LA MÉDIUM II Capítulo XV — Las dos espadas #2
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Capítulo XV — Las dos espadas #2

—No solo por ti. Ese era el problema. Si yo aceptaba que lo hiciera contigo porque esa vez nos convenía, ¿qué iba a impedir que la siguiente fueran diez personas? ¿Un pueblo entero?

Rae agarró uno de los barrotes.

—No pasé mi vida luchando contra las Coronas para construir otra con un nombre diferente.

Astrid lo contempló.

—¿Te arrepientes?

Rae no sonrió.

—De no haber conseguido detenerlo.

Aquello bastó.

Astrid no sabía si Rae era inocente de todo.

Pero sabía una cosa.

No merecía morir sin que nadie escuchara por qué había dicho que no.

· · ·

Horas después, Rae escuchó una piedra desplazarse.

No provenía del corredor.

Abrió los ojos.

—Si alguien pretende rescatarme, agradecería cierta puntualidad. Mañana empieza a ser una fecha preocupantemente cercana.

Silencio.

—Aunque también acepto comida.

Una sombra descendió desde una abertura situada cerca del techo. Llevaba una capa oscura con la capucha levantada, botas silenciosas y una espada corta sujeta demasiado cerca de la mano para ser decorativa.

Una mujer. Fae.

Rae se incorporó.

—Definitivamente no eres la cena.

—Tú eres Rae.

—Depende de quién pregunte.

—Alguien que quiere respuestas.

—Entonces has venido al peor lugar posible.

La desconocida se acercó.

—Aeron te ha declarado traidor.

—Las noticias vuelan.

—Y va a ejecutarte.

—Es menos agradable cuando lo dices tú.

—¿Qué hiciste?

—Parece que Aeron ya te lo ha contado.

—No hablo con Aeron.

Rae inclinó la cabeza.

—Entonces, ¿por qué investigas a uno de sus prisioneros?

Silencio.

Rae sonrió.

—Ah. Estamos investigando a Aeron.

—No estamos haciendo nada.

—Cierto. Tú investigas. Yo estoy encarcelado.

—¿Traicionaste a los Desterrados?

—No.

—¿Traicionaste a Aeron?

Rae guardó silencio.

Ella lo vio.

—Eso es distinto.

Rae sonrió lentamente.

—Empiezas a caerme bien.

—No he venido para caerte bien.

—Eso suele ayudar.

—¿Por qué quiere matarte?

—Tenemos diferencias filosóficas.

—¿Qué clase de diferencias terminan en una ejecución?

—Las importantes.

—¿Hasta dónde estaría dispuesto a llegar Aeron?

La sonrisa de Rae desapareció.

—Esa pregunta deberías hacérsela a él.

—Te la estoy haciendo a ti.

Rae la estudió.

—¿Quién eres?

Ella no apartó la mirada.

—Saekir.

Rae repitió el nombre.

—Saekir.

—Ahora responde.

—No voy a entregarte a los míos para salvarme.

Ella lo observó un momento más.

—No te lo he pedido.

—Todavía.

—Entonces quizá Aeron se equivoca contigo.

Rae arqueó una ceja.

—Eso casi ha sonado como un cumplido.

—No lo era.

Se volvió para marcharse.

—Saekir.

Ella se detuvo.

—¿Qué?

—Ten cuidado con los secretos que buscas.

—¿Por qué?

Rae miró hacia el corredor vacío.

—Porque algunos explican a Aeron.

Hizo una pausa.

—Y otros hacen que dejes de reconocerlo.

Saekir desapareció por donde había entrado.

Rae permaneció mirando la abertura.

Una Fae misteriosa buscando los secretos de Aeron. No tenía la menor idea de que acababa de hablar con Agatha. Ni de que era la hermana de Astrid.

· · ·

El amanecer llegó acompañado por campanas.

Astrid llevaba una capucha demasiado grande sobre una capa parda que ocultaba la chaqueta de cuero; el barro seco de las botas delataba el camino recorrido mucho mejor que cualquier emblema.

Snow ajustó la correa bajo su capa.

—Pareces sospechosa.

