Capítulo XIV — Lo que sobrevive a las coronas #2
Astrid cayó sobre las tablas. Snow se arrodilló a su lado y le sujetó el rostro.
—¿Qué viste?
Astrid buscó el aire.
—No lo sé.
—Has dicho un nombre.
Rae se quedó inmóvil.
—¿Cuál? —preguntó.
Snow no apartó los ojos de Astrid.
—Mayara.
El puente crujió bajo ellos.
Rae perdió el color.
—Tenemos que cruzar.
—Primero hablará —dijo Snow.
—Aquí no.
—Rae.
—¡Aquí no!
La fuerza de su voz despertó ecos en la garganta.
Desde el otro lado respondieron voces.
No humanas.
No faes.
Demasiadas.
Rae ayudó a Astrid a levantarse.
—Si el puente te mostró a Mayara, él ya sabe que estamos aquí.
—¿Quién?
—El hombre al que hemos venido a buscar.
Una figura apareció al final del puente.
Alta. Delgada. Cubierta por una capa tejida con algo que parecía musgo vivo.
Los Nharim se colocaron delante de Astrid.
La figura levantó una mano.
Todas las criaturas se detuvieron.
No por miedo.
Por reconocimiento.
—Rae —dijo una voz antigua—. Te prohibí regresar.
Rae inclinó apenas la cabeza.
—Yo también me alegro de verte.
La figura no respondió.
Miró a Snow. Después a los Nharim. Finalmente, a Astrid.
La observó durante tanto tiempo que ella sintió aquella segunda pulsación despertar bajo sus costillas.
El desconocido dio un paso hacia la luz de los símbolos.
Su rostro estaba atravesado por marcas que no pertenecían a ninguna especie que Astrid conociera.
Los ojos, completamente blancos, se fijaron en su pecho. No en su rostro. En aquello que latía dentro de ella.
La expresión del hombre cambió.
—Así que Mayara lo consiguió.
El desconocido extendió una mano hacia Astrid.
—Puedo ocultar la marca que la magia reconoce en ti. La criatura que protege este territorio dejará de seguir ese rastro y no podrá utilizarlo para encontrar a la otra persona vinculada a él.
Astrid pensó en Agatha.
—¿Cuál es el precio?
Los ojos blancos del hombre se dirigieron hacia el árbol que crecía detrás de él. Era blanco, seco y estaba cubierto de hilos luminosos.
—El árbol conserva aquello que considera equivalente.
Las ramas desplegaron recuerdos.
Ian riendo bajo la lluvia. Ian sosteniéndole la mano cuando ninguno de los dos sabía qué decir. Ian pronunciando su nombre como si todavía existiera un lugar seguro en el mundo.
Astrid dejó de respirar.
Snow vio las imágenes.
—No.
—El árbol ya ha elegido —dijo el desconocido.
Snow se colocó frente a Astrid.
—Elige otra cosa.
—No funciona así.
Astrid observó el rostro de Ian suspendido entre los hilos.
—Conservaré los recuerdos.
El hombre no respondió.
—¿Verdad?
—Recordarás que existió. Recordarás cada momento.
—Entonces no lo perderé por completo.
Snow tomó su rostro entre las manos.
—No sabes qué significa conservar los hechos y perder lo que sentías al vivirlos.
—Podré encontrar el camino de vuelta.
—No sabes si el amor funciona así.
—Tampoco sé si Agatha sobrevivirá si esa cosa la encuentra.
Rae se acercó.
—Astrid, hay cosas que no regresan igual después de ser arrancadas.
—Agatha tampoco regresará igual.
La verdad los silenció.
Astrid apartó suavemente las manos de Snow.
—Toda su vida la pusieron detrás de mí. La Corona. Las profecías. Nuestra familia. Siempre tenía que esperar porque mi destino parecía más importante.
Miró el árbol.
—Esta vez no.
Las ramas descendieron.
Ian apareció una última vez. Dormía, con una mano abierta entre ambos. Astrid recordó haberlo observado durante horas, aterrada por la felicidad que sentía.
—Entrego lo que siento por Ian —dijo—. A cambio de que ocultes el vínculo y no permitas que encuentre a mi hermana.
Los hilos rodearon sus muñecas.
—Una vez aceptado, no podrás reclamarlo —advirtió el desconocido.
—Lo comprendo.
Comprendía las palabras.
No su magnitud.
—Dilo con claridad.
Astrid miró a Ian.
El amor llegó entero. Inmenso. Todavía suyo.
—Elijo a Agatha.
Los hilos se hundieron en su piel.
—Por encima de Ian. Por encima de lo que siento por él. Por encima de cualquier vida que hubiera imaginado a su lado.
Astrid gritó.
El árbol no le arrancó los recuerdos. Eso habría sido misericordioso.
Se los mostró todos.
El primer instante en que confió en Ian.
La primera vez que deseó besarlo.
La desesperación de creer que podía perderlo.
La esperanza de encontrarlo otra vez.
Después retiró aquello que los unía.
El amor simplemente dejó de estar.
Ian continuó delante de ella. Astrid lo reconocía. Sabía qué había ocurrido antes y después de cada recuerdo.
Pero era como observar la vida de una desconocida.
—Ian —dijo.
El nombre no dolió.
Eso fue lo más terrible.
Los hilos se retiraron. El segundo pulso bajo sus costillas se ocultó tan profundamente que ninguna criatura pudo seguirlo.
Snow alcanzó a Astrid antes de que cayera.
—¿Lo recuerdas?
—Todo.
—¿Y qué sientes?
Astrid buscó una respuesta.
—Nada.
Snow la abrazó con tanta fuerza que casi le hizo daño.
—Ha valido la pena —dijo Astrid.
El desconocido dejó caer los párpados.
—Espero que nunca comprendas cuánto —murmuró Snow.
El camino de regreso se abrió entre las raíces.
Los Nharim rodearon a Astrid. Rae caminó detrás de Snow y el desconocido cerró la marcha.
A medida que ascendían, el árbol mostró recuerdos que no había tomado.
Ian entregándole una daga. Ian besándole la frente. Ian prometiendo encontrarla.
Astrid los contempló sin detenerse.
—¿Y si no puedo volver a sentirlo? —preguntó finalmente.
Snow tomó su mano.
—Entonces yo lo recordaré contigo.
—Eso no será suficiente.
—No —admitió Snow—. Pero no tendrás que descubrirlo sola.
Detrás de ellos, el árbol blanco abrió una sola flor.
En el centro de sus pétalos, el amor que Astrid había entregado continuaba latiendo.