LA MÉDIUM II Capítulo XV — Las dos espadas
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Capítulo XV — Las dos espadas

Capítulo XV

Las dos espadas

Astrid descubrió que perder un sentimiento no se parecía en nada a olvidar.

Recordaba la forma exacta en que Ian inclinaba la cabeza cuando intentaba ocultar una sonrisa. Recordaba sus manos. Su voz. El peso de su cuerpo junto al suyo.

Podía reconstruirlo todo. Ese era el castigo.

Porque ahora podía pensar en él mientras comía. Sin que le temblaran las manos. Sin que el pecho se le cerrara. Sin sentir absolutamente nada.

Astrid mordió otro pedazo de pan y tuvo que obligarse a tragar.

Lo odió.

No a Ian.

Aquello habría sido más sencillo.

Odiaba poder comer.

Snow fingía no observarla desde el otro lado del pequeño fuego. Lo hacía mal.

—Si sigues mirándome así, empezaré a cobrarte.

Snow bajó los ojos hacia su taza.

—Estaba comprobando que comieras.

—Llevo años haciéndolo sin supervisión.

—Ayer te arrancaron una parte de ti.

Astrid dejó de masticar.

Rae, sentado contra un árbol, levantó ligeramente una ceja.

—Técnicamente…

Snow giró la cabeza.

—No.

—Ni siquiera he terminado.

—Precisamente.

Rae volvió a ajustar la correa de su bota.

Astrid tragó.

Uno de los Nharim dormía junto a su pierna. El otro permanecía a pocos pasos, con la cabeza apoyada sobre las patas. Astrid hundió los dedos en el pelaje oscuro del más cercano.

Aquello sí podía sentirlo.

Cariño. Alivio. La necesidad absurda de proteger a una criatura que probablemente podía arrancarle el brazo a un hombre adulto.

Todo seguía allí.

Solo faltaba Ian.

Y la precisión de aquella ausencia era casi peor que el vacío.

—Quiero marcharme —dijo.

Rae levantó la cabeza.

—Todavía no.

—El vínculo está oculto.

—Sí.

—Entonces esa criatura ya no puede utilizarme para encontrar a Agatha.

—En teoría.

Astrid dejó el pan.

—No vuelvas a decirme «en teoría» después de lo que entregué ayer.

La ligereza habitual desapareció del rostro de Rae.

—No puede seguir el vínculo —corrigió—. Eso es lo que sabemos.

—Me basta.

· · ·

El camino hacia el territorio de los Desterrados resultó más silencioso de lo que Astrid esperaba.

Rae dejó de bromear mucho antes de que aparecieran las primeras marcas talladas en los árboles.

Snow fue la primera en notarlo.

—Estamos cerca.

Rae asintió.

—Nos observan desde hace un rato.

Los dos Nharim se tensaron.

Un cuerno atravesó el bosque.

Después otro.

Figuras descendieron de plataformas ocultas entre las ramas.

Vestían capas verdes y pardas sobre cuero endurecido, colores que rompían sus siluetas contra los troncos.

Arcos tensados. Espadas. Rostros que Rae conocía y que, a juzgar por la expresión de algunos, no se alegraban especialmente de verlo.

Un hombre avanzó.

—Rae.

—Esperaba algo un poco más cálido.

—Aeron dio una orden.

Snow llevó la mano a la espada.

—¿Qué orden?

—Prenderte en cuanto cruzaras nuestros límites.

La sonrisa de Rae permaneció, pero ya no llegó a sus ojos.

—Eso sí se parece más a él.

Astrid dio un paso.

—¿Por qué?

—Podemos discutir mis encantadoras relaciones personales después.

El hombre hizo una señal.

Los Desterrados los rodearon.

—Nadie va a tocarlo —dijo Astrid.

Rae la miró.

—Astrid.

—¿Qué?

—Esta es precisamente una de esas situaciones en las que agradecería que no intentaras salvarme.

—No estoy intentando salvarte. Quiero saber por qué quieren encerrarte.

—Muchísimo mejor.

El hombre miró a Astrid.

Y entonces la reconoció.

Su rostro perdió el color.