—Estoy intentando pasar desapercibida.

—Precisamente.

Astrid miró hacia los dos Nharim.

—Se quedan aquí.

Las criaturas levantaron la cabeza.

—No les va a gustar —dijo Astrid.

—Sobrevivirán.

La campana volvió a sonar.

Astrid dejó de bromear.

—Es la hora.

Snow la agarró del brazo.

—No sabemos cuántos obedecerán a Aeron si intervienes.

—Rae intentó detenerlo por mí.

—Rae intentó detenerlo porque creyó que era lo correcto.

Astrid sostuvo su mirada.

—Por eso voy.

Y desapareció entre la gente.

· · ·

En el otro extremo del asentamiento, otra figura encapuchada descendió de un tejado.

Saekir cayó detrás de una carreta.

Esperó.

Dos guardias pasaron.

Salió.

Había conseguido una espada.

No pensaba rescatar a Rae. Al menos eso se repetía. Pretendía impedir que ejecutaran a un hombre sin permitir que la acusación fuese realmente examinada.

Rae podía ser culpable. No lo sabía.

Pero un hombre que se negaba a vender a los suyos para salvarse merecía la oportunidad de defenderse.

Y Aeron se la estaba negando.

Otro secreto. Otra decisión tomada por él.

Saekir apretó la mandíbula.

Ya estaba cansada.

· · ·

La plaza estaba llena.

Rae subió a la plataforma encadenado.

Miró la guillotina.

Después a Aeron.

—Excesiva.

Aeron guardó silencio.

—Una espada habría sido suficiente.

—Todavía puedes hablar.

Rae sonrió.

—Ah. Así que para eso es el espectáculo.

—Defiéndete.

—Ya conoces mi defensa.

—Dila delante de ellos.

—No.

—Entonces no me dejas alternativa.

Rae lo miró.

La sonrisa desapareció.

—Siempre hay una alternativa.

Aeron hizo una señal.

Los guardias lo obligaron a arrodillarse.

Su cuello quedó sobre la madera.

—Última oportunidad —dijo Aeron.

Rae cerró los ojos.

—No voy a venderlos.

Aeron levantó la mano.

Entre la multitud, Astrid comenzó a moverse.

En el extremo contrario, Saekir hizo lo mismo.

Ninguna vio a la otra.

—Proceded.

El mecanismo se soltó.

La hoja cayó.

Astrid desenvainó.

Saekir también.

Dos destellos atravesaron la plaza desde direcciones opuestas.

CLANG.

Las espadas chocaron bajo la cuchilla.

El impacto recorrió los brazos de ambas.

La hoja salió despedida.

La madera estalló.

Parte de la guillotina se quebró con un crujido seco.

Silencio.

Astrid respiraba con dificultad.

Al otro lado de los restos había otra espada.

Otra figura encapuchada.

Rae levantó lentamente la cabeza.

—Bueno.

Miró una espada.

Después la otra.

—Retiro lo dicho sobre el servicio.

—Cállate —dijeron ambas mujeres.

Rae parpadeó.

—Eso ha sido inquietante.

Astrid apenas lo oyó.

La desconocida había levantado la cabeza.

La capucha se había desplazado con el impacto.

Primero vio el cabello. Después el perfil. Después aquellos ojos.

El mundo perdió el sonido.

Astrid no sintió la plaza. No sintió la espada entre sus dedos. No sintió el aire.

Durante un segundo absurdo creyó que el árbol le había quitado algo más que su amor por Ian.

Que quizá aquello era otro recuerdo conservado sin emoción.

Porque la mujer que tenía delante era imposible.

Y, sin embargo, su cuerpo la reconoció antes que su mente.

Las rodillas casi le fallaron.

—Agatha.

La palabra salió tan baja que ni siquiera supo si la había pronunciado.

La desconocida frunció el ceño.

Astrid dio un paso.

La vio entera.

Viva. Respirando. Molesta por no comprender por qué una desconocida la miraba como si acabara de devolverle el mundo.

—Agatha.

Esta vez la voz se quebró.

Saekir retrocedió apenas.

