Capítulo XV — Las dos espadas #3
Astrid bajó la mirada un instante.
Cuando volvió a levantarla, había más lágrimas.
—Porque llevo mucho tiempo esperándote.
Agatha apartó los ojos.
—Yo no soy esa persona para ti.
—Eres exactamente esa persona.
—Para ti.
Astrid se quedó inmóvil.
Agatha levantó la espada entre ambas. No apuntándola. Solo marcando la distancia que necesitaba.
—Tú tienes recuerdos de mí. Yo no tengo recuerdos de ti.
Astrid miró la hoja.
Después a su hermana.
—Lo sé.
—Entonces no vuelvas a abrazarme como si yo tuviera que sentir lo mismo.
Astrid dejó escapar el aire lentamente.
—Está bien.
—Otra vez eso.
—Porque no voy a obligarte.
Astrid bajó las manos.
—No volveré a tocarte.
Hizo una pausa.
—No hasta que tú quieras.
Agatha la observó.
Ella pareció no saber qué responder.
Astrid tragó el nudo de su garganta.
—Pero tampoco voy a fingir que no eres mi hermana solo porque tú no puedas recordarlo.
La mandíbula de Agatha se tensó.
—Ese es tu problema.
Astrid asintió.
—Sí.
Una lágrima más.
—Supongo que sí.
Rae decidió escoger exactamente aquel momento para levantar la cabeza desde la guillotina destrozada.
—No quisiera interrumpir este reencuentro familiar extraordinariamente saludable…
Snow apareció entre la multitud.
—Rae.
—Sigo condenado a muerte.
Agatha y Astrid giraron al mismo tiempo.
—Cierto.
Rae miró primero a una.
Después a la otra.
—Eso ha sido perturbador.
Astrid sintió una risa querer escapar.
Murió antes de llegar a sus labios.
Agatha no reaccionó.
Snow comenzó a abrir las cadenas de Rae.
Agatha miró a Aeron.
—Libéralo.
—No.
—Intentaste ejecutarlo sin permitir que la acusación se examinara.
—Tuvo oportunidad de defenderse.
—Le pediste que revelara información que no piensa entregar.
Aeron la observó.
—¿Cómo sabes eso?
Agatha comprendió demasiado tarde.
Rae murmuró:
—Y aquí llega la parte divertida.
—Hablaste con él —dijo Aeron.
—Sí.
—Entraste en las celdas.
—También.
Rae miró a Agatha.
Después a Astrid.
Algo comenzó a encajar.
—Espera.
Señaló a Agatha.
—¿Ella es Saekir?
Astrid giró.
—¿Saekir?
Agatha se tensó.
Rae abrió mucho los ojos.
—¿La Fae misteriosa es tu hermana?
Astrid miró a Agatha como si acabara de descubrir otra vida que su hermana había construido sin ella.
—¿Saekir?
—Es mi nombre.
La respuesta salió demasiado rápida. Demasiado defensiva.
Astrid la sostuvo con la mirada.
Después asintió.
—Está bien.
Agatha pareció irritarse.
—No necesito tu aprobación.
—No te la estoy dando.
Astrid respiró.
—Solo estoy intentando aprender quién eres ahora.
Aquello consiguió silenciarla.
Solo un instante.
Pero Aeron lo vio.
Y también vio lo que vino después.
La pregunta. La necesidad.
Agatha miró a Astrid.
—¿Por qué no te recuerdo?
Aeron sintió el miedo antes de que ella terminara la frase.
—Agatha.
Ella giró.
—No.
—No hagas esto aquí.
—¿Hacer qué?
—Buscar.
Astrid miró a Aeron.
—¿Qué significa eso?
Agatha volvió a mirar a su hermana.
Astrid.
El nombre no abrió nada.
Hermana.
Nada.
Agatha frunció el ceño.
No había imágenes. No había voces. No había un solo recuerdo esperando detrás de sus ojos.
Pero había una ausencia.
Ahora podía sentirla porque Astrid estaba delante.
Un espacio demasiado grande. Como una habitación cuya puerta había sido tapiada.
Agatha dejó caer los párpados.
—Agatha —advirtió Aeron.
—Cállate.
Intentó encontrar el borde de aquella ausencia.
