Capítulo XVI — Lo que aún nos une #2
Silencio.
Aeron levantó una mano.
Se detuvo antes de tocarla.
Agatha miró sus dedos.
—¿Qué?
—No sé si puedo.
—¿Tocarme?
—Sí.
—Después de todo lo que acabas de contarme, ¿eso es lo que te da miedo?
Aeron bajó la mano.
Agatha la atrapó antes.
Él levantó los ojos.
—No te he perdonado —dijo ella.
—Lo sé.
Agatha apretó sus dedos.
—No significa que no esté furiosa.
—Lo sé.
—Y mañana probablemente voy a hacerte preguntas que vas a odiar.
—Lo sé.
Agatha entrecerró los ojos.
—Estás arruinándolo.
Una risa escapó de Aeron.
—Perdón.
—Mejor.
Agatha se acercó.
—Pero tampoco voy a fingir que no siento esto solo porque ahora conozco cosas horribles sobre ti.
Aeron dejó de respirar.
—Agatha...
—No huyas.
Dos palabras.
Aeron la miró.
Durante demasiado tiempo había hecho exactamente eso.
Había amado anticipando la pérdida.
Había tocado anticipando el momento de retirar la mano.
Había besado esperando el castigo.
Pero Astrid estaba viva.
Una de las muertes que había cargado como irreversible ya no lo era.
No lo absolvía.
No borraba lo que había hecho.
Pero algo dentro de él había dejado de exigirle que se castigara en cada instante de felicidad.
Aeron llevó la mano hasta la mejilla de Agatha.
Ella no se apartó.
—No estoy huyendo —susurró.
Agatha se acercó hasta que sus frentes se tocaron.
—Entonces quédate.
Aeron la besó.
Y esta vez no hubo despedida escondida dentro del beso.
No hubo urgencia por tomar algo antes de perderlo.
Agatha hundió los dedos en su cabello.
Él la rodeó por la cintura.
Se besaron con rabia todavía entre ambos.
Con preguntas.
Con cosas que ninguno había perdonado.
Pero también con una ternura que Aeron llevaba demasiado tiempo negándose.
Cuando se separaron, Agatha permaneció cerca.
Esperó.
Aeron no retrocedió.
—Sigues aquí —murmuró.
—Sí.
—Qué extraño.
Él sonrió.
Agatha volvió a besarlo.
Y esta vez fueron ellos quienes eligieron no detenerse.
No porque todo estuviera solucionado.
No porque Agatha lo hubiera perdonado.
No porque Aeron fuera inocente.
Sino porque podían estar furiosos, confundidos y llenos de heridas y aun así amarse.
Aquella noche Agatha no intentó recordar.
Y Aeron no huyó.
Por primera vez, ninguno convirtió el miedo al día siguiente en una razón para perder también aquella noche.
No podía recordar nada. Tal vez no quería.
Tal vez su mente, sabia y cruel, había decidido borrarlo todo para protegerla de aquello que la había destrozado.
Pero su cuerpo sí recordaba. Cada fibra de su ser vibró cuando lo tuvo frente a ella, y comprendió entonces que algunas memorias no habitan en la cabeza, sino en la piel.
Por primera vez tenía al hombre del que se había enamorado abierto como un libro.
Sin armaduras, sin medias verdades, sin la máscara de guerrero que siempre llevaba puesta.
Debía estar furiosa. Debía tomar la espada que descansaba contra la pared y atravesarlo por cada mentira, por cada silencio, por cada noche que lo había esperado sin saber que él la observaba desde las sombras.
Pero el deseo, ese monstruo antiguo y voraz que habitaba en lo más profundo de su pecho, se alzó con más fuerza que cualquier pensamiento racional.
Solo quería que la empotrara contra el suelo. Que la olvidara y la recordara al mismo tiempo. Que la rompiera si era necesario, porque tal vez solo así podría volver a sentirse entera.
Había tenido tantas fantasías con él. Tantos sueños húmedos donde sus labios recorrían cada centímetro de su piel con rudeza, devorándola como si fuera el último festín antes del fin del mundo.
Y sin embargo, ahora que lo tenía frente a ella, temblaba.
Porque en sus ojos ya no veía al estratega frío, sino a un hombre hambriento.
Un hombre que también había estado esperando.
Sus labios se deslizaron hacia su cuello, y el aroma de él la golpeó como un puñetazo. A tierra mojada, a bosque después de la lluvia, a algo ancestral que su alma reconoció antes que su mente. Era tan familiar como nada en este mundo. Tan suyo como ella nunca había sido de nadie.
Las manos de él jalaron del cuero de sus pantalones con una desesperación que la hizo estremecer.
No había cálculo en sus dedos, no había estrategia.
Solo urgencia. Solo necesidad. Como si hubiera estado esperando aquel momento tanto como ella, como si cada batalla librada hubiera sido solo una excusa para no caer en sus brazos antes de tiempo.
Solo había jadeos entre ellos. El aire se había vuelto denso, casi irrespirable.
Los dientes de él atraparon una de sus ahora puntiagudas orejas, y un gemido se escapó de su garganta antes de que pudiera contenerlo.
Aquello la excitó de una manera que rozaba lo salvaje, lo primitivo.
Sintió que algo se desataba dentro de ella, algo que había mantenido encerrado durante demasiado tiempo.
Torpemente, entre tropiezos y roces urgentes, avanzaron por aquella casa.
Las paredes de madera crujieron a su paso, testigos mudos de un reencuentro que ninguno de los dos estaba preparado para enfrentar.
Ella sentía que su cuerpo abandonaba su alma cada vez que él la tocaba.
Se derretía como cera al sol, perdía la forma, se volvía líquida y maleable entre sus manos.
Pudo sentir el miembro duro de él contra su entrepierna, y entonces no hubo palabras. Solo gemidos ahogados entre cada beso y cada caricia. Solo el sonido de sus respiraciones entrecortadas, el roce de la piel contra la piel, el latido de dos corazones que por fin se encontraban sin barreras.
Ella no sabía cuánto le había mentido. No sabía cuántas batallas había librado a sus espaldas ni cuántos secretos había guardado bajo su lengua.
Pero en ese instante, mientras los dedos de él se hundían en sus caderas con una furia contenida, comprendió que la única verdad entre ellos era el deseo incontrolable que los devoraba.
Eso no podía fingirse. Eso no podía ser una mentira.
Deslizaron las ropas hasta quedar desnudos el uno frente al otro. Y entonces ella lo vio. No al guerrero, no al estratega, no al hombre que la había engañado. Vio a Aeron. Solo a Aeron. Con sus cicatrices y sus sombras, con su mirada vulnerable y sus dedos temblorosos.
—Eres lo más precioso que ningún ser pudo crear —susurró él mientras sus labios besaban uno de sus pezones endurecidos. Su voz era un río profundo, arrastrando siglos de soledad—. Y ahora me perteneces. Toda tú. Desde antes de que nacieras, desde antes de que existiera este mundo, ya eras mía.
Un nudo se formó en la garganta de ella. No era solo lujuria lo que veía en sus ojos. Era devoción. Era entrega. Era un hombre que estaba dispuesto a desnudar su alma si eso significaba tenerla una noche más.