Capítulo XIII — Aquello que la magia recuerda #2
—No sabemos qué hace.
—Podemos preguntarle.
La criatura chilló.
—Parece poco conversadora.
Atacó.
Saekir lanzó magia.
La descarga golpeó directamente su costado.
Nada.
La criatura ni siquiera cayó.
Saekir parpadeó.
—Eso normalmente funciona.
—Otra vez —dijo Aeron.
Saekir lanzó una segunda descarga.
Esta vez vio lo que ocurrió.
La magia tocó las placas negras.
Y desapareció.
—¡No!
Aeron ya se movía.
No utilizó magia.
Sacó la espada.
La criatura saltó.
Aeron se deslizó debajo, clavó el arma entre dos placas y giró.
Sangre negra.
El animal gritó.
Oriana atacó desde el otro lado.
La criatura lanzó una extremidad.
Oriana salió despedida.
—¡Oriana!
—Estoy bien.
Saekir levantó las manos.
Aeron gritó:
—¡No uses magia!
Ella entendió.
La absorbía.
La criatura volvió hacia Aeron.
Él esquivó.
Saekir miró alrededor.
Piedras.
Árboles.
Una rama gruesa en el suelo.
Corrió.
La levantó.
—¿En serio? —gritó Oriana.
—¡No tengo otra idea!
Golpeó a la criatura.
La rama se partió.
—Mala idea.
La criatura giró hacia ella.
Saekir retrocedió.
Aeron apareció entre ambos.
La espada atravesó la mandíbula abierta.
La criatura se sacudió.
Aeron no soltó.
La empujó hacia arriba.
Más.
Hasta que la hoja atravesó el cráneo.
El cuerpo cayó.
Silencio.
Aeron permaneció sobre él.
Respirando con fuerza.
Cubierto de sangre negra.
Saekir lo miró.
—Eso fue…
Aeron sacó la espada.
—¿Qué?
Saekir abrió la boca.
No encontró una palabra adecuada.
Oriana sí.
—Atractivo.
Saekir giró.
—¡Oriana!
—¿Qué?
Aeron dejó caer los párpados.
—Por favor.
Oriana se levantó.
—Solo estoy diciendo lo que todos pensamos.
Los exploradores encontraron repentinamente muy interesantes los árboles.
Saekir sintió calor en el rostro.
—Yo no estaba pensando eso.
Oriana la miró.
—Claro.
Saekir volvió hacia Aeron.
Él sonreía.
—Ni una palabra.
—No he dicho nada.
—Tu cara sí.
La sonrisa de Aeron aumentó.
Saekir decidió odiarlo nuevamente.
Era más sencillo.
· · ·
—No es natural.
La diversión desapareció.
Aeron estaba agachado junto al cadáver.
Saekir se acercó.
—¿La criatura?
—Las placas.
Pasó la punta de la espada sobre una.
—Mira.
Saekir se inclinó.
Había pequeñas líneas negras recorriéndola.
No parecían venas.
Parecían…
—¿La misma piedra?
Aeron asintió.
Oriana dejó de sonreír.
—La modificaron.
Saekir miró el animal.
—¿Quién?
—Todavía no lo sabemos.
Aeron cortó cuidadosamente una de las placas.
La envolvió en tela.
Saekir contempló el cuerpo.
—Entonces no solamente están extrayendo magia.
—No.
—Están aprendiendo qué hacer con ella.
Aeron se puso de pie.
Saekir miró hacia el lugar donde el rastro había desaparecido.
—Y esto estaba esperando exactamente donde dejamos de poder seguirlos.
Oriana entendió.
—No fue casualidad.
Saekir negó.
—No.
Aeron la observó.
—¿Qué piensas?
Ella miró el bosque.
—Que no querían matar a quienes los siguieran.
—¿Por qué?
Saekir señaló el cadáver.
—Querían que encontráramos esto.
Silencio.
Uno de los exploradores preguntó:
—¿Un mensaje?
Saekir negó lentamente.
—Una demostración.
Aeron sostuvo su mirada.
Había llegado a la misma conclusión.
—Alguien quiere que sepamos lo que puede hacer.