Nada.
Solo resistencia.
Aeron avanzó.
—Deja de buscar.
Agatha abrió los ojos.
—¿Por qué?
—Porque no sabes qué hay detrás.
—Pero tú sí.
Silencio.
Agatha lo miró.
—Tú sabes qué olvidé.
Aeron guardó silencio.
Eso fue suficiente.
—Tú sabes por qué no la recuerdo.
Astrid giró hacia él.
—¿Qué hiciste?
—No ahora.
—¿Qué hiciste, Aeron?
Agatha cerró los ojos otra vez.
—No —dijo Aeron.
Esta vez hubo verdadero miedo en su voz.
Astrid lo oyó.
Agatha también.
Y por eso insistió.
No recordó nada. Ni una imagen. Ni un sonido.
Pero una fuerza nacida bajo sus costillas empujó contra aquella barrera.
Una vez.
El aire de la plaza cambió.
Aeron palideció.
—Agatha.
Ella apretó los dientes.
—Hay algo.
Astrid dio un paso sin darse cuenta.
—¿Qué?
—No lo sé.
Agatha llevó una mano a la sien.
—Pero está ahí.
Aeron desapareció.
Un instante estaba frente a ella.
Al siguiente, su mano rodeaba la muñeca de Agatha.
Ella abrió los ojos.
—¿Qué…?
—Perdóname.
La niebla explotó alrededor de ambos.
Astrid comprendió antes de verlos desaparecer.
—¡NO!
Corrió.
—¡AGATHA!
Hundió una mano en la bruma.
Durante una fracción de segundo vio el rostro de su hermana entre el blanco.
Agatha parecía sorprendida.
No asustada.
No recordándola.
Solo sorprendida.
Astrid extendió los dedos.
—¡Agatha, espera!
Sus manos casi se encontraron.
Casi.
La niebla se cerró entre ellas.
Astrid atrapó aire.
—¡AGATHA!
La bruma desapareció.
Con ella, Aeron.
Con ella, Agatha.
Astrid quedó en medio de la plaza con la mano extendida.
Vacía.
Durante un segundo nadie se movió.
Astrid miró sus propios dedos.
Habían estado tan cerca.
Acababa de sentir el calor de Agatha entre sus brazos. El peso real de su cuerpo. Su respiración contra el cuello.
Había escuchado su voz.
Y ahora no había nada.
—No.
La palabra apenas salió.
Snow avanzó.
—Astrid…
—No.
Astrid giró sobre sí misma buscando una niebla que ya no existía.
—¡NO!
El grito atravesó la plaza.
A lo lejos, los dos Nharim respondieron con un rugido.
Astrid recogió la espada.
La descargó contra los restos de la guillotina.
La madera se partió.
—¡La tenía!
Otro golpe.
—¡Estaba aquí!
Volvió a golpear.
—¡La tenía!
La espada quedó clavada.
Astrid tiró de ella.
No salió.
—¡La tenía, Snow!
La voz se quebró.
Ya no había rabia suficiente para sostenerla.
Astrid soltó la empuñadura.
—La abracé.
Snow se quedó quieta.
Astrid se llevó ambas manos al rostro.
—La abracé y ella…
No pudo terminar.
Agatha no la había reconocido.
Aquello era la parte que no conseguía decir.
No era que Aeron se la hubiera llevado. No era la niebla. No era siquiera haber vuelto a perderla. Era haberla tenido entre los brazos y descubrir que para Agatha aquel abrazo no significaba nada.
Astrid bajó las manos.
Las lágrimas continuaban cayendo.
—No sabe quién soy.
Snow se acercó.
Esta vez Astrid no la detuvo.
—Sabe quién eres —dijo Snow en voz baja.
Astrid negó.
—Sabe mi nombre.
Miró el lugar vacío.
—Eso no es lo mismo.
Snow no intentó mentirle.
Astrid inspiró con dificultad.
—Me miró como si fuera una desconocida.
Rae ya no sonreía.
Snow terminó de abrir su última cadena.
El hierro cayó al suelo.
Astrid apenas lo oyó.
—Entregué a Ian para encontrarla.
La frase salió tan baja que Snow tuvo que acercarse para escucharla.
—Y la encontré.
