LA MÉDIUM II Capítulo XIII — Aquello que la magia recuerda
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Capítulo XIII — Aquello que la magia recuerda

Capítulo XIII

Aquello que la magia recuerda

VHAELOR

Saekir despertó antes de que Aeron golpeara la puerta.

Aquello la irritó.

No porque estuviera cansada. Porque significaba que su cuerpo ya había empezado a acostumbrarse a él.

Se vistió con los pantalones oscuros que ya había adoptado para entrenar, una camisa suave recogida hasta los codos, brazales de cuero y la chaqueta corta que Oriana insistía en llamar discreta aunque las costuras violetas brillaban bajo la luz.

Se recogió el cabello castaño y lacio en una trenza apretada, dejando visibles algunas hebras color perla junto a las sienes.

Se puso las botas.

Y cuando escuchó los dos golpes de siempre, abrió con el segundo todavía resonando.

Aeron tenía una mano todavía levantada.

—Buenos días.

Saekir salió.

—No.

Él la siguió con la mirada.

—¿No qué?

—No voy a darte la satisfacción.

—¿De qué?

Saekir siguió caminando.

—De saber que estaba despierta.

Aeron sonrió.

—Pero estabas despierta.

—No puedes demostrarlo.

—Abriste antes del tercer golpe.

Saekir se detuvo.

—¿Siempre son tres?

—Siempre.

No lo había notado.

Eso la irritó todavía más.

Aeron pasó junto a ella.

—Estabas esperándome.

—Voy a lanzarte por una ventana.

—Primero tendríamos que encontrar una.

Saekir miró alrededor.

Malditos refugios construidos entre árboles.

—Te odio.

—Sigues utilizando esa palabra incorrectamente.

Ella lo alcanzó.

—Algún día voy a decirla en serio.

Aeron la miró.

La sonrisa permaneció.

Pero algo detrás de ella cambió.

—Lo sé.

Saekir frunció el ceño.

No tuvo tiempo de preguntar.

—Vamos —dijo Aeron.

Y siguió caminando.

· · ·

Esta vez había alguien esperándolos.

Saekir lo reconoció del consejo.

Uno de los Fae más antiguos.

Cabello gris recogido detrás de la cabeza. Piel oscura. Una cicatriz atravesándole el cuello.

Sobre la mesa frente a él estaba la piedra negra.

—Saekir —dijo.

—Anciano que todavía no me ha dicho su nombre.

Aeron cerró los ojos.

El Fae sonrió.

—Tharion.

—Mucho mejor.

—¿Siempre es así? —preguntó Tharion.

—Peor —respondió Aeron.

Saekir tomó asiento.

—¿Para qué me necesitan?

Tharion empujó la piedra hacia ella.

—Tócala.

Saekir no lo hizo.

—Eso suele salir mal últimamente.

—Precisamente.

Miró a Aeron.

Él se encogió de hombros.

—Tu decisión.

Saekir volvió a mirar la piedra.

Nada.

Fría.

Vacía.

Aquella sensación desagradable volvió.

—Sigue igual.

Tharion apoyó los brazos sobre la mesa.

—Quiero que intentes encontrar lo que falta.

Saekir miró la piedra negra, desconcertada.

—¿Cómo encuentro algo que no está?

—Ayer encontraste una ausencia.

—Eso no significa que pueda seguirla.

—No.

Tharion sonrió.

—Pero podrías intentarlo.

Saekir miró a Aeron.

—Me gusta.

—Lo sabía.

—Es mucho más razonable que tú.

—Dale tiempo.

Tharion soltó una carcajada.

Saekir cerró los ojos.

Respiró.

Hizo lo que Aeron le había enseñado.

No buscar. Escuchar.

La habitación tenía magia.

Tharion. Aeron. Las paredes. Incluso la madera de la mesa conservaba algo.

Y después estaba la piedra.

Un agujero en medio de todo.

Saekir se concentró.

No en la piedra. En los bordes. Allí donde la magia terminaba.

Algo había ocurrido.

No podía verlo.

Pero podía sentir…

—Fue cortada.

Aeron se inclinó.

—¿Qué?

Saekir mantuvo los ojos cerrados.

—No desapareció.

Pasó un dedo sobre la piedra.

—Algo la separó.

Tharion y Aeron intercambiaron una mirada.

—¿Puedes seguirlo? —preguntó Tharion.

—No sé.

—Inténtalo.

Saekir respiró.

