LA MÉDIUM II Capítulo XVI — Lo que aún nos une
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Capítulo XVI — Lo que aún nos une

Capítulo XVI

Lo que aún nos une

Agatha no supo cuánto tiempo permaneció mirando sus propias manos.

Todavía podía sentir a Astrid.

No como un recuerdo. Como algo mucho más reciente y, por eso mismo, imposible de ignorar.

Los brazos rodeándola. El temblor de su cuerpo. Las lágrimas calientes contra su cuello.

Te busqué tanto.

Cerró los ojos.

Astrid.

Intentó otra vez.

Nada.

La frustración le revolvió el estómago.

—No.

Aeron, a varios pasos, no dijo nada.

Agatha apretó los ojos.

—Vamos.

Buscó el nombre.

Astrid. Hermana. Infancia.

Nada.

No era un vacío exactamente. Eso era lo que comenzaba a comprender.

Había algo allí. Una resistencia. Como si pudiera apoyar la mano contra una puerta desde el lado equivocado y supiera, con absoluta certeza, que al otro lado había una habitación.

Pero no conseguía abrirla.

—¡Vamos!

—Agatha.

—No.

Volvió a intentarlo.

El dolor apareció detrás de sus ojos.

Aeron avanzó.

—Basta.

—¡No me digas que basta!

Agatha abrió los ojos.

—¿Sabes qué es lo peor?

Él permaneció quieto.

—Que recuerdo.

La confusión atravesó su rostro.

—Recuerdo perfectamente.

Agatha señaló su propia cabeza.

—Recuerdo lo que comí ayer. Recuerdo la primera vez que llegué hasta las celdas. Recuerdo a Rae haciendo bromas estúpidas. Recuerdo cada discusión que he tenido contigo.

Dio un paso.

—Te recuerdo a ti.

Aeron tragó.

—Lo sé.

—Recuerdo la primera vez que me besaste.

Silencio.

—Recuerdo cómo me miraste después.

Otro paso.

—Recuerdo las veces que huiste.

Aquello sí lo golpeó.

—Todas.

Agatha respiraba demasiado rápido.

—Entonces aparece esa mujer.

La voz comenzó a quebrarse.

—Me abraza como si hubiera pasado media vida buscándome.

Aeron bajó los ojos.

—Y yo…

Agatha miró sus manos.

—Yo no sentí nada.

Aeron levantó la cabeza.

—Eso no es verdad.

—¡No me digas lo que sentí!

—La apartaste y te dolió.

Agatha se quedó inmóvil.

Odiaba que lo hubiera visto.

—Eso no significa que la recuerde.

—No.

—No significa que la quiera.

Aeron tardó un segundo.

—No.

Aquella respuesta dolió más de lo esperado.

Agatha soltó una risa amarga.

—Ni siquiera vas a mentirme.

—Ya te he mentido demasiado.

Silencio.

—¿Por qué me dolió entonces?

Aeron no tenía respuesta.

Agatha volvió a ver el rostro de Astrid después de empujarla.

Aquellos brazos quedándose suspendidos. La incredulidad. Después la comprensión.

No me recuerda.

Agatha apartó la mirada.

—No quería que llorara.

La confesión fue tan baja que Aeron apenas la oyó.

—No sé por qué.

Aeron se acercó un poco.

—Quizá no necesitas saberlo todavía.

Agatha levantó la mirada inmediatamente.

—No vuelvas a hacer eso.

—¿Qué?

—Decidir cuándo necesito saber algo.

La rabia regresó.

—Me arrancaste de allí.

—Sí.

—¡Estaba intentando recordar!

—Precisamente por eso.

Agatha lo golpeó.

La bofetada resonó entre las ruinas.

Aeron no reaccionó.

—No vuelvas a hacerlo.

—Lo haría otra vez.

Agatha levantó la mano de nuevo.

Aeron tampoco se movió.

Eso consiguió enfurecerla todavía más.

—¿Quieres que vuelva a golpearte?

—No.

—Pues deja de comportarte como si lo merecieras.

Aeron soltó aire lentamente.

Agatha señaló alrededor.

—¿Y dónde demonios estamos?

Solo entonces miró realmente.

La casa era pequeña. O lo que quedaba de ella. Una pared se había derrumbado casi por completo. Las raíces de un árbol enorme habían levantado parte del suelo. El tejado sobrevivía únicamente sobre una de las habitaciones.