Saekir miró las placas negras.
—Entonces ya sabe que estamos mirando.
· · ·
Regresaron cuando el sol estaba cayendo.
Saekir caminaba junto a Aeron.
—No utilizaste magia.
—No podía.
—No. Quiero decir antes de saber que la absorbía.
Aeron miró al frente.
—No siempre la necesito.
—Lo noté.
Él la miró de reojo.
Saekir comprendió demasiado tarde cómo había sonado.
—No empieces.
—No dije nada.
—Oriana ya hizo suficiente daño.
Aeron sonrió.
—¿Fue atractivo?
Saekir casi tropezó.
—Te odio.
—Otra vez esa palabra.
—Esta vez estoy cerca.
Aeron rió.
Saekir intentó no hacerlo.
Fracasó.
Después de unos pasos, dijo:
—Gracias.
—¿Por qué?
—Por no decirme que me quedara atrás.
Aeron frunció el ceño.
—¿Por qué habría hecho eso?
—No sé.
Saekir se encogió de hombros.
—Porque era peligroso.
—Tú eres peligrosa.
Ella lo miró.
—Eso fue romántico.
—No pretendía serlo.
—Peor.
Aeron sonrió.
Después se volvió serio.
—Si alguna vez considero que no estás preparada para algo, te lo diré.
Saekir asintió.
—Y yo decidiré si estoy de acuerdo.
—Exactamente.
Ella lo observó.
—¿Y si no lo estoy?
Aeron se encogió de hombros.
—Discutiremos.
Saekir sonrió.
—Eso sí suena a nosotros.
Aeron la miró.
—Sí.
Solo eso.
Pero esta vez ninguno bromeó.
Porque ambos habían escuchado la palabra.
Nosotros.
Y ninguno quiso corregirla.
· · ·
Cuando regresaron a Vhaelor, la noticia de la criatura ya había llegado antes que ellos.
Saekir no preguntó cómo.
En aquel lugar, los rumores parecían viajar por las raíces.
Los esperaban junto al refugio principal. No el consejo. La gente.
Fae que interrumpieron su trabajo. Guerreros con las manos todavía manchadas de tierra. Ancianos. Algunos niños que intentaban mirar entre las piernas de los adultos hasta que Oriana los apartó con una paciencia sospechosamente escasa.
—No hay nada que ver —dijo.
Uno de los pequeños señaló la sangre negra que cubría la ropa de Aeron.
—Eso parece bastante.
Saekir soltó una risa.
Oriana lo miró.
—Tú no ayudas.
—No estaba intentando hacerlo.
El niño se acercó a Saekir. Tendría siete u ocho años. Dos astas diminutas asomaban entre sus rizos oscuros.
—¿Lo mataste tú?
—Le golpeé con una rama.
El pequeño abrió los ojos.
—¿Una rama mágica?
—No. Una rama bastante corriente.
—Eso es decepcionante.
—Imagínate cómo me sentí yo.
Aeron pasó junto a ella.
—También intentó matarlo con magia.
—Nadie te preguntó.
—Y falló.
Saekir se volvió hacia los niños.
—Después de que él termine su informe, os enseñaré la cicatriz que le dejó su enorme valentía.
Aeron se detuvo.
—No tengo ninguna cicatriz.
—Qué extraño. Yo ya he visto al menos cuatro.
Él la miró.
Fue apenas un instante.
Suficiente para que algo se tensara entre ambos.
Oriana carraspeó.
—Niños.
—¿Qué? —preguntaron tres voces.
—Fuera.
Se marcharon protestando.
Saekir observó cómo desaparecían entre las plataformas. Uno de ellos volvió la cabeza para comprobar que ella seguía allí.
Aquello le produjo una calidez extraña.
No un recuerdo. Algo nuevo.
· · ·
La placa negra ocupó al consejo durante horas.
Cuando por fin permitieron que Saekir se marchara, el cielo se había oscurecido y el refugio olía a caldo, madera húmeda y humo.
Oriana la encontró cargando dos tablones.
—¿Qué haces?
Saekir reajustó el peso.
—Aparentemente, una pregunta muy difícil.
