LA MÉDIUM II Capítulo XV — Las dos espadas #4
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Capítulo XV — Las dos espadas #4

—No voy a defender lo que hizo —dijo.

Rae soltó su muñeca de la mano de Oriana.

—Qué generoso.

—Y tampoco voy a permitir que conviertas esto en otra guerra antes de escucharme.

—Él intentó cortarme la cabeza.

—¡Lo sé!

La voz de Oriana se quebró. Solo un poco. Suficiente.

Rae dejó de moverse.

Oriana bajó la mirada hacia las marcas rojas que los grilletes habían dejado alrededor de sus muñecas.

Las tocó con los dedos.

Esta vez Rae tampoco se apartó.

—Lo sé —repitió mucho más bajo.

Rae la observó.

—Entonces no me pidas que lo entienda.

—No te lo estoy pidiendo.

Oriana levantó los ojos.

—Te estoy pidiendo que confíes en mí.

Rae soltó una risa sin humor.

—Eso es jugar sucio.

—Llevo toda la vida haciéndolo contigo.

Una grieta apareció en su expresión.

Pequeña.

Pero Astrid la vio.

—Sigues siendo insoportable —murmuró Rae.

—Y tú sigues vivo.

Oriana lo dijo con demasiada rapidez.

Después apartó la mirada.

Rae entendió lo que había detrás.

—Ori…

—No.

Ahora fue ella quien necesitó un instante.

—No voy a hablar de cómo me sentí cuando me dijeron que Aeron había ordenado tu ejecución.

Rae dejó de parecer enfadado durante un segundo.

—Ori.

El diminutivo salió de manera natural. Viejo. Familiar.

Oriana volvió a mirarlo.

—Así que no vuelvas a hacerme esto y después pretendas que puedo venir aquí a mantener una conversación razonable contigo.

Rae bajó la cabeza.

—Yo no ordené la guillotina.

—Siempre tienes una respuesta.

—Es una de mis mejores cualidades.

—Es la que más odio.

—Mentira.

Oriana estuvo a punto de sonreír.

No lo hizo.

Astrid observaba en silencio.

Ahora entendía.

Aquello no era una alianza.

Había años allí. Discusiones antiguas. Confianza. Una forma de quererse que ya no necesitaba explicaciones.

Oriana volvió a ponerse seria.

—Puedo llevaros hasta ellos.

Astrid avanzó.

—¿Sabes dónde está Agatha?

—Sé dónde la llevará Aeron.

—Entonces vamos.

Oriana negó.

—Con una condición.

Astrid endureció la expresión.

Rae habló antes que ella.

—¿Cuál?

—No habrá otro enfrentamiento.

Rae rió.

—No.

—Rae.

—No me hagas esa voz.

—¿Qué voz?

—Esa.

—La que funciona.

—La odio.

—Lo sé.

Rae comenzó a caminar.

—No pienso prometerte que cuando vea a Aeron…

Oriana se interpuso.

—Mírame.

—Otra vez no.

—Rae.

Él la miró.

—Tiene motivos.

La expresión de Rae cambió.

—Cuidado.

—No he dicho que tenga razón.

—Se parecen peligrosamente.

—Tú me enseñaste que no.

Eso lo silenció.

Oriana continuó:

—Tú fuiste quien me enseñó que comprender por qué alguien hace algo no significa perdonarlo.

Rae sostuvo su mirada.

—No uses mis propias palabras contra mí.

—Entonces deja de decir cosas inteligentes cuando tienes diecisiete años.

—Tenía momentos brillantes.

—Eras un idiota.

—También.

Oriana dio un paso más cerca.

—Aeron tiene motivos para mantener a Agatha lejos de sus recuerdos.

Astrid se tensó.

—¿Qué motivos?

—No puedo darte todas las respuestas.

—Conveniente.

—Pero puedo llevarte hasta ella.

Eso bastó para que Astrid callara.