No había lujo. Ni símbolos de los Desterrados. Ni mapas. Ni soldados. Solo ruinas.

Aeron miró hacia la puerta inexistente.

—Aquí nací.

Agatha volvió hacia él.

—¿Aquí?

—Sí.

Algo en su expresión hizo que la rabia de Agatha cediera apenas.

—¿Por qué me trajiste?

—Porque probablemente se me está acabando el tiempo.

—¿Para qué?

Aeron la miró.

—Para conseguir que entiendas quién fui antes de que recuerdes quién fui para ti.

Agatha quedó quieta.

—Eso suena aterrador.

—Lo es.

Aeron entró.

Esta vez Agatha decidió seguirlo.

· · ·

Había marcas en una de las paredes.

Agatha las descubrió mientras Aeron retiraba ramas del interior.

Líneas. Muchas. Algunas más altas que otras.

—¿Qué es esto?

Aeron se volvió.

Y sonrió.

No la sonrisa que utilizaba cuando quería provocarla. Otra. Mucho más pequeña.

—Mayara.

Agatha rozó una de las líneas.

—¿Os medíais?

—Ella hacía trampa.

—¿Cómo haces trampa midiendo altura?

—Se ponía de puntillas.

Agatha lo miró.

—Eso no cuenta.

—Se lo dije durante años.

—¿Y nunca borraste las marcas?

La sonrisa desapareció lentamente.

—No.

Agatha recorrió una con los dedos.

—La echas de menos.

—Todos los días.

No hubo dramatismo.

Eso hizo que sonara peor.

Aeron se sentó contra la pared.

—Mayara era mayor.

—¿Cuánto?

—Lo suficiente para creer que mandaba sobre mí.

—Entonces definitivamente me habría caído bien.

Él soltó una risa.

Agatha lo observó.

Había escuchado reír a Aeron.

Pero aquello era distinto.

No había ironía.

Durante un instante pudo imaginar al niño que había vivido allí.

Y le resultó extraño.

Porque Aeron parecía un hombre que había nacido adulto, furioso y cargando secretos.

Agatha se sentó cerca.

—Cuéntame.

Aeron dejó de sonreír.

—¿Qué?

—Todo eso que crees que no tendrás tiempo de explicarme después.

Él la miró.

—Podrías odiarme.

—Podría odiarte igualmente si no hablas.

—Eso no es especialmente tranquilizador.

—No pretendía serlo.

Silencio.

Después Aeron comenzó.

—Mayara me crió más de lo que debería haber tenido que hacerlo.

Agatha no interrumpió.

—Cuando había comida, fingía que no tenía hambre.

Miró la chimenea destruida.

—Yo tardé demasiado en darme cuenta.

—Eras un niño.

—Ella también.

Agatha no supo qué decir.

Aeron continuó.

Le habló de inviernos demasiado largos. De hombres de la Corona llegando para cobrar lo que familias enteras no podían entregar. De personas desapareciendo. De niños aprendiendo demasiado pronto qué caminos evitar. De Mayara interponiéndose siempre.

—Una vez golpeó a un guardia con una sartén.

Agatha abrió mucho los ojos.

—No.

—Sí.

—¿Qué edad tenía?

—Quince.

Agatha comenzó a reír.

—Ahora definitivamente me cae bien.

Aeron también rió.

—Corrió durante dos días.

—¿Y tú?

—Detrás.

—¿Por ayudarla?

—Porque llevaba nuestra comida.

Agatha rió más fuerte.

Aeron la miró.

Y brevemente no hubo guerra. No hubo Astrid. No hubo recuerdos bloqueados. Solo Agatha riéndose en la casa donde Mayara había reído antes.

Algo se cerró alrededor del corazón de Aeron.

Agatha lo notó.

—¿Qué?

—Nada.

—Mientes fatal cuando estás triste.

—No estoy triste.

—Acabas de demostrar mi argumento.

Aeron bajó los ojos.

—Mayara habría disfrutado conocerte.

La sonrisa de Agatha desapareció.

—¿Me conoció?

Aeron se tensó.

Demasiado tarde.

Agatha lo vio.

—Aeron.

—No puedo…

—No.

Ella señaló hacia él.

—Has dicho que vinimos aquí para que hablaras.

Aeron cerró la boca.

—Así que habla.

Él tardó.

—Sí.