—Tú…

Astrid sostuvo su mirada.

—Sí.

El desconcierto se propagó entre los hombres.

Aeron esperaba a Rae. No a Snow. Mucho menos a una mujer muerta.

Finalmente, el hombre señaló a Rae.

—Entrégame las armas.

Rae obedeció.

Snow frunció el ceño.

—¿No vas a resistirte?

—¿Y arruinarle a Aeron el placer de hacer esto dramáticamente?

Le ataron las muñecas.

Astrid dio otro paso.

—¿De qué se le acusa?

El hombre no apartó la mirada.

—Traición.

Rae no encontró una respuesta ingeniosa.

· · ·

Aeron esperaba únicamente a Rae.

—Traedlo directamente ante mí —ordenó sin apartar los ojos de los mapas—. Y que nadie hable con él.

El soldado no se marchó.

—Hay algo más.

—Habla.

—No viene solo.

Aeron levantó la mirada.

—¿Cuántos?

—Dos mujeres. Y dos Nharim.

—¿Quiénes?

—Una es Snow.

La sorpresa fue inmediata.

—¿Snow?

—Sí.

—¿Y la otra?

El soldado vaciló.

—Dice llamarse Astrid.

La habitación dejó de existir.

Aeron se levantó tan rápido que la silla cayó detrás de él.

—¿Qué has dicho?

—Astrid.

No podía ser.

La había visto caer. Había sentido la resistencia de su cuerpo contra la espada. Había visto su sangre. Había cargado con aquel instante durante tanto tiempo que ya no sabía dónde terminaba el recuerdo y dónde comenzaba él.

—Tráela.

Su voz salió distinta.

—¿Y Rae?

Aeron tardó en responder.

—A la celda.

—¿Queréis interrogarlo?

—No.

Aeron levantó la silla porque necesitaba hacer algo con las manos.

—Declaradlo traidor a la causa de los Desterrados.

—Eso implica juicio.

—Lo sé —respondió Aeron.

—Y si se mantiene la acusación…

Ejecución.

Aeron cerró los ojos.

—Sé lo que implica.

El soldado salió.

Aeron quedó solo.

Astrid. Viva. El alivio fue tan violento que casi le dolió.

No por él. Por Agatha.

Agatha no había perdido a su hermana. No para siempre.

Desde aquella noche, una parte de lo que él había destruido parecía no estarlo del todo.

Y entonces llegó el miedo.

Porque Agatha no podía saberlo. Todavía no.

· · ·

Cuando la puerta se abrió, Snow entró primero.

Aeron la reconoció.

—Snow.

Ella no respondió.

Entonces entró Astrid.

Aeron dejó de respirar.

No fue una figura parecida. No fue un error de la distancia. Era ella. Astrid. Más delgada. Más dura. Con algo nuevo y antiguo latiendo bajo la piel. Pero viva.

Aeron no consiguió esconder lo que aquello hizo con él.

Astrid lo vio.

Y lo odió todavía más por ello.

Desenvainó.

Los guardias reaccionaron.

—¡No! —ordenó Aeron.

Astrid cruzó la habitación.

La punta de la espada quedó contra su garganta.

—Deja de mirarme así.

Aeron encontró la voz.

—Estás viva.

Astrid presionó la hoja.

—No gracias a ti.

Una línea roja apareció en su cuello.

Aeron no retrocedió.

—No.

—¿Dónde está Rae?

—Encerrado.

—Suéltalo.

—No.

—Te recomiendo que reconsideres la respuesta.

—Rae sabía qué ocurriría si regresaba.

—Yo no.

—Tú no deberías estar aquí.

Astrid soltó una risa sin humor.

—Curiosa elección de palabras viniendo del hombre que intentó asegurarse de que yo no estuviera en ninguna parte.

Aeron recibió el golpe sin defenderse.

—Lo recuerdo —dijo Astrid.

El alivio desapareció de su rostro.

—Recuerdo cómo me miraste. Recuerdo la espada. Recuerdo que confié en ti el tiempo suficiente para que pudieras acercarte.

Aeron bajó apenas los ojos.

—Lo sé.

—No. No lo sabes.

