Capítulo XIV — Lo que sobrevive a las coronas
Capítulo XIV
Lo que sobrevive a las coronas
El bosque llevaba tres horas intentando hacerlos regresar.
No mediante senderos cerrados ni barrancos imposibles. De una forma mucho más astuta.
Cada vez que Rae elegía una dirección, los árboles parecían desplazar sus raíces hasta devolverlos al mismo arroyo de agua oscura.
La humedad pesaba sobre las capas y el barro alcanzaba los tobillos de sus botas.
Snow había marcado uno de los troncos con la punta de la espada.
La tercera vez que encontraron la cicatriz en la corteza, Astrid dejó caer la mochila al suelo.
—Dime que esto forma parte de tu brillante plan.
Rae observó el árbol marcado.
—Mi plan era comprobar si prestabais atención.
—Llevamos horas caminando en círculos.
—Y lo has notado. Estoy orgulloso.
Snow no sonrió.
Rae tampoco.
Aquello fue lo que inquietó a Astrid.
Los Nharim se movían a su alrededor con el vientre casi pegado a la tierra. Ya no olfateaban el camino. Escuchaban algo que ninguno de los tres podía oír.
Astrid se agachó junto al más pequeño. La criatura levantó hacia ella los ojos plateados y apoyó el hocico contra su muñeca.
Una vibración le recorrió el brazo.
No era una voz. Era una advertencia.
—No estamos perdidos —dijo Astrid.
Rae la miró.
—No.
—El bosque nos está reteniendo.
—Tampoco.
Snow desenvainó la espada.
—Entonces habla.
Rae alzó la vista hacia las copas entrelazadas.
—Nos está juzgando.
El silencio se cerró alrededor de ellos.
Astrid contempló las marcas diminutas de los troncos. No eran cortes naturales. Formaban círculos incompletos atravesados por una línea vertical, símbolos demasiado antiguos para pertenecer a las Coronas.
—¿Quién vive aquí?
—Alguien que prefiere que el mundo crea que está muerto.
—Empiezo a comprender por qué te odia —dijo Snow.
—Mi encanto siempre ha provocado reacciones intensas.
—Tu incapacidad para responder una pregunta también.
Rae se inclinó sobre el arroyo. Hundió dos dedos en el agua y cerró los ojos.
La corriente cambió.
Solo por un momento.
El agua, movida por la magia del bosque, trepó por su mano en contra de su propio peso y dibujó sobre su piel el mismo símbolo que aparecía en los árboles. Rae retiró los dedos de golpe.
—No le gusta que hayas vuelto —dijo Astrid.
—Nunca le ha gustado que existiera.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que vais a obtener hasta que sepamos si piensa recibirnos o enterrarnos bajo esas raíces.
Snow guardó la espada, aunque mantuvo la mano sobre la empuñadura.
—Acampamos aquí.
Rae negó.
—No es seguro.
—Astrid apenas se sostiene.
—Puedo continuar.
Snow ni siquiera la miró.
—No te lo he preguntado.
Astrid abrió la boca para protestar, pero una oleada de calor le atravesó el pecho. Tuvo que apoyar una mano contra el tronco más cercano.
Las líneas talladas en la corteza se iluminaron bajo sus dedos.
Los tres quedaron inmóviles.
La luz desapareció tan rápido como había surgido.
Rae se acercó.
—¿Qué sentiste?
—Nada.
—Astrid.
—Calor.
—¿Dolor?
—No.
Era verdad.
Y no lo era.
No había dolido, pero algo dentro de ella había respondido. Algo que llevaba días despertando cada vez que se acercaban a ruinas antiguas, piedras marcadas o lugares donde la magia conservaba memoria.
No se parecía al poder que había conocido desde su regreso.
Hasta entonces había sido impetuoso. Luminoso. Una fuerza que exigía salir.
Aquello era diferente.
Paciente. Profundo. Como si alguien hubiera enterrado una semilla bajo sus costillas y estuviera esperando el momento adecuado para romperla desde dentro.
Uno de los Nharim enseñó los dientes a Rae cuando intentó tocarla.
Él retiró la mano.
—Tus fieras empiezan a herir mis sentimientos.
—Quizá hayan desarrollado buen juicio —dijo Snow.
Astrid se dejó caer junto a las raíces.
—Acamparemos.
Rae observó la oscuridad entre los árboles.
—Si algo intenta matarnos durante la noche, quiero que conste que me opuse.
—Si algo intenta matarnos —respondió Snow—, procura ser útil antes de morir.
· · ·
Snow eligió el lugar, organizó los turnos y tendió un hilo de alarma entre dos árboles antes de que Rae terminara de encender el fuego.
No daba órdenes como los oficiales de Arcadia. Señalaba un riesgo, encontraba una solución y esperaba que los demás tuvieran suficiente inteligencia para seguirla.
Astrid observó el nudo.
—¿Dónde aprendiste a hacerlo?
—En lugares donde dormir profundamente era una forma lenta de suicidio.
Rae dejó tres piedras dentro del círculo de ceniza e hizo chocar dos de ellas. Una llama azul surgió entre ellas.
Snow quedó inmóvil.
—Aeron utilizaba ese fuego.
La ligereza desapareció del rostro de Rae.
—Quemaba mensajes sin dejar ceniza —continuó ella—. Me dijo que era un compuesto.
—Era lo más seguro.
—Mentía con mucha naturalidad.
—Nunca trabajé contigo.
—Pero sabías quién era.
—Sí.
Snow se sentó frente al fuego.
—¿Qué sabías?
—Que dirigías una red humana capaz de mover información entre puestos de la Corona. Que no aceptabas ningún dato sin confirmarlo dos veces. Que rechazaste colaborar directamente con los Desterrados.
—No rechazaba su información. Rechazaba deberles obediencia.