Agatha dejó de respirar.

—Mayara me conoció.

—Sí.

—¿Y yo la conocí?

Aeron no apartó la mirada.

—Sí.

La puerta. Otra vez.

Agatha sintió la tentación de buscar.

Aeron la vio.

—No.

Agatha apretó la mandíbula.

—Quiero hacerlo.

—Lo sé.

—¿Y si esta vez puedo?

—¿Y si esta vez no puedes detenerte?

Silencio.

Agatha miró las marcas de Mayara.

Después cerró los ojos.

No buscó.

Le costó.

Pero no lo hizo.

—Entonces cuéntamelo tú.

Aeron soltó el aire que estaba conteniendo.

—No todo.

Agatha abrió los ojos.

—Aeron.

—No porque quiera ocultártelo.

—Eso está por verse.

—Porque algunas partes deben pertenecerte cuando regresen.

Aquello era distinto.

Agatha lo estudió.

—Continúa.

Aeron asintió.

—Mayara creía que algunas personas nacían para cambiar el mundo.

—¿Tú?

Aeron soltó una risa amarga.

—Nunca yo.

—Entonces ¿quién?

Aeron la miró.

Agatha comprendió.

—Yo.

—Entre otras personas.

—Eso ha sido una evasión terrible.

—Estoy aprendiendo a ser sincero. No esperes milagros.

Agatha casi sonrió.

—¿Por eso empezó la guerra?

—No.

La respuesta fue firme.

—La guerra empezó mucho antes de nosotros.

Aeron observó las ruinas.

—Pero yo elegí convertir el odio en una causa.

Agatha esperó.

—Al principio quería proteger a personas como las que vivían aquí.

Señaló la casa.

—Después quise cambiar el sistema que permitía que existieran vidas como esta.

Su expresión se endureció.

—Después quise ganar.

Agatha entendió la diferencia.

—Y ahí perdiste algo.

—Sí.

—Rae.

Aeron dejó caer los párpados.

—Rae fue quien me lo dijo.

—Y casi le cortas la cabeza por recordártelo.

—Sí.

No hubo defensa.

Agatha sintió rabia de nuevo.

—Eso fue monstruoso.

—Sí.

—Deja de estar de acuerdo conmigo.

—¿Prefieres que mienta?

—Prefiero que luches un poco.

Aeron la miró.

—Estoy cansado de luchar contigo cuando sé que tienes razón.

Aquello la silenció.

—Astrid vive —dijo él.

El nombre cambió el aire.

Agatha apartó la mirada.

—Sí.

—Yo estaba seguro de haberla matado.

Agatha volvió lentamente hacia él.

—¿Tú la mataste?

Aeron no huyó.

—Sí.

La palabra cayó entre ambos.

Agatha se puso de pie.

—¿Y esperabas que después de contarme esto…?

—No espero nada.

—¡Es mi hermana!

—Sí.

—¡Aunque no pueda recordarla!

—Lo sé.

—¡Deja de decir que lo sabes!

Aeron se levantó.

Agatha lo empujó.

—¿Por qué?

—Porque creí que era necesario.

—Eso no es una respuesta.

—Es la peor respuesta que tengo y también la verdadera.

Agatha lo miró con asco.

Con rabia.

Con confusión.

—Rae tenía razón.

—Sí.

—Te convertiste en aquello que odiabas.

Aeron tragó.

—Durante un tiempo, sí.

Agatha quiso golpearlo otra vez.

No lo hizo.

—¿Y ahora qué?

Aeron miró hacia las marcas de Mayara.

—Ahora intento averiguar cuánto queda de mí después de todo eso.

Agatha sintió que la rabia no desaparecía.

Pero algo convivía con ella.

El hombre que había ordenado matar a Astrid. El niño que había pasado hambre con Mayara. El hombre que casi ejecutó a Rae. El hombre que estaba delante de ella sin intentar justificarse.

Todos eran Aeron.

Eso era lo insoportable.

—Te odio un poco ahora mismo.

Aeron asintió.

—Lo entiendo.

Agatha cerró los ojos.

—Como vuelvas a decir algo así, te golpeo.

Aeron casi sonrió.

—Entendido.

Agatha abrió los ojos.

—Eso también cuenta.

Esta vez Aeron sí sonrió.

Y, contra toda lógica, ella también.

Fue pequeño.

Casi culpable.

Pero ocurrió.