LA MÉDIUM II Capítulo XIII — Aquello que la magia recuerda #3
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Capítulo XIII — Aquello que la magia recuerda #3

—Quiero verla combatir —dijo Aurora—. Sin que Aeron corrija cada uno de sus errores.

—Yo también quiero verme combatir —respondió Saekir—. Sería novedoso hacerlo sin escuchar su voz cada tres segundos.

—Saekir —advirtió Aeron.

—Uno.

Oriana soltó una carcajada.

Aurora arrojó una de las espadas cortas a los pies de Saekir.

—¿O en Arcadia solo enseñan a las princesas a esconderse detrás de sus guardias?

El ambiente cambió.

No por el insulto. Por el nombre.

Arcadia.

Saekir no lo había escuchado nunca.

Y princesa.

La palabra cayó dentro de ella sin encontrar ningún recuerdo al que aferrarse.

Saekir no recogió el arma todavía.

Miró a Aurora.

—Eso ha sido decepcionante.

Aurora levantó una ceja.

—¿Qué cosa?

—Creí que sabías algo interesante sobre mí y solo has conseguido juntar dos palabras sin sentido.

La provocación funcionó.

—¿Sin sentido? —Aurora soltó una risa—. Arcadia era tu reino. Y tú eras una de sus princesas.

Un murmullo atravesó a los espectadores.

Saekir sintió que el suelo se desplazaba bajo sus pies.

No permitió que se notara.

—¿Una de ellas? —preguntó—. Continúa. Empieza a mejorar.

—Basta, Aurora —dijo Aeron.

Saekir giró hacia él.

—No.

La palabra salió afilada.

—Ella parece muy interesada en hablar. Por una vez, tú vas a permitir que alguien termine una respuesta.

—Este no es el lugar.

—Curioso. Siempre hay un motivo para que este no sea el lugar.

Aurora observó el enfrentamiento con evidente satisfacción.

—Creciste tras los muros de un palacio —añadió—. Supongo que hablar de libertad resulta sencillo cuando siempre hubo guardias dispuestos a morir en tu lugar.

Aeron avanzó.

—Una palabra más y abandonas el entrenamiento.

Aurora sonrió.

—¿Porque miento o porque ella empieza a escuchar la verdad?

Saekir recogió por fin la espada.

—Déjala. Quiero descubrir cuánto sabe antes de que su personalidad vuelva a arruinar el momento.

Aurora atacó sin avisar.

Saekir bloqueó por instinto.

El impacto le recorrió el brazo.

Aurora era rápida.

No elegante.

Eficiente.

Otro golpe. Después otro. Saekir retrocedió, estudió sus hombros y esperó el cambio de peso que Aeron le había enseñado a reconocer.

Llegó.

Saekir giró y la hoja pasó junto a su costado.

Atacó.

Aurora bloqueó.

—Mejor de lo que esperaba.

—Tú hablas más de lo que esperaba.

—Aeron nunca se quejó.

La frase no tenía nada que ver con el combate.

Precisamente por eso encontró su objetivo.

Aurora sonrió.

—Aunque él prefería que utilizara la boca para otras cosas.

Alguien dejó escapar una risa incómoda.

Saekir sintió el golpe bajo las costillas.

No porque Aurora hubiera estado con él.

Porque ella podía recordarlo.

Saekir no recordaba las manos de Aeron sobre su cuerpo. No recordaba su voz cuando dejaba de contenerse. No recordaba si alguna vez la había mirado después como si aquello significara algo.

Aurora sí poseía sus noches.

Agatha solo tenía fragmentos.

Saekir sonrió.

—Qué privilegio.

Aurora atacó.

Saekir desvió la espada.

—Y, aun con toda esa experiencia —continuó—, sigues aquí intentando convencerme de que él te prefiere.

La sonrisa de Aurora se endureció.

Atacó más rápido.

Saekir retrocedió.

—Ella no sabe nada de preferencias —dijo Aurora, dirigiéndose a los demás—. Ni de guerra. Ni de refugios.