Astrid miró de uno a otro.
—¿Confiabas en Aeron?
—Confiaba en la precisión de sus informes —respondió Snow.
—No es lo mismo.
—Era la única confianza que podía permitirme.
Snow sacó la piedra de afilar y la deslizó sobre la espada.
—Creía que los Desterrados eran espías, contrabandistas y soldados sin bandera. Nunca vi magia. Nunca escuché hablar del Velo. Aeron se sentaba frente a mí, recibía información humana y dejaba que creyera que conocía a mis aliados.
—No era nuestro secreto para revelarlo —dijo Rae.
—Eso mismo dicen todos los que se benefician de un secreto.
—No nos beneficiamos de tu ignorancia.
—Aeron sí. Siempre sabía qué necesitábamos antes de que se lo pidiéramos. Una ruta libre. Un cambio de guardia. El nombre de un sacerdote dispuesto a vender registros. Entregaba la solución y esperaba a que llegáramos a la conclusión que él ya había elegido.
Rae contempló la llama azul.
No la contradijo.
—También mencionaste a Lucien —añadió Snow—. ¿Quién es?
Rae tardó demasiado en responder.
—Alguien que ya no importa.
—Eso no lo decides tú.
—Nunca lo conociste.
—Conocí a Aeron durante años y ahora descubro que apenas sabía qué era. No vuelvas a decirme a quién conocí.
Rae levantó la mirada.
—Tienes razón. Pero Lucien no formó parte de la guerra que tú creías estar librando. No puedo entregarte una verdad que no me pertenece.
—Entonces di eso. No me digas que no importa.
—Tienes razón —repitió Rae.
Snow pareció más desconcertada por la admisión que por la mentira.
Astrid comprendió la tensión entre ambos. Snow había pasado años recibiendo verdades incompletas. Rae había sobrevivido ocultándolas. Los dos creían que el secreto podía salvar vidas y ambos conocían su precio.
Los Nharim levantaron la cabeza al mismo tiempo.
Un chasquido surgió entre los árboles.
Snow tomó la espada.
Rae separó de una patada las piedras del fuego y las llamas se apagaron.
La oscuridad cayó sobre ellos.
· · ·
La primera flecha nunca alcanzó el campamento.
Uno de los Nharim saltó y la atrapó entre los dientes.
La madera se partió con un crujido.
—No ataquéis —susurró Rae.
—Nos han disparado —replicó Snow.
—Si quisieran herirnos, no habríamos visto la flecha.
Una segunda flecha se clavó frente a las botas de Astrid.
Llevaba atado un hilo rojo.
Rae palideció.
—Eso parece personal —dijo Astrid.
—Lo es.
—¿Qué significa?
—Que podemos continuar.
Snow miró la oscuridad.
—¿Y el hilo?
—Que si nos desviamos del sendero, nos abrirán el cuello.
Astrid recogió la flecha.
—Una invitación encantadora.
—Os dije que me odiaba.
El camino apareció donde antes solo había raíces.
No se abrió ante ellos. Simplemente estuvo allí, como si el bosque hubiera dejado de ocultarlo.
Avanzaron sin encender luces.
Los símbolos de los árboles emitían un resplandor tenue cada vez que Astrid pasaba junto a ellos. Snow lo notó. Rae también.
Ninguno preguntó.
Esa consideración inquietó a Astrid más que cualquier interrogatorio.
El sendero descendió hacia una garganta cubierta de niebla. Un puente de cuerda unía ambos extremos. Debajo no se veía agua ni piedra.
Solo oscuridad.
—Voy primero —dijo Snow.
—No —respondió Rae—. El puente reconoce la magia.
—Entonces tú.
—No me reconoce con cariño.
Astrid suspiró.
—Iré yo.
Ambos se volvieron hacia ella.
—Ni hablar —dijo Snow.
—Acabas de decirme que soy responsable de lo que haga después de conocer la verdad.
—No utilices mis palabras para justificar una estupidez.
—No es una estupidez si soy la única a la que los símbolos responden.
Rae observó el puente.
—Tiene razón.
Snow le dirigió una mirada capaz de matarlo.
—No la ayudes.
—No la ayudo. Intento impedir que el bosque decida por nosotros.
Astrid puso un pie sobre la primera tabla.
Las cuerdas vibraron.
El calor regresó bajo su esternón.
Esta vez no fue una presión.
Fue un latido.
Uno.
Después otro.
No seguían el ritmo de su corazón.
Astrid apretó la cuerda y avanzó.
A mitad del puente, la niebla se elevó.
Vio una habitación que no estaba allí.
Una mujer inclinada sobre ella.
Cabello oscuro pegado al rostro por el sudor.
Manos cubiertas de luz.
Una voz quebrada pronunciando palabras que Astrid no comprendía.
Después, un nombre.
Mayara.
La tabla desapareció bajo sus pies.
Astrid cayó.
Snow alcanzó su muñeca antes de que el vacío la reclamara.
Rae sujetó a Snow por la cintura. Los Nharim clavaron las garras en la madera y tiraron junto a ellos.
—¡Astrid! —gritó Snow.
Ella colgaba sobre la niebla.
La visión continuaba.
Mayara lloraba.
No de miedo.
De agotamiento.
De triunfo.
Algo brillante abandonó el pecho de Mayara.
La luz se abrió paso hacia ella, pero la visión se quebró antes de que Astrid pudiera comprender qué había ocurrido.
—¡Mírame! —ordenó Snow.
Astrid levantó la cabeza.
La mano de Snow comenzaba a resbalar.
—No me sueltes.
—No pensaba hacerlo.
Rae tiró de ambas. Los Nharim gruñeron al unísono y el puente entero se tensó como si hubiera cobrado vida.
Consiguieron subirla.