Aquello debería haber detenido a Astrid.

No pudo.

Había enterrado a su hermana demasiadas veces dentro de su cabeza. Había imaginado su cuerpo frío. Había despertado noches enteras preguntándose si Agatha habría tenido miedo. Había entregado a Ian por una oportunidad de protegerla.

Y ahora estaba allí. A unos pasos. Viva.

Astrid soltó la espada.

El metal golpeó la madera.

Corrió.

Agatha apenas tuvo tiempo de tensarse antes de que Astrid la abrazara.

No fue un abrazo cuidadoso. Fue desesperado.

Astrid la rodeó con ambos brazos y la apretó contra su cuerpo como si el mundo pudiera arrebatársela de nuevo si dejaba un solo espacio entre las dos.

—Estás viva.

No sonó como una afirmación. Sonó como una súplica.

Astrid hundió el rostro en su cabello.

—Estás viva.

Sus hombros comenzaron a temblar.

Había prometido tantas veces que no volvería a llorar.

No importó.

—Pensé que te había perdido.

Agatha permaneció rígida.

Astrid no lo notó al principio.

Solo podía sentir calor. Respiración. Un corazón golpeando dentro de un pecho que ella había creído perdido para siempre.

—Agatha…

La voz se le deshizo.

—Te busqué.

Cerró los ojos con fuerza.

—Te busqué tanto.

Agatha no levantó los brazos.

No apareció una habitación. Ni una infancia. Ni una voz. Ni un solo recuerdo.

Nada.

Solo el cuerpo de aquella mujer temblando contra el suyo. Solo unas manos aferradas a su espalda. Solo lágrimas calientes alcanzándole el cuello. Y una intimidad que no le pertenecía.

Agatha sintió algo mucho peor que no recordar.

Sintió que estaba ocupando el lugar de alguien a quien aquella mujer amaba.

Alguien que aparentemente era ella. Pero a quien no podía encontrar dentro de sí.

—Suéltame —pidió, y tuvo que obligarse a no retroceder.

Astrid no la oyó.

O no quiso oírla.

—Agatha, yo…

—He dicho que me sueltes.

Astrid abrió los ojos.

Agatha la empujó.

Bruscamente.

Astrid retrocedió dos pasos.

El vacío entre ambas fue pequeño.

A Astrid le pareció infinito.

—No me toques.

No había crueldad en la voz de Agatha. Eso habría sido más fácil.

Había incomodidad. Defensa. La frialdad de alguien ante una desconocida que había cruzado un límite.

Astrid se quedó con los brazos ligeramente abiertos. Como si todavía sostuviera un cuerpo que ya no estaba allí.

—Soy yo.

Agatha tragó.

—Sé quién dices que eres.

—No.

Astrid negó lentamente.

Una lágrima descendió hasta su barbilla.

—No te estoy diciendo quién soy.

La miró como si pudiera obligarla a reconocer algo.

—Soy Astrid.

Nada.

—Tu hermana.

Agatha no apartó la mirada.

Nada.

Astrid buscó en aquellos ojos cualquier grieta.

Una duda. Un gesto. La más pequeña señal de que en algún lugar su hermana seguía allí.

No encontró ninguna.

Y entonces entendió de verdad lo que Aeron había querido decir.

Agatha estaba viva.

Pero Astrid había regresado demasiado tarde para ella.

—No me recuerdas.

Agatha dejó la respuesta detrás de los dientes.

Astrid sonrió.

Fue una sonrisa pequeña, rota, que no consiguió ocultar nada.

—Está bien.

Agatha frunció el ceño.

—¿Está bien?

Astrid se limpió una lágrima con el dorso de la mano.

—No.

La honestidad pareció sorprenderla.

—No está bien.

Inspiró.

—Pero no es culpa tuya.

Agatha endureció la expresión.

—No necesito que me tengas lástima.

—No te tengo lástima.

—Entonces deja de mirarme así.

Astrid intentó hacerlo.

No pudo.

—¿Cómo?

Agatha tardó en responder.

—Como si estuvieras esperando que vuelva alguien.

Aquello la atravesó.