LA MÉDIUM II Capítulo XIII — Aquello que la magia recuerda #4
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Capítulo XIII — Aquello que la magia recuerda #4

—Mentira. Estás empezando a construir una vida aquí. No voy a permitir que ella te la quite utilizando tu propia rabia.

Las palabras atravesaron la rabia.

Saekir miró a Aurora.

Ya no vio una enemiga a la que destruir.

Vio a una mujer en el suelo que había conseguido exactamente lo que buscaba: demostrar que Saekir podía perder el control.

La magia comenzó a descender.

Lentamente.

Aeron esperó hasta que desapareció por completo.

Solo entonces deshizo la segunda llave.

En cuanto quedó libre, Saekir se apartó y se volvió hacia él.

—Vuelve a hacerme eso y perderás un brazo.

Aeron flexionó la mano con la que la había sujetado.

—Primero tendrás que aprender a salir de la llave.

—Enséñame.

—Cuando dejes de intentar matar a tus compañeras de entrenamiento.

—No prometo nada.

Aeron miró a Aurora.

La frialdad de su expresión borró cualquier rastro de diversión.

—Abandonas el entrenamiento.

—Ella iba a atacarme.

—Y tú obtuviste exactamente lo que estabas buscando.

Aurora se puso de pie.

Su mirada pasó de Aeron a Saekir.

Algo oscuro y calculador apareció en sus ojos.

Saekir no bajó la guardia. Aquello no había terminado.

Acababa de empezar.

· · ·

Saekir perdió el combate.

Aurora consiguió revelar algo mucho más difícil de controlar.

Durante la comida, nadie la evitó.

La mujer de la vivienda reparada dejó un cuenco frente a ella y dijo:

—Los martillos de princesa son una mierda.

Saekir levantó la mirada.

La mujer señaló su pulgar hinchado.

Después sonrió.

Saekir hizo lo mismo.

Uno de los exploradores se sentó a su lado. Luego otro. Los niños ocuparon el extremo de la mesa hasta que Oriana amenazó con enviarlos a limpiar letrinas.

No todos confiaban en ella.

Saekir podía sentirlo.

Algunos todavía la observaban como una extraña. Otros habían escuchado las palabras de Aurora y encontraron en ellas preguntas que ya deseaban formular.

Pero nadie le pidió que se marchara.

Era poco. También era algo.

La niña de las trenzas verdes se sentó frente a Saekir y colocó una semilla sobre la mesa.

—No quiere crecer.

—Quizá está cansada.

—Las semillas no se cansan.

—Entonces tiene mal carácter.

La niña frunció el ceño.

Saekir tocó la madera junto a la semilla. No intentó obligar a la magia. La escuchó, como había hecho con la piedra.

Había una vibración mínima. Viva.

—No la empujes —dijo—. Pregúntale qué necesita.

—Es una semilla.

—Hace un momento estabas discutiendo conmigo porque no te obedecía.

La niña consideró aquello.

Después cerró los ojos.

Una raíz diminuta rompió la cubierta.

Los niños gritaron.

La alegría atravesó la mesa como una corriente.

Saekir rió con ellos.

Al otro lado del comedor, Aeron la observaba.

No sonreía.

La expresión era peor. Demasiado abierta. Demasiado parecida a algo que él no quería sentir.

Aurora apareció junto a él.

Apoyó una mano sobre su pecho y le dijo algo al oído.

Aeron apartó la mirada de Saekir.

Aurora sonrió.

Saekir sintió el golpe.

Esta vez decidió seguirlo.

· · ·

Los encontró en una pasarela apartada, donde las luces de Vhaelor apenas atravesaban las ramas.

Aurora tenía a Aeron contra la baranda.

Una mano en su nuca.

La otra bajo su camisa.

Aeron no la había apartado.

Todavía.

Saekir se detuvo en la sombra.

Podía marcharse.

No lo hizo.

Aurora besó el cuello de Aeron.

—Sigues pensando demasiado —murmuró.

—Es un defecto antiguo.

—Antes sabía cómo hacerte olvidar.

La mano descendió.