Astrid soltó una risa rota.
—La encontré y llegué demasiado tarde.
—No.
Rae habló desde la plataforma.
Astrid giró hacia él.
—No me digas que no.
—No llegaste tarde.
Rae bajó lentamente.
—Está viva.
—No me recuerda.
—Entonces tendrá que conocerte otra vez.
Astrid lo miró.
Rae se acercó.
No había humor en su rostro.
—No sé si recuperará lo que perdió. No sé qué demonios le hizo Aeron ni qué está intentando evitar.
Miró el lugar donde había desaparecido la niebla.
—Pero sé algo.
Astrid esperó.
—Hasta hace unos minutos buscabas a tu hermana sin saber siquiera dónde estaba.
Rae señaló el vacío.
—Ahora sabemos quién la tiene.
La tristeza no desapareció.
Pero algo empezó a abrirse paso debajo de ella.
Rabia. Determinación.
Snow recogió la espada de Astrid y se la tendió.
Astrid la tomó.
Sus dedos todavía temblaban.
Miró el lugar donde había visto por última vez el rostro de Agatha.
Su hermana estaba viva. No la recordaba. La había apartado. Aeron se la había llevado.
Pero brevemente Astrid había sostenido algo que creyó perdido para siempre.
Un cuerpo caliente. Un corazón latiendo. Vida.
Cerró los ojos.
Esta vez no intentó imaginar a la Agatha que recordaba.
Pensó en la mujer que acababa de conocer.
Saekir.
Fría. Desconfiada. Fae. Terriblemente viva.
Abrió los ojos.
—Entonces la conoceré otra vez.
Snow la miró.
Astrid apretó la espada.
—Si tengo que empezar desde cero, empezaré desde cero.
Una lágrima descendió por su rostro.
No la limpió.
—Pero Aeron no volverá a decidir cuándo puedo ser su hermana.
Rae asintió.
Astrid levantó la mirada hacia el último hilo de niebla que desaparecía entre las piedras.
—Encontrémoslos.
—Rae.
Una sola palabra.
Rae se quedó quieto.
Astrid lo notó.
Hasta ese momento había tenido el cuerpo inclinado hacia delante, preparado para moverse en cuanto supieran en qué dirección había desaparecido Aeron.
Pero al escuchar su nombre se detuvo.
No suspiró.
No hizo ninguna broma.
Simplemente cerró los ojos.
—No —murmuró.
Snow miró hacia el extremo de la plaza.
Una mujer avanzaba entre los Desterrados.
Oriana conservaba la figura esbelta pese al cansancio; su cabello cobrizo, corto y muy ondulado estaba revuelto por el camino.
Llevaba pantalones oscuros, una túnica de viaje cruzada por correas de cuero y la ropa manchada de polvo y humo; varias hojas pequeñas colgaban todavía de los pliegues de la tela.
Oriana.
Rae abrió los ojos.
—Ahora mismo no.
—Precisamente ahora.
—Oriana.
—Rae.
Él soltó aire por la nariz.
Astrid miró a Snow.
—¿Se conocen?
Snow observó cómo Oriana llegaba hasta ellos sin prestar la menor atención a los restos de la guillotina.
—Eso parece.
Rae señaló su cuello.
—Hace unos minutos eso estaba debajo de una cuchilla.
Oriana lo miró.
—Lo sé.
—Aeron intentó ejecutarme.
—También lo sé.
—Entonces esta conversación debería ser bastante corta.
Rae se volvió.
Oriana lo agarró de la muñeca.
Él se detuvo.
Astrid esperaba que se soltara.
No lo hizo.
—Mírame.
—No quiero mirarte.
—Nunca has querido cuando sabes que voy a decirte algo que no te gusta.
Rae apretó la mandíbula.
Oriana tiró ligeramente de su brazo.
—Rae.
Finalmente la miró.
Y algo cambió.
No desapareció la furia.
Pero dejó de alimentarla durante un segundo.
Oriana lo conocía demasiado bien.
Había aprendido hacía muchos años que Rae bromeaba cuando estaba nervioso, sonreía cuando tenía miedo y se volvía peligrosamente tranquilo cuando estaba verdaderamente enfadado.
Y ahora no estaba sonriendo.