La voz de Astrid tembló de rabia.

—Porque yo tuve que morir con eso.

Silencio.

—Y tú tuviste que seguir viviendo.

Aeron no dijo nada.

Astrid presionó un poco más.

—¿Por qué?

—Hay cosas que no puedo explicarte todavía.

Astrid soltó una carcajada rota.

—Por supuesto.

—No porque no tengas derecho.

—Qué alivio.

—Porque Agatha está implicada.

La espada dejó de presionar.

El nombre transformó a Astrid.

—¿Dónde está?

Aeron supo que había cometido un error.

—Astrid…

—¿Dónde está mi hermana?

—No puedo llevarte con ella.

Astrid palideció.

Después la furia regresó.

—Está aquí.

Aeron no respondió. La ausencia de una defensa pesó más que cualquier explicación.

No hizo falta.

La espada volvió a su garganta.

—Llévame con ella.

—No.

—Es mi hermana.

—Precisamente.

Snow dio un paso.

—Será mejor que expliques esa respuesta.

Aeron miró a Astrid.

—Agatha no puede verte todavía.

Durante un segundo Astrid pareció no entender las palabras.

—¿Qué le has hecho?

—Nada.

—No te creo.

—No recuerda.

El mundo volvió a detenerse.

Astrid parpadeó.

—¿Qué?

Aeron no quiso repetirlo.

—No recuerda su vida anterior.

La espada descendió unos centímetros.

No porque Astrid quisiera bajarla.

Porque la mano dejó de obedecerle.

—¿No me recuerda?

Aeron guardó silencio.

Astrid tragó.

—¿A mí?

—No.

Fue una palabra pequeña.

Suficiente para destrozarle algo que el árbol había dejado intacto.

Astrid fijó la mirada en un punto vacío.

—Pero está viva.

—Sí.

—Entonces me verá.

—No.

Astrid volvió a mirarlo.

—No vuelvas a decirme que no puedo ver a mi hermana.

—Si intenta forzar esos recuerdos y pierde el control…

—Me da igual.

—A mí no.

—Claro que no. Tú siempre decides qué sacrificio merece la pena mientras sea otro quien lo pague.

Aeron soportó la acusación.

Porque una parte de él sabía que Rae había dicho exactamente lo mismo años atrás.

· · ·

Rae descubrió que la prisión de los Desterrados había empeorado considerablemente. La paja húmeda olía a moho, el hierro sudaba agua y el humo de una antorcha mal ventilada se quedaba atrapado bajo el techo.

—Antes había mantas.

El guardia no respondió.

—No digo que fueran buenas. Una tenía algo viviendo dentro, pero aportaba personalidad.

Silencio.

—¿Comida?

Nada.

Rae suspiró.

—Aeron ha hecho un trabajo extraordinario con el ambiente.

—Sigues hablando demasiado.

Astrid apareció frente a los barrotes.

—Pensaba que no eras prisionera.

—Según Aeron, no.

—¿Puedes marcharte?

—No.

—Tengo malas noticias sobre la definición de prisionera.

Astrid se acercó.

—Te ha declarado traidor.

—Sí.

—¿Lo eres?

—No.

—Entonces, ¿qué hiciste?

Rae dejó de sonreír.

—Desobedecí una orden.

—Aeron no ejecuta a alguien solo por desobedecer.

—No fue una orden cualquiera.

—¿Cuál?

Rae la observó durante un largo instante.

—El día que moriste intenté detenerlo.

Astrid quedó inmóvil.

—¿Sabías que iba a matarme?

—Supe que estaba dispuesto a hacerlo.

—¿Y por qué intentaste impedirlo?

Rae apoyó los antebrazos sobre las rodillas.

—Porque ese día comprendí que Aeron había perdido de vista aquello por lo que luchábamos.

Astrid no habló.

—Las Coronas llevan generaciones justificándolo todo con una causa superior. Encierran. Mienten. Sacrifican. Deciden quién puede morir porque siempre existe algo supuestamente más importante.

Levantó los ojos.

—Y aquel día vi a Aeron dispuesto a convertirse exactamente en eso si creía que así podía ganar la guerra.

—Por mí.