

—¿El qué?

—Demasiado fácil.

—¿Preferías que mintiera?

—Prefería algo menos obvio.

Aeron fingió pensarlo.

—Babeas un poco.

Agatha abrió la boca.

—¡No babeo!

Él rió.

Agatha le golpeó el pecho.

—Eres un imbécil.

—Eso parece más familiar.

Intentó apartarse.

Aeron cerró el brazo alrededor de su cintura.

—¿Adónde vas?

—Lejos de ti.

—Acabas de despertar.

—Y ya he tenido suficiente.

—Mentira.

Agatha volvió la cabeza.

—¿Perdón?

Aeron la acercó.

—Si realmente quisieras irte, ya te habrías ido.

La sonrisa desapareció lentamente del rostro de Agatha.

Porque tenía razón.

Y aquello era mucho más difícil de bromear.

Aeron también dejó de sonreír.

Por un instante regresó todo.

La mujer rubia.

Rae.

Las mentiras.

La casa.

Mayara.

Todo aquello que todavía esperaba fuera de esa habitación.

Agatha bajó la mirada.

—Sigo enfadada contigo.

—Lo sé.

Ella levantó un dedo.

—Cuidado.

Aeron recordó la amenaza de la noche anterior.

—Perdón.

Agatha intentó mantener la expresión seria.

No pudo.

Sonrió.

Aeron también.

Y eso fue suficiente.

Por ahora.

Agatha apoyó otra vez la cabeza sobre su pecho.

Escuchó su corazón.

Uno.

Dos.

Tres latidos.

Aeron comenzó a acariciarle lentamente la espalda.

—¿Qué vamos a hacer hoy? —preguntó ella.

Aeron tardó en responder.

—¿Hoy?

—Sí. Esa cosa que ocurre después de ayer y antes de mañana.

—Conozco el concepto.

—No parece.

Agatha levantó la cabeza.

—Siempre estás planeando guerras, huidas, ataques, revoluciones…

—No siempre.

—Aeron.

—Casi siempre.

—Exacto.

Se incorporó un poco.

—Así que hoy quiero hacer algo completamente inútil.

Él arqueó una ceja.

—¿Inútil?

—Absolutamente.

—Eso suena peligroso.

—Quiero desayunar.

—Revolucionario.

—Quiero bañarme.

—Ambicioso.

—Y después quiero que me enseñes dónde creciste.

Aeron dejó de bromear.

Agatha lo vio.

—No tienes que hacerlo.

Él miró hacia el techo.

Durante unos segundos pareció considerar alguna excusa.

Agatha esperó.

Pero Aeron ya había decidido algo la noche anterior.

No huir.

—Está bien.

—¿Está bien?

—Te enseñaré.

Agatha sonrió.

—¿Todo?

Aeron la miró.

—No abuses.

—Definitivamente todo.

—Agatha.

—Aeron.

Él suspiró.

—Empiezo a arrepentirme de haberte traído.

—Demasiado tarde.

Agatha intentó levantarse.

El primer contacto de sus pies con el suelo hizo que todo su cuerpo protestara.

Se quedó quieta.

Aeron vio su expresión.

Y sonrió.

Agatha giró lentamente.

—Ni una palabra.

Él levantó ambas manos.

—No he dicho nada.

—Lo estás pensando.

—Muchas cosas.

Agatha cogió una almohada.

—Aeron.

Él comenzó a reír.

La almohada le golpeó directamente en la cara.

Y aquella mañana, por unas horas, no hubo nadie persiguiéndolos.

Ninguna profecía reclamándola.

Ninguna batalla esperando detrás de una puerta.

Solo una casa vieja.

Un hombre despeinado.

Una mujer intentando encontrar su ropa.

Y unas pocas horas que todavía no pertenecían a la guerra.

· · ·

Encontrar su ropa resultó bastante más difícil de lo que Agatha estaba dispuesta a admitir.

Una bota apareció junto a la puerta.

La otra, inexplicablemente, debajo de la cama.

La camisa de Aeron colgaba de una silla rota y una de las prendas de Agatha había terminado en un rincón que ninguno de los dos parecía dispuesto a explicar.

Agatha la recogió.

Miró la prenda.

Después a Aeron.

—¿Cómo llegó esto hasta allí?

Él estaba sentado al borde de la cama, colocándose los pantalones.

—No recuerdo.

Agatha entrecerró los ojos.

—Conveniente.

—Han sido unas horas intensas.

Ella le lanzó la prenda a la cara.

Aeron la atrapó antes de que lo golpeara.

—Vístete.

—Estaba intentándolo hasta que comenzaste a arrojarme cosas.