Oriana volvió hacia Rae.

—Cuando Agatha intenta recordar, algo ocurre con su magia. Aeron no sabe exactamente qué. Ninguno de nosotros lo sabe.

—Entonces encerrarla tampoco parece una estrategia particularmente brillante.

—No está encerrada.

—Está con Aeron.

—No es lo mismo.

Rae la miró.

Oriana levantó una ceja.

—No hagas esa cara.

—No estoy haciendo ninguna cara.

—Te conozco desde antes de que supieras mentir bien.

—Siempre he mentido extraordinariamente bien.

—A los demás.

Silencio.

Aquello llegó donde tenía que llegar.

Oriana se acercó y bajó la voz.

—Confía en mí una vez más.

Rae la miró durante varios segundos.

—Siempre confío en ti.

—Entonces demuéstralo.

Rae apretó la mandíbula.

Miró el lugar donde Aeron había desaparecido. Después las marcas en sus muñecas. Finalmente a Oriana.

—¿Qué quieres que prometa?

—Que iremos a hablar.

—Oriana…

—A hablar.

—Si Aeron intenta…

—Si él ataca primero, no voy a pedirte que te quedes quieto.

Rae arqueó una ceja.

—Eso suena más razonable.

—Pero tú no empiezas.

—¿Y ella?

Señaló a Astrid.

Oriana miró a la princesa.

—La misma promesa.

Astrid negó con la cabeza.

—Se llevó a mi hermana delante de mí.

—Y yo puedo llevarte hasta ella.

—Entonces hazlo.

—No si vas a llegar con una espada contra la garganta de Aeron.

—Eso es exactamente lo que pensaba hacer.

—Ya me había dado cuenta.

Rae miró a Astrid.

—Hazle caso.

Astrid giró hacia él, incrédula.

—¿Perdón?

—Créeme. Podemos discutir durante horas o aceptar ahora y ahorrarnos tiempo.

Oriana cruzó los brazos.

—Qué bonito. Veinte años después finalmente aprendes.

—No exageres.

Astrid miró de uno al otro.

—¿De verdad vas a confiar en ella después de que Aeron intentara matarte?

Rae respondió sin vacilar.

—Sí.

Aquello hizo que incluso Oriana lo mirara.

Rae se encogió de hombros.

—En Aeron no confío.

Después señaló a Oriana.

—En ella sí.

Oriana bajó la mirada un instante.

Una sonrisa diminuta consiguió escapar.

—Idiota.

—Tú empezaste.

Astrid entendió entonces que discutir con Rae no serviría.

Si aquel hombre estaba dispuesto a contener su rabia por la palabra de Oriana después de haber tenido el cuello bajo una guillotina, la confianza entre ellos debía de ser absoluta.

Rae extendió una mano hacia Oriana.

—Nada de violencia mientras Aeron no la inicie.

Oriana tomó su mano.

—Y nadie obliga a Agatha a recordar.

Rae miró a Astrid.

Esta vez no bromeó.

—Esa parte depende de ti.

Astrid contempló el lugar donde había desaparecido su hermana.

Agatha. Saekir, para quienes no sabían quién era. La mujer que había apartado sus brazos.

Le dolió incluso pensarlo.

—No intentaré obligarla.

Oriana asintió.

Astrid guardó la espada.

—Pero voy a hablar con ella.

—Eso nunca estuvo en discusión.

—Y Aeron me dará respuestas.

Oriana la observó.

—En eso puedo ayudarte.

Rae soltó la mano de su amiga.

—Entonces muévete antes de que recupere el sentido común y decida que las promesas son una idea terrible.

Oriana comenzó a caminar.

—Nunca has tenido suficiente sentido común como para recuperarlo.

Rae la siguió.

—Te he echado de menos, Ori.

Ella no se volvió.

—Cállate, Rae.

Pero Astrid alcanzó a ver su sonrisa.

Y Rae también.