Aeron cerró los ojos.

Saekir esperó sentir vergüenza.

Sintió rabia.

Y curiosidad.

Sobre todo curiosidad.

Quería saber si Aeron respondería. Si tocaría a Aurora como había tocado a Saekir durante las últimas semanas. Si su cuerpo también reaccionaba ante otras mujeres con la misma violencia con que reaccionaba ante ella.

Aurora intentó besarlo.

Aeron giró el rostro.

—No.

La palabra fue baja.

Definitiva.

Aurora se quedó inmóvil.

—¿No?

—Esto no va a funcionar.

—Funcionó durante años.

—Eso fue antes.

Aurora lo estudió.

Después miró directamente hacia la sombra donde Saekir se encontraba.

Había sabido que estaba allí.

—Antes de ella —dijo.

Saekir salió a la luz.

—No dejéis que os interrumpa.

Aeron se separó de la baranda.

—Saekir.

—Aeron.

Aurora mantuvo la mano sobre su pecho.

—Estábamos ocupados.

Saekir observó los dedos bajo la abertura de la camisa.

—Lo noté. Parecía agotador.

Aurora sonrió.

—Hay partes de Aeron que no se aprenden durante un entrenamiento.

—Y tú has dedicado años a estudiarlas. Admirable perseverancia.

—No necesitaba tanto tiempo.

Aurora recorrió el pecho de Aeron con las uñas.

—Cuando un hombre ha pasado suficientes noches entre tus piernas, aprendes exactamente qué necesita para dejar de pensar.

El dolor llegó.

Limpio.

Saekir permitió que la atravesara.

Después sonrió.

—Qué extraño.

Aurora levantó una ceja.

—Tú sabes cómo hacer que deje de pensar y, aun así, lleva toda la noche pensando en mí.

La mano de Aurora se detuvo.

Saekir miró a Aeron.

—¿Me equivoco?

Él no respondió.

No tuvo que hacerlo.

Aurora retiró la mano.

—Puede que yo recuerde cosas que tú nunca recuperarás.

—Seguramente.

Saekir se acercó.

—Pero por la forma en que pierde el control cuando estoy cerca, diría que su cuerpo me recuerda perfectamente.

El aire cambió.

Aeron dijo su nombre como una advertencia.

—Saekir.

Ella sostuvo su mirada.

—¿Ves?

Aurora la observó con odio.

Después miró a Aeron.

Esperó.

Quizá una defensa.

Quizá que la eligiera.

Aeron permaneció en silencio.

Aurora rió sin alegría.

—Disfruta de las preguntas, princesa. Algunas respuestas destruyen todo lo que tocan.

Pasó junto a Saekir.

—Y cuando recuerdes quién es realmente, no necesitaré apartarte de él. Lo harás tú sola.

Se marchó.

Saekir no la siguió.

Miró a Aeron.

—¿Qué quiso decir?

—Aurora quería herirte.

—No te pregunté qué quería. Te pregunté qué sabe.

Aeron se abrochó la camisa.

—No deberías haber venido.

Saekir soltó una risa incrédula.

—Esa es tu respuesta.

—Quería mantenerte lejos de esto.

—¿De ella o de ti?

Silencio.

Saekir se acercó otro paso.

—Mírame y dime que la deseas.

—No voy a hacer esto.

—Entonces dime que no me deseas a mí.

Aeron apretó la mandíbula.

—Saekir.

—Dilo.

Ella quedó frente a él.

Demasiado cerca.

—Dime que aquel acercamiento no significó nada. Que lo que ocurrió entre nosotros fue solo sexo. Dime que cuando Aurora te toca no estás imaginando mis manos.

—Basta.

—No.

Saekir apoyó una mano sobre su pecho, exactamente donde había estado la de Aurora.

El corazón de Aeron golpeaba con violencia.

—Tu boca miente mejor que esto —susurró.

Aeron atrapó su muñeca.

No la apartó.

—No sabes lo que estás pidiendo.

—Entonces explícamelo.

—No puedo.

—No quieres.

—No puedo darte la verdad a medias.