—Podrías haber pedido ayuda.
—Podrías dejar de observarme y tomar el otro extremo.
Oriana lo hizo.
Llevaron la madera hasta una vivienda dañada por la última tormenta.
Una mujer mayor les indicó dónde dejarla sin agradecerlo.
Saekir ya había descubierto que en Vhaelor dar las gracias por cada tarea resultaba casi ofensivo.
Nadie ayudaba como favor. Ayudaban porque el refugio continuaba en pie únicamente si todos lo hacían.
Durante la siguiente hora clavó tablas, sostuvo cuerdas y recibió instrucciones contradictorias de cuatro personas distintas.
También se golpeó dos veces el mismo dedo.
La tercera consiguió que varios niños se rieran.
—Si alguno vuelve a hacerlo —advirtió Saekir—, empezaré a cobrar entrada.
—No tienes martillo de princesa —dijo la niña de las trenzas verdes.
—No sabía que existieran.
—Seguro que son dorados.
—Y los clavos se colocan solos —añadió otro.
Saekir los contempló.
—Si yo viviera en un palacio, obligaría a los niños insolentes a sostener la madera.
Los pequeños huyeron entre carcajadas.
Oriana sonrió desde la escalera.
—Les gustas.
—Tienen un criterio cuestionable.
—Por eso les gustas.
Saekir volvió al tablón.
—¿Todos aquí saben algo sobre mí?
La pregunta detuvo a Oriana.
Saekir no la miró.
—Algunas cosas.
—Y nadie piensa contármelas.
Oriana bajó de la escalera.
—No me corresponde reconstruirte con los recuerdos de otras personas.
—Qué respuesta tan conveniente.
—También es sincera.
Saekir sostuvo su mirada.
No detectó compasión. Tampoco miedo. Solo cautela.
—Quiero saber quién era —dijo.
—Lo sé.
—Pero no quiero que todos sigan mirándome como si debiera convertirme en alguien que no conozco antes de poder respirar.
Oriana la observó con atención.
—Entonces averígualo a tu manera. Y decide después qué parte de esa mujer quieres conservar.
Saekir golpeó el clavo con el martillo.
Esta vez no se golpeó.
—Eso pienso hacer.
· · ·
Aurora Narin apareció en el entrenamiento de la mañana siguiente.
O Aura, como la llamaban quienes deseaban conservar todos los dientes.
Saekir la reconoció de Vael.
Cabello plateado. Cuerpo esbelto. Una belleza demasiado consciente de sí misma. Vestía para combatir sin una sola pieza de armadura: tela gris ceñida, correas cruzadas sobre las caderas y botas flexibles que apenas tocaban la madera al caminar.
Y la boca que había besado a Aeron mientras estaba sentada sobre sus piernas.
Saekir sintió el recuerdo con una claridad molesta.
No apartó la mirada.
Aurora llevaba una espada corta en cada mano.
—Tharion pidió que evaluara su progreso.
Aeron no pareció sorprendido.
Tampoco complacido.
—Yo puedo evaluarlo.
—Llevas varios días haciéndolo.
Aurora dirigió una sonrisa hacia Saekir.
—Quizá necesita a alguien menos distraído.
Saekir dejó su chaqueta sobre la baranda. Debajo llevaba una camisa oscura sin mangas, ajustada para no estorbarle, y los brazales de cuero que protegían sus antebrazos de sus propios errores.
—Si vas a hablar de mí, puedes intentar hacerlo como si estuviera presente.
—Creí que las princesas estaban acostumbradas a que hablaran de ellas.
—Sí. Normalmente con más imaginación.
Oriana, apoyada contra uno de los postes, llevaba pantalones de cuero oscuro, una prenda verde sin mangas cruzada por correas y vendas negras en los antebrazos; dos cuchillos descansaban en su cinturón. Escondió una sonrisa.
Había más espectadores de lo habitual. Exploradores que se preparaban para partir. Jóvenes guerreros. Algunos de los Desterrados que todavía miraban a Saekir como si no supieran qué hacer con ella.
Aurora lo había planeado.
Saekir lo comprendió demasiado tarde.