Saekir bloqueó otro golpe.

—Debe de ser sencillo jugar a ser una de nosotros cuando naciste para dormir en un palacio.

Algunos rostros cambiaron.

Aurora lo vio.

—¿Qué puede saber una princesa mimada de pasar hambre? ¿De esconder niños bajo la tierra para que los soldados no escuchen cómo lloran?

La magia respondió dentro de Saekir.

Caliente.

Inmediata.

Aurora lo sintió.

Aquello era lo que buscaba.

—Vamos —susurró—. Enséñales lo que ocurre cuando alguien te dice una verdad.

Saekir vio la intención.

No quería ganarle.

Quería descontrolarla.

La magia subió por sus brazos.

Una exhalación recorrió a los espectadores.

Aeron dio un paso.

—Saekir.

Ella levantó una mano sin mirarlo.

No para atacar.

Para detenerlo.

Respiró.

No buscó el poder.

Escuchó.

Las raíces bajo la plataforma. Las respiraciones. El miedo cuidadosamente oculto de quienes la rodeaban. La satisfacción de Aurora.

Y algo más.

Una de las niñas observaba desde la escalera.

La magia descendió lentamente.

Saekir sostuvo la mirada de Aurora.

—Supongamos que tienes razón.

El desconcierto fue mínimo.

Pero estuvo allí.

—No sé qué es Arcadia ni recuerdo ningún palacio —continuó Saekir—. Tampoco sé lo que significa crecer en un refugio, esconderme de soldados o acostarme sin saber si comeré mañana.

Aurora sonrió otra vez.

Demasiado pronto.

—Por eso escucho a quienes sí lo saben —añadió Saekir—. Tú, en cambio, llevas años aquí y todavía no has aprendido a escuchar a nadie que no esté gimiendo tu nombre.

Oriana se atragantó con su propia risa.

Aurora perdió el control brevemente.

Fue suficiente.

Saekir atacó.

La obligó a retroceder una vez.

Dos.

Tres.

Aurora recuperó el equilibrio.

La pérdida momentánea de control había desaparecido.

Había conseguido lo que quería: enfurecer a Saekir.

Cambió la espada de mano, fingió una abertura y esperó.

Saekir la vio.

Atacó de todos modos.

Aurora desvió la hoja, enganchó su tobillo y giró.

Saekir golpeó la madera de espaldas.

Antes de que pudiera incorporarse, la espada de Aurora quedó contra su garganta.

Silencio.

—Has perdido —dijo Aurora.

Saekir respiró con fuerza.

La rabia le ardía bajo la piel.

—Eso suele ocurrir cuando alguien gana.

—El combate terminó —declaró Aeron.

Aurora retiró el arma.

—Tal vez en Arcadia celebraban los intentos —murmuró—. Aquí sobrevivimos gracias a los resultados.

Después le dio la espalda.

Saekir la observó alejarse.

La victoria de Aurora.

Las miradas de los Desterrados.

Arcadia.

Princesa.

Un palacio que no recordaba.

Guardias muriendo por ella.

Y aquella espalda expuesta como una invitación.

Saekir sintió que algo cedía bajo el esternón.

No escuchó a Oriana pronunciar su nombre.

No escuchó a Aeron ordenarle que se detuviera.

La magia estalló desde su cuerpo.

Las luces de Vhaelor parpadearon. La madera crujió bajo sus botas. Aurora salió despedida contra la baranda antes de que pudiera girarse.

El arma cayó de su mano.

Saekir avanzó hacia ella.

No veía el entrenamiento.

Solo la humillación.

La certeza de que todos conocían una parte de su vida que le pertenecía y, aun así, se la negaban.

Aurora intentó levantarse.

Saekir alzó la mano.

La magia se reunió en su palma con una violencia que hizo retroceder a todos.

Aeron llegó por detrás.

Aeron no miró primero a Aurora.

Miró a los espectadores.

El miedo ya había aparecido en algunos rostros. Otros retrocedían. Los guerreros más cercanos habían llevado las manos a sus armas.