Empujó un poco más.

Y algo respondió.

No desde la piedra. Desde ella.

La magia subió por su brazo.

Saekir abrió los ojos.

Demasiado tarde.

El mundo desapareció.

· · ·

Gritos.

No.

Voces.

Muchas.

Demasiadas.

Saekir estaba de pie en un lugar que no conocía.

Había piedra bajo sus pies.

Columnas.

Personas corriendo.

Una mujer gritaba algo.

No podía entenderla.

Otra voz.

No dejes que la toque.

Una luz.

Blanca.

Después negra.

Algo cayendo.

Saekir intentó moverse.

No podía.

Miró sus manos.

No eran sus manos.

Más grandes.

Masculinas.

Sangre sobre los dedos.

Corre.

La voz otra vez.

Después una sensación.

No dolor.

Vacío.

Como si alguien hubiera metido una mano dentro de su pecho y arrancado algo que nunca debería poder separarse.

Saekir gritó.

· · ·

—¡Saekir!

Regresó violentamente.

Estaba en el suelo.

Aeron la sostenía.

Tharion había retrocedido varios pasos.

La piedra negra estaba partida por la mitad.

Saekir respiró.

Una vez.

Otra.

—¿Qué…?

—Mírame.

Aeron sostenía su rostro.

—Estoy bien.

—No te pregunté.

—Aeron.

—Mírame.

Saekir lo hizo.

Sus ojos estaban llenos de miedo.

Miedo real.

—Estoy aquí.

La mandíbula de Aeron se tensó.

—¿Qué viste?

Saekir intentó incorporarse.

Él la ayudó.

No la retuvo cuando estuvo estable.

—No era mío.

Tharion se acercó.

—¿Un recuerdo?

—Sí.

Saekir miró la piedra rota.

—Creo.

—¿De quién?

—No sé.

Se tocó las manos.

Todavía podía sentir aquella sangre inexistente.

—Era un hombre.

Tharion se quedó quieto.

—¿Viste su rostro?

—No. Estaba viendo desde él.

Aeron miró la piedra.

—La piedra conservó un recuerdo.

—No —dijo Saekir.

Ambos la miraron.

Ella negó.

—Eso es lo extraño.

Se puso de pie.

—No estaba dentro de la piedra.

Tharion frunció el ceño.

—Entonces, ¿dónde?

Saekir miró hacia el objeto.

—En lo que le quitaron.

Silencio.

Tharion perdió el poco color que tenía en el rostro.

Aeron lo vio.

—Sabes algo.

El anciano no respondió.

—Tharion.

—Necesito comprobarlo.

—¿Comprobar qué?

El Fae recogió las dos mitades de la piedra.

—Que esto sea tan imposible como creo.

Saekir cruzó los brazos.

—Estoy empezando a cansarme de que todos ustedes sepan cosas aterradoras y después decidan explicarlas más tarde.

Tharion la miró.

—No quiero darte una respuesta equivocada.

—Entonces dame la incompleta.

Aeron sonrió apenas.

Tharion suspiró.

—Hay lugares donde la magia puede quedar atrapada después de ser separada de quien la poseía.

Saekir esperó.

—¿Lugares?

—Objetos. Tierra. Incluso otras criaturas.

—¿Y alguien puede utilizarla?

Tharion tardó demasiado.

—Sí.

Aeron dejó de sonreír.

—Eso es lo que temías.

Tharion asintió.

—Si alguien encontró la manera de extraer magia sin destruirla…

Saekir terminó:

—Puede almacenarla.

—Sí.

—¿Y después usarla?

—Quizá.

Saekir miró a Aeron.

Él ya había comprendido lo mismo.

Un ejército no necesitaría nacer poderoso. Podría fabricarse.

· · ·

—Quiero ir.

Aeron levantó la cabeza del mapa.

—Bien.

Saekir se detuvo.

—¿Bien?

—Sí.

—Tenía preparado un argumento.

—Guárdalo para el consejo.

—Era bastante bueno.

—No lo dudo.

Saekir se acercó a la mesa.

—¿A dónde vamos?

—Al lugar donde encontraron el primer grupo.

—¿Por qué?

Aeron señaló varios puntos.

—Porque ahora sabemos qué buscar.

Saekir observó.

—Rastros de ausencia.

—Exactamente.

—Eso ha sonado absurdo.

—Nuestra semana está siendo absurda.

Saekir apoyó ambas manos sobre el mapa.

