LA MÉDIUM II Capítulo XVI — Lo que aún nos une #3
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Capítulo XVI — Lo que aún nos une #3

Ella estaba extasiada. Y aunque no recordaba su pasado, aunque cada recuerdo se desvanecía como humo entre sus dedos, podía estar segura de que ningún hombre la había hecho sentir así.

De que ningún toque había ardido de esa manera en su piel.

De que ningún nombre había resonado tan hondo en su pecho como el de él.

—Aeron… no pares —fue lo único que consiguió decir entre jadeos torpes. Su voz era un ruego, una oración, un susurro que apenas lograba escapar de sus labios.

Dejaron atrás la ropa y, caminando sin rumbo, entraron en una habitación humilde. La cama era dura, las sábanas ásperas, pero a ella no le importó. Nada de eso importaba cuando él la tumbó sobre el colchón y se quedó mirándola como si fuera el amanecer después de una noche eterna.

Sintió cómo bajaba aquel cabello negro y ondulado por su ombligo, y la presión de sus labios era extenuante. Cada beso era una promesa, cada caricia un juramento. Dio un brinco cuando la lengua de él entró entre sus piernas, y el mundo se detuvo.

Una risa ronca la sacó de su trance, y la sangre subió a sus mejillas como un incendio.

—Eres exquisita —dijo él, con los ojos brillantes de lujuria y ternura. No era un halago vacío. Era una verdad absoluta, grabada en cada fibra de su ser.

Ella dejó de prestar atención a sus vergüenzas y se concentró en las caricias de él. En la forma en que sus dedos trazaban mapas invisibles sobre su piel. En la manera en que su boca la devoraba sin prisas, como si tuviera toda la eternidad para recorrerla.

Aeron, por primera vez, era él. Sin guerra de por medio, sin secretos, sin máscaras. Solo un hombre y una mujer que se encontraban en medio del caos.

El orgasmo se convirtió en un grito de placer inaguantable que resonó en las paredes de aquella casa olvidada.

Las manos de ella se aferraron a su cabello, sus caderas se alzaron buscando más, siempre más, y una sonrisa apareció en el rostro de él tras sus ojuelos, contento por el resultado.

Como si aquel gemido fuera el único premio que había deseado en toda su vida.

Subió sobre ella, ansioso, y asomó su miembro.

Un escalofrío recorrió el cuerpo de ella ante la sensación, anticipación y miedo fundidos en uno solo.

Y cuando creyó que aquello no podía mejorar, él la atravesó.

Primero suave, con una paciencia que no encajaba con la urgencia de antes, asegurándose de su rigidez, de que estuviera lista para recibirlo.

—Te amo, Saekir —dijo, y lo repitió muchas veces mientras aceleraba el ritmo. Cada palabra era una estocada, cada sílaba un latido. No eran solo palabras. Eran un ancla. Un juramento. Una promesa que él hacía a sí mismo mientras se perdía en ella.

Sus cuerpos se rozaban, el calor del momento lo envolvía todo. Las sábanas se arrugaban bajo ellos, el sudor brillaba en sus frentes, y el aire se llenaba de sus gemidos entremezclados. Estaba siendo perfecto. Demasiado perfecto para ser real.

De pronto, entre ambos, notaron destellos de luz que expedían sus cuerpos. Resplandores dorados y plateados que danzaban a su alrededor como pequeñas luciérnagas. Para él parecía lo más normal, pero ella se sobresaltó, sus ojos se abrieron con sorpresa y sus dedos se aferraron a sus hombros.

—Es nuestra magia reaccionando al placer de nuestro cuerpo —respondió él al notar que ella no entendía. Su voz era un susurro ronco, apenas controlado por el ritmo de sus caderas—. Por eso los faes amamos el sexo. Porque cada caricia es un hechizo, cada beso un sortilegio.

La atravesó con más dureza, y ella gimió, entregándose por completo. Con un movimiento preciso la acomodó en cuatro patas, con una experiencia que ella prefería ignorar. Pero no le importó. Solo se estaba dejando llevar, sintiendo, siendo. Nada más importaba.

Con su mano derecha acariciaba el seno izquierdo de ella, y con la otra rozaba su vientre mientras el movimiento de sus caderas contra su trasero se volvía más rítmico, más rápido.

Las luces a su alrededor parpadeaban con más fuerza, como si el universo entero estuviera conteniendo el aliento.

Él pegaba sus labios contra su cuello y mordía suavemente, marcándola, reclamándola.

—Eres mía —gruñó contra su piel—. Siempre lo has sido. Siempre lo serás.

Y ella, con la voz rota por el placer, solo atinó a asentir, a dejarse llevar, a caer en el abismo con los brazos abiertos.

Finalmente, cuando ninguno pudo aguantar más, llegaron al punto máximo del éxtasis.

El cuerpo de ella se arqueó como un arco, sus dedos se hundieron en las sábanas, y un grito desgarrador se escapó de su garganta.

Él la siguió un instante después, su gruñido grave y profundo acompañando sus gemidos, sus caderas presionando contra ella hasta el último segundo.

Se quedaron así, enredados, temblorosos, recuperando el aliento. La luz mágica se desvaneció lentamente, como si también necesitara descansar.

Ninguno habló. No hacía falta.

Porque en aquel instante, entre los jadeos y los latidos acelerados, ellos sabían que aquello no había sido solo sexo. Había sido un reencuentro. Una confesión. Una promesa escrita con el cuerpo, tatuada en la piel.

Y ella, aunque no recordaba nada, supo con absoluta certeza que amaba a aquel hombre. Que siempre lo había amado. Que siempre lo amaría.

Incluso si todo lo demás fuera mentira.