Aurora no solo había provocado a Saekir.

La había provocado delante de todos.

Si atacaba ahora, nadie recordaría que Aurora había utilizado su pasado para empujarla. Solo recordarían a la desconocida que había intentado destruir a alguien de los suyos después de perder.

Atrapó la muñeca de Saekir, giró su brazo contra su espalda y pasó el otro antebrazo por encima de sus clavículas. La inmovilizó contra su pecho antes de que pudiera liberar el ataque.

El contacto la quemó.

No como el fuego.

Peor.

Su cuerpo reconoció la presión de Aeron antes que su mente. El calor atravesó la tela, recorrió su espalda y se mezcló con la rabia hasta volver imposible distinguir una cosa de la otra.

Saekir odió aquella familiaridad.

Odió no recordar de dónde provenía.

Odió que una parte de ella quisiera apoyarse contra él mientras todo lo demás exigía destruir algo.

Saekir forcejeó.

La llave no cedió.

Intentó girar.

Aeron cambió el peso y anuló el movimiento.

—Suéltame.

—No.

—Me provocó.

—Lo sé.

—Entonces suéltame.

—Te dio la espalda al final del combate y atacaste.

La magia vibró alrededor de ambos.

Aeron no aflojó.

Su respiración golpeó la sien de Saekir.

—Cuando vuelvas a escucharme.

—Te escucho perfectamente.

—No. Estás escuchando otra cosa.

—Mira alrededor —dijo Aeron—. Todos están observando.

Saekir no lo hizo.

—Eso es lo que ella quería —continuó—. Que les demostraras que eres peligrosa. Si la atacas ahora, Aurora gana algo mucho peor que un combate.

La respuesta la enfureció.

Saekir dejó caer todo su peso, pisó el empeine de Aeron y lanzó el codo hacia atrás.

El golpe encontró sus costillas.

Aeron soltó el aire y la llave cedió lo suficiente.

Saekir giró.

Le golpeó el pecho con ambas manos.

La magia amplificó el movimiento.

Aeron retrocedió dos pasos.

Un murmullo recorrió a los espectadores.

Saekir volvió hacia Aurora.

Aeron atrapó su brazo.

Ella reaccionó antes de pensar.

Giró y lanzó el puño.

Él bloqueó.

Saekir atacó con la otra mano.

Aeron también la interceptó, pero el impacto lo obligó a tensar los hombros. Ella retorció una muñeca, casi consiguió liberarla y le clavó la rodilla en el muslo.

—Saekir.

—No me toques.

Volvió a empujarlo.

Esta vez Aeron estaba preparado.

Desvió el movimiento, pasó detrás de ella y le barrió las piernas. Saekir alcanzó a recuperar el equilibrio, pero él ya había capturado ambos brazos.

Los cruzó contra su espalda y la obligó a inclinarse sobre la baranda.

Saekir luchó con toda su fuerza.

Aeron tuvo que apoyar el cuerpo contra el suyo para mantener la sujeción.

No fue fácil.

Ella casi liberó una mano.

Él reajustó la llave.

Saekir intentó impulsarse con las piernas.

Aeron ancló el peso y volvió a someterla.

El tacto le quemaba allí donde la sujetaba.

Muñecas.

Espalda.

Caderas.

La cercanía la frustró tanto como la inmovilidad. No sabía si quería apartarlo o girarse para descubrir qué ocurriría si dejaba de resistirse.

La confusión se transformó en más violencia.

Saekir lanzó la cabeza hacia atrás.

Aeron la esquivó por muy poco.

—Intenta eso otra vez y voy a sujetarte contra el suelo.

—Inténtalo y voy a arrancarte la garganta.

—Eso supondría que consigues soltarte.

Saekir volvió a forcejear.

No pudo.

Aquello la enfureció todavía más.

—Saekir —dijo Aeron junto a su oído—. Perdiste un combate. No permitas que ella decida en qué te conviertes después.

—No me importa lo que piensen.