—¿Quién viene?

—Oriana. Cuatro exploradores.

—¿Tharion?

—Demasiado viejo.

Desde la puerta llegó una voz:

—Tengo mejor oído que tú.

Saekir giró.

Tharion estaba allí.

Aeron ni siquiera pareció avergonzado.

—Entonces escuchaste correctamente.

—También podría matarte.

—Tendrías que alcanzarme.

Tharion miró a Saekir.

—¿Ves lo que tengo que soportar?

Ella señaló a Aeron.

—Llevo poco tiempo y ya lo comprendo.

—Traidores —murmuró Aeron.

Saekir sonrió.

Después volvió al mapa.

—¿Cuándo?

—Una hora.

—Bien.

Se marchó.

—Saekir.

Giró.

Aeron señaló su cintura.

—Espada.

Ella bajó la mirada.

—Pensaba llevarla.

—La última vez dijiste lo mismo y la dejaste sobre la cama.

—Una vez.

—Una vez basta.

—Pareces mi madre.

El silencio fue inmediato.

Saekir quedó quieta.

No sabía por qué había dicho aquello. Ni de dónde había salido.

Aeron tampoco se movió.

Algo atravesó su rostro.

Tan rápido que cualquiera podría haberlo perdido.

Saekir no.

—¿Qué?

—Nada.

—Aeron.

Él negó.

—Fue solo una expresión.

Saekir lo observó.

—Sí.

Pero su cuerpo había reaccionado antes de que pudiera entender por qué.

Una pequeña presión. Lejana. Después desapareció.

Saekir salió.

Aeron permaneció frente al mapa mucho después de que ella se hubiera ido.

· · ·

El lugar olía diferente durante el día.

Eso fue lo primero que Saekir notó.

La sangre seguía allí.

Pero también tierra húmeda.

Musgo.

Flores diminutas creciendo junto a uno de los cuerpos que todavía no habían retirado.

Muerte y vida ocupando exactamente el mismo espacio.

No sabía si aquello era hermoso o cruel.

—Aquí.

Aeron se agachó.

Saekir fue hacia él.

—¿Qué encontraste?

—Nada.

Ella lo miró.

—Muy útil.

—Literalmente nada.

Aeron señaló la tierra.

Saekir cerró los ojos.

Sintió.

Árboles. Raíces. Los exploradores. Oriana. Aeron.

Y…

—Ahí.

Abrió los ojos.

Señaló varios metros más allá.

Caminaron.

La sensación se hizo más fuerte.

Un hueco.

Después otro.

Saekir siguió.

—Pasaron por aquí.

Aeron miró el terreno.

—No hay huellas.

—No estoy siguiendo huellas.

Continuó.

Oriana levantó una ceja.

—Eso ha sonado bastante arrogante.

Saekir no se detuvo.

—Estoy aprendiendo de Aeron.

—Entonces estamos perdidos —respondió Oriana.

Aeron suspiró.

—¿Podemos concentrarnos?

—No —dijeron ambas.

Uno de los exploradores rió.

Aeron lo miró.

La risa se le cortó.

Saekir sonrió.

—Tirano.

—Sigue caminando.

Ella obedeció.

El rastro descendía hacia una zona más profunda del bosque.

Después… desapareció.

Saekir se detuvo.

—No.

Aeron llegó a su lado.

—¿Qué?

—Termina.

—¿Aquí?

—Sí.

Oriana observó alrededor.

—No hay nada.

Saekir cerró los ojos nuevamente.

—Exactamente.

El silencio se volvió pesado.

Aeron desenfundó la espada.

Los exploradores hicieron lo mismo.

Saekir abrió los ojos.

—¿Qué?

Aeron miraba los árboles.

—Demasiado silencio.

Ella escuchó.

Tenía razón.

No había pájaros. Ni insectos. Nada.

Entonces algo cayó desde arriba.

· · ·

Saekir apenas tuvo tiempo de apartarse.

Una criatura golpeó el suelo donde había estado.

No era Fae.

No era ningún animal que reconociera.

Cuatro patas.

Demasiado largas.

Piel gris cubierta de placas negras.

Una cabeza estrecha.

Sin ojos.

Y una boca que se abrió en cuatro partes.

—Eso es desagradable —dijo Saekir.

—Atrás —ordenó uno de los exploradores.

Saekir levantó una mano.

La magia apareció.

Aeron no le dijo que retrocediera.

Se colocó a su lado.