—Pero puedes decidir a medias por los dos.

Algo en él se quebró.

Aeron la besó.

No fue cuidadoso.

Saekir tampoco.

Lo agarró por la camisa y lo acercó hasta que no quedó espacio entre ambos. Aeron llevó una mano a su cintura. La otra se hundió en su cabello.

El beso tuvo rabia.

Culpa.

Una necesidad que ninguno consiguió fingir.

Saekir sintió una punzada detrás de los párpados.

No una imagen.

No una voz.

Solo una presión oscura que desapareció antes de tomar forma.

Nada que pudiera reconocer.

La sensación se desvaneció antes de que pudiera atraparla.

Aeron se apartó de golpe.

Respiraba con dificultad.

—No.

Saekir todavía lo sostenía.

—Tienes que ampliar tu vocabulario.

—No te merezco.

La frase borró la burla de su rostro.

—Eso también lo decidiré yo.

—Quiero que vivas tu vida.

—La estoy viviendo.

—Quiero que seas feliz.

Saekir retrocedió lo suficiente para mirarlo.

—Deja de fingir que te alejas por mí.

Aeron guardó silencio.

—Quieres decidir cómo debo ser feliz porque eres demasiado cobarde para preguntarme qué quiero.

—No recuerdas lo que hice.

La honestidad llegó como un corte.

Saekir permaneció quieta.

—Entonces deja que lo averigüe.

—Podrías odiarme.

—Podría.

No suavizó la respuesta.

—Pero será mi odio. Igual que esto es mi deseo. No vuelvas a elegir por mí.

Pasos apresurados resonaron sobre la pasarela.

Oriana apareció entre las ramas.

Se detuvo al verlos.

La camisa de Aeron todavía desabrochada.

La respiración de Saekir aún demasiado rápida.

Oriana levantó una ceja.

—No voy a preguntar.

—Excelente decisión —respondió Saekir.

Oriana miró a Aeron.

La diversión desapareció.

—El consejo quiere hablar contigo.

—Mañana.

—Ahora.

Aeron sostuvo su mirada.

—¿Sobre qué?

Oriana tardó demasiado en responder.

Después miró a Saekir.

—Sobre el entrenamiento.

El momento desapareció.

No lo ocurrido.

Eso permaneció entre ambos.

· · ·

Los ancianos esperaron hasta que Aeron estuvo dentro para cerrar las puertas.

Tharion permanecía de pie junto a la mesa. No había piedra negra. Ni mapas. Ni informes de exploradores.

Solo cinco miembros del consejo. Y el silencio de quienes ya habían decidido qué querían escuchar.

Aeron no tomó asiento.

—Hablad.

La anciana situada frente a él entrelazó las manos.

—Lo ocurrido durante el entrenamiento no puede ignorarse.

—Aurora la provocó deliberadamente.

—Y ella respondió intentando matarla delante de toda la comunidad.

—No llegó a tocarla.

—Porque tú la detuviste.

Aeron guardó silencio.

Otro de los ancianos se inclinó sobre la mesa.

—Cada día es más fuerte.

—Ese es el propósito del entrenamiento.

—Precisamente.

La palabra cayó con demasiado peso.

—No solo permites que permanezca en Vhaelor —continuó—. Le estás enseñando a controlar la magia, a combatir y a utilizar capacidades que ni siquiera comprende.

—La ignorancia no la haría menos peligrosa.

—Pero la debilidad sí.

Tharion levantó la mirada.

No aprobaba aquellas palabras.

Tampoco las interrumpió.

—Decid lo que realmente queréis decir —ordenó Aeron.

La anciana respiró lentamente.

—Todo comienza a parecer exactamente como lo planteó el rey de los Fae.

El aire de la habitación se volvió frío.

—Cuidado —dijo Aeron.

—Él advirtió que su existencia era un error.

—También llamó traidores a todos los que estáis sentados aquí.

—Eso no significa que estuviera equivocado sobre ella.

Aeron apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Tiene un nombre.

Nadie respondió.

—Utilizadlo.

El anciano sostuvo su mirada.