Agatha se giró para ponerse la camisa.

Entonces lo sintió.

La mirada.

—Deja de mirarme.

—¿Por qué?

—Porque estoy intentando vestirme.

—Ya te he visto desnuda.

Agatha se volvió.

—Eso no significa que hayas adquirido derechos de observación permanentes.

—Qué decepción.

Agatha terminó de abrocharse la camisa.

—Además, anoche dijiste que era tuya. Creo que ya consumiste toda tu cuota de posesividad para al menos una semana.

Aeron se quedó inmóvil.

La diversión desapareció de sus ojos.

—Sobre eso…

—No.

Agatha levantó una mano.

—No arruines la mañana disculpándote.

—No iba a disculparme.

—Entonces definitivamente no quiero escucharlo.

Aeron sonrió.

Agatha salió de la habitación.

Solo cuando dejó de verlo permitió que su sonrisa desapareciera.

Porque había otra frase de la noche anterior que sí permanecía clavada en algún lugar incómodo de su cabeza.

Te amo, Saekir.

Saekir.

Aeron la había llamado Saekir.

No Agatha.

Y no debería haberle importado.

Pero le importaba.

No porque quisiera que la llamara Agatha.

Precisamente por lo contrario.

Todo desde la aparición de aquella mujer rubia parecía conducirla hacia una persona que no conocía.

Agatha.

Su hermana la había llamado así.

Rae no sabía que ese era su nombre.

Snow sí.

Aeron también.

Todos parecían poseer fragmentos de una mujer que, aparentemente, había sido ella.

Pero anoche Aeron no había amado un recuerdo.

Había dicho:

Saekir.

La había amado a ella.

A quien era ahora.

Agatha respiró profundamente.

No quería pensar en aquello.

No hoy.

—¿Te has perdido?

La voz de Aeron llegó desde detrás.

Agatha giró.

—Estoy a cinco pasos de la habitación.

—Contigo nunca se sabe.

—Empiezo a recordar por qué me irritas.

Aeron pasó junto a ella.

—Eso nunca lo olvidaste.

Aquella frase la siguió hasta fuera.

El desayuno resultó ser una tragedia.

Agatha contempló lo que Aeron acababa de dejar delante de ella.

—¿Qué es eso?

—Comida.

—Eso no responde a mi pregunta.

Aeron miró el plato.

—Pan.

—Está negro.

—Tostado.

—Carbonizado.

—Exagerada.

Agatha golpeó el pan contra la mesa.

Sonó.

Los dos lo miraron.

Agatha levantó lentamente una ceja.

Aeron se sentó frente a ella.

—Quizá un poco tostado.

—Podría utilizarlo como arma.

—No sería la peor arma que te he visto usar.

—¿Sabes cocinar algo?

—Sí.

—¿Qué?

Aeron permaneció callado.

Agatha esperó.

—Carne.

—¿Qué tipo?

—Cualquier tipo.

—¿Cómo?

—Fuego.

Agatha lo miró horrorizada.

—Has sobrevivido siglos por accidente.

—He tenido otras prioridades.

—Evidentemente.

Agatha apartó el pan.

—Mayara cocinaba, ¿verdad?

El cambio fue mínimo.

Pero ocurrió.

Aeron bajó la mirada hacia el plato.

—Sí.

El arrepentimiento le cerró la garganta.

—No tienes que…

—Hacía un estofado horrible.

Agatha parpadeó.

—¿Horrible?

—Espantoso.

—Ayer dijiste que te daba su comida.

—Eso no significa que cocinara bien.

Una sonrisa regresó lentamente al rostro de Agatha.

—¿Se lo decías?

—Una vez.

—¿Una?

—Aprendo rápido.

Agatha rió.

Aeron arrancó una parte menos quemada del pan.

—Me lanzó la olla.

—Definitivamente me habría caído bien.

Aeron dejó de masticar.

Agatha también.

Otra vez. Aquella sensación. No un recuerdo. Algo más extraño.

La frase había salido con demasiada facilidad.

Me habría caído bien.

Pero Aeron había dicho que ella ya había conocido a Mayara.

Agatha miró hacia la casa.

—¿Cómo era?

Aeron supo a quién se refería.

—Complicada.

—Eso no significa nada.

—Significa que si te doy una respuesta sencilla, estaría mintiendo.

—Inténtalo.

Aeron pensó.

—Era insoportable.

Agatha sonrió.

—Ya me gusta.

—Mandona.

—Mejor.

—Creía tener razón sobre todo.

—Una mujer inteligente.

—Violenta.

—Le lanzó una olla a un niño.